Los tebanos permanecen allí, sin embargo, solo unos días, después de los cuales regresan a sus hogares y hacen lo mismo sus aliados. Entonces las tropas de Dionisio marchan contra Sición, derrotan a los sicionios en la llanura, y en combate regular, haciéndoles unos setenta muertos: toman después por asalto el fuerte de Deras, y realizadas estas proezas hácense a la vela para Siracusa los primeros socorros de Dionisio. Hasta entonces los tebanos y los demás pueblos que se habían apartado de los lacedemonios, habían obrado de consuno y guerreado bajo el mando de los tebanos; pero cierto Licomedes de Mantinea, hombre de esclarecido linaje y poseedor de grandes riquezas, comenzó a alimentar inmensa ambición y a excitar orgullosas aspiraciones entre los arcadios, diciendo que ellos solos pueden considerar como a su patria al Peloponeso, puesto que son ellos los únicos autóctonos del mismo y les asegura que la nación arcadia es la más numerosa de todas las griegas y que sus habitantes son los más robustos de toda Grecia. Añade que ellos son los más valientes, dándoles como prueba, que cuando hay necesidad de mercenarios siempre son preferidos los arcadios, afirmando además que los lacedemonios no hubieran podido atacar el territorio ateniense si ellos no les hubiesen auxiliado, ni los tebanos hubieran tampoco podido llegar sin ellos a Esparta.

—«Si, pues —dice—, tenéis el buen sentido necesario, rehusaréis acudir adonde se os llama, pues del propio modo que antes habéis acrecido en gran manera el poder lacedemonio poniéndoos a sus órdenes, también ahora, si seguís ciegamente a los tebanos, sin reclamar la parte que os corresponda en el mando, hallaréis pronto otros lacedemonios en ellos.»

Hinchados de orgullo los arcadios con estos discursos, y apreciando a Licomedes, a quien consideran como el único varón esforzado de quien deban seguir los consejos, eligen por jefes a cuantos él les propone. Los sucesos contribuyen a aumentar aún el alto concepto que de sí mismos tenían formado, pues habiendo invadido los argivos el territorio de Epidauro, su retirada es cortada por los mercenarios de Cabrias con los atenienses y corintios: entonces los arcadios les socorren y libran a aquellos argivos sitiados por todas partes, a pesar de tener que luchar para ello, no solo con los hombres, sí que también con las condiciones topográficas del territorio.

En otra expedición hecha contra Ásine en Laconia, derrotan a la guarnición lacedemonia, matan al polemarca espartano Geranor, y saquean los extramuros de Ásine[255]. Nada les detiene cuando deciden alguna expedición; ni la noche, ni el mal tiempo, ni la distancia, ni los montes impracticables; de manera que en aquel tiempo se consideraban mucho más poderosos que todos. De ahí que los tebanos desconfíen de los arcadios y no se hallen ya amigablemente dispuestos a su favor. Por su parte, los eleos piden a los arcadios las ciudades de que habían sido despojados por los lacedemonios; pero viendo el poco caso que se hace de su petición y en cambio las consideraciones que se tienen con los trifilios y con los demás estados apartados de ellos y que se llaman arcadios, comienzan también a mirar a estos con malos ojos.

Mientras cada uno de los aliados exagera así su importancia, llega el abideno Filisco, portador de grandes sumas por parte de Ariobarzanes. Reúne primeramente a los tebanos, a sus aliados y a los lacedemonios para tratar de la paz. Después de reunidos no comunican con el dios sobre la manera como puede hacerse la paz, si no que, por el contrario, deliberan únicamente entre sí; pero rehusando los tebanos consentir en que se deje Mesenia sujeta a los lacedemonios, recluta Filisco gran número de mercenarios a fin de hacer la guerra de consuno con los espartanos.

