CAPÍTULO IV.[269]

He aquí lo que debíamos decir de Eufrón: volvamos ahora a nuestro relato. Ocupábanse aún los fliasios en fortificar Tiamia, y Cares se hallaba todavía entre ellos, cuando la ciudad de Oropo[270] cae en poder de los ciudadanos que habían sido desterrados. Todos los atenienses dirígense entonces contra esta plaza y llaman a Cares desde Tiamia, con lo cual este puerto de los sicionios vuelve a caer en poder de estos y de los arcadios; y en cuanto a los atenienses, como no están auxiliados por ninguno de sus aliados, tienen que dejar a Oropo en poder de los tebanos hasta que puedan hacer valer sus derechos[271].

Comprendiendo Licomedes[272] que los atenienses se hallan quejosos de sus aliados, que les ocasionan grandes contratiempos sin que a su vez les presten el más mínimo apoyo, persuade a los diez mil[273] para que negocien con ellos una alianza. En los primeros momentos hay algunos atenienses que ven con malos ojos que Atenas, amiga de Lacedemonia, se alíe con sus adversarios; pero reflexionando más tarde que son las ventajas tan grandes para los lacedemonios como para los atenienses, por aislar de los tebanos a los arcadios, aceptan la alianza de estos. Licomedes, encargado de estas negociaciones, muere al regresar de Atenas por un azar del destino, pues escogiendo de entre el gran número de buques de transporte el que más le place, bajo condición de que él mismo fijaría el lugar del desembarco, elige casualmente el sitio donde se encuentran los desterrados. Así es como perece; pero la alianza no por esto deja de ratificarse.

Democión manifiesta en la asamblea popular de Atenas que la alianza con los arcadios, si bien es verdad que parece ser una feliz negociación, no obsta, sin embargo, para mandar a los generales órdenes terminantes a fin de conserven Corinto a la dominación ateniense. A esta nueva envían los corintios con todo apresuramiento suficientes guarniciones de tropas propias, a todos las plazas donde han puesto los atenienses guarnición, y dicen a estos últimos que pueden retirarse, pues no tienen ya necesidad de sus tropas. Obedecen los atenienses, y cuando las tropas de estos que custodiaban las fortalezas se hallan reunidas en la ciudad, hacen pregonar los corintios que todo ateniense que tenga que reclamar de alguna injusticia por ellos causada, no tiene más que anunciarse y se le hará justicia. Durante este tiempo llega Cares con la flota delante de Céncreas: cuando averigua lo que ocurre, manifiesta que ha venido a socorrer a la ciudad, sabiendo que se hallaba amenazada; pero los corintios le agradecen su cuidado, sin que por eso abran el puerto a sus naves; le suplican que se vaya y despiden también a los hoplitas después de haberles hecho justicia. De este modo evacuaron los atenienses a Corinto; en virtud de la alianza, debían, sin embargo, poner su caballería a disposición de los arcadios, cuando se hallasen amenazados de una invasión, pero no llevar la guerra a Laconia.

Los corintios, considerando que tienen pocas probabilidades de éxito, sobre todo después de haberse atraído la malevolencia de los atenienses y habiendo anteriormente sido vencidos, deciden formar un cuerpo mercenario de infantería y otro de caballería, que emplean en defender la ciudad y en llevar la devastación a los enemigos más cercanos. Sin embargo, envían a Tebas una diputación para saber si podrían fácilmente alcanzar la paz, y obtenida la venia de los tebanos, que se la garantizan, suplícanles los corintios les permitan dirigirse a los demás aliados a fin de hacer la paz con los que quieran hacerla y continuar en guerra únicamente con los que la prefieran. Siéndoles igualmente concedida por los tebanos esta petición, los corintios se dirigen a Lacedemonia, donde se expresan de esta manera:

«Lacedemonios: venimos a vosotros como amigos y reclamamos de vuestra parte nos descubráis, si las veis, las probabilidades de salvación que tenemos perseverando en la guerra, pero que si reconocéis las pocas esperanzas de nuestra situación, hagáis con nosotros la paz, si eso entra igualmente en vuestras intenciones, pues con nadie preferimos participar nuestra prosperidad más que con vosotros. Sin embargo, si la reflexión os convence de que está en vuestro interés el hacer la guerra, os suplicamos nos concedáis la paz, pues si conservamos nuestra ciudad, algún día acaso podamos seros de alguna utilidad; pero si perecemos ahora, es completamente evidente que jamás podremos acudir en vuestro auxilio.»

Oyendo esto los lacedemonios, aconsejan a los corintios que hagan la paz, y al mismo tiempo permiten también a todos los aliados que la hagan si no quieren guerrear concertadamente con ellos. Declaran al mismo tiempo que continuarán la guerra y se someterán a los designios providenciales, pero que jamás consentirán en dejarse tomar Mesenia[274], que habían recibido de sus mayores. Los corintios, obtenida esta declaración, se dirigen a Tebas para negociar la paz: pretenden los tebanos que les juren también alianza, a lo cual contestan los diputados que la alianza no es una paz, sino un cambio en el lugar de la guerra, y añaden que, si quieren, de ellos solos depende el establecer una paz completamente informada por los principios de la justicia. Llenos de admiración los tebanos por esos hombres, que aunque en peligro rehúsan enemistarse con sus bienhechores, les conceden la paz, del mismo modo que a los fliasios y demás estados que con ellos han venido a Tebas, y aseguran por medio de juramento la posesión de su territorio a cada cual.

Según la convención, los fliasios evacúan inmediatamente Tiamia; pero los fliasios que habían jurado la paz bajo estas mismas condiciones, viendo que no pueden conseguir que los desterrados fliasios habiten en Tricárano, dentro del mismo territorio de Fliunte, se apoderan de aquella plaza y establecen en ella una guarnición después de dar el nombre de propiedad a un territorio que poco antes habían devastado como enemigos, y sin querer hacer justicia a los fliasios.

En esa misma época, poco después de haber muerto Dionisio el antiguo, envió su hijo a los lacedemonios doce trirremes bajo el mando de Timócrates. Después de haber llegado, ayúdanle a apoderarse de Selasia[275], y después de este hecho de armas vuelven a hacerse a la vela para Siracusa.

Algún tiempo después apodéranse los eleos de Lasión, que les había antiguamente pertenecido, pero que dependía ahora de la confederación de los arcadios. Estos no permanecen indiferentes a la ofensa, pues reúnen inmediatamente sus tropas y se dirigen contra ellos; los eleos ponen en pie de guerra sus cuatrocientos, y además otros trescientos hombres. Durante la noche, los arcadios, que habían estado durante el día acampados frente a frente a los eleos en un terreno llano e igual, por la noche se apoderan de unas alturas que dominaban a sus contrarios y se arrojan sobre ellos al apuntar el día. Viendo los eleos bajar de las alturas, y en tan gran número, a los enemigos, se avergüenzan de tener que retirarse hallándose aún a tan larga distancia, y viniendo a las manos, se declaran en fuga a los primeros embates, perdiendo muchos hombres y gran número de armas en su retirada por caminos difíciles de atravesar.