La intervención de Jasón de Feras, que se apresura a socorrer a los tebanos, hace que se suspendan las hostilidades y se negocie una tregua que todos acogen con júbilo, pudiendo volverse aquel tirano a sus dominios, donde a poco es asesinado, como lo son algo más tarde sus sucesores Polidoro y Polifrón, y su sobrino Alejandro de Feras.

Los disturbios de los tegeatas y la muerte de Próxeno por los partidarios de Estásipo, así como el auxilio prestado por los mantineos a los enemigos del último, dan ocasión a una nueva ruptura de las hostilidades entre Esparta y Mantinea y a una expedición de Agesilao a Arcadia, que no produce a la primera república ningún resultado positivo y que fue seguida de la primera invasión de Laconia por los tebanos y arcadios coaligados. Llega el ejército invasor hasta la misma Esparta, abatiendo con ello el orgullo lacedemonio y despojando a los espartanos de la aureola de invictos e inexpugnables con que hasta entonces se habían envanecido. Al saberse en Atenas estos sucesos, vacila el pueblo entre su deber de aliado de Esparta y el recuerdo de sus antiguos odios; pero hácense oír las voces de sus oradores, y decrétase ir en masa a socorrer a su antigua rival, poniéndose al frente de la expedición al general Ifícrates, que perdiendo el tiempo en los preparativos y en la marcha, llega a Laconia cuando ya se habían retirado los enemigos.

Comienza el séptimo y último libro de las Helénicas con la alianza celebrada entre Atenas y Esparta para oponerse a los tebanos, alrededor de los cuales se había agrupado considerable número de estados griegos, siempre dispuestos a aliarse con el atleta naciente que comienza a derrocar a los viejos colosos, si bien las ventajas de los tebanos se amenguan ante la naciente rivalidad de los arcadios, que les impide sacar toda la utilidad que podían esperar de la influencia y consideración que alcanza Pelópidas con el rey de Persia en la embajada que para conseguir la paz mandan a este los principales estados griegos.

Dedica Jenofonte el cap. II de este libro a narrar las proezas de la ciudad de Fliunte, cuyo relato y los encomios que tributa a dicha ciudad son más bien un canto épico en prosa dirigido a ensalzar el valor y la fidelidad, entusiasmado ante la heroicidad de un puñado de hombres libres que todo lo sacrifican en aras de su libertad y de su fidelidad a los amigos que se hallan en la desgracia.

Ocúpase luego en describir los disturbios que ocurren en Sición, motivados por la ambición de Eufrón, quien sufre el merecido castigo de sus injusticias al ser asesinado públicamente ante el senado de Tebas, donde había ido a sobornar a los magistrados para tiranizar a sus conciudadanos, hecho al que siguen poco después las diferencias que se agitan entre los arcadios y los eleos, a quienes con varia fortuna auxilian los lacedemonios, diferencias que terminan con la celebración de la paz entre ambos estados, si bien la injusticia del gobernador tebano de Tegea hace que se rompan nuevamente las hostilidades y da lugar a la célebre expedición de Epaminondas al Peloponeso y hasta el mismo corazón de Esparta, y después de una derrota de la caballería tebana por la ateniense, a la célebre batalla de Mantinea, una de las más importantes que tuvieron lugar en Grecia, en la cual tomaron parte cerca de 60.000 hombres, y que a no ser por la muerte del general tebano, hubiera acaso influido de un modo decisivo en la suerte de todos los estados griegos.

Con esta batalla termina Jenofonte su historia, cuyo breve resumen basta para que se comprenda la importancia capital de los sucesos narrados por nuestro autor y la variedad de asuntos de que se ocupa. Muchas páginas debiéramos escribir si quisiéramos consignar todos los pasajes que se destacan en las Helénicas, pero no podemos dejar de consignar, aunque muy a la ligera, pues va haciéndose este prólogo excesivamente largo, algunos de los más capitalísimos y que dan preclaro timbre de gloria a su autor.

La descripción de la opinión en Atenas a la vuelta de Alcibíades, el juicio de los generales atenienses por no haber recogido los náufragos en el combate naval del cabo Maleo y el justo e intencionado discurso de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, así como el rasgo de haber sido Sócrates el único ciudadano ateniense que sin dejarse llevar por la corriente revolucionaria se opuso a cuanto pudiera ser ilegal en aquel juicio, es de lo más importante y bello del libro primero.

En el segundo destácase en primera línea la lucha entre Critias y Terámenes, dos de los Treinta, y el discurso del último que no puede impedir su muerte, pero que llena de infamia a su rival. El sitio de Atenas y la desesperada situación de sus habitantes, así como la relación de las negociaciones para la paz, son también de gran importancia estética, de igual manera que el pintoresco relato de la conjuración de los soldados de Eteónico en Quíos, el regreso de Trasíbulo a Atenas y las arengas que dirige a sus soldados para animarles y a los ciudadanos todos para que reine entre ellos la concordia.

Las bellezas más capitales del tercer libro son, entre otras, el episodio de Manía la gobernadora de la satrapía de Eólida, los discursos de los diputados tebanos en Atenas, la humorística disputa entre Agesilao y Leotíquides acerca de sus derechos al trono de Esparta, y sobre todo, la gráfica y bella descripción de la abortada conjura de Cinadón y la rivalidad noble y digna entre Agesilao y Lisandro.

El episodio de Otis y Espitrídates, así como la entrevista entre Farnabazo y Agesilao y la hospitalidad que contrae este con su hijo, el certamen guerrero que abre en Asia el general lacedemonio, las operaciones de guerra que tienen lugar junto a Corinto y la conducta hábil y valiente de Dercílidas en Abido, es de lo mejor que nos ofrece el cuarto libro de la historia de Jenofonte.