Así que cesó de hablar se oye en el senado un murmullo de aprobación, y Critias, comprendiendo que si deja decidir la suerte de Terámenes por los senadores, va a ser absuelto, lo que considera como intolerable y afrentoso, se adelanta, y después de haber conferenciado un instante con los Treinta, ordena a la gente que había hecho ir allí armada de puñales, se coloque frente al consejo y junto a las puertas. Volviéndose después a la asamblea, les dice:

«Senadores: creo del deber de un buen presidente[85] no permitir sean engañados sus amigos cuando de ello se apercibe: esto es lo que voy a hacer. Toda esta gente que veis aquí ante vosotros, declara no consentirá absolvamos a un hombre que públicamente trabaja para derribar la oligarquía. Según las nuevas leyes, ningún ciudadano incluido en la lista de los tres mil puede ser condenado a muerte sin vuestra aprobación; pero los Treinta son dueños de hacerlo respecto a los que no están incluidos en ella. Pues bien, de acuerdo con todos mis colegas, borro de esta lista a Terámenes, que está presente, y a este hombre, ya simple particular, añade, le condenamos a muerte.»

Al oír estas palabras Terámenes, corre hacia el altar de Vesta y dice:

«Ciudadanos: os suplico me concedáis la petición más legítima que nadie os pueda dirigir, y es, que no se permita a Critias borrar ni a mi ni a cualquiera de vosotros por su sola voluntad del número de los tres mil, sino que, por el contrario, tanto a vosotros como a mí se nos juzgue según la ley que rige para los que están inscritos en la lista. No ignoro que este altar de nada podrá servirme, los dioses me son testigos de ello; pero quiero rasgar el velo de la atroz injusticia de todos estos hacia los hombres, y de su impiedad sin límite hacia los dioses. Sin embargo, honrados ciudadanos, lléname de asombro el que no procuréis poneros a cubierto de las asechanzas de todos estos, pues bien sabéis que no es mi nombre más fácil de borrar de la lista que el de cualquiera de vosotros.»

Inmediatamente el heraldo de los Treinta ordena a los Once prendan a Terámenes, y entran estos con sus criados, teniendo a su cabeza a Sátiro, el más audaz y el más desvergonzado de todos. Critias les dice:

—«Os entregamos a Terámenes, que aquí veis, condenado según la ley; apoderaos de él, y después de conducirle donde sabéis, haced con él lo que deben hacer los Once.»

Apenas dice estas palabras, Sátiro, con ayuda de sus criados, arranca del altar a Terámenes; como puede suponerse, este implora a los dioses y a los hombres sobre la infamia que sufre; pero el senado no se conmueve, sobre todo cuando ve colocados junto a las puertas a hombres semejantes a Sátiro, y llena de guardias toda la sala del tribunal, sin que ignoren tampoco están preparados los hombres armados de puñales.

Llévanse aquellos a través del foro al acusado, quien se lamenta en alta voz del tratamiento que le hacen sufrir. Cuéntase de él que, diciéndole Sátiro lo pasará mal si no se calla, le pregunta: «¿Y si me callo, qué pena me darás?» Después, cuando obligado a morir bebe la cicuta, se pretende derramó las últimas gotas como si jugase a los cotabos[86], diciendo: «Esto para el hermoso Critias.» Bien sé que todas esas frases carecen de valor; pero hay que admirar, sin embargo, a un hombre que cara a cara con la muerte no pierde ni su presencia de ánimo ni su buen humor[87].

CAPÍTULO IV.

Así murió Terámenes. Libres entonces los Treinta para ejercer sin temor su tiranía, prohíben entrar en la ciudad a los que no están inscritos en la lista, y les arrancan de sus propiedades para apoderarse de sus tierras y para repartírselas con sus amigos; huyen muchos al Pireo; pero habiendo hecho prender allí a gran número de ellos, se refugian en Mégara y en Tebas.