«Lacedemonios: no data mi proxenia con vosotros de mí mismo, sino que ya el padre de mi padre la ha legado a nuestra familia. Quiero haceros ver también los sentimientos de que se halla animada mi patria respecto a vosotros; en tiempo de guerra nos escoge por general, y cuando desea la paz nos elige asimismo para negociarla. He venido ya dos veces en otro tiempo para terminar la guerra, habiendo conseguido en estas dos diputaciones lograr la paz entre vosotros y mi ciudad; y ahora vengo por la tercera vez y creo tener razones más justas aún para obtener una reconciliación.

»Hallo, en efecto, que vuestros sentimientos son los mismos que los nuestros y que además os molesta también como a nosotros la destrucción de Platea y Tespias. ¿Cómo, pues, no sería natural sean más bien amigos que enemigos los que participan de iguales sentimientos? Y seguramente que aun cuando haya alguna diferencia en el modo de ver las cosas, las personas prudentes evitan comenzar una guerra, por lo cual, si en todo estamos acordes, ¿no sería verdaderamente extraño que no ajustásemos la paz? Prohibíanos la justicia esgrimir nuestras armas contra vosotros, ya que se dice que a los primeros extranjeros a quienes Triptólemo[217], nuestro antepasado, inició en los misterios sagrados de Deméter[218] y Hera[219], fueron Hércules, padre de vuestra raza, y los Dióscuros, vuestros conciudadanos, y además que el Peloponeso fue el primero que recibió de él la semilla del fruto de Deméter. ¿Cómo, pues, sería justo que vosotros vinieseis a destrozar las mieses de aquellos de quien habéis recibido las primeras semillas, así como que nosotros no pudiésemos desear se hallasen en la mayor abundancia posible de frutos aquellos a quienes les dimos las primeras simientes? Pero si los dioses han decidido haya guerras entre los hombres, es preciso pongamos toda la lentitud posible en comenzar las hostilidades, y una vez existan estas, la mayor prontitud en terminarlas.»

Autocles, orador muy famoso por su precisión, habla después de él en estos términos:

«Lacedemonios: cuanto voy a deciros no tendrá por objeto el adularos, no lo desconozco; pero me parece que aquellos que quieren ver tan sólida y permanente como sea posible, la amistad que desean celebrar, deben manifestarse mutuamente las causas de sus guerras. En cuanto a vosotros, decís abiertamente que todas las ciudades deben ser independientes, pero vosotros mismos ponéis los mayores obstáculos a su independencia, pues imponéis como primera condición a las ciudades aliadas la de que os sigan a donde quiera las conduzcáis. ¿Y cómo puede conciliarse eso con la independencia? Os hacéis enemigos sin el consentimiento de los aliados, a quienes mandáis después contra aquellos; de suerte que los que se llaman independientes, se hallan muy a menudo obligados a marchar contra sus mejores amigos.

»Pero lo que es aún mucho más opuesto a la independencia, es que establezcáis en todas partes gobiernos de diez o de treinta individuos y que procuréis con todas vuestras fuerzas, no que estos jefes gobiernen a tenor de la ley, sino que tengan la suficiente fuerza para contener a las ciudades, de manera que parece os regocijáis más en la tiranía que en el gobierno libre. Además, cuando el rey mandó fuesen independientes las ciudades, habéis sabido reconocer y proclamar que no obrarían los tebanos según las prescripciones del rey, si no dejaban que cada ciudad se gobernase a sí misma por las leyes que quisiere; pero en cambio, cuando os habéis apoderado de la Cadmea[220], no habéis permitido siquiera a los tebanos conservaran su independencia. Los que desean contraer una amistad, no deben pretender de los demás se les conceda plena justicia, mientras se abandonan ellos a su más desenfrenada ambición.»

Después de terminar este discurso hízose general silencio y acogieron con gozo sus ataques cuantos conservaban motivos de queja contra los lacedemonios. Después de esto, Calístrato dice:

«Oh lacedemonios, no creo poder pretender que no hayáis cometido tantas faltas como las que nosotros hemos hecho. No pienso, sin embargo, que no se deba sostener relación alguna con los que han errado alguna vez, pues veo que no hay hombre alguno que termine su vida sin claudicar. Por el contrario, paréceme que los hombres que han cometido errores alguna vez, se hacen con ello más prudentes, sobre todo cuando han resultado castigados con estas faltas como nosotros. Veo que vosotros también os habéis atraído algunas veces grandes desastres con vuestras desconsideradas acciones, entre las cuales es preciso contar la ocupación de la Cadmea en Tebas, pues a pesar de todos los cuidados que habéis tomado para asegurar a las ciudades su independencia, todas han vuelto a caer en poder de los tebanos, luego de haber sufrido estos tan notoria injusticia. Por esto espero que habréis aprendido la poca utilidad que presta la ambición, y confío que en lo futuro seáis más comedidos en vuestra recíproca amistad.

