Agesilao, al saber esta noticia, no demuestra que ha perecido un rival, antes derrama abundantes lágrimas y echa de menos su compañía, pues en Esparta los reyes habitan juntos cuando en ella se encuentran. Agesípolis y Agesilao confiábanse a menudo las confidencias más intimas sobre su juventud, sus cacerías, sus caballos y sus amores, y además, mientras vivían juntos, mostrábale el último gran respeto, pues era mayor en edad. Envían en su lugar los lacedemonios en calidad de gobernador contra Olinto a Polibíades.

Agesilao había dejado ya trascurrir el tiempo prudencial que se había fijado para la duración de las provisiones en Fliunte, pues tal es el dominio que sobre los apetitos puede tenerse que los fliasios, habiendo decretado entregar la mitad del trigo que antes se daba a todo el mundo, al ejecutar esta resolución, pudieron sostener el sitio durante doble tiempo del que se había presumido. Y tal es también la superioridad de la audacia sobre la timidez, que cierto Delfión, que pasaba por hombre distinguido, al frente de trescientos fliasios pudo dominar el influjo de los que deseaban la paz, y retener en la cárcel a los individuos de quienes desconfiaba; pudo asimismo obligar al pueblo a montar las guardias y asegurarse de su fidelidad vigilándole constantemente. A menudo verificaba salidas con sus partidarios más decididos, y rechazaba las guardias de diferentes puntos de las fortificaciones enemigas. Sin embargo, cuando a pesar de todos sus arbitrios esos hombres tan decididos no pudieron hallar víveres en parte alguna de la ciudad, pidieron una tregua a Agesilao para enviar una comisión a Esparta, pues habían determinado entregar a discreción la ciudad a los lacedemonios.

Irritado Agesilao de que no le consideren con autoridad suficiente para ello, halla medio para que sus amigos de Esparta obtengan se le deje árbitro de la suerte de Fliunte, y entonces accede a dejar paso franco a aquella comisión. Redobla, sin embargo, la vigilancia en las guardias para que nadie pueda salir de la ciudad, pero a pesar de todas estas precauciones, Delfión, y con él un esclavo estigmatizado que había sustraído gran cantidad de armas a los sitiadores, consiguen escapar durante la noche. Cuando los diputados vuelven de Esparta con la noticia de que esta da sus más amplios poderes a Agesilao respecto a lo que debe hacerse con la ciudad, decide aquel que cincuenta desterrados y cincuenta sitiados sean los que han de manifestar quiénes deban conservar la vida o perecer de entre los sitiados, y que más adelante establecerá las leyes según las cuales deban gobernarse. Mientras ejecutan sus órdenes, deja una guarnición en la ciudad con el sueldo de seis meses, después de lo cual licencia a los aliados y regresa a Esparta con sus conciudadanos. Así terminó la expedición a Fliunte, después de haber durado un año y ocho meses.

Polibíades, por su parte, acosaba vivamente por el hambre a los olintios, pues no podían recibir por tierra ni introducir por mar alimento alguno, obligándoles con esto a enviar una diputación a Lacedemonia para tratar de la paz. Danse a los enviados amplios poderes, y celebran allí un tratado, obligándose a reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Lacedemonia, a seguir a todas partes donde quieran conducirles los espartanos, y a ser sus aliados. Después de haber jurado permanecer fieles a estas condiciones, regresan a su país.

Todo favorecía a los lacedemonios: hallábanseles completamente sometidos los tebanos y beocios; afectos y bien dispuestos los corintios; humillados los argivos, después de haber visto que el pretexto de los meses sagrados de nada les servía; de todos abandonados los atenienses, y castigados cuantos aliados a Esparta no habían sido enteramente fieles: de ahí que todo parecía indicar para ellos una gloriosa y duradera dominación.

CAPÍTULO IV.

Podría citarse en la historia de Grecia y en la de los bárbaros gran número de hechos que prueban que los dioses tienen en cuenta así a los hombres religiosos como a los impíos; pero solo referiré lo que atañe a mi objeto. Los lacedemonios habían jurado respetar la independencia de las ciudades, y, a pesar de esto, se habían apoderado de la acrópolis de Tebas, por lo cual fueron castigados por las mismas víctimas de su injusticia, ellos, que no habían sido sometidos jamás a ningún hombre y bastaron siete desterrados para destruir el poder de los ciudadanos que les habían introducido en la acrópolis y habían querido poner a su patria bajo la dominación de los lacedemonios a fin de poder ejercer la tiranía. Voy a relatar cómo sucedió todo esto.

