Esto dijo, y los restantes jefes, después de oírle, mandan retirar a los suyos a la ciudad. Al día siguiente, humillados y abandonados por completo, vienen los Treinta a ocupar sus asientos en el senado y los tres mil no hacen más que disputarse en cualquier lugar en que se sienten. Cuantos habían cometido alguna violencia y temían por lo mismo por su seguridad, sostienen con fuego no debe cederse cobardemente a los del Pireo, mientras que aquellos a quienes no remuerde su conciencia el haber obrado injustamente, reflexionan con serenidad y hacen comprender a los demás que ninguna necesidad les obliga a sufrir tantas calamidades, y declaran no deben ya prestar más obediencia a los Treinta, ni dejarles consumar la perdición de la ciudad. Decretan, finalmente, la deposición de aquellos y la elección de otros jefes, los cuales son nombrados en número de diez, uno por cada tribu.
Los Treinta se refugian en Eleusis, y en la ciudad los Diez se ocupan con los jefes de la caballería en calmar los turbados y abatidos ánimos. La caballería pernocta en el Odeón con sus caballos y escudos, y en su desconfianza, montan desde el anochecer las guardias sobre la muralla, armados con los escudos, y por la mañana vuelven a tomar los caballos, temiendo continuamente un ataque repentino de los del Pireo. Estos, que habían crecido en número, y a quienes de todas partes llegaban nuevos reclutas, constrúyense escudos, tanto de madera como de mimbres, que pintan después de blanco, y luego, apenas han transcurrido diez días, y habiendo proclamado la igualdad de tributos para todos los que con ellos combatieran, aunque fuesen extranjeros, salen en gran número, así de hoplitas como de gimnetas[93], teniendo además unos setenta caballos; y después de forrajear y de coger leña y frutos, vuelven a pernoctar en el Pireo. Nadie salía armado de la ciudad, fuera de la caballería, que se arrojaba de tiempo en tiempo sobre los exploradores del Pireo, maltratando sus partidas. Encuentran en cierta ocasión algunos eonios que se dirigían a sus tierras en busca de provisiones, y el comandante de la caballería, Lisímaco, los hace degollar, a pesar de las súplicas y de la indignación de varios de sus soldados. En represalias, los del Pireo dan la muerte a Calístrato, de la tribu leóntida, uno de los caballeros de quien se habían apoderado en el campo, pues tenían ya tal confianza, que llegaban en sus excursiones hasta los mismos muros de Atenas. Debe referirse aquí la idea que tuvo el ingeniero de la ciudad, que al saber quieren los enemigos aproximar sus máquinas de guerra al Liceo por la carretera, emplea todos los animales de acarreo en transportar enormes piedras y esparcirlas sin orden ni concierto por aquellos, lo cual hizo que cada piedra causase muchas molestias al enemigo.
Los Treinta envían desde Eleusis a Lacedemonia diputados de entre los ciudadanos de Atenas inscritos en la lista, pidiendo socorros, bajo pretexto de que el pueblo se ha sublevado contra los lacedemonios. Lisandro, reflexionando que es imposible forzar en poco tiempo a los del Pireo sitiándolos por tierra y por mar y cortándoles los víveres, consigue se destinen cien talentos a esta expedición y que se le envíe como gobernador y jefe del ejército de tierra, y a su hermano Libis como comandante de la flota, y dirigiéndose a Eleusis reúne muchos hoplitas peloponesios, mientras el comandante de las naves vigila la costa para que no reciban ninguna clase de víveres los sitiados; de manera que pronto los del Pireo sufren grandemente por la falta de provisiones, mientras que los de la ciudad vuelven a hallarse en la abundancia con la llegada de Lisandro.
Así las cosas, el rey Pausanias, envidioso de Lisandro y temiendo que si consigue sus propósitos adquiera gran consideración y pueda reducir bajo su dominio particular el territorio de Atenas, después de ganar a tres de los éforos, sale de Atenas con la guarnición y acompañado de todos los aliados, fuera de los beocios y corintios, que dicen creerían faltar a sus juramentos si se dirigían contra los atenienses que no han violado tratado alguno, pero que en realidad obran así porque conocen quieren los espartanos apropiarse y hacerse dueños del territorio ateniense. Pausanias sienta su campo junto al Pireo, en el lugar llamado Halipedón[94]; manda por sí mismo el ala derecha, y Lisandro con los mercenarios la izquierda. Envía Pausanias delegados a los del Pireo, ordenándoles marchen a sus hogares; pero no obedeciéndole ellos, hace como que les atacan, para que no se haga notorio les es favorable: después se retira sin haber comenzado siquiera el ataque. Al día siguiente, tomando dos cohortes espartanas y tres escuadrones de atenienses, se adelanta hacia el puerto cegado[95], examinando por dónde puede más fácilmente levantar trincheras contra el Pireo; saliendo algunas tropas de los sitiados, le inquietan durante su retirada, e irritándose entonces, hace cargar la caballería, manda también detrás de esta a todos los que han pasado ya diez años de la pubertad, y él mismo se adelanta también con el resto de sus tropas. Matan unos treinta soldados ligeros y persiguen a los demás hasta el teatro del Pireo, donde hallábanse sobre las armas todos los peltastas y hoplitas de la plaza. Verifican una salida las tropas ligeras, y arrojan dardos, lanzas, flechas y piedras a los enemigos; tienen estos gran número de bajas, y viéndose los lacedemonios muy hostigados, principian a retirarse, lo cual permite a sus adversarios cargar sobre ellos con más vigor. Perecieron en esta acción Querón y Tíbraco, ambos polemarcas; Lácrates, vencedor en los juegos olímpicos, y otros lacedemonios enterrados en el Cerámico.
