»En cuanto a mí, atenienses, siempre he admirado grandemente vuestra ciudad cuando oía decir que cuantos se hallaban oprimidos o temían la opresión se refugiaban entre vosotros y recibían vuestros auxilios; pero ahora no solo lo oigo, sino que veo por mí mismo las súplicas que los lacedemonios, tan afamados, y con ellos sus aliados más fieles, os dirigen, rogándoos los socorráis. Veo asimismo a los tebanos, aquellos que en otro tiempo no pudieron convencer a los lacedemonios para que os redujesen a la esclavitud, que os piden ahora veáis con indiferencia la destrucción de aquellos que os salvaron en otro tiempo. Dícese, para la gloria y buena fama de vuestros antepasados, que no permitieron quedaran insepultos los argivos que perecieron ante la Cadmea; sería mucho más glorioso para vosotros no consintáis que se ultrajen ni destruyan los lacedemonios que se hallan aún con vida. Es ciertamente, asimismo, una gloriosa acción el haber reprimido la insolencia de Euristeo, y haber salvado a los hijos de Hércules. Pero ¿no sería más hermoso el salvar asimismo a los fundadores de la población[246] y a la población entera? Sin embargo, la acción más hermosa sería hoy socorrer, con las armas en la mano y a través de los peligros, a los lacedemonios que en otro tiempo os salvaron por un voto, aunque sin peligro. Si nosotros nos sentimos orgullosos al exhortaros para que socorráis a un pueblo de valientes, ¿no sería para vosotros, que podéis socorrerles eficazmente, un acto de reconocida generosidad, que después de haber sido a menudo amigos y enemigos de los lacedemonios, olvidaseis más bien las injurias que los beneficios y les mostraseis vuestro reconocimiento, no solo en vuestro nombre, sino en el de toda Grecia, como efectivamente por sus acciones han merecido?»
Después de este discurso comienzan los atenienses la votación: no permiten hablar a los que quieren hacerlo en sentido opuesto, y votan socorrer en masa a los lacedemonios, poniendo al frente de este ejército al general Ifícrates. Terminados los sacrificios, ordena este se coma en la Academia, y se dice que muchos salieron ya antes de ponerse en marcha dicho jefe. Colócase este al frente de las tropas, que marchan con entusiasmo, en la esperanza de que se las conduce a realizar gloriosas acciones. Llegado a Corinto, permanece allí durante algunos días, y principian a reprocharle las tropas esta pérdida de tiempo; pero cuando les hace salir de la ciudad, se hallan llenos de ardor para seguirle dondequiera los conduzca y para atacar los muros contra los que se dirija.
En cuanto a Lacedemonia, los enemigos que devastaban su territorio, arcadios, argivos y eleos, sus fronterizos, habían ya partido en gran número, llevándose con ellos el botín que habían hecho. Los tebanos y los demás enemigos deciden abandonar la comarca, porque ven disminuir cada día más su ejército y porque cada vez se hacen más raros los víveres, pues todo había sido consumido, arrebatado, dilapidado o quemado, a lo cual se une la presencia del invierno, que contribuye a que todos deseen partir. Cuando todas estas tropas se alejaron de Lacedemonia, Ifícrates condujo igualmente a sus atenienses de Arcadia a Corinto.
No pretendo criticar lo bueno que puede haber hecho durante el conjunto de su mandato, pero respecto a su conducta en esta época, paréceme que todos sus actos pecaron de inútiles o de imprudentes. Efectivamente decide apoderarse del monte Oneo[247], a fin de que no puedan los beocios regresar a su patria, y deja libre el paso más fácil, junto a Céncreas. Más tarde, queriendo saber si los tebanos han pasado el monte Oneo, envía en exploración a la caballería ateniense y a todos los corintios; y sin embargo, un pequeño destacamento de hombres puede ver lo mismo que una gran sección, pero en cambio, en caso de una retirada, es mucho más fácil que puedan aquellos realizarla, hallando mayores facilidades en los caminos que una gran división. Pero ¿no es el colmo de la locura el hacer avanzar contra el enemigo muchas tropas, no siendo bastante fuertes para rechazarle? Por esto aquella caballería, cuya extensa línea ocupaba grande espacio, halló a causa de su número muchos pasos difíciles, de manera que perdieron a lo menos veinte hombres; y en cuanto a los tebanos, se retiraron como y por donde quisieron.
