Hiérax, haciéndose a la vela para Rodas con sus restantes naves, deja doce de ellas en Egina, a las órdenes de Gorgopas, su lugarteniente, con las atribuciones de harmosta o gobernador. Desde entonces, en realidad, los atenienses de la fortaleza hállanse más sitiados que los habitantes de la ciudad; por lo cual, en virtud de un decreto del pueblo, equipando los atenienses gran número de naves, abandonan sus fortificaciones al quinto mes de su ocupación y conducen la guarnición a su patria. Hecho esto, sufriendo mucho los atenienses a causa de Gorgopas y de los corsarios, equipan trece naves, que ponen a las órdenes de Éunomo. Mientras se halla Hiérax en Rodas, nombran los lacedemonios a Antálcidas comandante de las naves, creyendo que este nombramiento será del agrado de Tiribazo, y al llegar aquel a Egina se hace seguir por las naves de Gorgopas y se dirige a Éfeso, desde donde envía de nuevo a Egina a Gorgopas con sus doce naves, y pone al frente de las restantes a su lugarteniente Nicóloco. Se hace este a la vela hacia Abido, con el fin de socorrerla; pero antes se detiene en Ténedos, cuya comarca saquea, y en la cual exige fuertes contribuciones. Reúnense los generales atenienses de Samotracia, Tasos y de los países comarcanos, para acudir en socorro de Ténedos, y cuando tienen aviso de que Nicóloco se halla en Abido, salen del Quersoneso y bloquean con sus treinta y dos naves la flota de aquel, que tiene solo veinticinco.

Gorgopas, al volver de Éfeso, encuentra a Éunomo; pero se refugia precipitadamente en Egina a la caída del sol, y al desembarcar hace cenar inmediatamente a sus tropas. Éunomo, después de aguardar algún tiempo, se retira, y sobreviniendo la noche tenía luz, según costumbre, en su nave, que marchaba al frente de las demás, para que no pudiera extraviarse ninguna de las que le seguían. Embarca entonces de nuevo Gorgopas a sus tropas y sigue a cierta distancia aquel resplandor, procurando no ser apercibido; para no despertar sospechas, los celeustes[176] dan las voces de mando golpeando dos piedras entre sí, en vez de darlas de palabra, y reman sin hacer mucho ruido. Cuando las naves de Éunomo han llegado ya a la costa de Ática, cerca de Zoster, da Gorgopas la orden de ataque con la trompeta. En las naves de Éunomo, unos desembarcaban ya, otros echaban anclas y otros aún navegaban. Principia el combate a la luz de la luna, y Gorgopas se apodera de cuatro trirremes, que remolcadas por las suyas se lleva a Egina, y las demás consiguen huir al Pireo.

Después de estos sucesos, parte Cabrias para Chipre a fin de socorrer a Evágoras, con ochocientos peltastas y diez trirremes, y tomando en Atenas otras naves y hoplitas, aborda durante la noche a Egina, emboscándose con los peltastas en un lugar oculto a alguna distancia del Heracleo[177]. Al rayar el alba, conforme a lo que se había acordado, los hoplitas atenienses, a las órdenes de Deméneto, avanzan hasta unos diez y seis estadios del Heracleo, a un sitio llamado la Tripirgia[178]. Al saberlo Gorgopas, se dirige al encuentro del enemigo con los eginetas, los soldados de su flota y ocho espartanos que estaban con él: hace saber también a los equipajes de sus naves deben seguirle cuantos sean de condición libre, y algunos hay que comparecen con las primeras armas que hallan a mano. Así que las primeras filas han dejado atrás a la emboscada, Cabrias y los suyos se arrojan sobre ellos, agobiándolos con sus proyectiles; acuden en este momento los hoplitas que han desembarcado de las naves, y pronto queda destruida la vanguardia, de que forman parte Gorgopas y los lacedemonios, pues no puede ofrecer una resistencia compacta; y una vez muertos estos, el resto emprende la fuga. Quedan en el campo unos ciento cincuenta eginetas y más de doscientos hombres mercenarios, metecos y marineros que habían tomado parte en esta salida; con cuya victoria, los atenienses pueden navegar con tanta confianza como si se estuviese en plena paz, pues por no haber recibido sus pagas rehúsan los marineros servir a Eteónico, aunque pretenda este obligarles a ello.

