Al oír estas palabras, obedecen con intenso placer los abidenos y reciben amigablemente a los gobernadores que llegan a la ciudad, así como llaman a los que se encuentran fuera de ella. Cuando se halla reunido en la ciudad un número considerable de hombres importantes, Dercílidas pasa a Sesto, que está a una distancia que no llega a ocho estadios; reúne allí a todos los lacedemonios que han recibido de Esparta los bienes que poseen en el Quersoneso y a todos los gobernadores que habían sido arrojados de las ciudades de Europa; les recibe amigablemente y les dice no deben desesperar de su actual situación, antes bien, acordarse de que en la misma Asia y en los dominios del rey hay las pequeñas ciudades de Temnos, Egas y otras plazas, que pueden habitar sin estar sujetos al rey. «Y sin embargo —añade—, ¿podríais acaso encontrar una posición más segura e inexpugnable que Sesto, para cuyo sitio son necesarios un ejército terrestre y una flota?» De este modo con sus discursos procuraba fortalecer su valor. Farnabazo, hallando en estas disposiciones a los de Sesto y Abido, les hace saber que si no mandan retirar a los lacedemonios, les declarará la guerra, y como rehúsan obedecerle, ordena a Conón les bloquee por mar, mientras él devastará el territorio de los abidenos. Pero no pudiendo llevar a cabo su sumisión, se vuelve a su provincia y ordena a Conón procure concertarse con las ciudades griegas del Helesponto a fin de que pueda reunir gran número de naves para la primavera siguiente. Irritado contra los lacedemonios por cuanto ha sufrido de ellos, su más vivo deseo es el poder dirigirse a su país vengándose de la manera más manifiesta.
Consumen ambos el invierno ocupándose en estos preparativos y al llegar la primavera equipa Farnabazo gran número de naves, recluta un ejército mercenario y se hace a la vela con Conón, pasando por Melos a través de las islas y dirigiéndose a Laconia. Principia por abordar en Feras[172], cuyo país saquea por completo, y después verifica varios desembarcos en distintos puntos de la costa, haciendo en ella todo el daño posible. Pero temiendo pronto la falta de puertos en estos parajes y la llegada de los enemigos, así como la falta de víveres, abandona aquellas costas y se dirige a Fenicunte, en la isla de Citera. Temiendo un asalto, las tropas que ocupaban aquella ciudad abandonan la plaza y Farnabazo deja que se retiren en libertad a Laconia, bajo la garantía de un tratado repara después las fortificaciones de la ciudad, y estableciendo en ella una guarnición, nombra gobernador de los citereos al ateniense Nicofemo. Dirígese después al istmo de Corinto y exhorta a los aliados para que sostengan con vigor la guerra y se muestren fieles aliados del rey, con lo cual, después de entregarles todo el dinero de que puede disponer, regresa a su gobierno.
Conón le ruega entonces se le confíe la flota, que sabrá sostener a expensas de las islas, y con la cual podrá volver a su patria y reconstruir los grandes muros atenienses y la muralla del Pireo, ya que no cree haya cosa más penosa para los lacedemonios. «De este modo —añade—, te asegurarás la amistad de los atenienses y te vengarás de los lacedemonios, pues con esto solo inutilizarás todos los esfuerzos que hasta ahora han realizado.» Persuadido de esto Farnabazo, le envía inmediatamente a Atenas, dándole además el dinero necesario para la reconstrucción de los muros. Luego que llega a Atenas levanta Conón gran parte de la muralla, empleando el equipaje de su flota, pagando el salario de los albañiles y demás operarios y haciendo todos los gastos necesarios; reconstrúyense otras partes por los atenienses, beocios y demás aliados que se apresuran todos a contribuir a tal obra.
Habiendo los corintios equipado algunas naves con el dinero que les dejó Farnabazo, nombran comandante de las mismas a Agatino y dominan en el golfo de Acaya y del Lequeo. Por su parte los lacedemonios hacen a la vela las naves mandadas por Podánemo; pero es muerto en un combate, y habiéndose visto obligado Polis, su lugarteniente, por sus heridas a dejar la flota, toma Herípidas el mando de las naves. El corintio Proeno, sucesor de Agatino en el mando de la flota, sale de Río[173], punto de que se apoderan los lacedemonios, y Teleutias, que había sucedido en el mando a Herípidas, vuelve a adquirir la supremacía en el golfo.