LIBRO SÉPTIMO.
CAPÍTULO PRIMERO.[248]
Al año siguiente llega a Atenas una comisión de lacedemonios y aliados, con plenos poderes para negociar las condiciones de una alianza entre Esparta y Atenas. Diciendo muchos extranjeros y atenienses que la alianza debía tener lugar bajo el pie de la más perfecta igualdad, el fliasio Procles pronuncia el siguiente discurso:
«Atenienses: ya que os ha parecido bien aceptar la amistad de los lacedemonios, considero conveniente procuréis, por todos los medios posibles, que esta amistad sea duradera: esto lo conseguiréis estableciendo como bases del tratado las condiciones que sean más ventajosas a los dos partidos, y de este modo podremos permanecer largo tiempo unidos. Estamos de acuerdo sobre todos los puntos, a excepción del referente a la hegemonía[249], de que ahora se está tratando; vuestro consejo ha propuesto que el mando en la mar pertenezca a los atenienses, y en tierra a los lacedemonios, y me parece a mi también que este reparto de atribuciones está indicado, no solo por la prudencia humana, sino por la naturaleza y providencia divinas. En primer lugar, vuestra situación es lo más favorable que imaginarse pueda para el imperio del mar, pues la mayor parte de las ciudades que necesitan de él se hallan construidas en los alrededores de la vuestra, y todas ellas son más débiles que vosotros; además poseéis varios puertos, sin los cuales es imposible todo poder marítimo. Tenéis asimismo muchas trirremes, y habéis heredado de vuestros mayores el afán de aumentar sin cesar su número.
»Además, todas las artes necesarias para este poderío las tenéis aclimatadas en vuestra ciudad; y respecto a la habilidad en la profesión marítima, dejáis atrás a todos los pueblos, pues la mayor parte de vosotros no vive, efectivamente, más que por el mar; de manera que, mientras cuidáis de vuestros particulares asuntos, no descuidáis el sobrepujar a los demás en las maniobras navales. Pero aún hay más: no hay puerto alguno que pudiese proporcionar reunidas tantas naves como el vuestro, lo cual no es poco para la hegemonía, pues todos prefieren agruparse alrededor del que desde el principio y por sí mismo, les supera en fuerzas. Los dioses mismos os han concedido el poder sobresalir en esto; habéis librado los más importantes combates navales, y con poquísimos reveses habéis conseguido el mayor número de victorias, por lo cual es muy natural que los aliados prefieran correr junto a vosotros las penalidades de estos combates. Comprenderéis asimismo la necesidad y el deber que os están impuestos respecto al cuidado y vigilancia de vuestras fuerzas navales, por lo que voy a deciros. Os hacían la guerra los lacedemonios desde largos años, y aunque vencedores por tierra, no conseguían gran cosa para vuestra ruina; pero así que la divinidad les concedió poder dominar por mar, inmediatamente consiguieron subyugaros por completo. ¿No hay, pues, en esto una prueba evidente de que vuestra salvación depende de vuestro poder marítimo? Siendo esto así, ¿cómo podríais abandonar a los lacedemonios el mando en el mar, una vez convienen ellos mismos en la inferioridad de su marina, sobre todo si consideráis que no hay paridad entre ellos y vosotros en las luchas navales, pues que ellos exponen únicamente los hombres que tienen en sus trirremes, y vosotros exponéis a vuestros hijos, a vuestras mujeres y a vuestra ciudad entera?