Halla aliadas al partido lacedemonio a casi todas las ciudades de la isla de Lesbos, excepción hecha de Mitilene; pero no ataca a ninguna de ellas antes de haber reunido en esta población los cuatrocientos hoplitas que se hallaban en sus naves y todos los desterrados de aquellas ciudades que se habían refugiado en Mitilene, a los cuales añade asimismo los habitantes más valerosos de esta última población. Promete a los mitilenios que si se apodera de aquellas ciudades les dará la preeminencia sobre toda la isla; a los desterrados, que si reúnen sus fuerzas contra cada una de las ciudades de que han sido expatriados, se hallarán en condiciones para volver cada uno a su patria y a los marinos, que si consiguen hacer de la isla de Lesbos una aliada de Atenas, procurarán a esta un abundante manantial de riquezas. Después de haberles animado de esta suerte, forma sus tropas y las conduce contra Metimna.

Cuando Terímaco, el gobernador lacedemonio, sabe la llegada de Trasíbulo, reúne los marineros de sus naves, los metimneos y a todos los mitilenios que se hallaban en la ciudad, y se dirige con sus tropas a la frontera. Librado el combate, perece Terímaco, sus tropas emprenden la fuga y mueren muchos de ellos. La mayor parte de las ciudades abren entonces las puertas a Trasíbulo, quien devasta a las que rehúsan rendirse, con lo cual procura dinero a sus soldados. Apresúrase después en volver a Rodas; pero a fin de infundir ánimo a su ejército, exige contribuciones a las diferentes ciudades y llega a Aspendo, sobre el río Eurimedonte. Había ya recibido el dinero de los aspendios, cuando sus soldados cometen algún destrozo en los campos, e irritados aquellos, verifican de noche una irrupción y le degüellan en su tienda. Así murió Trasíbulo, que era tenido por uno de los hombres mejores de su patria, y los atenienses eligen como su sucesor a Agirrio, que va a tomar el mando de las fuerzas.

Los lacedemonios, al saber que los atenienses han vendido en Bizancio el diezmo sobre las naves que salen del Ponto, que ocupan a Calcedonia y que gracias a la amistad de Farnabazo se hallan en inmejorables relaciones con las demás ciudades del Helesponto, creen no deben descuidar sus asuntos. Nada tenían que echar en cara a Dercílidas; pero Anaxibio, que había sabido conquistarse el favor de los éforos, alcanza que se le mande como gobernador a Abido, prometiendo, si se le conceden subsidios y naves, hacer una guerra tan decidida a los atenienses, que su posición en el Helesponto no pueda sostenerse. Concédenle tres trirremes y el dinero necesario para poder sostener mil soldados mercenarios, y entonces se le manda a Abido. Una vez allí, recluta en los alrededores buen contingente de tropas mercenarias, aparta de la amistad de Farnabazo algunas ciudades de Eólida, ataca a las que se habían confederado contra Abido e invade y devasta su territorio, equipa además otras tres naves, que añade a las que posee, e intenta con ellas apoderarse en el mar de alguna nave ateniense o de sus aliados.

