Al oír los atenienses tales indicaciones, creen deber tomar con empeño este asunto, y envían al jefe Ctesicles con unos seiscientos peltastas, que ruegan a Alcetas haga pasar a la isla. Los soldados, después de desembarcar por la noche en un punto del país, entran en la ciudad. Decretan además los atenienses se equipen sesenta naves, y eligen para mandarlas a Timoteo, quien no hallando en Atenas las tripulaciones necesarias para equiparlas, se dirige a las islas para completarlas, no creyendo negocio baladí el dirigirse en cualquier situación contra una flota completamente provista. Pero los atenienses, juzgando pierde en la inacción la estación favorable para navegar, no tienen con él la más mínima indulgencia y le quitan el mando, que dan a Ifícrates. Inmediatamente de ser nombrado, equipa este con gran rapidez las naves y obliga aun con violencia a los comandantes de las mismas. Toma igualmente todas las naves atenienses que cruzan las aguas del Ática, así como la Páralos y la Salaminia[210], asegurando a los atenienses que si alcanza buenos resultados en Corcira les devolverá gran número de naves. De esta manera forma entre todas una flota de setenta naves.

Durante este tiempo los corcirenses padecen de tal modo por el hambre, que Mnásipo hace publicar, a consecuencia del gran número de tránsfugas que coge, que hará vender a todos los desertores; pero como no por esto llegan en menor número, concluye volviéndolos a la ciudad después de hacerlos azotar, y como los sitiados no quieren recibirlos en sus muros, ni siquiera como esclavos, perecen muchos de ellos fuera de las murallas. Viendo Mnásipo sus sufrimientos, cree tener ya en su poder a la ciudad, y cambia su modo de proceder con los mercenarios; despide a unos sin pagarles y a otros retiéneles el sueldo de dos meses a pesar de que, según se dice, no andaba escaso de dinero, pues que, en realidad, la mayor parte de las ciudades le habían remitido dinero en lugar de soldados, pues era cosa permitida en expediciones en que se había de pasar el mar. Los sitiados, apercibiendo entonces desde lo alto de las torres que las guardias están más descuidadas que antes y que las tropas se hallan diseminadas por la campiña, verifican una salida en la que hacen algunos prisioneros y matan algunos soldados. Mnásipo, al verlos, se arma, y seguido de todos los hoplitas se arroja en auxilio de los suyos, después de haber dado orden a los jefes y oficiales de los mercenarios para que salgan a sostener el ataque; pero habiéndole respondido algunos de aquellos que difícilmente encontraría dispuesta a la obediencia a la gente a quien rehúsa la subsistencia, principia a golpearles con su bastón y con la punta de la lanza, por lo cual salen completamente desanimados del campamento y llenos de odio contra él, enojosa disposición para un día de combate. Fórmalos en batalla Mnásipo, derrota y persigue a los enemigos que estaban junto a las puertas, pero llegados junto a los muros se vuelven y desde los túmulos funerarios[211] les arrojan flechas y demás proyectiles, mientras otros, saliendo por distinta puerta, se lanzan sobre la retaguardia enemiga en masa compacta: los lacedemonios, que se hallaban formados a ocho en fondo, creen muy débil el frente de su falange y procuran verificar una maniobra para robustecerla; pero persuadidos sus enemigos de que se declaran en fuga, se arrojan sobre ellos impidiéndoles el realizar su movimiento y obligando a emprender la fuga a sus tropas auxiliares. Mnásipo no puede auxiliar a las tropas así acosadas, pues está también agobiado por los enemigos que tiene a su frente y a los cuales deja cada vez mayores ventajas por el pequeño número de sus fuerzas. Finalmente, los enemigos en masa atacan todos la división de Mnásipo, ya muy abatida; los mismos ciudadanos, viendo el aspecto que toman sus asuntos, salen también contra él; mátanle y persiguen todos a sus tropas. Sin duda se hubieran apoderado del campamento y de las trincheras, si no hubiesen visto la multitud de comerciantes, criados y esclavos, y no se hubiesen retirado, tomándoles por tropas de reserva. Levantan los corcirenses un trofeo y conceden una tregua para recoger los muertos.

