Mientras tanto, Trasíbulo, con unos cincuenta compañeros, sale de Tebas y se apodera de la fortaleza de File. Avanzan contra él los Treinta con los tres mil y su caballería, haciendo un tiempo magnífico: así que llegaron, algunos jóvenes de los más ardientes se arrojan al asalto de la plaza, pero nada consiguen y se retiran con muchos heridos. Queriendo los Treinta sitiar la fortaleza a fin de interceptar la entrada de víveres e incomunicarles con sus partidarios, sobreviene durante la noche una gran nevada, que continúa al día siguiente. Retíranse entonces a la ciudad envueltos por la nieve, mientras caen muchos de los escevóforos[88] bajo los golpes de los de File. Comprendiendo los Treinta que será saqueada la campiña si no colocan en ella centinelas, envían a las fronteras la guarnición lacedemonia, fuera de algunos soldados y dos escuadrones de caballería, a unos quince estadios de File. Estas tropas acampan para la vigilancia, en un lugar protegido por los árboles.
Trasíbulo, que había reunido ya en File unos setecientos hombres, tómalos consigo y sale de la ciudad durante la noche, apostándose con los suyos sobre las armas, a unos tres o cuatro estadios del cuerpo de observación, y allí se quedan a la expectativa. Por la mañana se levantan los soldados, unos después de otros, y van en busca de las armas, así como los palafreneros con el cepillo en la mano principian a almohazar con estrépito los caballos; inmediatamente Trasíbulo con los suyos se arrojan sobre ellos a la carrera con las armas en la mano: hacen algunos prisioneros y los persiguen por espacio de seis o siete estadios, matando a más de ciento veinte hoplitas, y entre los de caballería a Nicóstrato, llamado por sobrenombre el hermoso, y a otros dos que sorprendieron aún durmiendo. Terminada la persecución levantan un trofeo, recogen las armas y el botín y regresan a File. La caballería que había salido de Atenas en auxilio de los suyos, no encuentra ya ningún enemigo y aguarda únicamente a que los parientes levanten los cadáveres de los que han perecido, para regresar a la ciudad.
Después de esto, los Treinta, no considerándose ya seguros en la ciudad, quieren robustecer su dominación en Eleusis, a fin de encontrar allí un refugio en caso de necesidad. Critias y los otros Treinta, dando las órdenes a la caballería, se dirigen a dicha población, donde les pasan revista, y bajo pretexto de saber con exactitud el número de los habitantes y las fuerzas de la guarnición, ordenan a todo el mundo se inscriba en una lista; a medida que se inscribía cada uno, se le hacía salir por la puerta que da al mar, a ambos lados de la cual estaba la caballería en dos filas, y cuantos salían eran atados en seguida por los servidores de los Once. Así que están todos reunidos, recibe Lisímaco, jefe de la caballería, orden de escoltarlos y entregarlos a los Once.
Al día siguiente, convocan en el Odeón[89] a los hoplitas cuyos nombres están en las listas y a los restantes de caballería; levantándose después Critias, les dice:
«Ciudadanos: tanto en nuestro interés como en el vuestro, procuremos consolidar nuestro gobierno: por esto debéis participar también de los peligros, ya que participáis de los honores; por esto es preciso votéis la condenación de los eleusinos aquí reunidos para que tengáis nuestras mismas esperanzas, al propio tiempo que nuestros propios temores.»
Señalando entonces cierto lugar destinado a la votación, les manda dar públicamente su voto. En el centro del Odeón se hallaba sobre las armas toda la guarnición espartana. Todo esto fue aprobado por algunos ciudadanos que no iban en busca de otra cosa que de su interés personal.
