Pidiendo el rey a este la clase de edicto que deseaba, manifiesta Pelópidas desea se consigne la independencia de Mesenia respecto a los lacedemonios y que los atenienses pongan en seco sus naves, añadiendo que si rehúsan cumplimentarlo, les sea declarada la guerra, y que si una ciudad rehúsa tomar parte en la expedición, deban dirigirse en primer término contra ella.
Redactadas y leídas estas condiciones a los diputados, León dice de manera que pueda oírlo el rey: «¡Por Zeus, oh atenienses! paréceme es ya tiempo para nosotros de acudir buscando otro amigo fuera del rey.» Habiendo el secretario repetido al rey las palabras que dijo el ateniense, hace aquel añadir al decreto, que si los atenienses saben algo que sea más justo, pueden participárselo al rey.
Cuando los diputados han regresado cada cual a su patria, los atenienses condenan a muerte a Timágoras, acusado por León de no haber querido habitar con él y por haber constantemente obrado de concierto con Pelópidas. Respecto a los otros enviados, Arquidamo de Élide alaba al rey por haber este manifestado mayor aprecio a los eleos que a los arcadios; pero Antíoco, lastimado de que la confederación arcadia haya sido tratada con cierto menosprecio, rehúsa los presentes y anuncia a los diez mil[257] que el rey tiene gran número de panaderos, cocineros, coperos y reposteros; pero que a pesar de todas sus investigaciones, no ha podido ver hombre alguno capaz de combatir contra los griegos. Añade, además, que respecto al gran número de riquezas que se le atribuyen, parécele es también una baladronada, puesto que aquel plátano de oro tan ensalzado no podría siquiera dar sombra a una cigarra[258].
Cuando los tebanos han convocado todos los estados para dar lectura a la carta del rey, y cuando el persa portador del decreto, después de haber mostrado el sello del rey, lo verifica, los tebanos invitan a cuantos quieran ser amigos del rey y suyos, a que presten juramento de observar sus condiciones; pero los diputados de las ciudades objetan que han sido enviados únicamente para oír la lectura de aquella carta y no para jurar su contenido, para lo cual es preciso manden nuevos mensajeros a cada ciudad. Añade, sin embargo, el arcadio Licomedes, que la reunión debe tener lugar en el teatro de la guerra y no en Tebas. Encolerizándose a consecuencia de esto los tebanos, y diciendo que procura destruir la alianza, no quiere ya seguir tomando asiento en el consejo, y levantándose sale de Tebas y con él los restantes arcadios. No queriendo, pues, prestar juramento los enviados reunidos en Tebas, envían los tebanos mensajeros a las distintas ciudades para recibir el juramento a los edictos del rey, figurándose que todas las ciudades temerán atraerse su enemistad y la del rey. Pero los corintios, que son los primeros a quien se dirigen, les manifiestan su oposición y les contestan que de nada ha de servirles la alianza del rey, por lo cual, muchas otras ciudades siguen su ejemplo y les dan igual contestación. Tal es el resultado de las intrigas de Pelópidas y de los tebanos para alcanzar el mando.
Epaminondas, por otra parte, queriendo unir a los aqueos a su causa, a fin de que los arcadios y los demás aliados concediesen mayores consideraciones a Tebas, decide una campaña contra Acaya. Persuade, pues, al argivo Pisias, general de los de su población, para que se adelante y ocupe militarmente el monte Oneo. Habiendo averiguado Pisias que las tropas que le custodiaban bajo el mando de Naucles, jefe de los mercenarios lacedemonios, y del ateniense Timómaco, hacían el servicio muy negligentemente, se apodera durante la noche, con unos dos mil hoplitas, de la colina que está más allá de Céncreas, habiéndose aprovisionado primeramente para una semana. Llegan durante este tiempo los tebanos franqueando el monte Oneo, y se dirigen, bajo el mando de Epaminondas y con todos los aliados, contra Acaya. Habiéndole implorado gracia los principales de esta, consigue Epaminondas que no sean desterrados los oligarcas, ni se cambie la forma de gobierno, y después de haber recibido los aqueos garantías suficientes a su promesa de ser aliados de los tebanos y de seguirles donde quiera que vayan, regresa a su patria. Siendo acusado, sin embargo, por los arcadios y sus enemigos de haber abandonado Acaya, después de haberla organizado convenientemente para los lacedemonios, deciden los tebanos enviar gobernadores a las ciudades aqueas. Arrojan estos al llegar a los oligarcas con ayuda de la plebe y establecen en Acaya el gobierno democrático; pero los desterrados se coaligan con prontitud, dirígense aisladamente contra cada una de las ciudades, entran en ellas por su gran número y las retienen bajo su dependencia. Restablecidos ya, no se mantienen neutrales, sino que apoyan vigorosamente a los lacedemonios, con lo cual los arcadios se hallan acosados de una parte por los lacedemonios y de otra por los aqueos.