Informados los atenienses de estos hechos, y temiendo ver destruido el predominio que ha obtenido para ellos Trasíbulo en el Helesponto, envían a Ifícrates con ocho naves y cerca de mil doscientos peltastas, la mayor parte de los cuales habían servido a sus órdenes en Corinto. Los argivos, una vez sometida Corinto, les habían declarado no necesitaban ya de ellos, acaso porque Ifícrates había hecho matar algunos argivos, por lo cual había regresado a Atenas, donde entonces se hallaba. Después de su llegada al Quersoneso, Anaxibio e Ifícrates pelean entre sí mandándose corsarios, pero algún tiempo después, habiendo sabido Ifícrates que Anaxibio se había dirigido a Antandro con sus mercenarios, con los lacedemonios que tenía a sus órdenes y doscientos hoplitas de Abido, y sabiendo además que se ha aliado con la ciudad de Antandro, sospecha que después de dejar allí una guarnición, regresará a Abido para conducir de nuevo a los habitantes de esta población, por lo cual, pasando la noche en lo más desierto del territorio de Abido, y subiendo a los montes, le prepara una emboscada; al propio tiempo ordena a las trirremes que le han conducido allí, se vuelvan al Quersoneso, para aparecer, como de ordinario, ocupadas tan solo en la exacción de tributos. Obrando de este modo no se equivocó, pues Anaxibio emprende su regreso sin que las víctimas, según se dice, fuesen favorables; pero esto no le inspira cuidado, pues tenía que pasar únicamente por territorio amigo hacia una ciudad aliada, y con la noticia que dan cuantos encuentra, de que Ifícrates navega en dirección a Proconeso, avanza completamente descuidado.

Ifícrates, sin embargo, no se mueve mientras que el ejército de Anaxibio se halla a su misma altura; pero así que los abidenos, que formaban la vanguardia, han llegado a la llanura de Cremaste, donde se hallan las minas de oro, y que el ejército que le seguía se encuentra en la pendiente del monte que baja Anaxibio con los lacedemonios, échaseles encima a la carrera saliendo de su emboscada. Comprende Anaxibio que no tiene esperanza alguna de salvación, y contemplando la larga línea de su ejército, que se extiende por el desfiladero, conoce que la montaña impedirá vengan en su auxilio los que le preceden. Viendo, pues, el terror que se apodera de todas sus tropas cuando se aperciben de la emboscada, dice a los que le rodean: «Amigos, hermoso me parece el morir aquí; procurad salvaros vosotros, antes de que vengáis a las manos con los enemigos.» Dice esto, y tomando el escudo a su paje, halla la muerte combatiendo. Perece a su lado su amado, así como unos doce gobernadores lacedemonios de diferentes ciudades, y el resto, o perece en la fuga o es perseguido hasta la ciudad. Quedan en el campo unos doscientos hoplitas y unos cincuenta abidenos, después de lo cual, Ifícrates regresa nuevamente al Quersoneso.

LIBRO QUINTO.


CAPÍTULO PRIMERO.

Tal era el estado de los asuntos de los atenienses y lacedemonios en el Helesponto[174]. Eteónico, sin embargo, había regresado a Egina, cuyos habitantes habían mantenido hasta entonces amistosas relaciones con los atenienses, y de acuerdo con los éforos animaba a cuantos quisieran ir a saquear el Ática por mar, dando por motivo que la guerra estaba en toda su fuerza. Encerrados así los atenienses dentro de sus muros, envían a Egina una expedición de hoplitas a las órdenes de Pánfilo, su general, los cuales se atrincheran en la isla, y como tenían diez trirremes, sitian a los eginetas por mar y por tierra. Pero cuando Teleutias, que se hallaba en las islas ocupado en la exacción de tributos, sabe que está bloqueada Egina, acude en su auxilio y hace retirar las naves atenienses, aunque sosteniéndose Pánfilo en sus atrincheramientos.

Llega mientras tanto Hiérax, enviado por los lacedemonios, toma el mando de la flota, y Teleutias regresa a su patria bajo los más favorables auspicios. Efectivamente, al bajar al puerto para embarcarse, no hay ningún soldado que no quiera estrecharle la mano: unos le coronan de flores, otros le ponen las ínfulas[175], y aun aquellos que llegan tarde para despedirle, arrojan al mar las coronas mientras se aleja y le desean toda clase de prosperidades. Bien sé que en estas cosas no hay ni grandes gastos, ni peligros, ni notables astucias de guerra y sin embargo, ¡por Zeus!, no me parecería impropio de un buen historiador el investigar los medios por los cuales Teleutias consiguió hacerse querer de sus subordinados, pues ni las riquezas ni los peligros son tan dignos de recordación como la conducta de un hombre como este.