Cuando los enemigos se retiraron de Lacedemonia, irritados los argivos por el celo excesivo de los fliasios, invadieron en masa el territorio de Fliunte y lo devastaron por completo; pero ellos no cedieron tampoco, sino que, por el contrario, en el momento en que los enemigos se retiraban después de haber saqueado cuanto a mano habían hallado, la caballería fliasia verifica una salida, y poniéndose a sus alcances, a pesar de tener en contra toda la de los argivos y las compañías se hallen desplegadas junto a su retaguardia, cargan sobre ellos en número de sesenta, consiguiendo derrotarlos, y si bien dan muerte solo a unos pocos, levantan a la vista de los enemigos un trofeo, del mismo modo que si los hubiesen muerto a todos.
En otra ocasión custodiaban los lacedemonios y sus aliados el monte Oneo, mientras se aproximaban los tebanos para atravesarle; pasaban por Nemea los arcadios y eleos para reunirse a los tebanos, cuando los desterrados de Fliunte les indican que con solo mostrarse pueden apoderarse de la ciudad. Concertada la empresa, los desterrados, seguidos de unos seiscientos hombres, se colocan durante la noche junto a los muros, después de haberse procurado escalas para el asalto, y cuando los centinelas de Tricárano señalan la presencia del enemigo, los traidores aprovechan los momentos en que la atención toda de la ciudad se dirige hacia aquella parte, y dan la señal de subir a los que se hallan apostados al pie de los muros. Una vez han conseguido subir, apodéranse de las armas abandonadas por los centinelas, persiguen a los guardas diurnos, que eran únicamente uno por cada diez, y dan muerte a uno que se hallaba durmiendo y a otro que se había refugiado en el Hereo[262]. Cuando los centinelas fugitivos se arrojan desde lo alto de los muros por la parte que mira a la ciudad, se cree, sin ninguna clase de duda, que la ciudadela se halla en poder de los enemigos; pero cuando los gritos de alarma llegan a la población, acuden los ciudadanos después de haberse armado, saliendo entonces los enemigos de la acrópolis peleando frente a la puerta que conduce a la ciudad, y allí, viéndose rodeados por la incesante multitud, que cada vez más en aumento les ataca, tienen que retirarse de nuevo a la acrópolis, donde se precipitan con ellos los ciudadanos. Pronto queda desierto el centro de la acrópolis, pero súbense los enemigos a la muralla y a las torres, desde donde arrojan sus proyectiles y sus dardos sobre cuantos se hallan dentro de su recinto: defiéndense estos desde abajo y combaten a lo largo de las rampas y escaleras por las que se sube a la muralla. Una vez dueños los ciudadanos de algunas de las torres, avanzan desesperadamente sobre sus enemigos, a los que por su audacia acosan y acorralan en un pequeño espacio. Al mismo tiempo, los arcadios y argivos rodean la ciudad, y en su parte superior principian a minar el muro de la acrópolis.
Los de dentro[263], entonces, mandan proyectiles a diestro y a siniestro a los que se hallan sobre los muros, a los que están en las escalas procurando escalarlo, y a los que han conseguido subir a las torres; habiendo hallado fuego en las tiendas, las incendian, y para este objeto sírvense de los haces de heno que encuentran a mano por haber sido segado en la misma acrópolis. Arrójanse desde lo alto de las torres cuantos en ellas se hallaban, por temor a las llamas, los que se encuentran en la muralla perecen bajo los golpes de los ciudadanos, y así que principian a ceder desaparecen los enemigos de la ciudadela. Verifica también la caballería una salida, al ver lo cual, los enemigos se retiran abandonando las escalas y los muertos, así como los heridos de gravedad. Sus bajas, contando así los que perecieron combatiendo en el interior de la acrópolis cómo los que se arrojaron de ella, no bajaron de ochenta hombres. Era de ver entonces los abrazos y las felicitaciones que se daban mutuamente cuantos se habían librado de aquel peligro, y a las mujeres darles de beber, derramando al mismo tiempo lágrimas de alegría, y era de ver también a todos los presentes llorar y reír a la vez.
Al año siguiente, los argivos y todos los arcadios invaden nuevamente el territorio de Fliunte: la causa de esas continuas luchas consistía en la animadversión que contra los fliasios sentían por hallarse situados dentro de sus fronteras y por la esperanza que abrigaban siempre de que la falta de víveres les obligaría a entregarse. En esta invasión, la caballería y las tropas escogidas de los fliasios, reunidas a los caballos atenienses que se hallaban en ella casualmente, caen de improviso sobre el enemigo mientras atravesaba el río[264], y después de derrotarle, le obligan a retirarse a las colinas cercanas durante el resto del día, como si temiese pisotear en la llanura las mieses de pueblos amigos.
En otra ocasión, dirígese contra Fliunte otra expedición mandada por el gobernador tebano de Sición, al frente de la guarnición de esta ciudad y de las tropas de sicionios y peleneos, pues en aquella época obedecían ya a los tebanos; Eufrón tomó parte en la expedición con sus mercenarios en número de unos dos mil hombres. Bajaron todos hacia Tricárano junto al Hereo, con objeto de saquear la campiña, a excepción de los sicionios y peleneos, que se hallaban apostados en las alturas junto a los desfiladeros que conducen a Corinto, a fin de que no pudiesen los fliasios, circunvalándoles, hacer frente a su vanguardia, que se hallaba junto al Hereo.