Durante este tiempo, llegan los segundos auxilios mandados por Dionisio: los atenienses pretenden debe mandárseles a Tesalia contra los tebanos y los lacedemonios a Laconia, parecer que prevalece entre los aliados. Cuando la flota de Dionisio llegó a Laconia, Arquidamo une a las tropas de Esparta los soldados que la formaban y entra inmediatamente en campaña. Apodérase por asalto de Carias, donde degüella a todos los prisioneros; al frente de sus tropas dirígese inmediatamente contra los parrasios de Arcadia y saquea su comarca; pero a la aproximación de los arcadios y argivos, se retira y acampa sobre las colinas que se hallan junto a Midea[256]. Hallábase en este lugar cuando Císidas, jefe de los socorros mandados por Dionisio, declara haber terminado ya el tiempo que se le había prescrito para permanecer allí, y marcha para regresar a Esparta; pero apenas se ha separado del ejército, es detenido por los mesenios en un desfiladero y pide socorros a Arquidamo, quien se dispone a proporcionárselos; cuando llega a la encrucijada que conduce a Eutresia, los arcadios y argivos avanzan en dirección a Laconia para cortarle la retirada; pero Arquidamo baja a una llanura en el cruce de los caminos de Eutresia con los de Midea, y allí forma en orden de batalla a sus tropas.

Cuentan que pasando por delante de sus compañías las exhortó en estos términos:

«Ciudadanos: procuremos que hoy nuestro valor nos dé derecho a ir con la cabeza erguida. Entreguemos a nuestros descendientes la patria, tal como la hemos recibido de nuestros mayores: cesemos de tener que avergonzarnos ante nuestros hijos, nuestras mujeres, los ancianos y los mismos extranjeros, que tenían antes los ojos fijos en nosotros más que en ningún otro pueblo griego.»

Terminaba de decir esto, cuando, según se dice, viose algún relámpago seguido de truenos, a pesar de que el cielo estaba completamente despejado, lo cual se consideró como un feliz presagio; llegó también a su conocimiento que junto a su ala derecha se hallaba un bosque sagrado y una imagen de Hércules a quien considera como uno de sus antepasados. Todas estas circunstancias inspiran tal ardor y una confianza tal a los soldados, que no tienen poco que hacer sus jefes para impedir se arrojen sin previo mandato contra los enemigos. De ahí que cuando Arquidamo se pone a su cabeza, los enemigos, que se mantienen firmes hasta llegar al alcance de las lanzas, son muertos, y los demás se declaran en fuga o caen bajo los golpes de la caballería o de los celtas. Terminado el combate, Arquidamo levanta un trofeo y manda a Esparta al heraldo Demóteles para anunciar la magnitud de la victoria, pues los lacedemonios no han tenido una sola baja, mientras los enemigos han perecido en gran número. Dícese que al saber esta nueva los senadores espartanos y el mismo Agesilao y los éforos, todos derraman lágrimas: de tal modo son estas comunes al placer y al dolor. Este revés de los arcadios no regocija, sin embargo, menos a los tebanos y a los eleos que a los mismos lacedemonios: de tal manera se hallaban heridos a causa de su orgullo.

Los tebanos, que pensaban constantemente en la manera cómo podrían apoderarse de la hegemonía de Grecia, creen que algún resultado práctico alcanzarán para su poder enviando embajadores al rey de Persia. Después de haber excitado a sus demás aliados para que se les unan con este objeto, bajo el pretexto de que el lacedemonio Euticles se hallaba junto al rey, envían como diputados a Pelópidas como tebano, al pancratiasta Antíoco como arcadio, y Arquidamo, a quien acompaña Argeo, como eleo. Por su parte, los atenienses al saberlo mandan a Timágoras y a León. Una vez llegados a Persia los diputados, Pelópidas es quien consigue mayor influjo con el rey, pues era quien podía decirle que entre todos los griegos, los tebanos habían sido los únicos que se habían batido por el rey en Platea, y que nunca habían peleado contra él, mientras los lacedemonios les hacían la guerra únicamente por no haber querido acompañar a Agesilao en su expedición contra los persas, y por no haberle querido dejar sacrificar en Áulide a Ártemis Diana, en aquel mismo lugar donde sacrificó Agamenón antes de emprender su expedición a Asia y de apoderarse de Troya. Contribuye asimismo a dar a Pelópidas gran crédito junto al rey, la reciente victoria obtenida por los tebanos en Leuctra y el haber visto todos las devastaciones que han realizado en las comarcas lacedemonias. Dijo asimismo Pelópidas, que los argivos y arcadios han sido derrotados por los lacedemonios en un combate cuando no se hallaban entre ellos los tebanos. Cuanto dice se halla confirmado por el testimonio del ateniense Timágoras, que es quien goza de mayor consideración con el rey después de Pelópidas.