»Por esto, no solo es preciso castigarle como un enemigo, sino como un traidor hacia todos nosotros. Y ciertamente es tanto más grave que la guerra la traición, cuanto más es difícil resguardarse de los golpes invisibles que de los visibles, y tanto más odiosa, cuanto que puede tratarse con los enemigos y hacerse con ellos alianza, mientras que jamás puede tratarse ni tenerse la más mínima confianza con el que ha sido reconocido una vez por traidor. Con el objeto de que conozcáis que no es nueva para él esta manera de obrar, sino que es traidor por naturaleza, voy a recordaros algunos de sus actos anteriores.

»Honrado en un principio a causa de su padre Hagnón, mostrose uno de los más fogosos para que se entregase la democracia en manos de los cuatrocientos, entre los cuales ocupó el primer lugar. Pero más tarde, habiéndose apercibido de que se había levantado gran oposición contra la oligarquía, fue también el primero en ponerse a la cabeza del pueblo contra aquellos, por lo cual recibió el apodo de Coturno[80], porque este se ajusta del mismo modo a cualquiera de los pies. Es preciso, Terámenes, que el hombre digno no comprometa hábilmente a sus partidarios en empresas que abandone él mismo así que se presenta un obstáculo, sino que en cierto modo se halla sobre una nave y en ella debe trabajar hasta que sopla el viento favorable, porque si no, ¿cómo llegaría dicha nave a alcanzar el punto de destino si a cada obstáculo volvía hacia atrás?

»Ciertamente son sangrientas todas las revoluciones; pero tú mismo, por tu facilidad en cambiar de partido, te has hecho cómplice así de la muerte de los oligarcas que perecieron a manos del pueblo, como de la de aquellos demócratas condenados por el gobierno aristocrático. Este es el mismo Terámenes que habiendo recibido de los generales el encargo de recoger los cuerpos de los atenienses que habían naufragado en el combate naval junto a Lesbos, no solo no los recogió, sino que para salvarse acusó a los generales e hizo condenarles a muerte. Pero ¿cómo podríamos perdonar a un hombre ocupado únicamente en satisfacer su ambición, sin cuidarse en lo más mínimo ni del honor ni de sus amigos? ¿Ni cómo no guardarnos de él, sabiendo sus repentinos cambios, para que no pueda hacer lo mismo con nosotros? Por esto acusamos a este hombre como conspirador y como procurando hacernos traición a todos. Reflexionad sobre esto, y veréis cuánta razón tenemos al formular esta acusación. Dícese que la mejor constitución de gobierno es la de los espartanos; pues bien, si entre ellos uno de los éforos procurase criticar al gobierno o hacer oposición a sus actos en vez de obedecer ciegamente las decisiones de la mayoría, ¿no creéis que así por los éforos como por todo el resto de la ciudad se le consideraría como merecedor del más grande castigo? Vosotros, pues, también, si queréis obrar con prudencia, no absolveréis en modo alguno a este, para poder conservaros vosotros, puesto que si le perdonáis aumentará el número y la audacia de vuestros adversarios, y si perece, en cambio, perderán las esperanzas cuantos le son afines en ideas, así dentro como fuera de la ciudad.»

Dicho esto, se sienta, y levantándose Terámenes, dice:

«Ciudadanos, debo ante todo recoger el último cargo que se ha formulado contra mí. Dice Critias que he hecho perecer a los generales por haberlos acusado; pero no fui yo quien principió los ataques; ellos mismos fueron los que sostuvieron que a pesar de sus órdenes no recogí los desgraciados del combate de Lesbos. Defendime diciendo era imposible a causa de la tormenta aguantar la mar, y con mayor motivo recoger los cuerpos; la ciudad en masa aprobó mi defensa, y los generales parecieron acusarse a sí mismos, puesto que afirmaban era posible salvar a los soldados, y sin embargo al marchar con la flota habían preferido dejarles perecer.

»Por lo demás, no me admiro de que me acuse Critias injustamente: cuando tenían lugar aquellos sucesos no estaba él presente, pues había ido a Tesalia, donde con Prometeo se esforzaba en establecer la democracia y armaba contra sus dueños a los mismos esclavos[81]. ¡Ojalá no pueda reproducir aquí cuanto allí realizó! Estoy con él acorde en un solo punto, y es, en que merece los mayores castigos todo aquel que quiere derribaros o fortalecer a los que contra vosotros conspiran; pero fácil os será, según creo, decidir quién es el que se conduce así, reflexionando un momento tan solo sobre la conducta actual y la conducta pasada de cada uno de nosotros.

