Los éforos decretan una leva de tropas, y la ciudad da el mando de las mismas a Agesilao. Los arcadios se reúnen a consecuencia de esto en Ásea[232], a excepción de los orcomenios, que no quieren tomar parte en la Liga arcadia a causa de su enemistad con los mantineos; pero como habían recibido en la ciudad el cuerpo de mercenarios reclutado en Corinto y mandado por Polítropo, los mantineos quedáronse allí para vigilarles; los hereos y lepreatas se unen a los lacedemonios contra los mantineos.
Agesilao, después de ofrecer los sacrificios de la marcha, se dirige a Arcadia. Ocupa a Eutea, ciudad fronteriza, donde no halló más que los ancianos, las mujeres y los niños, pues que los hombres aptos para las armas habían partido todos a unirse al ejército arcadio. No hace, sin embargo, daño alguno a la ciudad: conserva a los habitantes todas sus propiedades y compra todo lo que necesita su ejército, así como hace restituir todo aquello de que se habían apoderado al entrar en las poblaciones. Hace también reparar los muros, mientras espera los mercenarios de Polítropo. Durante este tiempo dirígense los mantineos contra los orcomenios; pero tienen que retirarse de delante de sus muros después de haber sufrido bastantes bajas: decláranse en retirada, y llegan a Elimia sin que les persigan los hoplitas orcomenios; pero siendo acosados con grande audacia por las tropas de Polítropo, y conociendo entonces los mantineos que si no rechazan a este enemigo, perderán mucha gente con sus proyectiles, dan repentinamente una media vuelta y les aguardan. Polítropo muere combatiendo y los demás se declaran en fuga y hubieran perecido en su mayor parte si no hubiese sobrevenido la caballería fliasia, que consiguió detener a los mantineos en su persecución después de circunvalarles. Hecho esto, vuélvense los mantineos a su ciudad. Al saber Agesilao esta nueva, piensa que no podrán juntársele ya los mercenarios de Orcómeno, y avanza con las tropas que tenía bajo su mando. Cenan el primer día en territorio tegeata, y al día siguiente pasa al de Mantinea, acampa al pie de los montes situados al occidente de esta ciudad, saquea el país y devasta los campos. Los arcadios, reunidos en Ásea pasan de noche a Tegea; al día siguiente acampa Agesilao a unos veinte estadios de Mantinea; pero los arcadios de Tegea, que ocupaban ya los montes entre esta ciudad y Mantinea, llegan con gran número de hoplitas, deseando vivamente unirse a los mantineos, pues los argivos no les habían mandado todas sus fuerzas. Indicaron algunos a Agesilao que era conveniente les atacase separadamente; pero aquel, temiendo ser acosado por la espalda por los mantineos, mientras avance contra los enemigos, decide como cosa mejor permitir la unión, y en el caso en que quisieran venir a las manos, combatir abierta y francamente. De este modo conservan reunidas los arcadios todas sus fuerzas.
Los peltastas de Orcómeno, acompañados de la caballería fliasia, marchando por la noche en dirección de Mantinea, se presentan al apuntar el día ante el campamento, mientras Agesilao ofrecía el sacrificio, haciendo que cada cual corra a su puesto y que Agesilao se retire hacia los suyos. Pero después que reconocer que son amigos y que ha obtenido aquel signos favorables, da orden de avanzar a su ejército después del desayuno. Por la noche, sin ser visto, acampa en la garganta de la montaña situada detrás del país mantineo y rodeada de montes próximos. Al amanecer del día siguiente, y mientras sacrificaba delante del campamento, ve poblarse de enemigos las montañas, al pie de las cuales se halla su retaguardia, y comprende entonces que es preciso salir cuanto antes de aquel desfiladero. Teme, sin embargo, que si él abre la marcha, el enemigo caerá sobre su retaguardia, por lo cual permanece en el mismo sitio y mostrando al enemigo el frente de su ejército, da orden a los que le siguen hagan su conversión a la derecha y se coloquen junto a él detrás de la falange; de este modo, al propio tiempo que aumenta la fuerza defensiva de esta, hace salir de los desfiladeros a sus tropas. Cuando la falange se halla de este modo con doble fondo, se pone a la cabeza de los hoplitas, y llegado a la llanura, despliega nuevamente su ejército sobre nueve o diez escudos de fondo.