En Sición, sin embargo, el gobierno se había conservado según las antiguas leyes; pero Eufrón, que bajo la dominación lacedemonia era el ciudadano más poderoso, quiere conservar también su rango bajo el mando de sus adversarios, por lo cual dice a los argivos y arcadios que es evidente que si los ricos conservan el gobierno de Sición, se declarará la ciudad a la primera ocasión en favor de los lacedemonios. «Por el contrario —les dice—, debéis considerar que si se establece la democracia, la ciudad siempre quedará a su favor. Si, pues, me secundáis, yo mismo me encargo de reunir al pueblo, y a la vez os daré esta garantía de mi fidelidad y una aliada segura a vuestra ciudad. Debéis saber, además, que el motivo de obrar así, es que estoy, como vosotros, cansado desde largo tiempo del orgullo lacedemonio, deseando escapar de la esclavitud.»
Los arcadios y argivos escúchanle con placer y le secundan en sus deseos. Eufrón, entonces, aprovechándose de la presencia de los arcadios y argivos, convoca al pueblo en la plaza pública, declarándole que desde entonces el gobierno se apoyará en la base de la más perfecta igualdad, y después le exhorta a que elija los generales que quiera, resultando elegidos el mismo Eufrón, Hipódamo, Cleandro, Acrisio y Lisandro. Hecho esto, pone Eufrón al frente de los mercenarios a su hijo Adeas después de haber quitado el mando a Lisímenes, que era quien antes lo tenía. Luego se asegura el reconocimiento de algunos de dichos mercenarios por medio de favores, y toma a sueldo a muchos otros sin economizar para esto ni el tesoro público ni los fondos generales. Emplea asimismo para sus designios los bienes de cuantos destierra por su afecto a Esparta, y con astucia hace dar la muerte, o destierra a todos sus colegas, reduciéndolo así todo a su poder y convirtiéndose claramente en un tirano. A fin de obtener el consentimiento de los aliados, les prodiga su dinero y sus bienes y les acompaña siempre en sus expediciones con los mercenarios.
CAPÍTULO II.[259]
Así las cosas, los argivos habían ya fortificado contra Fliunte[260] el fuerte de Tricárano, cerca del templo de Juno, cuando los sicionios rodearon también con muros a Tiamia, que se halla en la frontera de los fliasios, con lo cual estos se encontraron vivamente acosados y privados de víveres, pero no por esto perseveran menos en la fidelidad de su alianza. Cuando las grandes ciudades realizan algo glorioso, menciónanlo todos los historiadores; mas paréceme a mí que cuando una pequeña ciudad se manifiesta como autora de gran número de gloriosas acciones, merece aún más que sean estas publicadas.
Habían sido los fliasios amigos de los lacedemonios cuando estos se hallaban en la prosperidad; después de sus reveses en la batalla de Leuctra, a raíz de la sublevación de gran número de periecos y de la de casi todos los hilotas, a pesar de la defección de los aliados y cuando los griegos todos les abandonaban, no solo permanecieron fieles a ellos, sino que teniendo por enemigos los pueblos más poderosos del Peloponeso, los argivos y los arcadios, vinieron a socorrerles. Designados por la suerte para pasar a Prasias[261] como último cuerpo de los auxiliares (corintios, epidaurios, trecenios, hermioneos, halieos, sicionios y peleneos), no solo no les hicieron traición, sino que abandonados por su jefe, que a la cabeza de la vanguardia se retiró, sin acobardarse y tomando un guía de Prasias por estar los enemigos alrededor de Amiclas, consiguieron abrirse paso por entre mil obstáculos y llegar finalmente a Esparta, donde los lacedemonios les dieron varias muestras de admiración y les enviaron un buey como presente de hospitalidad.