»Mientras se constituía este senado; mientras elegíais los magistrados y se citaba a juicio a los delatores por todos conocidos, estuvimos todos conformes en el mismo modo de pensar; pero cuando se principió a prender a los hombres honrados y pacíficos, entonces fue cuando comencé a pensar de un modo contrario al de mis colegas, porque sabía que si se hacía morir sin haber cometido el más pequeño crimen a un León de Salamina[82], considerado, con razón, como un hombre egregio, todos los que se le parecen vendrían a temer para ellos mismos una suerte igual, y este temor haría de ellos otros tantos enemigos del actual gobierno; conocía también que si se prendía a Nicérato, hijo de Nicias, ciudadano rico y que jamás había hecho nada con objeto de lisonjear a la plebe, ni él ni su padre, se convertirían en enemigos nuestros todos los ciudadanos a ellos parecidos; también sabía, cuando hicisteis perecer a Antifón[83], quien durante la guerra había proporcionado dos trirremes completamente equipadas, que os mirarían con desconfianza todos aquellos que habían mostrado celo por la república. Por esto combatí cuanto pude la proposición de aquellos que querían nos apoderásemos cada uno de nosotros de un meteco; pues era evidente que una vez muertos los primeros de estos, todos los restantes se convertirían en enemigos del gobierno; opúseme también a que se tomasen las armas al pueblo, pues no creí debiera debilitarse la ciudad, convencido de que si los lacedemonios nos habían salvado no era para que reducidos a un pequeño número nos hallásemos imposibilitados para ayudarles, ya que, si esto hubiesen querido, podían habernos dejado a todos sin vida haciendo durar por más tiempo el hambre que por el sitio padecíamos. No he sido yo tampoco el que aprobase la gestión de obtener una guarnición a sueldo, cuando nos era posible rodearnos de cierto número de ciudadanos por medio de los cuales fácilmente hubiéramos podido hacernos respetar. Tampoco me pareció oportuno, al ver en la ciudad muchas personas descontentas del gobierno y gran número de expatriados, desterrar a Trasíbulo, Anito y Alcibíades, pues estaba cierto que adquiriría gran fuerza la oposición si hábiles jefes se ponían al frente de la multitud, y si entreveían como posible poder contar con un gran número de aliados aquellos que aspiraban al poder.

»Y aquel que da tales avisos ¿debe ser considerado como traidor, o por el contrario, debe tenérsele por un buen amigo? No son, Critias, verdaderos enemigos los que impiden acrecer las fuerzas de los adversarios, ni los que enseñan los medios para adquirir mayor número de aliados, sino más bien aquellos que injustamente arrebatan las riquezas de la gente honrada y condenan a muerte a los inocentes: estos son los que aumentan el número de los enemigos y los que hacen traición, no solo a sus amigos, sino a ellos mismos, movidos por una culpable codicia. Si aún no estáis bastante convencidos de las verdades que os digo, reflexionad un poco más conmigo. ¿Qué os parece preferirán que aquí suceda Trasíbulo, Anito y los demás desterrados: lo que os aconsejo, o lo que hacen todos estos? Creo que ahora piensan hallar aliados en todas partes; pero en cambio, si los elementos más poderosos de la población estuviesen por nosotros, no se atreverían ni siquiera a poner el pie en la parte más remota del país.

»En cuanto a lo que ha dicho este respecto a mis mutaciones políticas, considerad que el pueblo había votado por sí mismo el gobierno de los cuatrocientos[84], juzgando que los espartanos confiarían más en un gobierno de cualquier clase que fuese, que en la democracia; sin embargo, no dejándonos estos ni un momento de reposo, y siendo público que los jefes Aristóteles, Melantio y Aristarco construían un fuerte sobre los diques, en el que querían introducir al enemigo, a fin de alzarse ellos y sus amigos con el mando de la ciudad, el haberme yo opuesto a sus designios así que me fue notorio, ¿debe ser considerado como un acto propio del que hace traición a sus amigos?

»Llámame Coturno porque procuro ajustarme a los dos partidos: ¡muy bien! pero, por los dioses, ¿cómo debe llamarse aquel que no sabe ajustarse a ninguno? Porque, oh Critias, bajo la democracia te consideraban como el mayor enemigo del pueblo, y ahora, bajo la aristocracia, solo has sabido conquistarte el más fuerte odio de los hombres honrados. En cuanto a mí, he declarado guerra permanente a cuantos creen que solo es buena una democracia cuando toman parte en el poder hasta los mismos esclavos y aquellos que por su pobreza venderían por una dracma al estado; y combato sin tregua del mismo modo a aquellos que creen es buena oligarquía la que somete la ciudad a la tiranía de unos pocos. Siempre he creído que lo más conveniente era unirse a los hombres de mérito, y robusteciéndolos con la caballería y los escudos, apoyar al gobierno, y no he variado aún hoy de modo de pensar; si puedes decir, Critias, dónde y cuándo me has visto, o con el pueblo o con los tiranos, procurando arrebatar el gobierno a las gentes honradas, habla y dilo, porque si me convences de que medito hoy este crimen, o de que lo he perpetrado en otro tiempo, convengo en que soy digno de perecer entre los más atroces suplicios.»