Los mantineos, sin embargo, no verificaban ninguna salida, pues los eleos que se les habían juntado, les persuaden a no librar combate hasta que hayan llegado los tebanos, pretendiendo saber positivamente que se les juntarán a causa de haberles prestado diez talentos para esta expedición. Cediendo a sus razones, no salen de Mantinea los arcadios, y Agesilao, a pesar de su vivo deseo de sacar de allí a sus tropas por hallarse ya a mitad del invierno, permanece tres días en estos países y a poca distancia de la ciudad para que no aparezca que apresura por miedo su partida; pero al cuarto día por la mañana, después de almorzar, da la orden de marcha a su ejército como para acampar en el sitio en que lo había hecho el primer día después de haber salido de Eutea[233]. Luego, no distinguiéndose ningún arcadio, se apresura a dirigirse a esta población aunque era ya muy tarde para que no se apercibiesen los fuegos enemigos y nadie pudiese decir sea una fuga su retirada. En efecto, parecía haber levantado un poco el ánimo de su patria, pues había invadido Arcadia y nadie había querido aceptar batalla, a pesar de hallarse saqueando el país. Llegado a Laconia, permite vuelvan a su casa los espartanos y despide para sus respectivas ciudades a los periecos.
Inmediatamente después de la marcha de Agesilao, los arcadios, al saber ha licenciado aquel su ejército, mientras ellos se encuentran todos reunidos, se dirigen contra los hereos por no haber estos querido formar parte de la confederación; hacen una irrupción en su país, incendian las casas y cortan los árboles; pero cuando se anuncia la llegada de los tebanos a Mantinea en socorro de esta, dejan a los hereos y se juntan a ellos. Una vez reunidos, opinan los tebanos haber hecho lo bastante acudiendo en su socorro, pues no veían ya enemigo alguno en el país; pero los arcadios, argivos y eleos, procuran persuadirles para que se arrojen inmediatamente sobre Laconia, mostrándoles su gran número y alabando sobre manera al ejército tebano. Los beocios, en efecto, se ejercitaban todos en las armas orgullosos por la victoria obtenida en Leuctra, e iban acompañados además por los focidios, a quienes habían subyugado, por las tropas eubeas de todas las ciudades, por los locrios de las dos comarcas[234], por los acarnanios, por los heracleotas y por los maleos, yendo también con ellos la caballería y los peltastas tesalios. Regocijándose con esta superioridad, a la cual oponen el aislamiento de Lacedemonia, suplican a los tebanos que no se ausenten sin haber hecho antes una invasión en el territorio espartano.
Los tebanos atienden a sus razones, pero reflexionan sobre lo difícil que se reputa la entrada en Lacedemonia, y piensan que sin duda se habían colocado puestos de vigilancia en los puntos más practicables. Efectivamente, Iscolao se hallaba en Eo, ciudad escirita[235], con un destacamento de neodamodes y unos cuatrocientos desterrados de Tegea, de entre los más jóvenes, hallándose otro destacamento en Leuctro, sobre la Maleátide[236]. Reflexionan asimismo los tebanos que las fuerzas lacedemonias pueden reunirse prontamente, y que en ninguna parte se batirán mejor que en su misma patria. Todas estas reflexiones hacen que no se apresuren a dirigirse contra Lacedemonia.
Llegan, sin embargo, algunos habitantes de Carias[237] que les anuncian el aislamiento en que se encuentra Lacedemonia y que prometen servirles de guías, manifestando consienten en ser degollados a la menor sospecha de traición: llegan asimismo algunos periecos para llamarles en su auxilio, manifestándoles solo aguardan su entrada en el país para sublevarse en masa. Afirman igualmente que los periecos de Esparta rehúsan obedecer en aquellos momentos la orden de congregarse que han recibido de los lacedemonios. Oyendo los tebanos todas estas referencias, que les llegan por conductos tan distintos, se dejan convencer e invaden Laconia por Carias, mientras los arcadios avanzan por Eo en la Escirítide. Según se dice, si Iscolao hubiese avanzado hasta llegar a los pasos difíciles y los hubiese defendido, ningún enemigo hubiera podido penetrar por allí; pero queriendo aprovecharse del contingente de los eatas, permaneció en esta población mientras los arcadios llegan en masa. Las tropas de Iscolao conservan sus ventajas mientras tienen enemigos solo a su frente; pero cuando estos les circunvalan subiéndose a los tejados de las casas, y les agobian con sus proyectiles, perecen Iscolao y los suyos, a excepción de unos pocos que consiguen escapar sin ser reconocidos. Los arcadios, después de haberse abierto camino de este modo, avanzan sobre Carias para unirse a los tebanos. Estos, al venir en conocimiento del éxito que han tenido en su expedición los arcadios, se hacen mucho más audaces para bajar a la llanura. Principian por incendiar y saquear Selasia, y al bajar de los montes, acampan en el territorio consagrado a Apolo, de donde salen al día siguiente, y no atreviéndose a atravesar el puente para dirigirse contra la ciudad, pues se veían los hoplitas en el templo de Alea[238], avanzan, teniendo a su derecha el Eurotas, quemando y saqueando habitaciones llenas de considerables riquezas.