Mientras tanto, Trasíbulo, poniéndose al frente de los de File, cuyo número se aproximaba a mil, llega de noche al Pireo. Así que reciben los Treinta esta noticia, ponen sobre las armas a los lacedemonios, a la caballería y a los hoplitas y se dirigen hacia la carretera que conduce al Pireo. Los de File intentan primero rechazarlos, pero como la extensión del círculo necesitaba muchas guardias y ellos eran aún poco numerosos, se retiran todos a Muniquia. Reúnense los de la ciudad en el ágora de Hipódamo y se ordenan de modo que llenan por completo el camino que va al templo de Diana y al Bendideo[90]; no tenían menos de cincuenta escudos de fondo. Formados así, se ponen en marcha; pero entonces los de File llenan también por su parte el camino y se colocan a diez hoplitas en fondo, detrás colócanse los peltastas y los arqueros, y finalmente, después de todos, los honderos. Su número había aumentado considerablemente, pues se les habían juntado los habitantes de aquel lugar. Mientras se acerca el enemigo, Trasíbulo manda a los suyos depongan sus escudos, y haciéndolo también él, aunque conservando las otras armas, y colocándose en el centro de su ejército, les dice:
«Ciudadanos: debo hacer saber a algunos, y recordar a los demás, que los que se dirigen a nosotros en su ala derecha se componen de tropas que habéis derrotado y perseguido hace cinco días, y en la extremidad de su ala izquierda contienen a esos Treinta que a pesar de nuestra inocencia nos privaron de la patria, nos arrojaron de nuestras casas y han proscrito y expoliado los bienes de nuestros más caros amigos; hállanse ahora en una situación que no habían previsto y que siempre hemos deseado, puesto que tenemos armas y estamos frente a ellos. Los mismos dioses combatirán por nosotros, después de haberles visto apoderarse de nuestras personas y bienes durante nuestras comidas, mientras dormíamos y en la misma plaza pública, no solo sin haberles hecho el más mínimo daño, sino sin que nuestra permanencia haya motivado el destierro. En efecto, desencadenan una tormenta cuando el tiempo estaba despejado para que nos aprovechemos de ello, y cuando ensayamos dirigirnos a ellos nos permiten levantar el trofeo de una victoria sobre numerosos enemigos, siendo escasísimo el número de los nuestros; y ahora mismo nos invitan a pelear en un terreno donde, obligados nuestros enemigos a subir una cuesta, no pueden arrojarnos ni dardos ni flechas, mientras que nosotros con solo dejar caer las picas, los dardos y las piedras estamos seguros de tocarles y de herirles en gran número. Y que nadie crea que al menos sus primeras filas combatirán con ventaja, puesto que si arrojáis con valor, como es preciso, vuestros dardos, ninguno dejará de alcanzar a uno de aquellos que llenan por completo el camino, y que obligados a cubrirse siempre con sus escudos para protegerse, nos permitirán fácilmente dar sobre ellos como si estuviesen ciegos y dispersarlos cuando les ataquemos. Es preciso, soldados, que cada uno de vosotros combata hoy de modo que alcance el testimonio de haber contribuido en gran manera a la victoria, porque, si Dios quiere, ha de devolvernos esta nuestra patria, nuestros hogares, la libertad, los honores y las esposas e hijos a los que son jefes de familia. ¡Felices aquellos de vosotros que, sobreviviendo a la victoria, vean día tan afortunado; y felices también los que tengan que morir para alcanzarla, pues ningún rico podrá obtener jamás monumento funerario tan glorioso! Cuando llegue el momento entonaré el peán, invocaremos después a Enialio[91] y todos entonces, de consuno, nos arrojaremos sobre nuestros enemigos para castigar a los que nos han insultado.»
Dicho esto, se vuelve de cara a los enemigos y se mantiene a la expectativa, pues el augur le había recomendado no ordenase el ataque hasta que alguno de ellos hubiese sido muerto o herido. «Haciéndolo así —había dicho— os guiaré a la victoria, que se inclinará hacia vosotros, aunque preveo me costará a mí la vida.» Y no mintió, pues habiendo tomado las tropas sus armas, arrójase él el primero, como arrastrado por su destino, sobre los enemigos, hallando entre ellos la muerte y siendo enterrado en el paso del Cefiso: quedan los otros vencedores y persiguen hasta la llanura a los enemigos. Critias e Hipómaco, dos de los Treinta, quedan entre los muertos, del propio modo que Cármides, hijo de Glauco[92], uno de los diez comandantes del Pireo, además de unos setenta de los contrarios; apodéranse de las armas los vencedores, aunque sin despojar de las túnicas a sus conciudadanos; después de lo cual, y una vez devueltos los muertos por medio de una tregua, dirígense unos a otros hablando entre sí, y Cleócrito, heraldo de los Iniciados que tenía una voz muy fuerte, después de pedir silencio, dice:
«Ciudadanos: ¿por qué nos perseguís, por qué queréis matarnos? Jamás os hemos hecho daño alguno; por el contrario, hemos tomado parte con vosotros en los actos religiosos más solemnes, en los sacrificios y en las fiestas más espléndidas; juntos estuvimos en los mismos coros, en las mismas escuelas y bajo las mismas banderas, y tanto por tierra como por mar, hemos corrido con vosotros los mismos peligros para la salvación común y para la mutua libertad. En nombre de los dioses paternos y maternos, por la comunidad de origen, por la familia y por la amistad que nos son comunes con la mayor parte de vosotros, respetando a los dioses y a los hombres, cesad de faltar a la patria, dejad de obedecer a esos Treinta, los más impíos de entre los hombres, quienes por su particular interés han hecho morir durante ocho meses a un número de atenienses igual o mayor al que durante diez años ha perecido por la guerra con los peloponesios. Fácil era vivir en paz bajo nuestro gobierno, y sin embargo ellos han encendido la más deshonrosa de las guerras entre nosotros y la más terrible, impía e inicua ante los dioses y ante los hombres. Sabed que no habéis sido vosotros solos, sino también nosotros, los que han derramado abundantes lágrimas sobre los cuerpos de los que hoy han perecido.»