Es enviado de nuevo Teleutias para ponerse al frente de estas naves, y al verle los marineros manifiestan abiertamente su satisfacción, y él, reuniéndoles, les dice:

—«Soldados, llego sin traeros dinero; pero si el dios[179] lo permite y vosotros me ayudáis con vuestros esfuerzos, haré todo lo posible para procuraros víveres en abundancia, pues bien sabéis que mientras habéis estado a mis órdenes he tenido mucho empeño en que nada os faltase; y acaso os admiréis si os digo que preferiría carecer yo de víveres a que vosotros estuvieseis sin ellos, pues ¡por los dioses! os aseguro sufriría mejor estar dos días sin comer, que no veros a vosotros sin víveres un solo día. Hasta hoy siempre ha estado abierta mi puerta a todo el que ha tenido que pedirme algo; del propio modo continuará de hoy en adelante: así es, que únicamente cuando vosotros tengáis abundantes provisiones, me veréis a mí vivir con esplendidez; pero sabed también soportar el frío, el calor y las vigilias, mientras veáis tengo yo también que sufrirlas, pues si os impongo esta conducta no es por el placer de atormentaros, sino para que podáis recoger de ello grandes resultados. Soldados, añade, nuestra patria, que todo el mundo reconoce como la más floreciente, no ha llegado a este grado de prosperidad abandonándose a la molicie, sino, por el contrario, sabedlo bien, exponiéndose a los trabajos y peligros cuando ha sido necesario. También vosotros, lo sé muy bien, os habéis portado como unos valientes; pero es preciso procuréis hoy sobrepujaros a vosotros mismos, para que participemos con gozo de vuestras penalidades y de vuestras victorias; porque ¿qué hay, en efecto, más hermoso que el no tener que adular a nadie, ni griego, ni bárbaro, para obtener una paga, y hallarse en estado de procurarse su subsistencia por sí mismos y del modo más glorioso? Pues no debéis olvidar que la abundancia que en la guerra nos procuramos a expensas del enemigo, produce a la vez nuestro sustento y la gloria a los ojos de todos.»

Esto dijo, y todos gritan que están prontos a obedecer cuanto les mande. En este momento estaba ofreciendo el sacrificio y les dice:

—«Soldados, id ahora a cenar, como ibais a hacer, y después de tomar víveres para un día, volved inmediatamente a las naves para que nos dirijamos a donde el dios tenga a bien llevarnos y lleguemos en momento oportuno.»

Da la orden de embarcarse cuando vuelven y se hace a la vela de noche hacia el puerto de Atenas, mandándoles unas veces remar y otras ordenándoles el descanso. Si alguno cree una locura el ir a atacar con doce trirremes a un enemigo dueño de tantas naves, reflexione un momento que Teleutias pensaba que los atenienses debían tener en completo descuido la flota del puerto después de haber muerto Gorgopas, y que aunque allí hubiese muchas naves arregladas, prefería atacar a veinte estacionadas, que a diez en el mar, pues en estas los marinos no pueden abandonar ni un momento su nave, y por el contrario, sabía que los jefes de las naves ancladas en Atenas duermen en sus casas y habitan los marinos en distintos lugares.

Con estos pensamientos se hace a la vela: cuando no dista ya del puerto más que unos cinco o seis estadios, se detiene y hace tomar algún descanso a sus soldados, y cuando apunta el día, se adelanta seguido de los demás buques. Prohíbeles echar a pique o atacar ninguna nave redonda, pero ordénales que cuando vean alguna trirreme anclada, procuren ponerla fuera de combate, que se amarren a los buques de transporte o de carga y procuren remolcarlos fuera del puerto, y en cuanto a las naves de mayores dimensiones, las aborden y hagan prisionera a toda la tripulación. Hubo algunos que, arrojándose sobre el Digma[180], se apoderaron de varios comerciantes y propietarios de naves y los condujeron a su flota. Todas las órdenes de Teleutias fueron puntualmente ejecutadas.

Los atenienses, al apercibirse de que pasaba algo extraordinario, salen fuera de sus casas para averiguar lo que era: unos van en busca de armas, y otros esparcen la noticia por la ciudad. Todos los atenienses hoplitas o de caballería llegan entonces armados al Pireo, que creen en poder del enemigo; pero Teleutias envía a Egina las naves de que se ha apoderado, haciéndolas escoltar por tres o cuatro de sus trirremes, y después, alejándose del puerto con las demás naves, se retira costeando por el Ática, se apodera de muchas barcas de pescadores y de naves mercantes llenas de pasajeros que venían de las islas, y se dirige a Sunio, donde toma gran cantidad de buques de transporte cargados de grano o de mercancías. Hecho esto, regresa a Egina, donde vende su presa, y con el producto de ella da a sus soldados la paga de un mes. Continúa después recorriendo el mar y tomando cuanto encuentra, con lo cual consigue mantener sus tripulaciones y se granjea soldados que lo sirven con placer y prontitud.