—Seguramente —contestan.
—Entonces todo nos pertenece, pues Farnabazo es nuestro enemigo y poseemos lo que era suyo. Conducidme, pues, a donde se hallan los bienes de Manía y de Farnabazo.»
Condúcenle entonces a la habitación de Manía, de la cual ha tomado posesión Midias, y este también le sigue. Así que ha entrado Dercílidas, llama a los mayordomos y los hace prender por sus servidores, declarándoles serán degollados inmediatamente si se descubre han robado algo de lo que pertenecía a Manía. Muestran cuanto tienen, y Dercílidas, asegurándose de todo, hace cerrar la casa, pone su sello y establece en ella guardia. Al salir dice a los tribunos y a los capitanes colocados junto a la puerta:
—«Compañeros, tenemos asegurada la paga durante un año a un ejército de 8000 hombres; si encontramos aún algo más, todo eso tendremos.»
Dijo esto conociendo que los que le oyesen serían mucho más obedientes y celosos. Midias le pide entonces:
—«¿Y yo, Dercílidas, dónde deberé habitar?
—En el lugar que te designa la justicia, Midias —le contesta—; en Escepsis, tu patria, y en casa de tu padre.»
CAPÍTULO II.
Después de haber realizado estas cosas y de haber tomado nueve ciudades en ocho días, Dercílidas pensó en los medios de no servir de carga a los aliados invernando en un país amigo, como lo había hecho Tibrón, y al mismo tiempo impedir a Farnabazo inquietase con su caballería a las ciudades griegas. Envía por lo mismo mensajeros a Farnabazo pidiéndole si quiere la paz o la guerra, y este, comprendiendo que Eólida es una temible avanzada para Frigia, donde reside, prefiere una tregua.
Hecho esto, dirígese Dercílidas a Tracia de Bitinia para invernar, lo cual no desagrada en modo alguno a Farnabazo, pues los bitinios le hacían a menudo la guerra, con lo cual Dercílidas toma y saquea con seguridad completa Bitinia y tiene siempre víveres en abundancia. Llégale de la otra orilla un refuerzo de los odrisios, enviado por Seutes, consistente en unos doscientos caballos y trescientos peltastas, cuyas tropas forman su campamento y se atrincheran a unos veinte estadios del ejército griego, y después de pedir a Dercílidas algunos hoplitas para guardar su campamento, emprenden sus correrías, en las que hacen numerosos prisioneros y consiguen rico botín. Hallábase su campo muy lleno de cautivos cuando los bitinios, informados del número de los que salían y del de los centinelas griegos que para su guarda dejaban, reuniéndose en masa peltastas y caballería, caen, al apuntar el día, sobre los hoplitas, que eran unos doscientos, y una vez a tiro, los reciben con flechas y dardos. Los hoplitas, al ver heridos o muertos a sus compañeros sin poder hacer nada por impedírselo la empalizada, que tiene la altura de un hombre, arrancan las estacas y se lanzan sobre el enemigo, que cede donde quiera que le ataquen, por ser fácil a los peltastas burlar la persecución de los hoplitas; no cesan, sin embargo, de arrojar dardos a derecha e izquierda, y a cada salida de los guardias les hacen gran número de bajas, hasta que por fin, acorralados estos últimos como en un establo, son aplastados por el gran número de los enemigos, con excepción de unos quince hoplitas que, viendo lo desesperado de su situación, habían podido escaparse durante el combate sin ser vistos por los bitinios y que consiguen llegar al campamento griego. Matan los bitinios a los guardas de las tiendas de los odrisios tracios y se retiran después de haber recuperado todos los prisioneros, de manera que los griegos, al acudir para prestarles auxilio, no encuentran en el campamento más que los cadáveres completamente despojados de sus vestidos. A su vuelta entierran los odrisios sus muertos, y después de beber sobre sus cuerpos mucho vino, celebran carreras de caballos, acampando desde entonces con los griegos y saqueando e incendiando Bitinia.