Mientras permanece inactivo y en reposo en Éfeso, encuéntranse las ciudades en plena anarquía, pues había sido derribada la democracia que habían constituido los atenienses, y no había sido tampoco restablecida la decarquía establecida por Lisandro; sus habitantes, que tanto querían a Lisandro, le suplican con vehemencia obtenga de Agesilao lo que desean, por lo cual está siempre rodeado de una apretada muchedumbre, que le sigue a todas partes, pareciendo Agesilao un simple particular, mientras Lisandro se asemeja a un rey, lo cual contribuye a excitar contra él a Agesilao, como pudo verse más tarde. Los Treinta no pueden tampoco ocultar su envidia y representan a aquel cuán culpable es la conducta de Lisandro, que despliega un fausto verdaderamente real; de ahí que cuando este le presenta algunas personas, niega Agesilao todas las peticiones en que parece interesarse Lisandro. Finalmente apercibiéndose este de que todos los asuntos por los que se interesa son despachados en sentido contrario a su deseo, adivina el motivo de ello, y desde entonces no consiente que nadie le acompañe, y manifiesta sin ambages a cuantos reclaman su mediación, que sus asuntos tendrán peor éxito si interviene en ellos, y no pudiendo ya soportar por más tiempo su infortunio, dirigiéndose a Agesilao le dice:

—«Agesilao, tú no buscas más que humillar a tus amigos.

—Sí, por Júpiter —contesta este—, en cuanto a aquellos que desean sobreponérseme, porque respecto a aquellos que procuran mi engrandecimiento, consideraría como una gran vergüenza el no procurar honrarles como merecen.

—Posible es —replica Lisandro— que obres en ello con más justicia que yo, pero concédeme una nueva gracia, a fin de que no me deshonre el no poder conseguir nada junto a ti, y que al mismo tiempo no sea un obstáculo a tus acciones: envíame a cualquier parte, pues donde quiera que sea procuraré serte útil.»

Después de haber hablado así, parécele conveniente a Agesilao y le manda al Helesponto. Una vez allí, Lisandro averigua que el persa Espitrídates ha sido humillado por Farnabazo, y teniendo con él una entrevista le persuade a que se una a los griegos con sus hijos, sus riquezas y unos doscientos caballos, dejando a los cuales en Cícico se embarca con Espitrídates y su hijo y los conduce a Agesilao. Este, al verlos, admirablemente complacido por esta acción, se informa del país y del mando de Farnabazo.

Enorgullecido Tisafernes por saber se halla en camino el ejército que le envía el rey, declara la guerra a Agesilao si no sale de Asia; los aliados y los lacedemonios que allí se hallaban se muestran apesadumbrados, comprendiendo la grande inferioridad de las fuerzas de Agesilao, comparadas al grande aparato de las del rey; pero aquel, con rostro alegre, ordena a los mensajeros den a Tisafernes las gracias por haberse hecho enemigos de los dioses con su perjurio, y haberlos convertido con él en aliados de los griegos. Da inmediatamente orden a sus soldados para que hagan sus preparativos de campaña, y a las ciudades por donde debía pasar para dirigirse a Caria, la de tener bien provistos sus mercados, y envía asimismo a los jonios, eolios y helespontinos la orden de que le manden a Éfeso las tropas que deben proporcionarle. Tisafernes, sabiendo que Agesilao no tiene caballería mercenaria y que Caria no se presta para las maniobras de la caballería, así como que le guarda aquel rencor por su perfidia, y creyendo que Agesilao va a dirigirse directamente hacia Caria, su residencia, hace pasar a ella toda su infantería y ocupa con su caballería la llanura del Meandro, esperando hallarse en situación para aplastar con sus caballos a los griegos antes de que puedan estos llegar a las otras comarcas, que no son favorables para las maniobras de la caballería. Pero Agesilao, en vez de dirigirse directamente a Caria, cambia súbitamente de dirección y avanza por Frigia, reclutando fuerzas a su paso, sometiendo ciudades y recogiendo abundante botín con esta repentina invasión. Avanzan con entera tranquilidad; pero al llegar junto a Dascilio, los soldados de caballería de su vanguardia suben a una colina para reconocer el país que se ofrece a su vista, y da la casualidad que los caballos de Farnabazo, mandados por Ratines y Bageo, hermano natural de Farnabazo, en número igual al de los griegos, galopan también por orden de este último en dirección a la misma colina. Cuando se distinguen unos a otros no distaban ya entre sí más de cuatro pletros[115]; fórmanse los griegos en falange en cuatro filas, y los bárbaros a doce de frente, pero con el fondo muy nutrido; atacan los primeros y vienen a las manos. A cada golpe rompen los griegos sus lanzas, mientras los persas, que las tienen de cornejo, matan en poco tiempo a doce soldados y dos caballos, con lo cual declárase en fuga la caballería griega; pero llega Agesilao en su auxilio con los hoplitas, y tienen los bárbaros que retroceder después de haber sido muerto uno de los suyos.