Redoblan el valor desde entonces los sitiados mientras experimentan un abatimiento indecible los sitiadores, pues se decía también que Ifícrates debía llegar de un momento a otro, y los corcirenses equipaban al mismo tiempo las naves que tenían. Hipermenes, que era el segundo de Mnásipo, equipa todas las embarcaciones que allí había, se hace a la vela hacia los atrincheramientos y cargando las naves con el dinero y los esclavos, las hace marchar mientras él permanece para defender sus trincheras con los soldados y marineros que le quedan; pero viéndose por fin completamente desorganizados, suben también a las trirremes y parten, dejando mucho trigo, vino, esclavos y soldados enfermos, pues temen ser sorprendidos en la isla por los atenienses y se refugian en Léucade.

Ifícrates, una vez en camino para doblar el Peloponeso, mientras avanza, hace todos los preparativos necesarios para el combate: deja en tierra las grandes velas[212] como si se dirigiese al combate, y no se sirve ni un momento de las altas[213] ni aun con viento favorable; pues haciendo el trayecto a fuerza de remo, aumenta el vigor de sus soldados y acelera la marcha de sus naves. Muchas veces, mientras debían comer sus tropas, hacía poner en fila las naves y las conducía alineadas unas después de otras: luego operaba una conversión a fin de que tuviesen la proa hacia la costa, y a una señal las hacía partir para ver cuál llegaría primero. Era esto un gran premio para la que conseguía el hacer antes que todas la provisión de agua y de cuanto se necesitaba, así como comer antes que todas; por el contrario, los que llegaban últimos experimentaban gran castigo, pues tenían que hacer todo esto después que los otros, y sin embargo, tenían que volver a marchar al mismo tiempo cuando se daba la señal, por lo cual, los primeros que llegaban podían hacerlo todo despacio y con comodidad, mientras que los demás tenían que hacerlo a toda prisa. Cuando se hallaban en país enemigo y era la hora de comer, establecía Ifícrates centinelas en tierra, según es costumbre, pero además hacía levantar los palos, colocando en ellos vigías que, hallándose en el punto más alto, tenían un horizonte más extenso que los centinelas terrestres. Cuando cenaba o dormía en alguna parte, no encendía fuego durante la noche, sino que hacía encender fogatas antes de llegar a la vanguardia, a fin de que nadie pudiera acercarse desapercibidamente. Cuando el tiempo era hermoso, volvía a hacerse a la mar después de cenar, sobre todo si era favorable la brisa, avanzando mientras descansaban, pero si era preciso hacer uso de los remos, daba reposo a los soldados por tandas. Durante el día guiaba su flota por medio de señales, disponiéndola unas veces en falange y otras poniéndola en fila: de este modo sus tropas se habían ejercitado en todas las maniobras de un combate naval, mientras avanzaban y llegaban perfectamente instruidas a los mares que creían ocupados por los enemigos. Comía y cenaba la mayor parte de las veces en territorio enemigo, pero como no se detenía en él más que el tiempo necesario, volvía a zarpar antes de que llegaran los habitantes, y avanzaban así con gran rapidez.

Cuando acaeció la muerte de Mnásipo se hallaba Ifícrates en los alrededores de las islas Esfagias en Lacedemonia: llegado a Élide, pasa la embocadura del Alfeo y echa el ancla junto al promontorio Ictis. Al día siguiente parte para Cefalenia, teniendo en orden de batalla su flota, sin descuidar durante su trayecto la más pequeña precaución para hallarse dispuesto a combatir así que se presentase ocasión; pues como no tenía noticia de la muerte de aquel jefe espartano por ningún testigo ocular, sospechaba que esta noticia era únicamente para engañarle, y se mantenía a la defensiva. Llegado, sin embargo, a Cefalenia tiene entonces noticias positivas y permite descansar a sus soldados.

