Inmediatamente decretan los éforos una leva de las cohortes restantes llamando a las armas aun a los que hacía cuarenta años habían pasado de la adolescencia; hacen partir también a los de esta edad que pertenecían a las cohortes que habían salido antes, pues hasta entonces solo se había enviado contra la Fócida a los que pertenecían al ejército hacía menos de treinta años; ordénase, finalmente, que deben también partir cuantos se habían antes quedado a consecuencia del cargo que desempeñaban. No habiéndose repuesto aún Agesilao de su enfermedad, da la ciudad el mando a su hijo Arquidamo. Los tegeatas muestran mucho celo por ir con ellos, pues Estásipo y sus partidarios, que abogaban por Lacedemonia, y que contaban con gran poder en su ciudad, se hallaban aún con vida. Los mantineos de las aldeas les acompañan también valerosamente, pues eran dominados por la aristocracia. Los corintios, los sicionios, los fliasios y los aqueos muestran también mucho celo en acompañarles, y muchas otras ciudades envían asimismo su respectivo contingente. Los lacedemonios y los corintios equipan trirremes, y piden también a los sicionios equipen algunas en las cuales pensaban transportar al ejército, y Arquidamo sacrifica después para obtener una marcha feliz.
Los tebanos, inmediatamente después de la batalla, envían a Atenas un mensajero coronado de flores, y al mismo tiempo que describen la magnitud de la victoria, piden refuerzos, diciendo ha llegado el momento oportuno de obtener venganza de todo el daño que han hecho los lacedemonios. El senado ateniense se hallaba casualmente en sesión en la acrópolis. Cuando los senadores se enteran de lo que ha sucedido, dejan comprender a la vista de todos el vivo pesar que por ello experimentan, pues no ofrecen presente hospitalario al mensajero ni dan contestación alguna respecto a los refuerzos. De este modo sale de Atenas aquel emisario.
Los tebanos envían, sin embargo, diputados a Jasón, su aliado, pidiéndole a toda prisa refuerzos y considerando los peligros del porvenir. Equipa inmediatamente Jasón algunas trirremes para venir en su auxilio por mar, y después, reuniendo sus mercenarios y la caballería de su guardia, dirígese por tierra a Beocia, a pesar de hallarse en una guerra de exterminio con los focidios, apareciendo antes de que se haya anunciado en la mayor parte de las ciudades que debía atravesar. Antes de que haya habido tiempo de reunir las tropas para oponérsele, previniéndoles con su prontitud, se halla fuera de su alcance, haciendo ver con esto que a menudo la velocidad en la ejecución conduce más fácilmente al buen éxito que la violencia.
Luego que ha llegado a Beocia, dícenle los tebanos que sería un momento favorable para caer sobre los lacedemonios desde las alturas con sus mercenarios, mientras ellos les atacarían de frente; pero Jasón les aparta de este proyecto, demostrándoles que, después de un hecho glorioso, no es conveniente entregar al acaso el adquirir una nueva victoria mayor que la primera, o perder la que se ha conseguido.
—«¿No veis —les dijo— que vosotros mismos habéis sido vencedores cuando os hallabais sumidos en la aflicción? Es preciso, pues, también creer que los lacedemonios combatirían desesperadamente al verse reducidos a la última extremidad. Además, la divinidad, según parece, se complace muy a menudo en engrandecer a los débiles y humillar a los grandes.»
Jasón disuade, pues, a los tebanos, con estas palabras, de atacar a los lacedemonios, mientras por otra parte demuestra también a estos que es muy distinto ponerse en campaña con un ejército victorioso que con tropas completamente vencidas.
—«Si queréis olvidar el desastre que habéis experimentado, os aconsejo toméis aliento y aumentéis vuestras fuerzas para mediros de nuevo con aquellos a quienes no pudisteis vencer. Mientras tanto, añadió, debéis saber que hay algunos de vuestros aliados que están en tratos con vuestros enemigos para celebrar una alianza. Procurad, pues, a todo precio obtener una tregua; y si deseo esto —añadió finalmente—, es porque quiero salvaros, así por la amistad de mi padre hacia vosotros como porque soy vuestro próxeno.»
Esto dijo, pero acaso obraba así para que los dos bandos, aunque separados entre sí por sus diferencias, necesitasen ambos de él. Los lacedemonios, sin embargo, después de oírle, deciden negociar una tregua, y cuando anuncian que está hecha, los polemarcas mandan pregonar que se cene y se esté preparado para emprender la marcha durante la misma noche, a fin de pasar el Citerón al apuntar el nuevo día. Terminada la comida, en lugar de dormir, se da la orden de marcha y se toma el camino de Creusis al oscurecerse el día, teniendo más confianza en esta maniobra secreta que no en la tregua. Después de una marcha penosa durante la noche, con miedo y en un camino áspero, llegaron a Egóstena de Mégara, donde hallaron al ejército de Arquidamo. Este, después de haber aguardado en dicho lugar a todos sus aliados, conduce al ejército reunido a Corinto, de donde, después de licenciar a los aliados, lleva a sus conciudadanos a Lacedemonia.
Jasón, sin embargo, al volverse por la Fócida, se apodera del arrabal de Hiámpolis, saquea el país y da muerte a gran número de los habitantes. Llegado a Heraclea, después de haber atravesado pacíficamente lo restante de la Fócida, destruye las murallas de aquella población, no porque temiese pudiera ser atacado su poder por aquel paso, sino más bien porque deseaba impedir que, ocupando a Heraclea, que está situada en un desfiladero, pudiesen cerrarle el paso cuando quisiese marchar contra cualquier comarca griega.
Llegado a Tesalia, era grandemente poderoso, ya por haber sido nombrado legalmente soberano absoluto de los tesalios, ya por tener a sueldo y a sus órdenes gran número de tropas de infantería y de caballería, ejercitadas de manera que pudieran vencer siempre a sus contrarios, y por tener además gran número de pueblos aliados, fuera de los cuales había también otros muchos que deseaban serlo. Pero lo que le colocaba encima de todos los de su época, era que nada había en él que pudiese ser objeto de desprecio por parte de nadie. Al acercarse la fecha de los juegos píticos, hizo publicar en las ciudades se preparasen bueyes, corderos, cabras y cerdos para los sacrificios, y se dice que, a pesar de que había mandado muy moderadamente esa imposición, no se reunieron menos de mil bueyes, y el resto de los otros ganados se elevó a diez mil cabezas. Hizo también anunciar daría una corona de oro como premio a la ciudad que presentase el más hermoso buey como primicia de las víctimas. Ordenó asimismo a los tesalios se preparasen para ponerse en campaña en la época de los juegos píticos, diciéndose tenía intención de presidir por sí mismo la fiesta y los juegos en honor del dios. Nada se sabe aún hoy, sin embargo, de cuáles eran sus intenciones respecto a los tesoros sagrados; pero se dice que habiendo pedido los delfios al oráculo qué es lo que debían hacer si se apoderaba de las riquezas del dios, este contestó que eso corría de su cuenta. Este hombre, pues, tan poderoso, que alimentaba en su espíritu designios tan vastos y tan numerosos, acababa de verificar un día la inspección de la caballería de Feras y de pasarle revista, cuando, al sentarse para contestar a lo que pudiesen pedirle, fue asesinado e instantáneamente muerto por siete jóvenes que se aproximaron a él como si tuviesen algún litigio entre sí. Los doríforos[228], que se hallaban junto a él, se precipitan inmediatamente para defenderle y matan de una lanzada a uno de los asesinos, mientras daba aún a Jasón la última puñalada: otro es cogido mientras montaba a caballo, y muere bajo sus golpes. Los otros se lanzan a los caballos, que de antemano tenían preparados, y pueden escaparse, siendo recibidos con honor en la mayor parte de las ciudades griegas, lo cual demuestra cuánto temían los griegos que se convirtiese en tirano.