Al ver esto Trasíbulo, avanza con el resto de los hoplitas, y se colocan con prontitud delante de los demás, a ocho en fondo. Pausanias, vivamente hostigado, se retira unos cuatro o cinco estadios hacia una colina inmediata, a donde ordena se dirijan los lacedemonios y los demás aliados, y dando a su falange una profundidad considerable, marcha sobre los atenienses. Sostienen estos el primer choque, pero después son rechazados unos hasta el pantano de Hale, y otros son puestos en fuga, perdiendo sobre ciento cincuenta hombres. Eleva entonces Pausanias un trofeo, y se retira, pues no estaba irritado con ellos; antes por el contrario, mandando ocultamente enviados, hace saber a los del Pireo le envíen mensajeros, así como a los éforos presentes, para exponer sus intenciones. Siguen su consejo.
Siembra asimismo la división entre los de la ciudad, y les excita para que se presenten en el mayor número posible a los éforos; entonces les declara que no hay necesidad alguna para que combatan con los del Pireo; antes bien, deben reconciliarse y ser ambos partidos amigos y aliados de los lacedemonios. El éforo Nauclidas oye con agrado esta proposición, y, como es costumbre en Esparta acompañen dos de los éforos al rey en la guerra, era uno de ellos Nauclidas, que con su compañero se inclinaban más bien del lado de Pausanias que del de Lisandro. Envían sin tardanza a Lacedemonia la diputación de los del Pireo, enviada para tratar con Esparta, y también a los particulares Cefisofonte y Meleto por parte de la ciudad.
Mientras están estos en camino hacia Lacedemonia, envían los de la ciudad mensajeros públicos para manifestar a los espartanos que están dispuestos a entregarles los muros que conservan en su poder y sus mismas personas para que dispongan de todo a su gusto; añaden que hallarían justo que si los del Pireo son también amigos de los lacedemonios, les entregasen igualmente el Pireo y Muniquia. Después de haberles oído los éforos y los demás convocados, envían quince diputados a Atenas para arreglar los asuntos del mejor modo posible, de mutuo acuerdo con Pausanias. Estos enviados devuelven la tranquilidad a todos, poniendo por condición que los partidos hagan la paz entre sí y que cada cual vuelva a sus quehaceres, fuera de los Treinta, los Once y los Diez que habían sido elegidos en el Pireo, ordenando al mismo tiempo que cuantos teman estar en la ciudad pueden morar en Eleusis.
Después de arreglar estas cosas, Pausanias licencia a su ejército, y los del Pireo suben con las armas a la acrópolis para ofrecer un sacrificio a Minerva. Bajan después los generales, y Trasíbulo les dice entonces:
«Hombres de la ciudad: os aconsejo procuréis conoceros a vosotros mismos, y el mejor medio para ello es que examinéis los motivos en que fundáis vuestras pretensiones para pretender dominarnos a todos. ¿Sois acaso los más justos? Aunque más pobre que vosotros, el pueblo no os ha dañado nunca a causa de vuestras riquezas, y en cambio, vosotros que sois los más ricos, movidos únicamente por vuestro interés, habéis hecho mil acciones vergonzosas. Pero ya que la justicia no está de vuestra parte, examinad si os puede enorgullecer vuestro valor; ¿y qué juicio puede decidir mejor esta pregunta que el modo como hemos combatido unos contra otros? ¿Podéis, acaso, decir que nos aventajáis por los conocimientos, vosotros que, poseyendo un muro, armas y riquezas y a los peloponesios por aliados, habéis tenido que ceder a gentes que con nada de esto contaban? ¿Son acaso los lacedemonios los que os enorgullecen? ¿Cómo es posible, si os han entregado (del mismo modo que se entregan con bozal los perros que muerden) al pueblo víctima de vuestra injusticia, y además se han marchado? Sin embargo, yo espero, ciudadanos, que no faltaréis a cuanto habéis jurado; antes por el contrario, añadiréis a vuestras restantes virtudes la de ser fieles al juramento y a las promesas.»
Otras exhortaciones añade para demostrar que todo ha de suceder sin perturbaciones de ninguna clase y que es preciso obedecer a las antiguas leyes, y luego levanta la asamblea. Establécense en seguida los poderes, constituyéndose el gobierno. Más tarde se sabe que los que se habían retirado a Eleusis toman soldados mercenarios a sueldo, y acometiéndoles en masa, matan a sus generales, que se habían adelantado para negociar, y envían a los restantes sus amigos y aliados para reconciliarse; juran todos no conservar rencor alguno por todo lo que ha sucedido, y aun ahora no ha cambiado el régimen político, pues el pueblo se conserva fiel a sus juramentos.