Después de haber pasado el Citerón, se dirige a Tespias, de donde sale para entrar en el territorio tebano; pero encuentra la llanura y los puntos más importantes del país completamente fortificados con fosos y empalizadas. Sin punto fijo como centro de operaciones, y acampando donde mejor les parece, salen las tropas cada día después del almuerzo, y saquean la campiña situada a oriente de las empalizadas y fosos. En efecto, los enemigos, así que aparecía Agesilao en un punto, llegaban por su parte, para defenderse detrás de sus trincheras. Un día que se retiraba ya hacia su campamento, los caballos tebanos se arrojan de improviso sobre él por las aberturas practicadas en la trinchera, mientras los peltastas habían salido para preparar la comida, y mientras la caballería se hallaba completamente desmontada o en preparación. Sorprenden los tebanos a los peltastas, así como a Cleas y Epicídidas, caballeros espartanos, a un perieco lacedemonio, Éudico, y a algunos desterrados atenienses que no habían montado aún a caballo. Agesilao inmediatamente hace retroceder a los suyos, y acude en su auxilio con los hoplitas; su caballería carga sobre la del enemigo, estando apoyada por los hoplitas, que hacía diez años servían en el ejército. Los de la caballería tebana, sin embargo, parecían como si hubiesen bebido demasiado, pues aguardaban al enemigo hasta que se hallaba a tiro, y entonces les lanzaban sus dardos sin alcanzarles; finalmente, empezaron la retirada, en la cual perdieron más de doce hombres. Así que comprende Agesilao que la caballería tebana no comparece hasta después que ha pasado la hora de almorzar, ofrece los sacrificios al clarear el día, introduce a sus soldados en el interior del territorio atrincherado, saquea y quema cuanto en él encuentra, y avanza hasta la ciudad. Después de haber hecho esto, se retira a Tespias, que fortifica, y donde deja como gobernador a Fébidas; volviendo él a pasar el monte, llega a Mégara, donde licencia sus tropas, y conduce a Esparta la milicia nacional.
Fébidas, entonces, envía partidas de merodeadores para que pasen a sangre y fuego el país tebano, y él dirige en persona varias expediciones, en las que destruye cuanto a su mano encuentra. Por su parte los tebanos, queriendo hacer uso de represalias, dirígense en masa contra el país de Tespias; pero llegados allí, se encuentran con Fébidas, quien, acosándoles constantemente con sus peltastas, les impide separarse un solo instante de la falange; de manera que, arrepentidos los tebanos de su invasión, emprenden inmediatamente la retirada, y aun los mismos bagajeros, arrojando los granos de que se habían apoderado, se apresuran a encaminarse hacia sus casas: tan grande es el temor que ha sobrecogido al ejército. Fébidas, rodeado de sus peltastas, y seguido, según sus órdenes, de los hoplitas en correcta formación, acosa vivamente al enemigo. Acaricia ya la esperanza de derrotarle; marcha valerosamente a la cabeza de las tropas, exhortándolas a cortar la retirada al enemigo, mientras da orden a los hoplitas tespieos para que le sigan; pero llegada en su retirada la caballería tebana a un bosque impenetrable, reúnense primero, y después dan media vuelta, ya que es completamente imposible el pasar: el pequeño número de peltastas que se hallan a la cabeza de los lacedemonios tienen miedo y emprenden la fuga, y entonces la caballería tebana toma de ellos mismos la idea de su persecución. Fébidas y dos o tres de los que estaban a su lado perecen combatiendo, y los mercenarios emprenden todos la fuga. Cuando llegan huyendo junto a los hoplitas tespieos, estos, que se alababan antes de no haber cedido nunca a los tebanos, huyen también, sin que se intente siquiera perseguirles, pues era ya muy tarde. Por esto no fueron considerables sus bajas; pero sin embargo no se detuvieron en su retirada hasta llegar a los muros de la ciudad. Esta victoria inflama con nuevo ardor a los tebanos, que verifican entonces varias expediciones contra Tespias y las ciudades vecinas. El partido democrático de estas se refugia en Tebas, pues que en todas ellas, como había sucedido con aquella misma, se hallaban dominando los aristócratas; de manera que también en ellas necesitaban socorros los amigos de Lacedemonia. Después de la muerte de Fébidas, envían los espartanos por mar un polemarca y una cohorte para conservar a Tespias.
