Son elegidos los Treinta al concluir de derribarse la gran muralla y las fortificaciones del Pireo, cosa que se hace con gran prisa; pero nombrados para redactar las leyes por las que debía gobernarse la república, difieren siempre para otro tiempo su composición y publicación, y mientras tanto organizan el senado y las demás magistraturas a medida de su deseo. Después hacen prender y condenan a muerte a cuantos eran tenidos bajo la forma democrática por vivir de las delaciones a expensas de todas las personas honradas; el senado les condena con gran satisfacción, y no lo ven con pena todos aquellos a quienes nada semejante les reprocha su conciencia. Deliberan después respecto a los medios para gobernar la ciudad en completa libertad, y para esto envían a Esquines y a Aristóteles a Lacedemonia con el encargo de persuadir a Lisandro mande una guarnición hasta que se hallen desembarazados de los malos ciudadanos y hayan constituido el gobierno de la ciudad, obligándose a proveer a su mantenimiento. Dejándose aquel persuadir, consiguen se envíe allí la guarnición con el gobernador Calibio.
Así que reciben la guarnición, tratan los atenienses a Calibio con todos los miramientos posibles, a fin de que apruebe este cuanto hagan, y habiendo puesto aquel a su disposición todos los soldados que necesiten, comienzan a prender, no solo a los malvados y a las personas de humilde clase, sino también a cuantos consideran poco dispuestos a tolerar las injusticias y a cuantos pueden reunir cierto número de partidarios para resistirles.
En sus primeros tiempos, Critias y Terámenes tenían las mismas opiniones y estaban unidos por la amistad; pero como mostrara Critias gran ardor para hacer perecer a muchos, por haber sido antes desterrado por el pueblo, se le opuso Terámenes diciéndole no era justo condenar a muerte a los que gozaban de la estimación del pueblo y que ningún daño habían hecho a la gente honrada.
—«Así tú como yo —añadió— hemos dicho y hecho muchas cosas para agradar al pueblo.»
Pero Critias, que era aún íntimo de Terámenes, le contesta que no es posible dejar de deshacerse de personas capaces de oponer obstáculos a su dominación.
—«Si crees que porque somos treinta y no uno solo, no debemos vigilar por nuestro mando como en una tiranía, eres muy inocente.»
Sin embargo, habiéndose concertado públicamente mucha gente, a causa de la injusta muerte de varios ciudadanos, censurando los actos de este gobierno, Terámenes hace presente de nuevo, que la oligarquía será de corta duración si no se procura robustecerla con hombres versados en los negocios. Temiendo entonces Critias y los demás de los Treinta la influencia de Terámenes sobre los otros ciudadanos dispuestos a agruparse a su alrededor, forman una lista de tres mil individuos que deben asociárseles en la gestión de la república. Declara seguidamente Terámenes que esto le parecía muy absurdo, ante todo porque queriendo asociarse a todos los buenos ciudadanos, lo hacían solo con tres mil, como si este número debiera contener únicamente personas honradas, o bien como si fuera de estos tres mil no hubiese hombres celosos de las cosas públicas, o finalmente, como si no pudiesen entrar en este número algunos malvados. «Además —añade—, os veo hacer dos cosas enteramente opuestas: un gobierno violento y a la par más débil que los gobernados.» Eso dijo. Pero los Treinta, habiendo reunido en la plaza pública a los tres mil, convocando en otro lugar a los que no estaban incluidos en la lista, mandan a aquellos vayan a buscar sus armas, y una vez se han marchado, envían a sus soldados y a los ciudadanos que eran de su partido a recoger las armas de todos los que no constan en dicha lista, haciéndolas después transportar a la acrópolis y depositarlas en el templo. Hecho esto, y siéndoles ya todo posible, condenan a muerte a muchos ciudadanos únicamente por enemistad y a otros por sus riquezas. Deciden asimismo, con objeto de tener con qué pagar a la guarnición, prenda cada uno de ellos a un meteco, y después de darle muerte le sean confiscados sus bienes. Mandan entonces a Terámenes que escoja el que bien le parezca; pero este contesta:
—«No me parece honroso que aquellos que se tienen por los más excelentes ciudadanos puedan obrar con más injusticia que los delatores, porque estos a lo menos dejan la vida a aquellos a quienes quitan las riquezas, ¿y nosotros, sin que nos hayan dañado en lo más mínimo, condenaremos a muerte a esa gente para confiscarles su fortuna? ¿Acaso no será más injusta esta conducta que la suya?»
Los demás, al ver que Terámenes va a convertirse en un obstáculo a sus proyectos, le tienden toda clase de asechanzas y le calumnian ante cada uno de los senadores como si quisiera destruir el gobierno actual. Por fin incitan a algunos jóvenes, que les parecen suficientemente audaces, para que armados de puñales se dirijan con ellos al senado cuando esté reunido. Así que aparece Terámenes, se levanta Critias y dice:
«Senadores, si alguno de vosotros cree se han decretado más muertes de las que exigían las circunstancias, reflexione que en todas partes, durante las revoluciones, sucede lo mismo, y que aquellos que han establecido la oligarquía deben contar necesariamente con gran número de enemigos en una ciudad que es, no solo la más poblada de todas las de Grecia, sino también aquella en la que el pueblo ha disfrutado de libertad durante más tiempo. No ignoráis tampoco cuán duro ha sido el gobierno democrático para con nosotros; así, como nunca el pueblo fue amigo de los lacedemonios que nos han salvado, mientras por el contrario pueden contar seguramente con la fidelidad de los mejores ciudadanos, establecimos de concierto con aquellos el actual gobierno y donde quiera que vemos un enemigo de la oligarquía, hacemos cuanto podemos para deshacernos de él. Pues bien: más justo aún nos parece que si alguno de nosotros mismos procura dañar al actual gobierno, sufra por ello la justa pena: eso es lo que hemos observado en Terámenes, aquí presente, que procura perdernos miserablemente con todas sus fuerzas. Fácilmente comprenderéis la verdad de lo que os digo, considerando que no puede hallarse quien critique y se oponga a nuestros planes, cuando queremos deshacernos de algún demagogo, como lo hace Terámenes. Si así hubiese pensado desde el principio, le tendríamos como enemigo, pero nadie podría considerarle como un hombre perverso. Él ha sido, sin embargo, el primero que trató de la alianza y amistad con Lacedemonia; él el primero que ha querido derribar la democracia; él quien nos invitó más vivamente a castigar con la última pena a los primeros acusados que fueron conducidos ante nosotros; y ahora que tanto yo como vosotros somos considerados como enemigos manifiestos del pueblo, no aprueba ya lo que se hace, sin duda para ponerse al abrigo y para dejarnos responsables de todas las culpas.