Mientras tenía lugar este combate, se hallaba Tisafernes en Sardes, por lo cual los persas le acusaron de haberles hecho traición, y el rey, considerándole como la causa de todos esos desastres, envió a Titraustes con orden de cortarle la cabeza. Hecho esto, envía Titraustes mensajeros a Agesilao para decirle:

—«Agesilao, el autor de todas las dificultades entre ambos ha recibido ya su merecido castigo; el rey quiere que te vuelvas a tu país y que las ciudades independientes de Asia le paguen el antiguo tributo.»

Agesilao contesta que no puede adherirse a esto sin el consentimiento de los magistrados de su país.

—«Pues bien —dice Titraustes—, mientras esperas las instrucciones de tu patria, retírate al territorio de Farnabazo, pues yo te he vengado ya de tu enemigo.

—Está bien —contesta Agesilao—; pero es preciso que proveas a mi ejército de los víveres necesarios, hasta que haya llegado allí.»

Titraustes le da treinta talentos, y él los toma y se dirige a Frigia, que pertenecía a Farnabazo.

Mientras estaba en la llanura que se encuentra pasada Cime, llega un mensajero de los magistrados de Esparta y le ordena tome también el mando de la flota, escogiendo a quien quiera para comandante de las naves. Obran así los lacedemonios por la razón de que, gracias a la concentración del mando de los dos ejércitos en un solo jefe, el de tierra ganará mucho en poder, y la flota podrá también ser sostenida por el ejército cuando así fuese necesario. Al saber esta nueva, Agesilao excita a las ciudades situadas en las islas y en el litoral a que construyan cuantas trirremes puedan, con lo cual obtiene un refuerzo de ciento veinte naves, así de las ciudades a quienes las ha pedido, como de los particulares que quieren congraciarse con él. Escoge para comandante de las naves a Pisandro, su cuñado, amigo de la gloria y de alma bien templada, pero que carece del talento necesario para un mando tan elevado. Parte Pisandro para llenar sus funciones, y Agesilao continúa, como se había propuesto, su marcha contra Frigia.

CAPÍTULO V.

Creyendo Titraustes apercibirse de que Agesilao menosprecia el poder del rey y que en vez de evacuar Asia alimenta más bien grandes esperanzas de someterla, en la incertidumbre en que está respecto a lo que debe hacer, envía a Grecia[117] al rodio Timócrates, a quien entrega unos cincuenta talentos en oro, encargándole soborne a los magistrados de las diferentes ciudades, exija de ellos las mayores pruebas de fidelidad y les excite para que declaren la guerra a los lacedemonios. Parte aquel a Grecia y hace aceptar sus dones a Androclidas, Ismenias y Galaxídoro en Tebas, a Timolao y a Poliantes en Corinto y a Cilón y sus amigos en Argos. Los atenienses, aunque no participan de este oro, desean, sin embargo, la guerra con ardor, pues creen están bajo el yugo de Esparta. Comienzan los que han recibido el dinero por declamar en sus mismas ciudades contra los lacedemonios; después excitan contra ellos el odio de todos, y concluyen, por último, por confederar con ese objeto las ciudades más principales.

Conociendo el gobierno de Tebas que si no se principia la guerra no querrán los lacedemonios romper la tregua con sus aliados, persuade a los locrios opuntios a que levanten tributos en el territorio que tienen en litigio con los focidios, con lo cual espera se arrojarán enseguida los focidios sobre la Lócrida, presunción que vienen a confirmar por completo los hechos, pues los focidios invaden aquella comarca y se apoderan de considerables riquezas. Con este motivo el partido de Androclidas persuade fácilmente a los tebanos a que socorran a los locrios ya que los focidios han invadido un territorio que no solo no está en litigio, sino que es reconocido por todos como amigo y aliado. Así, pues, cuando los tebanos verifican una nueva irrupción en la Fócida y devastan el país, envían los focidios diputados a Lacedemonia reclamando su auxilio, juzgándose dignos de él, pues no han principiado la guerra, ya que, según afirman, solo se han dirigido contra los locrios para rechazarlos. Acogen con alegría los espartanos este pretexto para combatir con los tebanos, pues tiempo hacía les guardaban rencor por haber reclamado en favor de Apolo el diezmo del botín de Decelia y por no haberles querido acompañar en el ataque del Pireo, así como les acusaban también de haber convencido a los corintios para que no fuesen a pelear con ellos, ni habían olvidado tampoco el haber impedido a Agesilao sacrificar en Áulide, arrojando del altar las víctimas y el haber rehusado seguirle en su expedición a Asia. Consideran que es una preciosa ocasión para dirigir contra ellos un ejército y poner coto a su insolencia; sus asuntos en Asia hállanse en próspera situación, gracias a las victorias de Agesilao, y en Grecia ninguna otra guerra ha de servirles de obstáculo; por todo lo cual, estando los ciudadanos en esta disposición de ánimo, anúncianles los éforos la declaración de guerra y mandan a Lisandro junto a los focidios ordenándoles se dirijan a Haliarto[118] con un ejército compuesto de focidios, eteos, heracleotas, melios y enianos. Pausanias debía también dirigirse allí el día prefijado, seguido de los espartanos y de los aliados peloponesios, para tomar el mando. Lisandro ejecuta puntualmente las órdenes recibidas y aparta además a Orcómeno del partido de los tebanos. Por su parte Pausanias, después de ofrecer los sacrificios impetrando el feliz viaje, se establece en Tegea, de donde envía a reclutar soldados a los jefes de los mercenarios y adonde consigue asimismo se dirijan las tropas de las ciudades vecinas. Así que los tebanos tienen la seguridad de que los lacedemonios invadirán su país, envían mensajeros a Atenas que dicen al pueblo lo siguiente: