Al año siguiente[102] decretan los éforos otra expedición contra Élide, y exceptuando a los beocios y corintios, todos los aliados, incluso los atenienses, se ponen a las órdenes de Agis. Penetra Agis en Élide por Aulón[103], y en seguida los lepreatas, abandonando a los eleos, se le unen seguidos de los macistios y epitalios; después de haber pasado el río[104], se le entregan los letrinos, los anfídolos y los marganeos. Dirígese entonces a Olimpia y sacrifica a Zeus olímpico sin que nadie se lo impida. Después de haber sacrificado marcha contra la ciudad, saqueando e incendiando el país, apoderándose de extraordinario número de animales y de esclavos, oyendo lo cual llegan grandes grupos de arcadios y de aqueos para tomar parte espontáneamente en la expedición y en el botín; de manera que esta expedición vino a ser como un abastecimiento para el Peloponeso.
Llegado junto a la población, Agis devasta los suburbios y los gimnasios, notables por su hermosura; y en cuanto a la ciudad, desprovista de murallas, bien se comprende que si no la tomó no fue porque no pudo, sino porque no quiso.
Mientras saquea el país y el ejército esté acampado junto a Cilene, los partidarios de Xenias, de quien se dice haber medido a celemines el dinero heredado de su padre, quieren entregar la ciudad a los lacedemonios, y echándose a la calle espada en mano, degüellan algunos ciudadanos, y entre otros a un hombre parecido a Trasideo, jefe del partido popular, creyendo que era este, con lo cual el pueblo, completamente desanimado, se halla en la inacción: los asesinos creen haber hecho ya cuanto tenían que hacer, y sus cómplices transportan las armas a la plaza pública; pero Trasideo se hallaba aún durmiendo en el mismo sitio en que se había apoderado de él la borrachera. Así que el pueblo sabe que Trasideo no ha muerto, rodeando su casa por todas partes como un enjambre de abejas alrededor de su reina, y después de reunir al ejército, se pone a su cabeza y tiene lugar un combate en el que queda vencedor el pueblo, y los autores del degüello tienen que refugiarse en Lacedemonia.
Agis, al marchar, después de atravesar nuevamente el Alfeo dejando una guarnición en Epitalio junto a este río, con los fugitivos de Élide, y nombrando gobernador a Lisipo, licencia el ejército y regresa a su país. Durante el resto del verano y en el siguiente invierno, Lisipo y los suyos devastan el país de los eleos, y al verano siguiente, Trasideo, mandando mensajeros a Lacedemonia, les participa que consiente en demoler las murallas de Fea y Cilene, y liberar las ciudades trifilias: Frixa y Epitalio, y a los letrinos, anfídolos y marganeos, así como a los acroreos y la ciudad de Lasión, que les disputaban los arcadios, exigiendo, sin embargo, quedarse con Epeo, situada entre Herea y Macisto, que decían haber comprado por treinta talentos, habiéndolos pagado a los que poseían dicha ciudad: pero los lacedemonios, conociendo que es tan injusto tratando con uno más débil, comprar algo por fuerza, como tomárselo con violencia, les obligan también a renunciar a dicha ciudad, sin quitarles la presidencia del templo de Júpiter olímpico aunque no la poseyesen desde mucho tiempo antes, por ser los pretendientes a la misma muy poco idóneos para ella. Hechas estas concesiones, se ajusta un tratado de paz y de alianza entre los eleos y los lacedemonios, y de este modo termina la guerra entre los dos pueblos.
CAPÍTULO III.
Dirígese después Agis a Delfos[105], donde ofrece el diezmo del botín; pero a su regreso a Herea, y siendo ya viejo, se siente enfermo y ordena le lleven a Lacedemonia, donde llega aún vivo, pero donde muere al poco tiempo, haciéndole unos funerales más espléndidos de lo que puede esperar hombre alguno.
Transcurridos los días de luto, cuando debe ser elegido el rey, levántanse rivales pretensiones a la realeza entre Leotíquides, que decía ser hijo de Agis, y Agesilao, hermano de este último. Leotíquides decía[106]:
—«Agesilao, bien sabes que el hijo del rey y no el hermano debe ser elegido, y únicamente si no hay hijos es cuando debe serlo el hermano.
—Pues por eso debo ser rey.
—¿Cómo es posible, si estoy yo aquí?