«Atenienses: Los cargos que nos habéis hecho de haber decretado al terminar la guerra, crueles leyes contra vosotros, no son justos; no era la ciudad, sino un solo hombre[119], quien lo propuso, pues se sentaba entonces en el consejo de los aliados. Pero cuando los lacedemonios hicieron decidirnos para atacar el Pireo, la ciudad en masa decretó que no nos uniéramos a ellos para esta expedición. Por esto, ya que sois vosotros una de las causas principales del odio que nos tienen los espartanos, creemos justo vengáis en socorro de nuestra ciudad. Pero aun creemos más, pues confiamos en que cuantos se hallaban entonces en vuestra población se apresurarán a marchar contra los lacedemonios. Ellos son, en efecto, los que después de haber impuesto al pueblo una oligarquía odiosa, y mientras se llamaban nuestros aliados llegando con poderoso ejército, os entregaron en manos de la multitud; de modo que no ha dependido de ellos el que no hayáis perecido por completo, pues el pueblo ha sido el que os ha salvado.
»Todos sabemos, ¡oh atenienses! que queréis reconquistar vuestro antiguo poderío, y ¿qué mejor medio para conseguirlo que ayudar vosotros mismos a los que son víctimas de las injusticias de Esparta? No temáis el número de los que les siguen, pues debéis ser mucho más audaces al recordar teníais tantos más enemigos cuando contabais con muchos aliados. Mientras carecían estos de quien protegiera su defección, ocultaban hipócritamente el odio que os tenían; pero así que los lacedemonios se pusieron a su cabeza, mostraron inmediatamente sus verdaderos sentimientos hacia vosotros. También hoy sucederá lo mismo; así que se haga público que nos unimos unos y otros para combatir a los lacedemonios, inmediatamente aparecerán, y en gran número, los que les detestan. Basta que reflexionéis un poco para convenceros de que es verdad cuanto os decimos. En efecto, ¿qué pueblo fiel les queda ahora? No serán sin duda los argivos, que se han considerado en todo tiempo como enemigos suyos, ni los eleos, pues acaban de enajenárseles al tomarles sus ciudades y gran parte de su territorio; y ¿qué diremos de los corintios, arcadios y aqueos, que, si bien cediendo a sus instancias, han compartido con ellos sus trabajos, sus peligros y sus gastos en la guerra que os hicieron, después de haber hecho cuanto querían, no han alcanzado la más pequeña parte en su poder, honores y riquezas? Por el contrario, se les ha envilecido e irritado al enviarles hilotas por gobernadores, del propio modo que supieron declararse jefes de los aliados independientes después de haber conseguido el predominio sobre vosotros. Por otra parte, han engañado notoriamente a cuantos apartaron de vuestra alianza, pues en vez de reconocerles su libertad, les han impuesto la doble tiranía de los gobernadores y de los Diez que estableció Lisandro en cada ciudad. Y el rey de Persia, después de haberles proporcionado los recursos más considerables para batir vuestro poderío, ¿ha alcanzado, por ventura, ninguna ventaja que no hubiera podido obtener uniéndose a vosotros contra ellos?
»¿No adquiriréis, pues, un poder mayor que el que teníais antes, si os ponéis al frente de los pueblos que tan imprudentemente han perjudicado? Durante la época de vuestro predominio teníais únicamente imperio sobre el mar; pues bien, ahora podéis dominarnos a todos nosotros, a los peloponesios, a las ciudades que antes os estaban sometidas y al mismo rey, cuyo poderío es tan grande. Bien sabéis que éramos para Esparta unos aliados dignos de ser tenidos en cuenta, y ahora es natural que combatamos con vosotros con una energía mucho mayor que la que desplegamos al combatir con ellos, pues la lucha actual no tiene por objeto pelear por los siracusanos o por algún otro pueblo extranjero, como sucedía entonces, sino por nosotros mismos, que hemos visto lesionados nuestros derechos.
»No debéis ignorar tampoco que la codiciosa dominación de los lacedemonios es mucho más fácil de abatir que en otro tiempo lo fue la vuestra; vosotros teníais grandes fuerzas navales y mandabais sobre ciudades que carecían de ellas, y en cambio los lacedemonios, cuyo número es muy escaso, tiranizan a un gran número de estados que cuentan con mayores fuerzas que ellos. He aquí lo que os decimos; sabedlo bien, sin embargo, atenienses, pues creemos proponeros una alianza que os ha de ser mucho más ventajosa que a nosotros.»
Después de decir esto se callaron. Gran número de atenienses hablan en igual sentido, y por unanimidad se decreta socorrer a los tebanos. Trasíbulo, después de leer el decreto a los enviados, les manifiesta que, aunque el Pireo carezca de muralla, no por eso Atenas retrocederá ante el peligro, para devolver a los tebanos más que lo que de ellos ha recibido.
—«Vosotros —les dice— no habéis hecho más que rehusar a nuestros enemigos vuestro auxilio para combatirnos, y en cambio nosotros pelearemos con los que os ataquen.»
Los tebanos regresan a su ciudad y se preparan a la defensa, así como los atenienses para ayudarles. Tampoco los lacedemonios dejan de prevenirse, pues el rey Pausanias avanza hacia Beocia con su ejército y el del Peloponeso a excepción de los corintios, que no han querido seguirle. Lisandro, que conduce los soldados de Fócide, de Orcómeno y de las demás ciudades de aquella región, llega antes que Pausanias frente a Haliarto, y una vez allí, no espera tranquilamente al ejército lacedemonio, sino que avanza contra la ciudad con las tropas que tiene; había persuadido ya a sus habitantes a que se apartaran del partido enemigo y a que se hicieran independientes, pero habiéndose opuesto a ello algunos tebanos que había en la ciudad, la pone sitio, lo cual sabido por los de Tebas, avanzan estos a la carrera, así hoplitas como caballos. No se ha averiguado aún si le sorprendieron de improviso o si es que creyó poder sostener su ataque con esperanza de vencerlos, pero lo que sí está completamente averiguado es que el combate tuvo lugar ante los muros, y que levantaron los tebanos un trofeo ante las puertas de Haliarto. Muerto Lisandro, huyen sus soldados al monte, vigorosamente perseguidos por los tebanos, los cuales alcanzaban ya la cima, cuando los hoplitas enemigos, viéndoles atascados en desfiladeros estrechos y difíciles, se vuelven y les lanzan dardos y les rechazan. Dos o tres tebanos de los más osados perecen, y las piedras arrojadas desde la cima caen sobre los restantes, lo cual hace que volviendo al combate los fugitivos rechacen del monte con más de doscientos hombres de pérdida, a los tebanos.
Contristados estos, pensando que en la jornada no han experimentado menos daño que el que han hecho sufrir al enemigo, recobran al día siguiente los ánimos al cerciorarse de que los focidios y demás aliados han regresado durante la noche a sus hogares. La llegada, sin embargo, de Pausanias y el ejército espartano hace creerles de nuevo en gran peligro, y se dice que el silencio y la consternación reinaba en su ejército; pero cuando al día siguiente llegan los atenienses para juntárseles y ven que Pausanias no se mueve ni presenta combate, comienzan a recobrar los ánimos. Convoca Pausanias a los polemarcas y penteconteras[120], deliberando sobre si debe librar el combate o proponer una tregua para levantar los cuerpos de Lisandro y de los que han perecido con él. Considerando todos ellos que Lisandro ha muerto, que su ejército ha sido vencido y dispersado y que los corintios no han querido tomar parte en esta guerra, así como que las tropas que mandan no se hallan muy dispuestas a combatir, deciden pedir una tregua para recoger los muertos, sobre todo después de considerar que la caballería enemiga es muy numerosa y muy débil la suya, y sobre todo que yaciendo los muertos al pie de los muros, aunque quedasen vencedores en la batalla sería muy difícil levantarlos, por impedirlo los soldados que estaban en las torres. Los tebanos declaran, sin embargo, que no devolverán los muertos si los lacedemonios no evacuan el país, cosa a que acceden gustosos, y recogiendo sus muertos salen de Beocia.
Después de estos hechos, los lacedemonios se retiran completamente desconcertados, mientras quedan los tebanos llenos de arrogancia, hasta el punto de que, si llega alguien a poner el pie en su territorio, después de apalearle le ponen otra vez en la frontera. Tal es el resultado de la expedición de los lacedemonios.
Al llegar a Esparta es acusado Pausanias y es condenado a la pena capital. Los cargos que se le hacían consistían: En haber llegado más tarde que Lisandro a Haliarto, siendo así que había convenido en llegar el mismo día; el haber recogido los muertos gracias a una tregua y no por un combate, y por fin, haber dado libertad al pueblo de Atenas que tenía encerrado en el Pireo. Como no se presenta al tribunal, es condenado a muerte; huye a Tegea y allí muere de enfermedad. Esto es cuanto sucedió en Grecia en esta época.