Al terminar el invierno, Agesilao, para cumplir la promesa hecha a los aqueos, preparó al principiar la primavera[165] una nueva expedición contra los acarnanios. Habiéndolo sabido estos, consideran que a causa de su situación en medio de la campiña, serán sitiadas sus ciudades por un enemigo que destruirá sus mieses y por ejércitos que rodearán sus muros, por lo cual envían diputados a Lacedemonia y firman la paz con los aqueos y una alianza con los lacedemonios. Así terminaron los asuntos de los acarnanios.

Entonces los lacedemonios, considerando peligroso el dirigirse contra los atenienses o contra los beocios dejando detrás de ellos en las fronteras de Laconia una ciudad enemiga tan poderosa como Argos, declaran la guerra a esta república.

Luego que sabe Agesípolis[166] que debe mandar la expedición, y después de celebrar los sacrificios de la marcha, dirígese a Olimpia para consultar al oráculo, preguntando al dios[167] si podía sin impiedad rehusar la tregua que puedan proponerle los argivos, pues tenían costumbre de pretextar los meses sagrados[168], no cuando llegaba su época, sino cuando los lacedemonios estaban a punto de invadir su territorio. Contéstale el dios, que puede sin impiedad desechar una tregua injustamente reclamada; y entonces, dirigiéndose a Delfos para pedir a Apolo si tiene sobre esta tregua igual modo de sentir que su padre, aquel dios le da una contestación exactamente igual. Encamínase entonces a Fliunte para reunirse con su ejército, pues este era el punto para el cual había citado a sus tropas mientras consultaba los oráculos, e invade la Argólida por Nemea. Al ver los argivos que no pueden resistir, envían, según su costumbre, dos heraldos coronados de flores para pedir la tregua; pero Agesípolis, contestando que los dioses han declarado la injusticia de su petición, no acepta la tregua, e invade el país, causando gran terror así en los campos como en la capital.

Mientras cenaba por primera vez en el territorio argivo, y cuando terminaban de hacer las libaciones acostumbradas después de la comida, el dios[169] conmovió la tierra. Siguiendo el ejemplo de los comensales del rey, los lacedemonios entonan el peán en honor de Neptuno, creyendo los soldados se va a ordenar la retirada, puesto que Agis había abandonado Élide después de un temblor de tierra. Mas Agesípolis dice que si el temblor se hubiese verificado en el momento de entrar en el territorio enemigo, lo hubiera considerado como una prohibición, pero habiendo acontecido después de su entrada, lo consideraba como signo favorable; así es que al día siguiente, después de haber ofrecido los sacrificios a Neptuno, prosigue su marcha, sin ir, sin embargo, muy lejos. Teniendo ante su vista la reciente expedición de Agesilao contra Argos, pide Agesípolis a sus soldados hasta qué distancia de los muros llegó Agesilao y hasta dónde extendió sus devastaciones por el país, como un pentatlo[170] que procura sobrepujar en todo a su rival.

Un día atraviesa dos veces los fosos excavados alrededor de los muros de la ciudad, a pesar de los proyectiles que le arrojan desde lo alto de las torres; otra vez, mientras la mayor parte de los argivos habían ido a Laconia, se adelanta tan cerca de las puertas, que los argivos que las guardaban no se atreven a abrirlas a la caballería beocia que iba a entrar en la ciudad, por miedo de que los lacedemonios entren en ella al mismo tiempo, de manera que tuvieron los caballos que pegarse como murciélagos a los muros y a las barbacanas, y si los cretenses no se hubiesen hallado en expedición contra Nauplia, hombres y caballos hubieran perecido en gran número bajo sus flechas. Algún tiempo después, mientras Agesípolis estaba acampado alrededor de los muros de la ciudad, cayó un rayo en el campamento, pereciendo unos asfixiados y otros de miedo. Más tarde, mientras ofrece un sacrificio para levantar un fuerte en el paso de Celusa, las entrañas de las víctimas aparecen incompletas; por todo lo cual se retira con su ejército, y le licencia, después de haber hecho, sin embargo, mucho daño a los argivos al atacarles tan de improviso.

CAPÍTULO VIII.

Tales eran los acontecimientos que tuvieron lugar por tierra durante ese tiempo; voy a contar ahora cuanto sucedió por mar en la misma época,[171] así como cuanto tuvo lugar en las ciudades marítimas, fijándome únicamente en los hechos más culminantes y dejando de mencionar aquellos que carecieron de gran importancia.

Después de haber derrotado a los lacedemonios en el combate naval, Farnabazo y Conón dieron la vuelta a las islas y ciudades marítimas para arrojar de ellas a los gobernadores lacedemonios, dando a aquellas la seguridad de que no se ocuparían sus fortalezas y que se les respetaría su independencia. Oyen con placer las ciudades esta declaración, y envían en reconocimiento dones de hospitalidad a Farnabazo. Conón era quien había hecho comprender a este que tratando de ese modo a las ciudades se las haría completamente amigas, mientras que si quería sujetarlas abiertamente, cada una de ellas le suscitaría tantos obstáculos como pudiera, y le pondría en el riesgo de una coalición de todos los griegos si comprendían sus designios; y estas reflexiones habían convencido a Farnabazo. Desembarca después en Éfeso y da cuarenta trirremes a Conón, diciéndole le aguarde en Sesto, pues él irá por tierra a su gobierno, ya que Dercílidas, que era su enemigo desde largo tiempo, se hallaba en Abido, mientras tenía lugar la batalla naval, y en lugar de huir como los otros gobernadores lacedemonios, se había conservado en dicha población y había sabido mantenerla fiel a Esparta.

Convocando a los abidenos, les había dirigido estas palabras:

«Abidenos, ahora es cuando vosotros, los antiguos amigos de nuestra ciudad, podéis mostrar vuestros beneficios hacia Esparta. Nada tiene de notable el conservarse fieles en la próspera fortuna, pero se es acreedor a un reconocimiento eterno cuando se permanece fiel a los que se hallan en desgracia. No hay que creer, sin embargo, que hayamos perdido nuestra importancia por haber sido vencidos en este combate naval, pues aun en la época en que los atenienses tenían el predominio marítimo, en todas partes se hallaba nuestra república en situación de recompensar a los amigos. Y ciertamente, cuanto más se apresuren las otras ciudades en abandonarnos cuando no nos sonríe la fortuna, más grande aparecerá realmente vuestra fidelidad. Si teme alguno de vosotros ver sitiada por tierra y por mar a esta ciudad, piense que no hay aún en estos parajes ninguna flota griega y que jamás Grecia podrá consentir intenten los bárbaros tomarle el imperio sobre el mar, de manera que esta ciudad al defenderse se hará a la vez aliada nuestra.»