Envían igualmente a Atenas en demanda de socorro y dirígese también a Lacedemonia una comisión de eparitas, encargada de exhortar a los lacedemonios para rechazar todos juntos a cuantos quisieran subyugar el Peloponeso. En cuanto a la hegemonía, convínose desde entonces en que cada pueblo ejercería en su territorio el mando supremo. Durante estas negociaciones, Epaminondas había salido[284] en expedición con todos los beocios y con gran número de eubeos y tesalios, enviados unos por Alejandro[285] y otros por los adversarios de este tirano. Los focidios no van con él, sin embargo, alegando los tratados, que, según dicen, les obligan a socorrer a Tebas cuando se halle atacada, pero no a formar parte de ninguna expedición contra otros estados. Epaminondas no duda de que, una vez en el Peloponeso, se le juntarán los argivos y mesenios, del propio modo que los arcadios que permanecen en su amistad y que eran los tegeatas, megalopolitas, aseatas, palantieos y todas aquellas ciudades a las que su pequeñez y su situación, en medio de dichos estados, no les dejaban otro remedio.
Parte Epaminondas a toda prisa, y llegado a Nemea, permanece allí con la esperanza de sorprender a los atenienses a su paso, contando que sería un gran motivo de animar a sus tropas y aliados y desanimar a sus adversarios, pues, para decirlo en una palabra, creía que todo revés para los atenienses era una ventaja para los tebanos. Durante esta detención reúnense los estados confederados en Mantinea, y cuando Epaminondas sabe que han renunciado los atenienses a pasar por tierra y se preparan a enviar por mar, y a través de Laconia, sus refuerzos a los arcadios, sale de Nemea y llega a Tegea. No puedo decir que este hombre haya sido afortunado en la época de su mando, pero creo que nada dejó que desear de cuanto es obra de la prudencia y de la audacia. En primer lugar, debo alabarle por haber instalado su campamento dentro de los muros de Tegea, pues esto le daba una posición más segura que si acampaba al aire libre, le permitía al mismo tiempo ocultar mejor sus designios al enemigo y proveerse más fácilmente en la ciudad de cuanto podía necesitar. Podía también además ver a los enemigos acampados fuera y juzgar de la bondad de todos sus actos, así como, a pesar de creerse más fuerte que el enemigo, podía dejar de atacarle si creía que tenía este ventajas por las condiciones del terreno.
Viendo, sin embargo, que ninguna ciudad se declara a su favor, y juzgando que pasa el tiempo, se determina a obrar, pues de lo contrario, cuanto mayor ha sido su gloria anterior, mayor será su consiguiente deshonra. Habiendo, pues, sabido que los enemigos se han fortificado en los alrededores de Mantinea y han venido a buscar a Agesilao y a todos los lacedemonios, quienes, según le refieren, se hallan ya en camino y han llegado a Pelene, hace cenar a sus tropas, y dando la orden de marcha, se dirige directamente a Esparta. Si un cretense, por inspiración divina no hubiera venido a anunciar a Agesilao la aproximación del ejército enemigo, la ciudad entera hubiera caído en poder de Epaminondas, que la hubiese hallado como un nido y completamente desguarnecida; pero Agesilao, informado a tiempo de este golpe de mano, llega antes que él a la ciudad, y los espartanos se reparten los distintos puntos de peligro, a pesar de hallarse en pequeño número, pues su caballería estaba en Arcadia, del mismo modo que los mercenarios y tres de las doce cohortes.
Cuando Epaminondas llega a los alrededores de Esparta, evita entrar en lugares en que las tropas tengan que pelear a descubierto y ofreciendo blanco a los proyectiles que se les arrojarán desde las casas y en situación en que el mayor número no pueda dar ninguna superioridad; pero apoderándose de una posición que cree ventajosa, en lugar de atacar subiendo, dirígese contra la ciudad partiendo de una altura. En cuanto a lo que después sucedió, puede verse en ello la intervención de un dios; pero puede decirse también con razón que nadie puede resistir a los que se hallan en estado de completa desesperación; en efecto, cuando llega Arquidamo con menos de cien hombres después de una marcha que se reputa muy difícil, dirígese en línea recta hacia los enemigos, y he aquí que estas tropas que se hallaban arrojando fuego, que estos vencedores de los lacedemonios superiores en número y en posiciones ventajosas, no resisten el choque de Arquidamo, y ceden, pereciendo las primeras filas de los de Epaminondas; pero como los de Esparta, orgullosos por su victoria, continuaran la persecución más lejos de lo que debían, reciben a su vez el justo castigo, pues sin duda estaba escrito por una mano divina hasta qué límite les estaba concedida la victoria. Arquidamo levanta, pues, un trofeo y devuelve, bajo la fe de una tregua, a los enemigos los cuerpos de los que allí han muerto.