»Respecto a los calumniosos rumores de algunos que queriendo impedir la paz han dicho que al venir nosotros no nos mueve el deseo de vuestra amistad, sino el temor de que regrese Antálcidas con el dinero del rey, considerad todo esto como pura habladuría. En efecto, el rey decretó positivamente la independencia de todas las ciudades griegas; ¿en qué, pues, temeríamos al rey, si cuanto obramos y decimos se halla informado por esta misma idea? ¿Creerá, acaso, alguno que prefiera el rey emplear su dinero haciendo a otros poderosos, cuando ve realizar sin gasto alguno cuanto reconoció como más ventajoso? Pero, sea de esto lo que quiera, ¿para qué hemos venido? Comprenderéis fácilmente que no es a causa de vuestros apuros, si echáis una ojeada al estado actual de nuestros asuntos así por tierra como por mar. ¿Por qué, pues, hemos venido? Evidentemente porque algunos de nuestros aliados obran de un modo que nos es tan poco grato como a vosotros. Quisiéramos comunicaros gustosamente las ideas de rectitud que tenemos, a fin de reconocer os debemos nuestra conservación; y para abordar la cuestión principal os recordaré que todas las ciudades son consideradas como vuestras o como nuestras, así como en cada estado todo el mundo está dividido entre el partido lacedemonio y el ateniense. Si fuéramos, pues, amigos, ¿de qué parte podríamos temer razonablemente ningún peligro? ¿Quién podría inquietarnos por tierra siendo vosotros nuestros amigos, y quién podría dañaros por mar al ser nosotros vuestros más íntimos aliados?

»Todos sabemos que las guerras tienen siempre un comienzo y un fin, y que si no es hoy, más adelante desearemos todos la paz. ¿Por qué, pues, aguardar al momento en que nos hallemos agobiados por multitud de males, más bien que hacer la paz lo más pronto posible y antes de ser alcanzados por algún daño irreparable? No doy mi aprobación a aquellos atletas que después de haber vencido muchas veces y de haberse labrado gran reputación, son ambiciosos hasta el punto de no querer detenerse hasta haber sido vencidos y haberse visto obligados a renunciar a su profesión, ni tampoco a aquellos jugadores que cuando están de suerte doblan en seguida la apuesta, pues veo que la mayor parte de ellos son presa de la más completa miseria. Considerando todas estas cosas debemos aprovecharnos de que aún nos hallemos en vigor y en prosperidad para hacernos francos y mutuos amigos en lugar de liarnos en una guerra en la que juguemos el todo por el todo, pues nosotros por vosotros y vosotros por nosotros hemos de elevarnos en Grecia a un poder mucho mayor en lo futuro del que hemos tenido en lo pasado.»

Habiendo parecido todas estas cosas animadas por la prudencia y sabiduría, decretan los lacedemonios aceptar la paz bajo las condiciones de retirar los gobernadores de las ciudades, licenciar sus tropas de mar y tierra, y reconocer la independencia de las ciudades. Establécese asimismo que en el caso de que un estado contravenga a estas cláusulas, socorran los que quieran a las ciudades oprimidas, pero los que no quieran ir en su auxilio no puedan ser obligados a ello por su juramento. Juran estas condiciones los lacedemonios por ellos y por sus aliados, así como los atenienses y los suyos, cada ciudad de por sí. Los tebanos habían sido inscritos entre las demás ciudades que habían jurado, pero al día siguiente vuelven sus diputados para suplicar se escriba beocios en lugar de tebanos, entre los que han jurado. Agesilao responde que no cambiará nada de cuanto han jurado y escrito primeramente, pero que si no quieren ser comprendidos en el tratado, borrará su nombre, si así lo exigen. Como de este modo la paz se hallaba en vigor entre todos los estados griegos, excepto los tebanos, que eran los únicos que habían reclamado contra ella, consideran los atenienses la posibilidad de que sean diezmados los tebanos, como se decía, y estos se ausentan completamente desconcertados.