Ya sé yo que se toman todas estas medidas y todas estas precauciones cuando se espera un combate naval, pero lo que yo alabo en Ifícrates es que tratando de llegar lo más pronto posible al lugar en que creía poder librar batalla con los enemigos, hubiese encontrado medio de impedir olvidaran los soldados durante el trayecto las maniobras de un combate naval, sin que estos cuidados retardasen en lo más mínimo su marcha. Después de haber sometido las ciudades de Cefalenia, se dirige a Corcira, donde viene en conocimiento de que se aproximan diez trirremes enviadas por Dionisio en socorro de los lacedemonios: examina por sí mismo el paraje del país desde donde puede apercibirse la llegada de las naves y participarlo por medio de señales visibles a la ciudad; establece en él vigías y concierta con ellos respecto al modo de señalar la llegada y desembarco, y después da sus órdenes a veinte jefes de naves que deberán acompañarle, para que le sigan así que les llame el pregonero, declarándoles anticipadamente que el que no obedezca no deberá quejarse del castigo. Cuando se señala la proximidad de los enemigos, y así que el heraldo ha llamado a los expedicionarios, se despliega una actividad digna de encomio, pues ni uno solo de los que debían embarcarse deja de correr hacia las naves. Ifícrates, dirigiéndose al lugar en que se hallan las trirremes enemigas hace prisioneras las tripulaciones que habían desembarcado; el rodio Melánipo había, sin embargo, aconsejado a los demás que no permaneciesen allí, y con sus naves se había hecho a la vela después de embarcar sus equipajes, y aunque encontró en su camino las naves de Ifícrates, pudo huir; pero las de Siracusa caen todas con sus tripulantes en poder del último, quien después de despojar de sus accesorios a las trirremes, las entra a remolque en el puerto de Corcira. Concede a cada cual pueda pagar su rescate, excepto al comandante Crinipo, que conserva, ya para sacar de él gruesa suma, ya para venderle; pero este, vencido por el pesar, se da la muerte. Ifícrates da libertad a los demás prisioneros, aceptando unos corcirenses como garantía de su rescate.

Durante todo aquel tiempo acude al mantenimiento de sus marineros haciéndoles cultivar las tierras para los corcirenses. Pasa después a Acarnania a la cabeza de sus peltastas y de los hoplitas de la flota y socorre las ciudades amigas que se hallan en perentoria situación, haciendo la guerra a los turieos, pueblo esforzado y dueño de una plaza fuerte. Más tarde, habiendo robustecido su flota con las naves corcirenses, y teniendo entre todas unas noventa, se hace a la vela hacia Cefalenia, donde levanta tributos y se prepara después para devastar el país lacedemonio, unirse las ciudades enemigas de esta comarca que quisieran recibirle, y hacer la guerra a las que quisieran resistirle.

No puedo dejar de tributar grandes elogios a esta expedición de Ifícrates, así como a su petición de que le dieran por colegas al orador Calístrato, a quien no tenía simpatías, y a Calias, que gozaba fama de ser uno de los más hábiles generales. En efecto, si quería juntárselos como consejeros por ser hombres cuya habilidad conocía, paréceme obraba como hombre prudente; y si veía en ellos únicamente unos rivales, el no temer se le acuse jamás de molicie o descuido, lo considero como propio de un hombre que tiene elevadísima conciencia de sí mismo. Eso es lo que hizo Ifícrates.

CAPÍTULO III.

Los atenienses, al ver arrojados de Beocia a los de Platea, pueblo aliado, para los cuales no quedaba ya otro remedio que el de refugiarse entre ellos, y a los tespieos, que les rogaban no permitiesen se les privara de su patria[214], no aprueban la conducta de los tebanos, y experimentan alguna desazón por apoyarles en sus guerras, sobre todo al reflexionar será sin ventaja ninguna para ellos, por lo cual no quieren ya asociárseles cuando les ven marchar contra los focidios, desde muy antiguo aliados de los atenienses, y arrasar ciudades que se les habían mostrado fieles en la guerra contra los bárbaros y que además eran sus propios aliados. Habiendo, pues, el pueblo decretado la paz, se enviaron primeramente[215] diputados a los tebanos para invitarles se dirijan con ellos a Lacedemonia, si tal es su voluntad, para tratar allí de este objeto, después de lo cual envían los atenienses sus diputados, entre los cuales fueron elegidos Calias, hijo de Hipónico, Autocles, hijo de Estrombíquides, Demóstrato, hijo de Aristofón, Aristocles, Cefisódoto, Melanopo y Liceto. Al presentarse ante la asamblea de los lacedemonios y de los aliados, hallábase también entre ellos el orador Calístrato, pues había prometido a Ifícrates que si le dejaba ir, le enviaría dinero para la flota o celebraría la paz, ya que en aquel tiempo se hallaba en Atenas procurando negociarla. Así, pues, cuando fueron admitidos los diputados ante los lacedemonios y aliados, el primero que tomó la palabra fue Calias, el portaantorcha[216], que era un hombre que se deleitaba no menos en alabarse a sí mismo que en ser alabado por los demás. Principió, pues, de este modo: