Sin embargo, una vez muerto Jasón, son nombrados jefes absolutos sus hermanos Polidoro y Polifrón: Polidoro muere en un viaje que hicieron ambos hermanos a Larisa, mientras dormía, y, según parece, asesinado por aquel, pues su muerte acaeció de un modo completamente repentino y sin causa ninguna aparente. A su vez Polifrón reina durante un año, y ejerce un poder semejante a la tiranía, pues en Farsala hace perecer a Polidamante y a ocho de los principales ciudadanos, y en Larisa destierra a gran número de personas. Entregábase a tales excesos, cuando Alejandro le da muerte para vengar a Polidoro y hacer cesar la tiranía; pero cuando a su vez se ha revestido del poder, se hace aborrecible como jefe a los tesalios, y como enemigo odioso también a los tebanos y atenienses, mostrándose asimismo injusto saqueador por tierra y por mar. A su vez cae bajo los golpes de los hermanos de su mujer[229], que los incita con sus consejos, pues anunciándoles que Alejandro les tiende una emboscada, les oculta en el interior de la casa durante todo el día hasta que vuelve Alejandro completamente ebrio. Después que se ha acostado, le quita la espada a la luz de la lámpara, y viendo vacilar a sus hermanos, que no se atrevían a entrar para matarle, les amenaza con hacerle despertar si no le mataban en seguida. Después que entraron en su cámara, cierra la puerta, sosteniendo ella misma el pestillo hasta que han dado muerte a su marido. Según dicen algunos, el odio que tenía a este provenía de haber hecho prender Alejandro a un joven muy hermoso a quien ella amaba, y de que al pedirle ella le pusiera en libertad, le hizo salir de la cárcel para matarle. Dicen otros que Alejandro, no habiendo tenido ella sucesión, había hecho pedir en matrimonio a la mujer de Jasón, en Tebas. Tales son, pues, las causas que se asignan como productoras de este atentado. El poder recae entonces en Tisífono, el mayor de los hermanos autores de este asesinato, quien reinaba aún al escribirse esta historia.
CAPÍTULO V.[230]
Los sucesos de Tesalia que tuvieron lugar bajo el mando de Jasón, y después de su muerte hasta la entronización de Tisífono, acaban de relatarse, ahora voy a proseguir mi relación en el punto en que la interrumpimos para esta digresión.
Cuando Arquidamo hubo conducido a Leuctra los refuerzos que mandaba, los atenienses, considerando que los peloponesios continuaban siguiendo a los lacedemonios, y que no se hallaban aún estos en el estado a que habían sido reducidos los atenienses, reúnen los enviados de todos los estados que quieren participar de la paz que había dictado el rey. Una vez reunidos, decrétase, que cuantos quieran participar de la paz, se unan a ellos con este juramento:
«Permaneceré fiel al tratado dictado por el rey y a los decretos de los atenienses; y si se ataca alguna de las ciudades que han jurado, la socorreré con todas mis fuerzas.»
Todos los estados aplauden este juramento; únicamente los eleos le hacen oposición, pretendiendo no deben declarar independientes a los marganeos, esciluntios y trifilios, cuyas ciudades, según decían, les pertenecían legalmente. Los atenienses y cuantos habían decretado, a tenor de la carta real, fuesen igualmente libres todas las ciudades pequeñas y grandes, envían encargados para recibir los juramentos, con orden de hacer jurar a los principales magistrados de cada población. Prestan juramento todos los estados, a excepción de los eleos.
Mientras tanto los mantineos, considerándose completamente independientes, se reúnen todos y decretan constituir una sola ciudad en Mantinea y fortificarla. Por su parte, los lacedemonios no hallan esta decisión acomodada a su gusto, si antes no se les pide su consentimiento. Eligen, pues, a Agesilao para enviarle junto a los eleos, porque, según creían, de padres a hijos había su familia sido amiga de los mantineos.
Al llegar entre ellos, los magistrados rehúsan convocar la asamblea, y mandan les declare el objeto de su llegada. Promételes Agesilao que si suspenden el levantamiento de las fortificaciones durante algún tiempo, hará de manera que puedan construirlas con el consentimiento de los lacedemonios y sin gasto alguno; pero al responderle les es imposible suspender estos trabajos, puesto que el estado en masa ha decretado levantarlas sin la menor tardanza, se va de Mantinea muy encolerizado. A pesar de todo, no parecía posible el guerrear contra ellos, pues la autonomía era una de las condiciones de la paz que se había celebrado. Algunas ciudades de Arcadia envían también a los mantineos operarios para trabajar en la reconstrucción de los muros, y los eleos les proporcionan tres talentos de plata para aplicarse al gasto de aquella. He ahí el estado de los asuntos de los mantineos.
Entre los tegeatas, el partido de Calibio y Próxeno se reunía con el objeto de favorecer la confederación de toda la Arcadia y para procurar la sumisión de todas las ciudades a las decisiones de la confederación; pero el partido de Estásipo procuraba conservar a la ciudad su estado actual y las leyes patrias por que se regía. Vencidos los partidarios de Próxeno y Calibio en la elección de las magistraturas, y creyendo que si el pueblo se reunía, dominarían por el número, corren a las armas. Estásipo y sus partidarios se arman también al verlos, y poco les ceden en número: al venir a las manos, dan muerte a Próxeno y a algunos otros que estaban junto a él, aunque no persiguen a los fugitivos, pues el carácter de Estásipo no era a propósito para desear fuese grande la matanza entre los ciudadanos: los de Calibio, que se habían retirado junto a los muros y puertas de Mantinea, se reúnen y toman descanso así que ven que sus adversarios no les persiguen. Habían enviado ya a pedir socorro a los mantineos y se hallaban en tratos con la fracción de Estásipo para llevar a efecto una reconciliación; pero cuando ven llegar a los mantineos, unos escalan los muros y ordenan les socorran cuanto antes y les gritan se apresuren, y otros les abren las puertas. Los de Estásipo, al apercibirse de ello, salen precipitadamente por la puerta que lleva al Palantio, y logran refugiarse en el templo de Ártemis[231] antes de ser alcanzados por los que les persiguen, y allí se encierran, manteniéndose a la expectativa. Los enemigos que les persiguen súbense al templo, y después de levantar la techumbre, les arrojan las tejas. Los demás, conociendo su mala situación, les ruegan cesen en su ataque y declaran quieren salir del templo. Apodéranse de ellos sus adversarios, les encadenan y conducen sobre un carro a Tegea, donde, de acuerdo con los mantineos, les condenan a muerte y les ejecutan.
Durante estos sucesos, unos setecientos tegeatas, del partido de Estásipo, huyen a Lacedemonia, e inmediatamente decretan los espartanos que es preciso, conforme a los juramentos, vengar a los muertos y desterrados de Tegea. Dirígense, pues, contra los mantineos, a quienes acusan de haber faltado a sus juramentos al dirigir sus armas contra los tegeatas.