Pero en España tiene este olvido mayores proporciones, pues no se ha publicado hasta hoy ninguna traducción de esta obra que hubiera dado a Jenofonte tantos lauros como cualquiera de las ya citadas y por todos tenidas como sus obras maestras. De ahí que con muy buen criterio el editor de esta Biblioteca clásica, le haya dado cabida en ella para que acompañe a las restantes obras de Jenofonte ya publicadas, la Anábasis y la Ciropedia, y para que pueda verse a nuestro autor bajo un prisma casi por todos aun ignorado.

La principal causa de este olvido estriba en la comparación que se establece por todo crítico entre los ocho libros de la historia de la guerra del Peloponeso por Tucídides, y los siete libros de las Helénicas que hoy publicamos. Pero esto es únicamente una preocupación que no tiene razón de ser, pues no solo difieren ambos autores en el estilo, sino también en su idiosincrasia especial, si se me permite la frase, por lo cual ningún resultado positivo puede dar su comparación.

Es verdad que cuantos busquen en Jenofonte aquella sobriedad en el estilo y aquella plenitud del período, así como aquel lujo de detalles que todos admiramos en Tucídides, tendrán que sufrir un desencanto y una decepción, pues no son las condiciones peculiares y características de nuestro autor; pero, en cambio, la magistral fluidez y la suavidad inimitable en el decir, y la galanura en las imágenes, y la elocuencia en los discursos, y la precisión en el lenguaje, y el orden y encadenamiento en los sucesos, estas condiciones, unidas a un sinnúmero de otras que podríamos citar, se hallan todas en las Helénicas de igual modo que se hallan en todas las obras de Jenofonte.

No carece tampoco de variedad en la narración y de imaginativa en los episodios; antes al contrario, estas cualidades son las que más avaloran esta obra, y para que no se diga que nos hemos contagiado del panegirismo del propio autor, de que habla uno de nuestros mejores humoristas, vamos a comprobarlo con un ligero y superficial análisis de las Helénicas, y con una breve enumeración de las más capitales bellezas que contiene.

Comienza la narración de Jenofonte en el año 411, antes de nuestra era y poco después del combate naval del cabo del Sepulcro del Perro, entre Míndaro y Trasíbulo, en que perdieron 21 naves los lacedemonios, acción con que termina Tucídides su historia. Ábrese el relato de la de su sucesor, con las brillantes proezas de Alcibíades en Abido y Cícico, con la muerte de Míndaro y derrota de Farnabazo, y la retirada de Agis, que abandona el cerco de Atenas ante la entereza de Trasilo, quien al año siguiente experimenta una derrota en Coreso, junto a Éfeso, cuyos efectos no son muy desastrosos, pues no impiden se apodere de cuatro naves siracusanas frente a Metimna, ventaja seguida de otras victorias que Alcibíades alcanza sobre Farnabazo y de la toma de algunas ciudades importantes, y en especial de Bizancio.

Todas estas proezas sirven de preparación al regreso de aquel general a Atenas, y a su nombramiento de generalísimo revocado algunos meses después por el pueblo al ser conocido el revés sufrido por la flota ateniense en Notio, eligiéndose entonces diez nuevos generales y retirándose aquel jefe a su castillo del Quersoneso, mientras se pone Conón al frente de la flota, que experimenta otro descalabro de consideración en el Helesponto.

No desmayan por eso los atenienses, pues al divulgarse nuevas tan aflictivas, decretan un socorro de 110 naves, que se equipan en treinta días y logran obtener una gloriosa victoria naval sobre Calicrátidas junto al cabo Maleo, con muerte del general lacedemonio y perdiendo unas 70 naves la flota espartana. Pero no habiendo cumplido Terámenes y Trasíbulo con el encargo que les hicieron los ocho generales en aquella acción presentes, de salir en auxilio de los náufragos por hallarse la mar muy gruesa, son juzgados todos ellos por el pueblo y condenados a muerte en medio de escenas tumultuarias que con gran sobriedad, pero con no menor exactitud, describe nuestro autor, poniendo en boca de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, uno de los mejores discursos que nos presenta esta obra.

Así termina el primer libro, no sin que nos diga Jenofonte, a tenor de sus ideas filosófico-religiosas, la suerte final que obtuvieron los instigadores principales de aquel injusto y revolucionario desacierto, y el pronto arrepentimiento que sintió el pueblo ateniense por haber muerto a sus generales, cuando las derrotas sufridas hicieron que los echase de menos.

Comienza el libro segundo con la conjuración de los soldados de Eteónico, cortada en sus comienzos gracias a la energía y prudencia de este general, y el regreso de Lisandro a la flota. Las sabias medidas de este, y el dinero de los persas, le permiten reorganizarla y levantar el abatido espíritu de sus soldados, así como obtener ventajas de consideración por mar y tierra sobre los atenienses, tomándoles varias ciudades y derrotándoles cerca de Egospótamos, a pesar de los consejos de Alcibíades, que no quieren escuchar los generales de la flota ateniense, de la cual solo ocho naves dejan de caer en poder del enemigo.

Consecuencia de esta derrota y de las restantes ventajas obtenidas por los lacedemonios, es el abandono en que toda Grecia, a excepción de los samios, deja a Atenas, cuyo pueblo comprende ha sonado para él la hora de la expiación y del castigo.