Sabiendo los lacedemonios que Conón reconstruye los muros de Atenas y sostiene su flota con el dinero del rey, conquistando para Atenas las islas y las ciudades vecinas del continente, piensan que si informan de todo esto a Tiribazo, general del rey, podrán conquistarle a su partido, o a lo menos hacer que se retiren a Conón los medios para el sostenimiento de la flota. Envían con este objeto a Antálcidas junto a Tiribazo, con encargo de informarle de cuanto sucede y de procurar la paz entre Lacedemonia y el rey. Sabiendo los atenienses estas disposiciones, envían por su parte a Conón, Hermógenes, Dión, Calístenes y Calimedonte, así como deciden a sus aliados manden también los suyos, haciéndolo los beocios, corintios y argivos. Una vez allí, Antálcidas dice a Tiribazo que viene de parte de su república para proponer al rey la paz bajo condiciones verdaderamente ventajosas para él, pues respecto a las ciudades griegas de Asia, ninguna condición pretenden imponer los lacedemonios al rey, bastándoles sea reconocida la independencia de las islas y de las restantes ciudades. «Y como estos son nuestros deseos —añade—, ¿qué motivo hay para que los griegos o el rey nos hagan la guerra y derrochen neciamente el dinero? Toda expedición contra el rey es imposible por parte de los atenienses mientras no la ordenemos nosotros, cosa que nos es completamente inútil desde el momento en que sean autónomas las ciudades.»
Oye Tiribazo con la más viva fruición estas palabras de Antálcidas; pero la opinión contraria se formulaba en estos términos: temían los atenienses ver declarada la independencia de las islas y ciudades, pues perderían Lemnos, Imbros y Esciros; los tebanos temían también verse obligados a reconocer la autonomía de las ciudades beocias, y los argivos no deseaban se los obligase a renunciar a tratar a Corinto como parte de Argos, cosa que sucedería si se firmaba esta paz. Esto hizo que la paz no pudiese concertarse y que cada cual volviera a su patria. Tiribazo, sin embargo, cree puede ser peligroso para él el aceptar la alianza de los lacedemonios sin previo conocimiento del rey; pero da ocultamente dinero a Antálcidas, con objeto de que puedan los lacedemonios equipar una flota y obligar de este modo a los atenienses y demás aliados a que deseen más vivamente la paz, y luego, dando crédito a las referencias lacedemonias, hace prender a Conón como traidor. Preséntase después al rey para participarle las proposiciones de los lacedemonios; dícele asimismo que ha hecho prender como traidor a Conón, y le pide instrucciones para obrar a tenor de lo que el rey le mande.
Este, mientras se halla Tiribazo junto a él, envía para dirigir los asuntos marítimos a Estrutas, quien se inclinaba fuertemente en favor de los atenienses y de sus aliados, recordando todo el daño que había causado Agesilao a los países del rey. Al ver los lacedemonios que Estrutas les es hostil y que se halla favorablemente dispuesto hacia los atenienses, envían a Tibrón para que le haga la guerra. Dirígese este a Asia, y saliendo de Éfeso, atraviesa por Priene, Leucofris y Aquileo, ciudades de la llanura del Meandro, pasando a sangre y fuego el país del rey. Por fin Estrutas, observando que Tibrón sale cada vez desordenadamente sin tomar precauciones de ningún género, destaca la caballería para la llanura, ordenándole se arroje sobre el enemigo procurando envolverle y cargándole de frente con todo el empuje posible. Tibrón acababa de almorzar y salía de su tienda con el flautista Tersandro, quien no solo era un músico excelente, sino que se gloriaba también de haber aprovechado la educación lacedemonia, relativamente a su fuerza y vigor. Estrutas, viendo marchan en aquel momento las fuerzas enemigas en completo desorden con una vanguardia muy débil, se le opone de improviso con una caballería numerosa y bien ordenada. Son de los primeros en morir Tibrón y Tersandro, y los demás soldados, al saber que han perecido, emprenden la fuga, siendo perseguidos por el enemigo, que hace en ellos gran matanza, consiguiendo solo unos pocos refugiarse en las ciudades aliadas. Quedan también con vida algunos que no han salido con la expedición por ignorar que se verificase, ya que muchas veces, como en esta, Tibrón se ponía en marcha sin anunciarlo anticipadamente. De este modo tuvo lugar el referido desastre.
