Y en cuanto a las armas para la multitud, cuenta que Cinadón le ha llevado al mercado del hierro, donde le ha enseñado gran cantidad de sables, espadas, estoques, hachas, hachuelas y hoces, y le ha dicho que todos los instrumentos que emplean los hombres para trabajar la tierra y para labrar la madera y la piedra, son otras tantas armas, así como la mayor parte de los útiles de los otros oficios, son armas bastantes contra gente desarmada. Finalmente, se le pide la fecha en que debe estallar la conspiración, y refiere que se le ha recomendado no se aleje de la ciudad.

Inmediatamente, y sin convocar siquiera lo que se llama la pequeña asamblea, los éforos, después de oír todos estos datos y comprendiendo que existe un plan determinado y completo en la conjuración, sobrecogidos por el miedo, reúnen a toda prisa algunos ancianos, y deciden enviar a Cinadón con otros jóvenes al pueblo de Aulón con orden de conducir algunos hilotas y aulonitas, cuyos nombres están escritos en una escítala[109]. Danle asimismo orden para conducir de aquella ciudad a una mujer que decían era muy hermosa y a quien acusaban de haber corrompido a todos los lacedemonios jóvenes y viejos que habían ido a Aulón, encargo semejante a los que ya otras veces le habían confiado los éforos. En esta ocasión le dan la escítala en la cual estaban escritos los nombres de los que debía prender, y cuando pide quiénes son los que tienen que ir con él, «dirígete al más anciano de los hipagretas[110], le dicen, y ruégale te entregue seis o siete de los que se hallen presentes.» Se había tenido buen cuidado de hacer saber al hipagreta a quiénes debía mandar, y estos sabían también que debían prender a Cinadón. Dícesele asimismo que irán con él tres carros para que no tengan que ir a pie los presos, procurando así ocultar lo mejor posible el único objeto para que se le enviaba. No se apoderaron de él en la ciudad por no saber la extensión de la conspiración, y para averiguar por Cinadón quiénes eran sus cómplices, antes que estos pudieran saber se les había denunciado, y por lo tanto tomar la fuga. Los encargados de prenderle debían retenerle e informarse de los nombres de sus cómplices, enviándolos después inmediatamente, por escrito, a los éforos. Estos tenían tanto interés en el buen éxito de su plan, que habían enviado un escuadrón de caballería con los que se dirigían a Aulón. Así que está preso Cinadón, llega un soldado de a caballo con los nombres que aquel ha escrito, e inmediatamente los éforos hacen prender al adivino Tisámeno y a los más notables de los conjurados. Cuando llega Cinadón declara de plano y lo confiesa todo, incluso el nombre de sus cómplices, y cuando se le pide qué objeto se proponía con su trama, contesta que no quería ser inferior a nadie en Esparta. Después de esto, átanle las dos manos, pásanle el cuello en una pieza de madera, danle azotes, clávanle aguijones y es paseado así con sus cómplices por la ciudad. Tal fue el castigo que recibieron.

CAPÍTULO IV.

Después de estos sucesos, cierto siracusano, llamado Herodas, que se hallaba en Fenicia con el dueño de una nave, viendo gran movimiento en las trirremes fenicias, que se equipaban otras en los astilleros y que se construían buques de toda clase en gran número, averigua que deben formar parte de una flota de trescientas naves, y subiendo en la primera que se hace a la vela para Grecia, llega a Lacedemonia para anunciar que el rey y Tisafernes preparan una expedición que ignora contra quién irá dirigida.

Sobresaltados los espartanos, reúnen a sus aliados, consultando sobre el partido que deben tomar, y Lisandro, que conoce la superioridad de la marina griega, y recuerda la retirada del ejército heleno que había ayudado a Ciro, persuade a Agesilao para que se encargue de dirigir una expedición a Asia, poniendo a sus órdenes treinta espartanos, dos mil neodamodes y seis mil hombres de los aliados. Tenía asimismo la intención de acompañar a Agesilao a fin de restablecer las decarquías[111] en las ciudades donde en otro tiempo las había instalado pero que habían sido más tarde abolidas por los éforos al restablecer los antiguos gobiernos.

Acepta Agesilao el mando de esta expedición, concediéndole los lacedemonios cuanto pide, y proveyéndole de víveres para seis meses. Después de haber ofrecido a los dioses los debidos sacrificios, principalmente los necesarios para pedir un viaje feliz, se pone en marcha[112], no sin haber mandado antes mensajeros a los diferentes estados, fijando el número de soldados que debe enviar cada uno y el sitio en donde deben reunírsele, yendo a sacrificar, como Agamenón al dirigirse a Troya, a Áulide. Informados los beotarcas[113] de que ofrecía sacrificios, envían soldados de caballería que le ordenan cese al instante en sus sacrificios, y que arrojan asimismo del altar las víctimas que allí encuentran inmoladas. Irritado Agesilao y tomando a los dioses por testigos, embárcase en una trirreme, llega a Gerasto[114], donde reúne la mayor parte de sus tropas, al frente de las cuales se hace a la vela para Éfeso.

Una vez allí, recibe un mensaje de Tisafernes pidiéndole el motivo de su llegada. Contéstale Agesilao es para asegurar la independencia de las ciudades de Asia, a fin de que gocen la misma libertad que las de Grecia. Replícale entonces Tisafernes:

—«Si quieres ejecutar una tregua hasta que lleguen las órdenes del rey, me parece podrás volverte después de haberlo conseguido.

—Bien lo quisiera, contesta Agesilao, pero temo quieras engañarme; mientras tanto, a cambio de las garantías que me des, puedo ofrecerte que si obras con sinceridad ningún daño causaremos a tus provincias mientras dure la tregua.»

Después de estos preliminares, jura Tisafernes que desea de buena fe la paz, ante los enviados de Agesilao, Herípidas, Dercílidas y Megilo, y estos se comprometen por juramento, a nombre de Agesilao ante Tisafernes, a respetar la tregua mientras sea este fiel a su palabra. Tisafernes, sin embargo, no tarda en faltar a su juramento, pues en lugar de respetar la paz, hace pedir al rey un ejército numeroso para reforzar el suyo; pero Agesilao, aunque conociendo esta conducta, permanece fiel a la tregua.