—Pues muy sencillo, porque aquel a quien tú llamas padre, dice que no eres suyo.

—Pero mi madre, que debe saberlo mejor que él, dice que lo soy.

—Poseidón[107] declara que miente, pues echó a tu padre del tálamo nupcial a la vista de todo el mundo con un temblor de tierra, y este hecho está confirmado por un testigo que se considera el más verdadero de todos, el tiempo, puesto que tú no naciste hasta diez meses después que tu padre huyó del tálamo y no volvió a él.»

He aquí lo que decían; Diópites, hombre muy versado en la interpretación de los oráculos, recuerda en apoyo de Leotíquides un oráculo de Apolo que dice deben guardarse de un rey cojo; pero Lisandro replica en favor de Agesilao, que no cree ordene el dios se guarden de uno que sea verdaderamente cojo, sino de un rey que no fuera de sangre real, porque entonces sería verdaderamente coja la realeza, no descendiendo de Hércules los jefes de la ciudad. Después de haber oído a las dos partes, elige la ciudad por rey a Agesilao.

No había transcurrido aún un año desde que era rey Agesilao, cuando un día, mientras se hallaba ofreciendo para el estado uno de los sacrificios prescritos, el augur exclama, que los dioses indican una conjuración de las más terribles; sacrificando de nuevo, preséntanse aun más funestos los signos, y al sacrificar por tercera vez el rey, le dice el adivino: «Agesilao, parece que estamos rodeados de enemigos; he aquí los signos.» Sacrificase inmediatamente a los dioses protectores y salvadores, y se cesa así que se han obtenido, no sin trabajo, signos favorables. Hacía ya cinco días que estaban terminados estos sacrificios, cuando un hombre denuncia a los éforos una conjuración de la que es jefe Cinadón. Era este un joven de exterior y alma varoniles, pero que no pertenecía a la clase de los iguales[108]. Pídenle los éforos detalles de cómo debe aquella realizarse, y el denunciador refiere que Cinadón le ha conducido a un extremo de la plaza pública y le ha mandado contara el número de los espartanos que se hallaban en ella.

—«Y yo —dijo—, después de haber contado el rey, los éforos, los senadores y algunos otros, en número de unos cuarenta, pregunté: ¿Por qué, Cinadón, me has hecho contar toda esa gente? A lo cual me contestó: Debes considerar a todos estos como enemigos; todos los demás que se encuentran sobre la plaza pública, en número de más de cuatro mil, puedes considerarlos, por el contrario, como aliados.»

Después añade que Cinadón le ha enseñado en las calles unas veces uno y otras veces dos a quienes daba el nombre de enemigos, mientras que todos los demás, decía, eran amigos y del propio modo de los espartanos que están en el campo, pues siendo enemigo el dueño, todos los demás son aliados. Los éforos le preguntan cuál puede ser el número de los conjurados, y contesta que también sobre este punto le ha dicho Cinadón que los jefes tienen únicamente un pequeño número de auxiliares, pero que les son completamente fieles los hilotas, los neodamodes, las clases inferiores y los periecos. Cada vez que entre esta gente la conversación gira sobre los espartanos, ninguno de ellos puede ocultar que les sería agradable el comérselos crudos. Pídenle también:

—«Pero ¿cómo pensabais procuraros armas?»

Y él contesta:

—«Los jefes de nuestra conspiración dicen siempre que poseen las armas necesarias.»