Pausanias, al frente de un numeroso ejército de peloponesios, comienza el sitio de aquella población, mientras Lisandro, después de una brillante expedición, que mejor podría llamarse marcha triunfal, por entre las islas, fondea junto al Pireo, con ciento cincuenta naves, y cierra por mar el bloqueo de Atenas. Agotados todos los recursos, y después de unos meses de asedio, tienen que capitular los atenienses, aceptando las humillantes condiciones que les imponen los éforos, que a causa del hambre son recibidas con verdadero júbilo.

Síguese a esta rendición, el año llamado de la anarquía y la entronización de los Treinta tiranos, la descripción de cuyos actos, que ocupa el capítulo tercero de este libro, da ocasión a Jenofonte para escribir unas cuantas páginas que por sí solas bastarían para dar fama a cualquier escritor. En efecto, la enemistad de Critias y Terámenes, así como la acusación y condena del último, y su discurso de defensa, están escritos de mano maestra y evocan el recuerdo de hechos bastante análogos en la celebérrima revolución francesa y en los años del Terror, que en realidad ofrecen muchos puntos de contacto con aquella época de convulsión popular.

Tales atropellos e iniquidades apresuran la vuelta de los desterrados, aumentando el número de los descontentos y de los que desean un gobierno regular. Pónese Trasíbulo a su frente, y después de unas ligeras escaramuzas, en las que son favorecidos los desterrados, no solo por su valor y esfuerzo, sino también por el terreno y las variaciones atmosféricas, acorralan en Eleusis a los treinta tiranos, en favor de los cuales poco hacen los mismos lacedemonios, pues Pausanias, uno de sus jefes, favorece pasivamente la vuelta de los fugitivos, y procura se arreglen las cosas de manera que cese aquel estado de perturbación, para lo que, después de dar al olvido las antiguas disensiones, se restablece por completo la paz, constituyéndose el gobierno del mismo modo que estaba antes del sitio, y poniéndose Trasíbulo a su frente, con lo cual termina el libro segundo, acaso el más bello de la obra, ya que no sea también el más importante.

Cambia de lugar la escena al comenzarse el libro tercero, pasando a Asia Tibrón, y más tarde su sucesor Dercílidas, que tomó «nueve ciudades en ocho días», no realizándose hechos de gran importancia, gracias a la enemistad latente entre Tisafernes y Farnabazo, que saben avivar arteramente los jefes espartanos, quienes consiguen con astucia hacerles firmar una tregua que debía ser precursora de la paz.

Tienen lugar también en esta misma época varias expediciones de los espartanos contra los eleos, bajo el mando de Agis, quien muere poco después de su regreso a Esparta, sucediéndole su hermano Agesilao, a pesar de las pretensiones de Leotíquides, que decía ser hijo del difunto rey. Nárrase después la conjuración de Cinadón, descrita con vigoroso pincel, y que pinta con pocos, pero seguros rasgos, el carácter espartano y el de su constitución social y política.

Refiérense después las victorias de Agesilao en Asia, describiéndose su previsión, prudencia y energía, así como sus dotes de gran general en la guerra y de buen gobernante en la paz, terminando el libro tercero con la funesta expedición contra Tebas dirigida por los espartanos, que experimentan una seria derrota en Haliarto, donde perece Lisandro, uno de sus jefes.

Continúa el libro cuarto relatando las proezas de Agesilao en Asia y la tregua celebrada con Farnabazo, interrumpidas aquellas por el llamamiento que le hace su patria por necesitar de sus servicios. Recrudécese mientras tanto la lucha entre Tebas y Esparta, en la que, prescindiendo de otros secundarios combates, tiene lugar el desastre naval de Cnido, donde entre otras pérdidas experimentaron los espartanos la de su general Pisandro, y la batalla de Coronea, en que obtiene Agesilao una señalada victoria sobre los tebanos, atenienses y demás aliados.

Tiene después lugar la guerra junto a Corinto, consiguiendo los argivos y lacedemonios algunas ventajas, gracias principalmente a Praxitas y Agesilao, oscurecidas en parte por el desastre experimentado por la cohorte del Lequeo, que viene a acibarar las glorias del último, quien, para evitar la irrisión y las burlas de los mantineos al pasar en retirada por su territorio, tiene que entrar de noche en las poblaciones que atraviesa, y salir de ellas al clarear el día. Siguen después las expediciones contra los acarnanios y argivos, llevadas a cabo respectivamente por Agesilao y por Agesípolis, quien comienza a actuar de esforzado y pundonoroso capitán.

Después del combate naval de Cnido, dan la vuelta Farnabazo y Conón a las islas y ciudades marítimas, arrojando de ellas a los harmostas lacedemonios, y haciendo nulas las ventajas obtenidas últimamente por los jefes espartanos, si bien todos sus esfuerzos se estrellan en Sesto y Abido, gracias a la energía de su gobernador Dercílidas.

Conciertan después ambos jefes, el persa y el ateniense, lo que mayores daños pueda causar a los espartanos, y terminada su expedición por las islas, resuelven la reconstrucción de los muros de Atenas, que habían sido derribados cuando los espartanos tomaron la ciudad. Logra con esto Conón que los atenienses recuperen la fuerza moral que habían perdido con los desgraciados sucesos de los años anteriores, y temiendo los espartanos empeorar su situación, envían a Asia a Antálcidas con objeto de proponer al rey la paz, bajo condiciones las más ventajosas para él; pero no consiguen su objeto, pues los demás estados beligerantes no se adhieren a ellas.