Había en Tebas[192] un cierto Fílidas que hacía de secretario de Arquias y de los demás polemarcas, y que aparentemente les había prestado grandes servicios. Habiendo ido este hombre a Atenas para algunos asuntos, se encontró con Melón, sujeto muy conocido y que era uno de los tebanos allí refugiados. Informado este por Fílidas de la tiranía ejercida por el polemarca Arquias y por Filipo, comprende que la situación de la patria le es tan odiosa a Fílidas como a él mismo. Danse, pues, garantías recíprocas de su fidelidad, y conciertan el plan que debe seguirse. Melón inmediatamente se une a otros seis desterrados, los más a propósito para sus designios, y no les hace tomar otras armas que sus puñales. Principian por entrar de noche en el territorio tebano, y después de haber pasado el día en un lugar enteramente desierto, se acercan a las puertas de la ciudad como si volviesen del campo, a la hora en que dejan su trabajo los más rezagados. Luego que entran en la ciudad, pasan la noche en casa de un ciudadano llamado Carón, y allí permanecen todo el día siguiente. Fílidas se hallaba ocupado en arreglarlo todo para que celebrasen los polemarcas las Afrodisias[193] antes de ser relevados de sus cargos; habíales dicho hacía largo tiempo que les llevaría las mujeres más hermosas y amables de Tebas, y les dice entonces que aquel día cumplirá su palabra, pues querían, según sus gustos, pasar una noche agradable. Terminada la cena, y cuando principian a hallarse ebrios a causa de las incitaciones de aquel, sale para cumplir la orden de llevarles las heteras[194], y vuelve acompañado de Melón y sus compañeros, de los cuales, tres iban disfrazados de dueñas y los otros de sirvientas. Después de haberles introducido en la antecámara del polemarca, entra y dice a Arquias que las mujeres rehúsan entrar si hay en la sala algún criado, por lo cual dan inmediatamente la orden para que todos se retiren, y Fílidas, dando vino a los esclavos, les manda se recojan en la habitación de uno de ellos. Introduce entonces a las heteras y hace sentar una al lado de cada hombre. Se había convenido que después de sentarse y al quitarse el velo, les darían de puñaladas. He aquí, según se dice, cómo perecieron los polemarcas, aunque otros aseguran que entraron como convidados los amigos de Melón, y los mataron.

Tomando luego Fílidas tres de los conjurados, se dirige a casa de Leontíades y llama a la puerta, anunciándose como portador de una orden de los polemarcas. Hallábase aquel acostado solo, después de haber cenado, y su mujer hilaba sentada a su lado. Creyendo fiel a Fílidas, les hace entrar, y apenas introducidos, le degüellan, y obligan a su mujer con amenazas a guardar silencio: cuando salen, dicen que dejan cerrada la puerta y que si la encuentran abierta, matarán a cuantos están en la casa. Tomadas estas medidas, Fílidas se dirige con dos de los suyos a la cárcel, y dice al carcelero que por orden de los polemarcas conduce a un hombre para ser encarcelado; ábreles el carcelero, y después de darle muerte, ponen en libertad a los presos. Entréganles a toda prisa armas tomadas del pórtico y les conducen entonces al Anfión, donde les ordenan se conserven sobre las armas. Inmediatamente hacen pregonar a todos los tebanos, caballeros y hoplitas, pueden salir de sus escondrijos, pues han perecido ya los polemarcas. Mientras es de noche permanecen los ciudadanos en sus casas, resistiéndose a creer que sea verdad; pero cuando se hace de día y se ve la realidad de lo sucedido, júntanse a los conjurados así los hoplitas como los caballeros. Los desterrados envían emisarios montados a los que están en las fronteras de Atenas y a los dos generales, que acuden así que conocen el motivo por el que se les llama.

El gobernador de la acrópolis, así que conoce el pregón que ha tenido lugar durante la noche, pide refuerzos a Platea y Tespias, pero la caballería tebana, informada de la llegada de los plateenses, marcha a su encuentro y mata a más de veinte. Después de este encuentro, vuelven a la ciudad, y reunidos a los atenienses que habían llegado de las fronteras, atacan la acrópolis. Los que se hallaban en ella, conociendo su pequeño número, principian a sobrecogerse de miedo al ver el ardor de los que les atacan, excitados por las recompensas brillantes prometidas a los que asaltaran primero la fortaleza, y declaran la entregarán si se les permite salir libremente con sus armas. Concédeseles gustosamente lo que piden, y se les deja salir, después de haber celebrado una tregua y de haberse obligado con juramento a sostenerla. Pero mientras salen, se apoderan los tebanos de cuantos reconocen como enemigos y les condenan a muerte: algunos son secretamente ocultados por los atenienses que habían venido de las fronteras, y así consiguen salvarse; pero los tebanos se apoderan asimismo de los hijos de aquellos a quienes habían muerto, y les degüellan.