»Eso por lo que hace a vuestra ciudad. Pongámonos ahora en el punto de vista lacedemonio: en primer lugar tienen su morada lejos de la costa; de manera que, mientras sean dueños de su comarca, su existencia no está comprometida, aunque sean inferiores en el mar. Por esto, desde su más tierna infancia se entregan a los ejercicios necesarios para los ejércitos terrestres: poseen en tierra, como vosotros en el mar, y en el más alto grado, la obediencia a los jefes, cosa la más esencial a todo ejército. Además pueden poner en pie de guerra un numeroso ejército con la misma prontitud con que podéis vosotros equipar una poderosa flota; de donde resulta que los aliados se unen también a ellos con la mayor confianza. También la divinidad les ha concedido en tierra igual beneficio que a vosotros por mar: han sostenido en tierra el mayor número de luchas, habiendo experimentado muy pocas derrotas y obtenido innumerables triunfos. De ahí la necesidad en que se hallan de fijar toda su actividad del lado de la tierra, como vosotros en el mar, resultando asimismo de los hechos pasados, pues aunque les hayáis ganado a menudo combates marítimos, sin embargo, no habíais conseguido nada importante para dominarles; pero así que les derrotasteis una sola vez en combates terrestres, vieron comprometida la existencia de sus hijos, de sus mujeres y de su misma ciudad[250]. ¿Cómo, pues, dejaría de serles penoso el confiar a otros la supremacía de los ejércitos de tierra, cuando ellos son los primeros en este elemento? He aquí por qué he hablado en apoyo del proyecto del consejo, pues, a mi modo de ver, ofrece las mayores ventajas a ambas partes. Ojalá seáis todos felices por haberos decidido conforme al general interés de todos.»
Tal fue su discurso. Los atenienses y lacedemonios presentes aprobaban vivamente sus palabras, pero levantándose Cefisódoto, les dice:
«Atenienses: estad alerta, que os quieren engañar; escuchadme, que voy a daros inmediatamente las pruebas de ello[251]. Ciertamente mandaréis en el mar, pero al hacerse aliados vuestros los lacedemonios, es natural que os envíen jefes y marinos espartanos, aunque los marineros serán únicamente hilotas o mercenarios; he aquí los hombres que pondrán a vuestras órdenes; por el contrario, cuando os anuncien los lacedemonios una expedición terrestre, es natural que les mandéis vuestros hoplitas y vuestra caballería. He aquí, pues, que vosotros os pondréis bajo sus órdenes y en cambio vosotros no tendréis bajo las vuestras más que esclavos y gente de ningún valer.
»Dime, Timócrates lacedemonio, ¿no has dicho hace poco que venías para concertar la alianza, partiendo de la base de la más perfecta igualdad?
»—Así lo dije.
»¿Puede haber, pues, una igualdad más perfecta que si cada uno a su vez ejerce el mando de la flota y del ejército, y si participáis vosotros de las ventajas que puede presentar el mando marítimo, y nosotros del terrestre?»
Al oír estas palabras, cambian los atenienses de opinión, y decretan que cada uno de los dos estados ejerza el mando durante cinco días.
Dirígense las tropas de ambos estados y las de sus aliados a Corinto, donde deciden guardar todos juntos el monte Oneo, y cuando llegan los tebanos con sus aliados, distribúyense los pasos que cada uno debe defender. Los lacedemonios y peleneos se colocan en el lugar de más peligro. Así que los tebanos y sus aliados se hallan a unos treinta estadios[252] de estos pasos, acampan en la llanura, y calculando entonces el tiempo que necesitan para franquear esta distancia, salen con el alba contra el destacamento lacedemonio: su cálculo no les engaña, pues caen sobre los lacedemonios y peleneos cuando acababan de relevarse las guardias nocturnas, mientras los soldados se levantaban de sus lechos para ir cada cual a sus quehaceres. Arrójanse sobre ellos los tebanos en correcta formación, y los derrotan por completo, pues no habían tomado precaución alguna y se hallaban en desorden. Al refugiarse los que se habían salvado de este combate a la colina más próxima, hubiera podido el polemarca lacedemonio conservar su posición tomando el número que le hubiese parecido conveniente de peltastas y de hoplitas aliados, pues le era fácil recibir en completa seguridad las provisiones desde Céncreas; pero no lo hizo, y mientras los tebanos vacilan sobre si bajarán por el lado de Sición o si volverán sobre sus pasos, concierta una tregua que consideran casi todos más ventajosa para los tebanos que para los suyos, y se retira con sus tropas.
Los tebanos bajan con la seguridad más completa, reúnense a todos sus aliados arcadios, argivos y eleos, y principian por atacar a Sición y Pelene, dirigiéndose después sobre Epidauro y devastando todo su territorio. Retíranse después sin preocuparse del enemigo, y cuando se hallan junto a la ciudad de Corinto se arrojan a la carrera por la cuesta que conduce a Fliunte a fin de penetrar en ella si se encuentran abiertas sus puertas. Algunas tropas ligeras de la ciudad se dirigen en armas contra los soldados escogidos de los tebanos que no se hallaban ya más que a unos cuatro pletros[253] de las murallas, y subiendo sobre los túmulos sepulcrales y sobre las eminencias del terreno, arrojan gran número de dardos y flechas sobre los enemigos, a quienes matan gran número de los que se hallan en los puntos más avanzados, y después de haberles puesto en fuga, les persiguen hasta la distancia de tres o cuatro estadios[254], después de lo cual, los corintios se llevan los muertos hasta junto a las murallas; concédese al enemigo una tregua para recogerlos y levantan los trofeos. Esta victoria consigue dar algún ánimo a los aliados de los espartanos.
Al mismo tiempo que tenían lugar estos sucesos, reciben los lacedemonios un refuerzo de más de veinte trirremes que les manda Dionisio, consistente en celtas e iberos y unos cincuenta soldados de caballería. Al día siguiente, los tebanos y todos sus aliados, formándose en la llanura, que llenan por completo hasta el mar y las colinas que rodean a la ciudad, destruyen en ellas todo cuanto puede prestar alguna utilidad. La caballería ateniense y corintia no se atreve a aproximarse a un ejército enemigo tan fuerte y numeroso; pero los caballos de Dionisio, a pesar de su pequeño número, esparciéndose por una y otra parte, se acercan a las líneas enemigas y les arrojan sus dardos, retirándose así que son perseguidos, y comenzando de nuevo cuando ya no les persiguen: al mismo tiempo bajan del caballo para descansar, y así que el enemigo quiere aprovecharse de esta maniobra, saltan de nuevo ligeramente sobre sus corceles y se baten en retirada. Si algunos enemigos se abandonan en su persecución a gran distancia del ejército, persíguenles al retirarse y les arrojan sus dardos, causándoles grandes bajas: de este modo obligan a todo el ejército a que avance o se retire a causa de ellos.