Termina el cuarto libro con la narración de algunos otros hechos secundarios, acaecidos en Rodas, en el Helesponto o en Asia, y que, prósperos unas veces, y otras adversos, no hacen inclinar la victoria ni en favor de los atenienses ni en favor de los espartanos.
Ábrese el quinto libro con las alabanzas que tributa Jenofonte al general lacedemonio Teleutias, quien regresa a su patria, una vez terminado el plazo de su mando, en medio de las aclamaciones de sus subordinados y de los aplausos de los extraños. Relátanse algunos de los hechos realizados por Gorgopas y Cabrias en Egina, que no ofrecen grande importancia, volviendo Teleutias a ponerse al frente de la flota espartana, a gusto y satisfacción de todos. Bajo su mando tiene lugar la atrevida y arriesgada expedición al Ática y al mismo Pireo, mientras Antálcidas se apodera astutamente de las 8 naves de Trasíbulo de Colito, con lo cual dominan en la mar los espartanos, y todos tienen que aceptar las condiciones de la paz llamada vulgarmente de Antálcidas, que en nombre del rey propone Tiribazo a los griegos.
Todo sonreía a los lacedemonios; las ventajas obtenidas en la guerra se habían aumentado con las alcanzadas por la paz; los tebanos la aceptan con solo saber se dirige Agesilao contra ellos, y los argivos se retiran de Corinto, dejándola completamente autónoma, al solo anuncio de que Esparta les declarará la guerra; pero el orgullo ciega a los espartanos y presta manifiesta ocasión a nuestro autor para que vea el dedo de la Providencia en los hechos que posteriormente tienen lugar entre Tebas y Esparta.
En efecto, vencida Mantinea, que tiene que sujetarse a la voluntad de Agesípolis, su vencedor, y reclamado por los de Acanto y Apolonia el auxilio de Esparta contra las exigencias de Olinto, decrétase una expedición contra esta ciudad bajo las órdenes de Eudámidas. Salen con este las tropas disponibles, pero queda encargado su hermano Fébidas de recoger las fuerzas restantes y conducirlas a su destino. Este último, a su paso por Tebas, arrastrado por su ambición y por su carácter aventurero, escucha las proposiciones de Leontíades, que, movido de su enemistad contra Ismenias y su partido, le entrega la acrópolis y hace prender a su rival. Sancionan con su aprobación los éforos esta injusta acción, que se convierte en causa de infinitas contrariedades para Esparta, pues todas las guerras relatadas en los siguientes libros hasta terminar la obra, no son más que consecuencias de aquel hecho.
Pónese Teleutias, hermano de Agesilao, al frente de las tropas enviadas contra Olinto, y consigue algunas ventajas, hasta que en cierta ocasión, cegado por la cólera producida por la derrota de uno de sus lugartenientes, se arroja inconsideradamente contra los olintios, pereciendo bajo los golpes de estos, que derrotan por completo a su ejército. Sucédele en el mando Agesípolis, quien muere al poco tiempo a consecuencia de una ardiente fiebre que le origina el inconstante clima de aquella región. Polibíades, que le sucede en el mando, obliga a los olintios a ajustar la paz y a jurar la alianza con los lacedemonios, mientras Agesilao, después de un año y ocho meses de asedio, logra rendir el valor de los fliasios y hacer que se entregue Fliunte, que no había querido acceder a las proposiciones que sobre la admisión de los desterrados le había hecho Esparta.
Siete conjurados bastan para rescatar a la acrópolis de Tebas, arrojar de ella a los lacedemonios, y una vez reconstituido el gobierno, oponerse e inutilizar por completo la expedición que contra ellos dirige Cleómbroto, hermano y sucesor de Agesípolis. Consiguen también, a fuerza de dinero, que Esfodrias, gobernador espartano en Tespias, simule un ataque al Pireo, a pesar de hallarse Atenas en paz con Esparta, y no habiendo sido castigado este jefe por el senado, los atenienses entran en campaña contra su antigua rival. Dirige después Agesilao dos expediciones contra Tebas, consiguiendo algunas ventajas, contrarrestadas en la primera por la derrota y muerte de Fébidas, su lugarteniente, y en la segunda por lo avanzado de la estación y la desunión de los habitantes de Tespias y de las demás ciudades en que se apoyaban. No consiguen tampoco ninguna ventaja los lacedemonios con la nueva expedición decretada contra Tebas y que dirige Cleómbroto, después de lo cual, cansados los aliados, piden se active la guerra o se haga la paz, por lo cual renuévanse las expediciones marítimas, en las que sufren algunos descalabros los espartanos en los combates que sostienen con Cabrias y Timoteo, jefes de las flotas atenienses.
Así termina el quinto libro. Favorecidos los tebanos por la suerte y por su valor, salen de la oscuridad en que hasta entonces habían estado sumidos, y se prevé comienza para ellos el brillante, aunque breve resplandor que sabrán dar a su ciudad dos de sus más notables y eminentes hijos: Pelópidas y Epaminondas.
Ábrese el libro sexto de las Helénicas con la embajada del tesalio Polidamante, que viene a implorar el auxilio de los lacedemonios contra el creciente poder de Jasón de Feras, descrito con mucha precisión y gran colorido en el discurso de aquel ante el senado. Este tiene la franqueza de confesar al enviado tesalio la imposibilidad en que se encuentra de auxiliarle, y le aconseja procure sacar todo el partido que pueda en su alianza con aquel tirano.
Cansados los atenienses de la guerra, y siendo los tebanos los únicos que obtendrán por ella alguna ventaja positiva, ajustan la paz con Esparta, paz que dura muy poco, convirtiendo los lacedemonios en teatro de la guerra a la isla de Corcira, primera causa ocasional de la larga lucha entre las dos repúblicas rivales. Sufre Esparta un verdadero descalabro con la muerte de su general Mnásipo, y reembarcados los soldados expedicionarios, dominan los atenienses en la mar, y su general Ifícrates, con su prudencia y esfuerzo, somete las ciudades de Cefalenia, y se apodera de diez naves siracusanas que enviaba Dionisio a los lacedemonios.
Los excesos que cometen los tebanos con los aliados cuando les sonríe la fortuna, ocasionan el aislamiento en que les dejan los atenienses y demás pueblos griegos, que ajustan la paz con Lacedemonia, comprometiéndose a declarar la guerra a todo el que no se someta a las condiciones del tratado. Quedan con esto los tebanos solos enfrente de toda Grecia; pero sin desanimarse, y sabiendo sacar partido de todo, aun de los mismos rumores que hacen propalar para animar a sus soldados, consiguen en Leuctra una de las más famosas victorias que se registran en los griegos anales, que sume en estupor a Grecia toda, pero que no es obstáculo para que se conserve Atenas fiel a su nueva alianza con Esparta.