Tenía ya más de cuarenta años cuando Midias, el esposo de su hija, se deja llevar por las indicaciones de los que decían era vergonzoso que estuviese el gobierno en manos de una mujer y él no fuese más que un simple particular; y como a pesar de estar en guardia contra todos, como es natural en una tiranía, tenía entera confianza con Midias y le recibía con todo el cariño que puede existir entre una mujer y su yerno, se dice que en una de esas ocasiones la ahogó. Mata igualmente al hijo de Manía, joven de diez y siete años y muy notable por su belleza, después de lo cual se apodera de Escepsis y Gergis, plazas fuertes donde guardaba aquella sus tesoros. Las demás ciudades no quieren reconocerle, y las guarniciones de las mismas las conservan para Farnabazo. Midias, enviando después regalos a Farnabazo, le pide el gobierno del país con iguales condiciones que le tenía Manía; pero este le contesta que puede guardar los presentes para cuando venga a buscarlos juntamente con su persona, y añade que no quiere vivir sin vengar a Manía.
En esta situación llega Dercílidas, y en un solo día se apodera sin lucha de Larisa, Hamáxito y Colonas, ciudades del litoral, y enviando mensajeros a las ciudades eolias, les promete la libertad si le abren sus puertas y se hacen sus aliadas. Los habitantes de Neandria, Ilión y Cocilio se declaran en favor suyo, pues sus guarniciones griegas no habían sido muy bien tratadas después de la muerte de Manía; pero el jefe de la de Cebrene, plaza muy fuerte, esperando alcanzar de Farnabazo grandes honores si le conserva esta ciudad, no recibe a Dercílidas, quien, enojándose, se prepara para ponerle sitio; no siendo favorables los signos de los sacrificios que ofrece antes de comenzar el sitio, los renueva al día siguiente, y presentándose también desfavorable, vuelve a consultarlos al otro día, continuando de este modo durante cuatro días, irritándole mucho tales dilaciones, pues deseaba apoderarse de toda Eólida antes de que llegara Farnabazo.
Aténadas de Sición, uno de los capitanes, creyendo pierde el tiempo Dercílidas en estas bagatelas, y suponiéndose bastante para cortar el agua a los cebrenios, avanza con su compañía y procura cegar las fuentes; pero hacen una salida los sitiados, le hieren, mátanle dos hombres y ahuyentan a los demás a fuerza de golpes y de dardos. Hallábase Dercílidas muy apesadumbrado por este accidente, pues comprendía se daría el asalto con menos vigor, cuando llegan mensajeros de los griegos encerrados en la ciudad participándole no estaban conformes con la conducta de su jefe y que preferían servir a los griegos mejor que a los bárbaros. Estaban aún en tratos, cuando llega un enviado del jefe para decir que tal es también su modo de pensar. Inmediatamente Dercílidas, para quien son favorables aquel día las víctimas, pone a sus tropas sobre las armas y las conduce a las puertas de la ciudad, que le son abiertas para que puedan entrar en ella, y dejando allí una guarnición, se dirige en seguida a Escepsis y Gergis.
Midias, que temía la llegada de Farnabazo y que desconfiaba ya de la disposición de ánimo en que se hallaban los ciudadanos, envía mensajeros a Dercílidas diciéndole entrarán en parlamento si le manda rehenes; Dercílidas envía un ciudadano de cada una de las poblaciones aliadas y le invita a escoger el número que bien le parezca: quédase con diez, sale de la ciudad, entra en componendas con Dercílidas y le pregunta qué condiciones pone a su alianza, a lo cual contesta aquel que quiere sean libres e independientes todos los habitantes, diciendo lo cual, avanza en dirección a Escepsis, y Midias, conociendo no puede impedirle la entrada contra el deseo de los ciudadanos, no se opone. Dercílidas, después de haber sacrificado a Minerva en la acrópolis de Escepsis, hace salir la guarnición de Midias y entrega el gobierno de la plaza a los ciudadanos exhortándoles a que se rijan por leyes propias de griegos y de hombres libres; después de lo cual, se dirige a Gergis acompañado de gran número de los de Escepsis, que le tributan toda clase de honores y se alegran con lo que acaba de suceder. Midias, que iba con él, le suplica le entregue la ciudad de Gergis, a lo cual contesta Dercílidas que no le rehusará jamás ninguna cosa justa; pero mientras dice esto, se adelanta con él hasta las puertas de la ciudad seguido de las tropas, que marchan pacíficamente en dos filas. Los vigías apostados en las torres reconocen a Midias, que va con él, y no lanzan un solo dardo. Entonces le dice Dercílidas:
—«Midias, manda abrir las puertas para guiarme y dirigirte conmigo al templo a ofrecer un sacrificio a Minerva.»
Midias vacila, pero por fin, temiendo ser detenido si se opone, da orden para que abran las puertas. Entra Dercílidas en la ciudad, yendo con él Midias, y se dirigen a la acrópolis, ordenando antes a sus soldados estén con las armas a lo largo de los muros mientras ofrece con su acompañamiento el sacrificio a Minerva. Una vez este terminado, da la orden a los guardias de Midias de alinearse en armas a la cabeza del ejército, como si fuesen mercenarios suyos, ya que nada tenía que temer de Midias. Este, vacilante y sin saber qué hacer,
—«Me voy —le dice— para prepararte mi hospitalidad.
—No, por Júpiter —contesta Dercílidas—; me sonrojaría recibiendo de ti la hospitalidad en lugar de ofrecértela yo una vez terminado el sacrificio; quédate, pues, con nosotros, y mientras preparan la comida, examinemos ambos lo que tenemos que hacer uno para otro en conformidad a la justicia.»
Después que se sentaron, comienza Dercílidas a preguntarle:
—«Dime, Midias, ¿te dejó tu padre dueño de cuanto posees?