Luego que los lacedemonios conocen estos sucesos, condenan a muerte al gobernador, que había abandonado la acrópolis sin aguardar a que llegaran los refuerzos, y decretan una expedición contra los tebanos. Agesilao, declarando que hacía más de cuarenta años había pasado de la adolescencia, y demostrando que la ley en virtud de la cual los otros ciudadanos de esta edad no se hallan obligados a salir de la patria debe aplicarse igualmente a los reyes, se ve libre de dirigir la expedición. No era, sin embargo, este el motivo por el que deseaba permanecer en su patria, sino porque sabía que si mandaba esta invasión dirían sus conciudadanos que Agesilao creaba obstáculos al estado únicamente para favorecer tiranos, y por esto procuró amoldarse a las circunstancias. Los éforos, acosados por los tebanos que habían podido escapar de la matanza, envían en lo más fuerte del invierno a Cleómbroto[195], que dirigía por primera vez un ejército. Como el camino que pasa por Eléuteras se halla ocupado por Cabrias y los peltastas atenienses, toma Cleómbroto, para atravesar el monte, la vía de Platea; pero al avanzar los peltastas, se hallan en los picos a los prisioneros libertados, que guardaban el paso en número de unos ciento cincuenta. Mátanlos todos los peltastas, a excepción, acaso, de uno o dos, y Cleómbroto baja a Platea, ciudad aún afecta a los lacedemonios, y se dirige después a Tespias, de donde se dirige a Cinoscéfalas, ciudad tebana, para establecer allí su campamento. Permanece en ella unos diez y seis días, y regresa a Tespias, donde deja a Esfodrias como gobernador con la tercera parte del continente de los aliados, y le entrega todo el dinero que había sacado de su patria, ordenándole reclute mercenarios. Esfodrias ejecuta sus órdenes, y Cleómbroto toma el camino de Creusis y conduce a sus hogares a las tropas de su mando, no sabiendo aquellas si en efecto se estaba en guerra o no con los tebanos. Lo cierto es que había conducido su ejército al territorio tebano, y que volvía después de haberles hecho el menos daño posible. A su regreso, fue asaltado por un viento impetuoso, que interpretaron muchos como un funesto presagio para el porvenir. Este viento, que no le ocasionó poco destrozo, sorprendió al ejército después de salir de Creusis, mientras pasaba por el lugar en que la montaña costea el mar, y precipitó a él gran número de acémilas con sus bagajes y arrebató muchas armas, que cayeron también al mar. Finalmente, muchos de ellos, que no podían seguir la marcha con las armas, abandonaron en las cimas del monte sus escudos vueltos del revés y llenos de piedras para que no volasen. Comieron del mejor modo que pudieron en Egóstena de Mégara, y al día siguiente volvieron a buscar sus armas. Hecho esto, fuese cada cual a su casa, pues Cleómbroto había licenciado a sus tropas.

Viendo los atenienses el poderío de los lacedemonios, pues la guerra no está ya en Corinto, sino a las puertas del Ática, invadiendo Tebas, se dejan dominar de tal modo por el miedo, que citan a juicio a los dos generales que ocasionaron la conjuración de Melón contra Leontíades y su partido, condenando a muerte a uno de ellos y desterrando al otro, que no había esperado a saber el resultado del juicio.

Temiendo también los tebanos al poder lacedemonio si se hallan solos contra ellos en la guerra, recurren a la siguiente estratagema. Persuaden a fuerza de dinero al gobernador de Tespias, Esfodrias, que aparente invadir el Ática para que se origine con ello una ruptura entre atenienses y lacedemonios. Dócil Esfodrias a dichas instrucciones, aparenta querer apoderarse del Pireo, que se hallaba ya sin puertas, y parte de Tespias una mañana con sus soldados, después de haberles hecho comer, diciendo quiere llegar al Pireo antes de terminar el día. Llega en aquel mismo día a Tría y nada hace para ocultar su camino; pero tomando otra dirección, se apodera de los ganados y saquea las casas. Algunos de los que le habían encontrado durante la noche, habían huido hacia Atenas, donde habían anunciado la proximidad de un ejército formidable. Habíanse los atenienses armado a toda prisa, y tanto los de a pie como los de a caballo, custodiaban las puertas de la ciudad. Hallábanse en Atenas en aquella ocasión los embajadores lacedemonios Etimocles, Aristóloco y Ocilo, quienes estaban alojados en casa del próxeno Calias; préndenlos los atenienses después que reciben aquella noticia, y los vigilan cuidadosamente creyendo que han tenido parte en la trama; pero ellos quedan sorprendidos del suceso y se justifican diciendo que si hubiesen sabido que debían tomar el Pireo, no hubieran sido tan imprudentes para entregarse de este modo a los atenienses, y sobre todo en casa del próxeno, donde a cualquier momento podía hallárseles. Dicen además que pronto verán los atenienses que nada de ello sabía la ciudad, pues están seguros de que Esfodrias será condenado por Esparta. Se decide, pues, que ninguna participación tienen en el asunto, y se les pone en libertad. Por su parte, los éforos llaman a Esfodrias e intentan contra él una acusación capital: el temor le impide comparecer a la citación, es sentenciado, y a pesar de esta desobediencia, se le absuelve. Muchos encontraron en Lacedemonia esta sentencia como informada por una notoria injusticia. He aquí cuál fue su causa:

Esfodrias tenía un hijo llamado Cleónimo, que apenas había salido de la infancia y era el más bello y amable de los muchachos de su edad y el favorito de Arquidamo, hijo de Agesilao. Los amigos de Cleómbroto, que en su cualidad de íntimos de Esfodrias deseaban vivamente salvarle, temían a Agesilao y sus amigos, así como a los hombres imparciales, pues parecía que Esfodrias había cometido una grave falta. En dicha ocasión, Esfodrias díjole a Cleónimo: «Hijo mío, de ti depende el salvar a tu padre, rogando a Arquidamo me vuelva favorable al suyo para mi juicio.» Al oír estas palabras Cleónimo, se atreve a dirigirse a Arquidamo y le suplica sea el salvador de su padre. Al ver Arquidamo deshecho en llanto a Cleónimo, permaneciendo a su lado acompáñale en su llanto, pero cuando hubo oído su súplica le contesta: «Oh Cleónimo, has de saber que ni siquiera me atrevo a mirar cara a cara a mi padre, y que cuando quiero obtener algo en la ciudad, procuro recurrir a cualquier persona mejor que a él; pero sin embargo, ya que tú me lo ruegas, está seguro que emplearé todo mi valimiento para hacer esto por ti.» Vuélvese a su casa después de la comida pública y se entrega al descanso. Al día siguiente, apenas se levanta, se pone al acecho para que su padre no salga de casa sin que él se aperciba de ello. Así que le ve salir, deja que le aborden los ciudadanos, que se dirijan después a él los extranjeros, y aun cede el paso a los mismos esclavos que tienen algo que pedir, y por fin, cuando Agesilao volviendo de la orilla del Eurotas entra en su casa, se retira a sus habitaciones sin haberle dicho nada. Al día siguiente hace lo mismo; Agesilao sospecha el motivo de su presencia continua, pero no le interroga y le deja hacer. Por su parte Arquidamo deseaba, como era natural, ver a Cleónimo, pero no se atrevía a ir a su casa hasta que no hubiese hablado con su padre; y los amigos de Esfodrias, no viendo entrar a Arquidamo en la casa que antes frecuentaba, hallábanse en la mayor inquietud, y creían había sido rechazado por su padre encolerizado.

Por fin Arquidamo se decide a abordarle y decirle: «Padre mío, Cleónimo me ruega te suplique salves a su padre, y yo te lo ruego encarecidamente, si es posible.» Agesilao le contesta: «En cuanto a mí, te perdono la súplica que acabas de hacerme; pero ¿cómo obtendría yo el perdón de mi patria si no declaraba culpable a un hombre que se ha enriquecido a expensas de la ciudad?» Nada puede replicar Arquidamo, y se retira vencido por la evidencia de la justicia. Sin embargo, volvió de nuevo a la carga, ya espontáneamente, ya aguzado por otros, y dijo: «Padre mío, ya sé que absolverías a Esfodrias si no fuese culpable; pues bien, si ha cometido alguna falta, perdónale por amor a mí.» Agesilao le contesta: «Si esto debe sernos honroso, así se hará»; y él, al oír esto, se retira completamente descorazonado. Pero uno de los amigos de Esfodrias, hallándose de conversación con Etimocles, le dice:

—«Supongo que vosotros, los amigos de Agesilao, decidiréis todos la muerte de Esfodrias.»

A lo cual contesta Etimocles:

—«¡Por Zeus! entonces haríamos todo lo contrario de lo que desea él mismo, pues este repite a cuantos habla de este asunto que no puede negarse que sea culpable Esfodrias, pero sería muy cruel condenar a muerte a un hombre que ya desde niño, de adolescente y de hombre formal, ha llevado siempre la conducta más honrosa; sobre todo necesitando, en efecto, Esparta de soldados como él.»

Referidas estas palabras a Cleónimo, este, radiante de júbilo, se dirige inmediatamente a casa de Arquidamo, y le dice: «Ya sé lo que has hecho por nosotros, y por lo mismo has de saber que procuraré obrar de manera que nunca tengas que sonrojarte de mi amistad.» No mintió, pues durante su vida conservó en Esparta la conducta más ejemplar; y en Leuctra, donde combatió a la vista del rey, junto al polemarca Dinón, después de haber caído tres veces, fue el primero de sus conciudadanos que halló la muerte combatiendo a los enemigos. Esta pérdida afligió cruelmente a Arquidamo, pues según su promesa, Cleónimo no fue jamás para él un motivo de vergüenza, sino más bien de honor. De este modo evitó Esfodrias su condenación.

Los atenienses que eran partidarios de los beocios anuncian al pueblo que los lacedemonios no solo no han castigado a Esfodrias, sino que han alabado su proceder al tender asechanzas contra Atenas; por lo cual colocan inmediatamente puertas en el Pireo, construyen naves y socorren a los beocios con todo el celo posible. Por su parte, los lacedemonios decretan otra expedición contra los tebanos, y creyendo que Agesilao la dirigiría con más prudencia que Cleómbroto, le ruegan se ponga al frente de aquella expedición, y él, contestando que no resistirá jamás a la voluntad de la ciudad, se prepara para la marcha. Conociendo, empero, que no es fácil llegar a Tebas si no se ocupa de antemano el Citerón, y averiguando que los cletorios se hallan en guerra con los orcomenios y sostienen mercenarios, entra en tratos con ellos, a fin de poder disponer de sus tropas mercenarias cuando las necesite. Después de haber ofrecido los sacrificios de la marcha y antes de llegar a Tegea, hace entregar al jefe de los mercenarios de Clétor el sueldo de un mes, con orden de apoderarse del Citerón, y al mismo tiempo ordena a los orcomenios suspendan toda hostilidad mientras dure la campaña, declarando que, según lo decretado por los aliados, se dirigirá inmediatamente contra toda ciudad que ataque a otra cualquiera, mientras esté el ejército ocupado en su expedición.