Luego que saben los de la ciudad que los enemigos ocupan la llanura, verifican la caballería y las tropas escogidas de los fliasios una salida, y librando combate, impiden a los enemigos apoderarse de los alrededores: pasan en dicho lugar la mayor parte del día en escaramuza, persiguiendo Eufrón y sus tropas al enemigo hasta los lugares accesibles a la caballería, y los de la ciudad hasta el Hereo. Cuando creen los enemigos que ya es tiempo de partir, rodean a Tricárano, pues el foso que se halla delante de esta fortaleza les impedía dirigirse en línea recta hacia los peleneos. Después de haberles seguido durante algunos momentos en su marcha hacia las alturas, los fliasios se inclinan hacia uno de sus lados, y pasando por el camino que existe junto a los muros, se dirigen a atacar la división pelenea; observando el jefe tebano la rápida marcha de los fliasios procura con todas sus fuerzas llegar antes que ellos en socorro de los peleneos; pero alcanzándoles la caballería fliasia, carga contra ellos, y si bien son rechazados en el primer choque, vuelven después a cargar apoyados por la infantería que había ya podido juntárseles, y se generaliza el combate. Principian a ceder entonces los enemigos y perecen algunos sicionios y muchos peleneos, soldados esforzados, y los fliasios elevan un magnífico trofeo y cantan un peán, como era natural, mientras los tebanos y Eufrón hacen de espectadores como si hubiesen acudido a una función teatral. Después se retiran ambos bandos, el uno a Sición y el otro a la ciudad.
He aquí asimismo otro bello rasgo de los fliasios. Logran apoderarse del peleneo Próxeno, y aunque se hallasen faltos de todo, le sueltan sin rescate alguno. ¿Cómo dejar de llamar generosos y valientes a los que así se conducen?
Es proverbial, además, su constancia en guardar fidelidad a sus amigos; como no recolectaban nada en sus tierras, vivían así de lo que tomaban al enemigo, como de lo que compraban en Corinto, a cuyo mercado se dirigían a través de mil peligros, procurándose difícilmente fondos para sus compras y hallando la misma dificultad para encontrar quien les procurase víveres o quien les garantizara las cabezas de ganado que les traen. Hallábanse ya en verdadero apuro, cuando consiguieron que Cares escoltase un convoy. Después de llegar a Fliunte, persuádenle a que se lleve las bocas inútiles a Pelene: allí les deja, compran provisiones, preparan tantos animales de carga como pueden, y vuelven a marchar durante la noche. No ignoraban que los enemigos les espiaban; pero juzgaban menos terrible el combatir, que el no tener que comer. Iban en la vanguardia los fliasios con Cares cuando dan con los enemigos: excitándose recíprocamente y sin pensarlo un momento, se arrojan sobre ellos mientras gritan a Cares que les socorra. Queda para ellos la victoria, y limpiando de enemigos el camino, llegan sanos y salvos a Fliunte con todo lo que traían. Como habían velado toda la noche, duermen hasta una hora avanzada del día. Cuando Cares se ha levantado ya, dirígense a él los de la caballería y los más escogidos de los hoplitas, diciéndole:
—«Cares, hoy puedes obtener un triunfo de los más notables: los sicionios están fortificando una de sus plazas fronterizas, tienen gran número de operarios, pero no tienen muchos hoplitas; vamos, pues, a dirigirnos contra ellos todos los de a caballo, y los más distinguidos hoplitas; si quieres seguirnos con tus mercenarios, acaso cuando vengas hallarás el trabajo ya hecho, o podrás decidir, como en Pelene, el resultado de la acción. Si te parece cosa demasiado difícil lo que te proponemos, ofrece un sacrificio a los dioses para consultarles, pues creemos que te exhortarán aún con mayor fuerza que nosotros para que hagas lo que te pedimos. Importa también que sepas, oh Cares, que si realizas lo que te suplicamos, no solo adquirirás un fuerte contra el enemigo, sino que también conservarás una ciudad amiga y adquirirás gran fama en tu patria y gran renombre entre los aliados y entre los enemigos.»
Persuadido Cares, ofrece el sacrificio, y la caballería fliasia, sin perder un momento, se arma con sus corazas y enjaeza sus caballos, mientras los hoplitas realizan los preparativos peculiares a la infantería. Después de haberse armado se dirigen adonde se verificaba el sacrificio, y les anuncian Cares y el adivino que las víctimas son favorables; «pero, aguardad —añaden—, pues vamos a salir todos juntos». Se da a toda prisa la señal de marcha y acuden los mercenarios inmediatamente, como arrastrados por un ardor divino. Cuando se pone en marcha Cares, forma la vanguardia la caballería y la infantería de Fliunte; primero marchan con rapidez y después a la carrera, y finalmente, la caballería avanza al galope y la infantería a paso de carga procurando conservar apretadas sus filas: a todos ellos sigue Cares marchando con bastante velocidad. Era poco antes de la puesta del sol, mientras los enemigos se hallaban ocupados unos en bañarse, otros en arreglar su comida, en la elaboración del pan o en preparar sus camas: todos ellos se sobrecogen de terror al ver la impetuosidad del ataque, huyen a la desbandada abandonando a los valientes enemigos todas sus provisiones. Después de haber cenado los fliasios con estos víveres y con otros llegados de Fliunte, haciendo libaciones por la victoria y entonando el peán, colocan centinelas y se entregan al descanso. Los corintios, a la llegada del mensajero que durante la noche les trae noticia de lo ocurrido en Tiamia, muestran amistosa actividad en reunir, por medio de pregón, vehículos y animales que cargados de trigo envían a Fliunte. Estos convoyes se renuevan cada día mientras dura la construcción del fuerte.