Llegan a Lacedemonia algunos rodios desterrados por el pueblo, y declaran que es una indignidad tolerar que los atenienses ocupen a Rodas y robustezcan de tal modo su poderío. Comprendiendo los lacedemonios que efectivamente si el pueblo domina en Rodas toda la isla caerá en poder de los atenienses, y por el contrario, dominarían en ella si mandasen los ricos, equipan ocho naves bajo el mando de Écdico. Embárcase también en ellas Dífridas, a quien habían ordenado protegiese las ciudades que se habían entregado a Tibrón, reuniese los restos del ejército y aumentándolo con cuantas tropas pudiese reclutar, hiciese la guerra a Estrutas con todas estas fuerzas reunidas. Dífridas ejecuta estas órdenes y consigue algunas ventajas; apodérase del yerno de Estrutas, Tigranes, que se dirigía a Sardes con su esposa, y por el cual exige considerable rescate, que le proporciona los necesarios medios para pagar a sus tropas. Era Dífridas un hombre no menos amable que Tibrón, y un general más previsor y activo: no se dejaba dominar por los placeres corporales, y al mismo tiempo ponía todo su empeño en llevar a buen término cuanto se proponía.
Al llegar Écdico a Cnido, y sabiendo que el pueblo de Rodas gobernaba en todos los asuntos de mar y tierra y que poseía doble número de trirremes de las que él traía consigo, se queda a la expectativa en Cnido, hasta que se convencen los lacedemonios de que no tiene bastantes fuerzas para ayudar a sus aliados, y ordenan a Teleutias se reúna a Écdico con las doce naves que están a sus órdenes en el golfo, en las zonas de Acaya y del Lequeo, y dictan las necesarias instrucciones para que volviéndose Écdico a Esparta abrace los intereses de cuantos se declaren amigos y cause todo el daño posible a los enemigos. Teleutias llega a Samos, donde toma el mando de las naves, y se hace a la vela para Cnido, regresando Écdico a la patria. Dirígese Teleutias a Rodas, teniendo a sus órdenes veintisiete naves, y por el camino encuentra casualmente a Filócrates, que venía de Atenas con diez trirremes y se dirigía a Chipre para auxiliar a Evágoras, apoderándose de todas ellas, con lo cual se invierten los papeles, pues los atenienses aliados del rey protegen a Evágoras, que hace la guerra a aquel, y Teleutias, mientras los lacedemonios están en guerra con el rey, destruye las naves que iban a hacerle la guerra. Vuélvese a Cnido para vender la presa, y después dirígese nuevamente a Rodas para socorrer a los partidarios de Esparta.
Los atenienses, al ver que los espartanos vuelven a estar en camino para reconquistar su poderío sobre el mar, envían a Trasíbulo, el de Estiria, con cuarenta naves, quien no se dirige a Rodas, pues le parece difícil tomar venganza en los amigos de Lacedemonia, siendo, como son, dueños de una plaza fuerte y apoyados por la presencia de Teleutias y de su flota, y además no cree que los aliados de los atenienses corran peligro de sucumbir, pues poseen las ciudades, son superiores con mucho a sus adversarios, y acaban de ganar una batalla, por todo lo cual navega hacia el Helesponto, y no encontrando allí adversario alguno, imagina podrá prestar algún buen servicio a su patria. Habiendo, pues, sabido que Amádoco, rey de los odrisios, y Seutes, soberano del litoral, se hallaban enemistados, los reconcilia y se capta su amistad y alianza para Atenas, pues esperaba que, gracias a esta alianza, las ciudades griegas de Tracia estarían mejor dispuestas en favor de los atenienses. Y como estas comarcas, del propio modo que las ciudades griegas de Asia, no le daban inquietud alguna, a causa de la alianza del rey con Atenas, se dirige a Bizancio y asegura el diezmo que se exigía a las naves que salían del Ponto. Sustituye asimismo el gobierno democrático al oligárquico de los bizantinos, por lo que este pueblo ve con placer a gran número de atenienses que residen en su ciudad. Después de esto afirma con mayor seguridad la amistad de los calcedonios, y luego sale del Helesponto.