Al día siguiente de esta escaramuza entre la caballería, ofrece Agesilao un sacrificio para el ataque; pero siendo desfavorables las entrañas de las víctimas, retrocede hacia el mar. Conociendo que no podrá adelantarse en la llanura mientras no posea una caballería bastante fuerte, comprende debe procurársela a todo trance, a fin de no tener que hacer la guerra huyendo; ordena, por lo tanto, a los más ricos de todas las ciudades de la comarca procuren criar caballos, anuncia que dispensará del servicio a todo el que presente un caballo con su equipo y un soldado experto en el manejo del mismo y hace ejecutar con prontitud sus órdenes, como si se tratase de que cada cual pusiera un sustituto para morir en su lugar.

Al principiar la primavera[116] reúne todo su ejército en Éfeso, y queriendo adiestrarle, promete premios a las tropas de caballería que mejor maniobren, a los hoplitas que tengan el cuerpo más robusto y a los peltastas y arqueros que muestren mejor puntería en sus tiros; hubiérase visto entonces los gimnasios llenos de hombres que se ejercitaban, los hipódromos de los que evolucionaban a caballo, y de arqueros y saeteros que tiraban al blanco. La ciudad entera en que se hallaba ofrecía un interesante aspecto: la plaza pública llena por todas partes de armas y caballos en venta; los obreros de toda clase, en cobre, en madera, en hierro, en cuero y en pintura, trabajando en la fabricación de armas; en fin, hubiera podido tomarse a Éfeso como un taller de la guerra. Nada inspiraba, sobre todo, tanta confianza como el ver al mismo Agesilao y a sus soldados con coronas de flores ir a ofrecerlas al salir de los gimnasios a la diosa Diana; porque ¿cómo no hallar buenas esperanzas donde los hombres respetan a los dioses, se ejercitan en la guerra y obedecen a sus jefes? Persuadido asimismo Agesilao de que el desdén hacia el enemigo da valor para combatirle, dio orden a los pregoneros para que vendieran desnudos a los bárbaros cogidos por los exploradores, y los soldados, viendo aquellos cuerpos tan blancos, porque no se desnudan nunca, linfáticos y obesos, pues siempre se hallaban montados en los carros, comprendían que la guerra con ellos sería como si peleasen con mujeres.

Con estos preparativos había transcurrido ya un año desde la marcha de Agesilao; de manera que Lisandro y los otros treinta vuelven a Esparta, siendo reemplazados por los que se habían nombrado bajo el mando de Herípidas. Agesilao confía la caballería a Jenocles y a otro jefe, los hoplitas neodamodes a Escites, a Herípidas las tropas que habían servido a Ciro, y a Migdón el contingente de los aliados. Anuncia después a sus soldados va a llevarles por el más corto camino a la parte más fortificada del país, a fin de que preparen su espíritu y su cuerpo para combatir dentro de poco. Tisafernes cree quiere engañarle como la otra vez, y que su verdadero designio es el de dirigirse a Caria: hace, pues, pasar como la primera vez su infantería a dicha región, y coloca también su caballería en la llanura del Meandro; pero Agesilao, que no había mentido, se dirige inmediatamente, cumpliendo lo que había dicho, a la provincia de Sardes; marcha tres días a través del desierto, sin encontrar al enemigo, procurando a su ejército víveres en abundancia; pero al cuarto día se distingue la caballería de los bárbaros. El comandante de la caballería da orden al jefe de los escevóforos para que pase el Pactolo y asiente el campamento; y allí, al ver algunos sirvientes griegos apartarse de los suyos para saquear, matan a gran número de ellos, por lo cual Agesilao envía a la caballería para socorrerles. Por su parte los persas, al conocer les llega este refuerzo, reúnen también su caballería y hácenla avanzar en orden de batalla. Agesilao, al ver que los enemigos carecen de infantería mientras él tiene todas las fuerzas que necesita, juzga oportuno librar combate. Inmoladas las víctimas, hace avanzar a su falange contra la caballería enemiga, ordena a los hoplitas veteranos lleguen al mismo tiempo a la carrera y avancen corriendo los peltastas, así como manda cargar a la caballería, mientras él les sigue con todo el ejército.

Rechazan los persas a la caballería; pero cayendo sobre ellos todo el peso del ejército, tienen que replegarse, pereciendo unos inmediatamente en el río, mientras los otros se declaran en fuga. Persíguenles los griegos y se apoderan de su campamento, ocupándose los peltastas, según su costumbre, en saquear. Agesilao, envolviéndolo todo con su ejército, hace que los dos campos se confundan y realiza un inmenso botín que produce más de setenta talentos, además de los camellos de que se apoderan, y que se llevó Agesilao a Grecia.