CAPÍTULO III.
He aquí cuanto quería decir respecto al valor de los fliasios en la guerra, de su fidelidad y constancia hacia los aliados aun en sus momentos más difíciles. Casi al mismo tiempo[265] Eneas de Estínfalo, general de los arcadios, cree que no debe soportarse ya más tiempo lo que sucede en Sición. Sube con su ejército a la acrópolis, convoca a los notables de la ciudad y envía a buscar a cuantos han sido desterrados sin decreto. Temiendo el resultado de estas medidas, Eufrón huye al puerto de Sición, y haciendo venir de Corinto a Pasimelo, entrega por su mediación a los lacedemonios aquel puerto y entra de nuevo en su alianza declarándoles les ha sido siempre fiel. Pretende que cuando se puso a votación en la ciudad la proposición que decidió la defección, él votó contra ella con pequeño número de senadores, y que después había establecido la democracia para vengarse de los que le habían hecho traición.
—«Yo soy —añade— la causa del actual destierro de cuantos os han abandonado. Si hubiese podido hacerlo, hubiera tomado vuestro partido cuando me hallaba dueño de toda la ciudad; pero ya que no puedo más, os entrego ahora el puerto de que me he apoderado.»
Muchos fueron los que le oyeron pronunciar estas palabras, pero no se ha averiguado aún el número de los que las creyeron. Ya que la he principiado, voy a concluir la historia de Eufrón. Aprovechándose de las disensiones que tenían lugar en Sición entre los notables y la plebe, consigue Eufrón entrar de nuevo en esta ciudad, con ayuda de un cuerpo de mercenarios que había alistado en Atenas. Auxiliado por la plebe se apodera de la población; pero el gobernador tebano conserva en su poder la acrópolis. Comprendiendo entonces que no podría ser dueño de Sición mientras los tebanos posean la ciudadela, reúne grandes cantidades de dinero y sale a fin de persuadir por este medio a los tebanos para que arrojen de la ciudad a los notables y se la entreguen nuevamente. Pero habiendo averiguado los antiguos desterrados su viaje y el objeto del mismo, dirígense también a Tebas; y viéndole en intimidad con los magistrados, temen se salga con la suya, y algunos, sin hacerse cargo del peligro que corren, asesinan a Eufrón en la acrópolis, en el mismo instante en que los arcontes y senadores se hallaban en sesión. Los arcontes conducen a los autores de aquella muerte ante el senado y se expresan en estos términos:
«Ciudadanos: reclamamos la pena de muerte contra los matadores de Eufrón, considerando que jamás los hombres honrados cometen acciones criminales e impías, y que los mismos malvados, al llevarlas a cabo, procuran ocultarlas en la sombra; pero estos que aquí veis dejan de tal modo atrás a todos los hombres en osadía y en maldad, que con pleno conocimiento de causa, y por su sola voluntad, han dado muerte a ese hombre en presencia de vuestros magistrados y de vosotros mismos, que sois dueños de castigar y de absolver. ¿Quién se atreverá, pues, a venir aquí si no reciben estos culpables el último castigo? ¿Cuál será la suerte de nuestra ciudad, si está permitido a todo el mundo hacerse justicia por sí mismo, sin haber siquiera dado a conocer el motivo de su venida? Acusamos, pues, a estos hombres y les perseguimos como culpables de la más grande impiedad y del crimen más horrendo, como individuos que se han atrevido indignamente contra esta ciudad. A vosotros os toca ahora, después de habernos oído, darles el castigo que a vuestro juicio merezcan.»
Así dijeron los arcontes; en cuanto a los culpables, todos niegan haber cometido el crimen, fuera de uno solo que después de confesarlo se defendió poco más o menos en estos términos[266]:
«Tebanos: es imposible que se atreva nadie a afrontar vuestro poder, puesto que todos sabemos que tenéis la fuerza necesaria para tratar como mejor os parezca al que os insulte. ¿Qué sentimiento, pues, de confianza ha podido llevarme a dar muerte aquí a este hombre? Sabedlo bien: en primer lugar, el de que obraba justamente; y en segundo, el de que juzgaréis mi acción del modo que se merece. Sabía, en efecto, que no habíais esperado a juzgar a Arquias y a Hípates, a quienes habíais hallado culpables del mismo crimen que Eufrón, pues sin aguardar a la votación les castigasteis así que pudisteis, convencidos de que el mundo entero tendría que condenar a los que no procuraban siquiera ocultar su impiedad, sus traiciones y su deseo de ejercer la tiranía. Pues bien; ¿no era acaso Eufrón culpable de esos mismos crímenes? Después de haber hallado el tesoro sagrado lleno de ofrendas de oro y plata, lo dejó completamente vacío. ¿Quién podría haberse mostrado más evidentemente traidor que Eufrón, el cual, siendo amigo íntimo de los lacedemonios, les ha abandonado por vosotros, y que después de haberos dado las garantías más evidentes de fidelidad, os ha hecho nuevamente traición por aquellos, después de haber entregado el puerto de nuestra ciudad a vuestros enemigos? Y ¿cómo poder negar que fuese un tirano quien reducía a la esclavitud no solo a los hombres libres, sino a los ciudadanos, quien no cesaba de matar, desterrar y despojar de sus bienes, no a los culpables, sino a cuantos quería, a pesar de ser los mejores ciudadanos?
»Reúnese después a los atenienses, vuestros enemigos más tenaces, vuelve a entrar en Sición, haciendo armas contra el gobernador que vosotros habíais nombrado, y no habiendo podido arrojarle de la acrópolis, dirígese aquí después de reunir todo el dinero que puede. Bien sé que si hubiese abiertamente levantado tropas contra vosotros, tendríais que mostraros agradecidos por haberle dado muerte, pero ¿cómo os hallaríais animados por la equidad, al castigarme a muerte por haber hecho justicia con un hombre que llegaba con el dinero recogido para corromperos y persuadiros a que le restablecieseis como tirano de su patria? Y en efecto, aquellos contra quienes se emplea la fuerza de las armas, experimentan una desgracia, pero no aparecen nunca como criminales, mientras que, por el contrario, los que por dinero se dejan corromper, caen en la desgracia y se llenan de infamia.
»Sin embargo, si Eufrón hubiese sido mi enemigo personal o vuestro amigo particular, reconozco que no hubiera debido matarle dentro de vuestro territorio; pero una vez que os había hecho traición, ¿dejaría acaso de ser tan enemigo vuestro como mío? Y ¡por Zeus! se dirá: ha venido libremente. ¡Pero qué! Hubiera merecido vuestros elogios el que le hubiese muerto lejos de vuestra ciudad, y ahora que volvía nuevamente para aumentar el número de las maldades que os ha hecho, ¿ha de poder decirse que no ha merecido su suerte? ¿Dónde podréis enseñarme entre los griegos tratado alguno que favorezca a los traidores, a los desertores o a los tiranos? Recordad, además, que habéis votado la extradición de los desterrados de todos los estados aliados. En cuanto a mí, ciudadanos, pretendo que si me condenáis a muerte conseguiréis únicamente vengar a vuestro mayor enemigo, pero que si proclamáis la justicia de mi conducta, habréis vengado a la vista de todos, vuestras propias injurias y las de vuestros aliados.»
Los tebanos, después de haber oído esta defensa, decretan que Eufrón ha sufrido el castigo que merecía. Sus conciudadanos[267], sin embargo, recogen su cuerpo como el de un hombre honrado y le dan sepultura en la plaza pública, donde le honran como uno de los jefes supremos o fundadores de la población[268]. De este modo, según parece, la mayor parte de la gente trata como hombres honrados a sus bienhechores.