Así que se aproxima la primavera decretan los éforos otra expedición contra Tebas, y como en la anterior, suplican a Agesilao se ponga al frente de ella. Juzgando este necesario seguir el mismo plan de invasión, antes de ofrecer los sacrificios de la marcha da orden al polemarca de Tespias para que se apodere de los desfiladeros del Citerón, conservándolos en su poder hasta que él haya pasado. Después de haberlos atravesado y haber llegado a Platea, aparenta querer dirigirse a Tespias, dando orden para que preparen los alojamientos, y mandando a las diputaciones se dirijan allí a esperarle, con lo cual los tebanos creen que invadirá su territorio por aquella parte. Pero Agesilao, después de haber sacrificado, se dirige, al apuntar el día, del lado de Eritras; hace en un día con su ejército dos jornadas de marcha, y a toda prisa pasa el atrincheramiento junto a Escolos, antes de la llegada de los tebanos, que se hallaban defendiendo el lugar por el cual había penetrado la primera vez. Obrando así, destruye el país situado a oriente de Tebas, hasta el territorio de los tanagrios, que se hallaba sometido bajo el poder de Hipotadoro a la influencia espartana, y luego se retira, teniendo a su izquierda los muros de la ciudad.
Acudiendo los tebanos, se forman en batalla junto a Graostetos[196], teniendo detrás de ellos el foso y la empalizada, creyendo hallarse en un lugar muy favorable para el combate por la estrechez de la llanura y la dificultad del acceso. Conociendo Agesilao la ventaja de la posición del enemigo, no se dirige contra ellos, sino que, describiendo una curva, avanza contra la ciudad, y los tebanos, temiendo por su capital, que había quedado abandonada, se retiran de estas posiciones y corren hacia Tebas por el camino de Potnia, pues en realidad era el más seguro. Este ingenioso artificio de Agesilao, que obligó a los enemigos a retirarse a la carrera, a pesar de estar distante él con su ejército, fue muy celebrado y admirado. Algunos polemarcas con sus cohortes atacan al enemigo a su paso; pero los tebanos, lanzando sus dardos desde las colinas, dan muerte a Alípeto, uno de los polemarcas, alcanzado por una lanza, siendo por fin rechazados los tebanos de la altura en que se encontraban, mientras los esciritas y algunos caballos, subiendo detrás de ellos, alcanzan a los últimos que se dirigían a la ciudad. Pero una vez que han llegado los tebanos junto a sus muros, se vuelven de frente, y al verlos a la defensiva los esciritas se retiran velozmente. No murió ninguno de ellos, pero sin embargo los tebanos erigieron un trofeo, pues habían hecho retirar a sus perseguidores.
Agesilao por lo avanzado de la hora se vuelve situando su campamento en el lugar en que los enemigos se habían formado en batalla, y al día siguiente regresa a Tespias. Los peltastas mercenarios de Tebas le siguen audazmente a poca distancia, y llamaban en voz alta a Cabrias, que no había querido seguirles, cuando la caballería olintia, que fiel a su juramento se hallaba en las filas lacedemonias, se vuelve y les persigue en las laderas del monte, donde mata a gran número, pues la infantería es alcanzada fácilmente por la caballería, si tiene que subir una cuesta franqueable a los caballos. Llegado a Tespias, Agesilao encuentra en completa desunión a los habitantes de la ciudad: los que pretendían ser del partido lacedemonio querían matar a sus adversarios, entre los cuales se hallaba Melón; oponiéndose a sus designios, procura reconciliarles y les hace jurar la unión; luego atraviesa nuevamente el Citerón y llega a Mégara, donde licencia las tropas aliadas, conduciendo a las espartanas a su patria.