En cuanto a los de la ciudad, las mujeres espartanas no pueden soportar la vista del humo del campamento enemigo[239], pues nunca lo habían visto desde la ciudad, y los lacedemonios, cuya capital carece de murallas, se aprestan convenientemente para defenderla, sin poder ocultar el pequeño número de hombres que tienen en realidad. Deciden los magistrados anunciar a los hilotas que cuantos quieran tomar las armas y alistarse, obtendrán la seguridad de recibir su libertad después de haber combatido con los ciudadanos. Dícese que inmediatamente se inscribieron más de seis mil; de manera que reunida esta multitud, inspiró nuevo temor y se les encontró demasiado numerosos; pero como quedaban en Esparta los mercenarios de Orcómeno y recibieron los lacedemonios el contingente de los fliasios, de los corintios, de los epidaurios, de los peleneos y de otras ciudades, principiaron a tener menos cuidado del número de los hilotas inscritos.
Cuando el ejército enemigo ha avanzado hasta Amiclas, atraviesa allí el Eurotas. Los tebanos, dondequiera acampen, cortan los árboles y los colocan ante sus líneas en el mayor número posible, y de esta manera se ponen en guardia contra un ataque; pero los arcadios no toman estas precauciones, pues abandonando sus armas, corren a saquear las habitaciones. Tres o cuatro días después, la caballería avanza en buen orden hasta el hipódromo, junto al templo de Geoco[240]; esta caballería estaba formada por todos los tebanos, los eleos, todos los caballos focidios, tesalios y locrios. Frente a esta caballería se hallaba la de los lacedemonios, que parecía poco numerosa; pero una emboscada de los hoplitas más jóvenes, en número de trescientos, había sido colocada en la Casa de los Tindáridas[241], y al cargar la caballería se arroja sobre el enemigo, obligando a aquella a replegarse sin sostener el choque, movimiento seguido asimismo por gran número de infantes que emprenden la fuga. Cuando ha cesado la persecución y hace alto el ejército tebano, vuelven a restablecer su campamento. Principia a esperarse entonces con más confianza que no atacarán la ciudad, y efectivamente, levantando el campamento, toma el ejército el camino de Helos y de Gitio; quemando cuantas ciudades indefensas y cuanto encuentra a su paso, sitia durante tres días a Gitio, donde se hallaban los arsenales lacedemonios, habiéndose juntado cierto número de periecos a los enemigos y continuando después la campaña con los tebanos.
Al conocer los atenienses estos sucesos, hállanse sumidos en vacilaciones respecto a lo que deben hacer para los lacedemonios, y celebran una asamblea por decisión del senado. Hallábanse presentes los diputados lacedemonios y los de los aliados que permanecían aún fieles a Esparta. Los espartanos Áraco, Ocilo, Fárax, Etimocles y Olonteo dijéronles todos casi lo mismo. Recuerdan a los atenienses que siempre, en las grandes ocasiones, se han sostenido mutuamente para su mayor bien. Ellos en efecto, dicen, arrojaron de Atenas a los tiranos, mientras los atenienses les socorrieron valerosamente cuando se hallaban sitiados por los mesenios; enumeran asimismo todas las ventajas que han obtenido cuantas veces han obrado de común acuerdo. Les recuerdan también la manera cómo combatieron juntos a los bárbaros, y que los atenienses fueron elegidos por todos los griegos, con el beneplácito de los espartanos, jefes de la flota y depositarios del tesoro común[242], así como los espartanos unánimemente proclamados jefes de los ejércitos de tierra por el consentimiento de los atenienses.