»Cuando me hubo dicho esto, contestele que todas sus palabras merecían reflexionarse; pero que me parecía completamente imposible, sin haber un motivo para ello, abandonar a los lacedemonios, con los cuales nos hallamos ligados por la amistad, para unirnos a sus adversarios. Él alabó mi proceder, y me dijo que desea aún más que sea su amigo, ya que tales son mis sentimientos, y me encargó venga junto a vosotros para relataros la verdad de todos estos sucesos, y haceros saber que piensa marchar contra los farsalios si rechazamos sus proposiciones, por lo cual me manda os pida refuerzos.

«Y si —añade— te dan bastantes fuerzas para creerte en situación de rechazarme, aceptaremos el resultado que dé la guerra; pero si te parece no te dan bastantes refuerzos, entonces no podrás evitar los justos reproches de tu patria, en la que has sabido elevarte al primer puesto.»

»He aquí por qué vengo a visitaros y por qué os relato cuanto he visto y cuanto él mismo me ha dicho. Ciudadanos lacedemonios: creo que si nos enviáis fuerzas que parezcan suficientes, no solo a mis ojos, sino al de todos los tesalios, para combatir a Jasón, las ciudades abandonarán su partido, pues que todas temen el acrecentamiento del poder de este hombre. Pero si creéis que algunos neodamodes y algún hombre vulgar han de bastar para ello, os aconsejo que no os mováis, pues tenéis que saber os hallaríais en guerra contra un vigor poco común, contra un general suficientemente precavido para no experimentar ningún desastre, para prevenir toda sorpresa, para tomar toda clase de precauciones o vencer por la violencia; que igual partido saca de la noche que del día, y que cuando quiere ir de prisa sabe almorzar y comer sin abandonar la marcha; que no se concede descanso hasta que ha conseguido su objeto y ha llevado a buen fin sus asuntos, a lo cual ha acostumbrado a cuantos con él están. Cuando después de largas penalidades han sabido sus soldados llevar a buen término alguno de sus mandatos, realiza por completo sus deseos; de manera que saben sus soldados y cuantos están a su alrededor, que de las fatigas nacen las comodidades, y en cuanto a él, es el hombre más dueño de sus pasiones que yo conozco; de modo que no da nunca a los placeres el tiempo necesario para los negocios. Reflexionad, pues, y decidme lo que os sea conveniente, lo que podéis y lo que queréis hacer.»

Así dijo. Aplazan los lacedemonios su respuesta para más adelante; pero después de haber consagrado el día siguiente y el otro para reflexionar sobre la cantidad de cohortes que se hallan ya fuera del país, el número de tropas que sostienen en las costas de Laconia contra las correrías de las trirremes atenienses, y en la guerra que sostienen en las fronteras, contestan que en las circunstancias presentes no pueden enviarle recursos bastantes, y le animan a que procure arreglar los negocios del modo que sea más favorable a sus intereses y a los de la patria.

Polidamante parte, alabando la franqueza de Lacedemonia: ruega a Jasón no le obligue a entregar la acrópolis de Farsala, a fin de conservarla para los que se la han confiado; pero le da en garantía sus mismos hijos, y le asegura procurará que voluntariamente la ciudad entre en su alianza y contribuya a proclamarle rey absoluto. Cuando se han dado recíprocas garantías de seguridad, conciertan los farsalios la paz, y Jasón es reconocido al poco tiempo como tago o jefe absoluto de los tesalios. Una vez en el poder, fija el número de caballos y de hoplitas que cada ciudad debe proporcionarle, y reúne de este modo más de ocho mil caballos, contando con los de los aliados, y eleva hasta veinte mil el número de sus hoplitas; y en cuanto a sus peltastas, por el número y ardimiento podían dominar al mundo entero: sería trabajo muy pesado el enumerar todas las ciudades que suministraban este ejército. También ordenó a los periecos pagasen el tributo que había sido fijado por Escopas: tal fue el resultado de estos sucesos. Reanudemos, pues, la relación de los que interrumpimos para hablar de Jasón.

CAPÍTULO II.

Los lacedemonios y sus aliados se reunían en la Fócida, mientras los tebanos, retirados a su país, defendían las entradas del mismo; en cambio los atenienses, viendo que por ellos los tebanos aumentan su poderío sin contribuir en modo alguno al sostenimiento de la flota, mientras ellos se hallan abrumados por contribuciones en metálico, por las piraterías de los eginetas y por el sostenimiento de los destacamentos que vigilan el país, desean termine la guerra y envían diputados a Lacedemonia para concertar la paz.

Celebrada esta[207], dos de los diputados atenienses embarcándose en Lacedemonia, se dirigen directamente por orden de su ciudad a participar a Timoteo conduzca a Atenas la flota, porque se ha hecho la paz. En el trayecto, Timoteo conduce a Zacinto a los desterrados de esta isla; pero cuando los zacintios participan a los lacedemonios la manera como con ellos se ha portado Timoteo, consideran los espartanos como culpables a los atenienses y equipan nuevamente una flota de sesenta naves, no solo de Lacedemonia, sino también de Corinto. Léucade, Ambracia, Élide, Zacinto, Acaya, Epidauro, Trecén, Hermíon y Halias[208]. Nombran comandante de estas naves a Mnásipo, con orden de vigilar todos estos parajes, y sobre todo de atacar particularmente a Corcira. Envían asimismo a Dionisio[209] unos mensajeros para que le hagan ver cuán ventajoso sería para él que no dominaran los atenienses en aquella población.

Así que ha reunido su flota, se hace a la vela Mnásipo en dirección a Corcira. Iban con él unos mil quinientos mercenarios, además de las tropas lacedemonias. Luego de haber desembarcado, domina y saquea el país, que estaba completamente plantado y cultivado y cuyas campiñas estaban pobladas de magníficas habitaciones y bodegas bien provistas, de tal suerte que se cuenta habían llegado los soldados a tal lujo que no querían beber más que vino perfumado. Apodéranse también en los campos de considerable número de esclavos y rebaños. Acampa después Mnásipo su ejército terrestre en una colina distante unos cinco estadios de la ciudad, que dominaba el país, a fin de poder atajar el paso a todos los que viniesen a Corcira: en cuanto a la flota, la coloca a la otra parte de la ciudad, en un lugar desde el cual podía verse a lo lejos e impedir fondease cualquier nave en el puerto, en el que, cuando no se oponía a ello la tempestad, hacía anclar sus naves, a fin de tener mejor bloqueada la ciudad.

Los corcirenses, desde que no pueden recibir provisiones de sus tierras, ocupadas por el enemigo, ni tampoco por el mar, pues la flota enemiga supera en gran manera a la suya, hállanse en una situación muy aflictiva. Envían a pedir socorros a Atenas, indicándoles perderán inmensas ventajas y darán gran fuerza al enemigo si se dejan arrebatar Corcira, ya que ninguna ciudad, excepto Atenas, puede equipar tantas naves ni proporcionar tanto dinero. Además, Corcira se halla en una situación sumamente estratégica, a la entrada del golfo de Corinto y de las ciudades que baña, y su posición permite dañar a Laconia, así como se encuentra a la distancia más favorable de Epiro, y en la situación más ventajosa para el trayecto de Sicilia y del Peloponeso.