Atormentados vivamente los tebanos por la falta de víveres, pues hacía ya dos años que no habían recolectado las mieses, envían a Págasas[197] algunos comisionados, para que con dos trirremes compren diez talentos de trigo. Mientras se hallan en esa comisión, Alcetas, lacedemonio que guardaba a Oreo[198], equipa tres trirremes y procura que nada se trasluzca de su intento, y cuando se halla el trigo en la travesía, Alcetas se apodera de las trirremes, del trigo y de la tripulación, que no bajaba de trescientos hombres. Enciérralos en la acrópolis, donde habitaba él mismo, y hallándose entre los de su séquito un jovencito oreíta, hermoso y amable, baja de la acrópolis para entretenerse con él; pero, aprovechándose de esta negligencia los prisioneros, se apoderan de la acrópolis. Sublévase también la ciudad, y desde entonces los tebanos encuentran allí toda clase de facilidades para procurarse víveres.
Al volver la primavera, hállase enfermo Agesilao, pues cuando con el ejército volvió de Tebas, encontrándose en Mégara, y subiendo del templo de Afrodisia[199] a la casa del gobernador, rompiósele una vena, y la sangre del cuerpo se fue toda hacia la pierna sana[200]: habiéndosele hinchado el muslo, y sufriendo insoportables dolores, un médico siracusano le abrió la vena junto al tobillo, y una vez que principió a manar sangre, no se detuvo día y noche, siendo vanos cuantos esfuerzos se hacían para atajarla, hasta que perdió el sentido Agesilao: únicamente entonces fue cuando cesó de fluir. Llevado en este estado a Lacedemonia, permaneció allí enfermo el resto del verano y durante todo el invierno.
Así que vuelve la primavera, los lacedemonios decretan una nueva expedición, y dan el mando de ella a Cleómbroto. Cuando llega con su ejército al pie del Citerón, destaca a los peltastas para apoderarse de las alturas que dominan el camino. Pero siendo ya dueños de aquellas alturas un cuerpo de tebanos y uno de atenienses, dejan avanzar a los peltastas, y cuando están a sus pies se arrojan en su persecución y matan más de cuarenta de ellos, por lo cual Cleómbroto considera imposible el tránsito al país tebano, y retirándose con sus fuerzas, las licencia.
Reunidos en Lacedemonia los aliados, hacen presente en su asamblea que se hallan agotados sus recursos por la guerra, a causa de la debilidad con que se verifican las operaciones, porque podríase, en efecto, equipar un número de naves mayor que el de los atenienses, y tomar su ciudad por hambre; podríase también con estas naves hacer pasar un ejército a Tebas por la Fócida, o si se quería por Creusis. A consecuencia de este parecer, equípanse sesenta trirremes, que se ponen a las órdenes de Polis. Los que habían tenido esta idea no se engañaron, pues los atenienses son bloqueados. Las naves cargadas de víveres llegan hasta Gerasto[201], pero no se atreven a pasar de allí, pues la flota lacedemonia se halla en los alrededores de Egina, Ceos y Andros. Impulsados por la necesidad, suben los atenienses a las naves, y bajo el mando de Cabrias obtienen la victoria en un combate naval con Polis, desde cuyo suceso pueden llegar sin obstáculo los víveres a Atenas.
Como los lacedemonios se preparaban para hacer pasar un ejército a Beocia, los tebanos suplican a los atenienses envíen otro alrededor del Peloponeso, creyendo no les sería posible a los lacedemonios defender al mismo tiempo su país y las ciudades aliadas de estos comarcas mientras enviaban fuerzas suficientes contra ellos. Irritados también los atenienses por el asunto de Esfodrias, envían llenos de ardor sesenta naves alrededor del Peloponeso, después de haber elegido como jefe a Timoteo[202]. Hallándose Tebas libre durante toda la estación de la invasión de los enemigos, mientras mandaba las tropas Cleómbroto y se hallaba en expedición naval Timoteo, dirígense osadamente los tebanos contra las ciudades próximas y les hacen volver a su dominio. Al mismo tiempo Timoteo en sus correrías marítimas somete en poco tiempo a Corcira, sin reducir a sus habitantes a la esclavitud, ni desterrar a nadie, ni cambiar las leyes, conducta que le granjea la simpatía de todas las ciudades.