Uno de ellos, en especial, dice con poca diferencia estas palabras:

—«Ciudadanos: si os unís con nosotros en esta ocasión, es casi seguro se realizará el antiguo proverbio de que los tebanos serán diezmados.»

Los atenienses, sin embargo, no acogen favorablemente estas palabras, sino por el contrario, levantándose grandes murmullos, dicen:

—«Eso declaráis ahora; pero cuando estabais en la prosperidad bien sabíais oprimirnos.»

Lo que pareció como más fundado en los hechos de cuanto dijeron los lacedemonios fue que después de haber subyugado Atenas, se habían opuesto al proyecto de los tebanos, que querían fuese arrasada Atenas. El argumento más repetido fue el de que se debían los refuerzos en virtud de los juramentos, pues no eran las injusticias de los lacedemonios las que les habían indispuesto con los arcadios y sus aliados, sino el auxilio que habían prestado estos a los tegeatas, atacados por los mantineos contra la fe jurada. Esto produjo grande alboroto en la asamblea, diciendo uno que los mantineos habían obrado justamente al socorrer a los partidarios de Próxeno muertos por Estásipo, y otros afirmando que habían sido injustos al dirigirse en armas contra los tegeatas.

Mientras tiene lugar esta discusión en la asamblea, se levanta el corintio Clíteles y dice:

«Ciudadanos atenienses: si ciertamente procuráis con imparcialidad dejar sentado quiénes fueron los primeros en obrar injustamente, ¿quién podrá acusarnos a nosotros, desde que se celebró la paz, de habernos dirigido contra alguna ciudad, de habernos apoderado de las riquezas del que las poseía o de haber devastado las comarcas de otro estado? Y, sin embargo, los tebanos han entrado en nuestros dominios, han cortado nuestros árboles, incendiado nuestras casas y arrebatado nuestros bienes y nuestros rebaños. ¿Cómo podríais, pues, sin faltar a vuestros juramentos, no socorrernos cuando somos víctimas manifiestas de la injusticia, y cuando habéis sido vosotros los que os tomasteis el trabajo de ligarnos por toda clase de juramentos?»

Después de estas palabras, los atenienses, con sus muestras de aprobación, indican que Clíteles ha hablado justa y equitativamente. Inmediatamente después levantose el fliasio Procles, y dijo[243]:

«Atenienses: luego que los tebanos se hayan deshecho de los lacedemonios, seréis vosotros los primeros contra quienes tendrán que dirigirse, pues, en efecto, sois el único estado que puedan considerar como un obstáculo a su dominación sobre los griegos; es un hecho que me parece evidente. Si esto es así, creo que al ir a defender a los lacedemonios os defendéis también vosotros mismos, porque siendo dueños de Grecia los tebanos, que se hallan mal dispuestos hacia vosotros y que habitan al pie de vuestras mismas fronteras, será mucho más difícil vuestra situación que teniendo lejos a vuestros rivales. Mucho más prudente es, pues, el defenderos a vosotros mismos, mientras tenéis aún aliados que no esperan el momento en que la ruina de estos últimos os obligue a luchar solos contra los tebanos. Si algunos de vosotros teméis que los lacedemonios, al salir con bien, os susciten obstáculos más tarde, considerad que no debe temerse el engrandecimiento de aquellos a quienes se prestan beneficios, sino el de aquellos a quienes se hace algún daño. Debéis asimismo reflexionar que es conveniente para las repúblicas, del propio modo que para los particulares, asegurarse de la posesión de algún bien mientras se halla este en todo su vigor, a fin de que, si alguna vez pierde su fuerza, conserve algo como resultado de las penalidades pasadas. Ahora la divinidad os ofrece ocasión propicia para adquirir en los lacedemonios unos amigos para siempre, si los socorréis según sus súplicas; y, en efecto, paréceme que no recibirían ante pequeño número de testigos este beneficio vuestro, pues los dioses, que lo ven todo, lo sabrán ahora y siempre, y llegará asimismo a oídos de aliados y enemigos, de griegos y de bárbaros, ya que todo el mundo se preocupa en gran manera de lo que está sucediendo. Si se mostraran ingratos hacia vosotros, ¿quién podría manifestar consideración hacia ellos? Pero es preciso esperar que se mostrarán leales y no ingratos ellos, que más que nadie son considerados como amigos constantes de la gloria y enemigos de toda acción deshonrosa.

»Además de esto, reflexionad sobre lo que voy a deciros: Si en cualquiera ocasión amenazara a Grecia algún nuevo peligro por parte de los bárbaros, ¿en quién podríais tener más confianza que en los lacedemonios? ¿Qué defensores podríais desear mejores que aquellos que, apostados en las Termópilas, prefirieron morir todos, que salvar la vida abriendo el camino de Grecia a los bárbaros? ¿No es, pues, justo que el recuerdo del valor que desplegaron con vosotros y la esperanza de alcanzar juntos nuevos lauros, animen vuestro celo para con ellos, para con nosotros y para con vosotros mismos? Es preciso asimismo que sus aliados actuales[244] sean para vosotros un nuevo estímulo para vuestro celo hacia ellos, pues bien sabéis que cuantos les permanecen fieles en sus apuros[245] se avergonzarían de no atestiguar su reconocimiento. Si nosotros, que parecemos solo exiguas ciudades, queremos, sin embargo, participar de sus peligros, pensad que, al juntarse a nosotros vuestra república, ya no serán pequeños estados los que vendrán en su auxilio.