Epaminondas, por su parte, previendo que los arcadios vendrán en auxilio de los lacedemonios, no quiere tener que combatir con todos los lacedemonios reunidos con ellos, sobre todo después de haber alcanzado los enemigos una ventaja y sufrido sus tropas un revés, por lo cual se dirige a toda prisa a Tegea, donde deja descansar a sus hoplitas, aunque mande su caballería a Mantinea, exhortándoles a no dejarse abatir y manifestándoles que a causa de la estación probablemente encontrarán fuera de los muros de Mantinea a todos sus rebaños y a todos sus habitantes. Partió, pues, la caballería tebana, pero saliendo la ateniense de Eleusis, había cenado en el Istmo, y después de atravesar Cleonas, había llegado al territorio mantineo acantonándose dentro de los muros. Cuando se sabe en Mantinea que se aproximan los enemigos, ruegan los habitantes de dicha población a los atenienses que les socorran con todas sus fuerzas; muéstranles en los campos sus rebaños, sus obreros y gran número de ancianos y niños de libre condición, y los atenienses al oírles, se ponen en campaña a pesar de hallarse en ayunas ellos y sus caballos. ¿Quién no admirará el valor que desplegaron en estas circunstancias? Aunque inferiores en número, y a pesar de haber experimentado su caballería un desastre en Corinto, no se dejan dominar por estas consideraciones ni se detienen pensando que van a combatir a los tebanos y tesalios, que siempre han sido reputados como los mejores caballos, sino que, sonrojándose a la idea de que su presencia no preste utilidad alguna a sus aliados, se arrojan sobre los enemigos así que les distinguen, deseosos de poner en buen lugar a su patria, y a su valor debieron los mantineos el poder salvar cuanto tenían en los campos. Pierden los atenienses algunos valientes y los enemigos pierden también algunos evidentemente, pues no había armas bastante cortas para que los dos partidos no pudiesen alcanzarse recíprocamente. Recogen sus muertos, y por medio de convención entregan a los enemigos los suyos.
Epaminondas, sin embargo, considerando que va a verse obligado dentro de pocos días a partir, pues terminaba ya el tiempo fijado para la expedición, conoce que si deja sin defensa los estados que ha venido a socorrer, serán atacados por sus adversarios y que él mismo verá completamente perdida su reputación por haber sido vencido en Lacedemonia con su numerosa infantería por un puñado de hombres, y junto a Mantinea en un combate de caballería, siendo causa con su expedición al Peloponeso de la liga formada por los lacedemonios, arcadios, aqueos, eleos y atenienses. Por esto le parece vergonzoso marchar sin combatir, sobre todo reflexionando que si vence terminará todo en bien, y que si muere combatiendo, será un fin muy glorioso perecer procurando dejar a su patria el dominio del Peloponeso.
No son, sin embargo, estos sentimientos los que le hacen más admirable a mis ojos, puesto que tales son los pensamientos de todos los hombres generosos; lo que me parece más digno de admiración es el haber formado un ejército que no teme ninguna penalidad ni de día ni de noche, que no retrocede ante ningún peligro y que no rehúsa jamás su obediencia aun cuando carezca de todo. Cuando manda por la última vez a sus tropas que se preparen para el combate, la caballería se pone a dar brillo a sus cascos, y los hoplitas arcadios graban en sus escudos marcas que indican son tebanos[286], afilando todos las espadas y sables y pulimentando sus escudos. El orden de combate que emplea después de haberse puesto al frente de sus tropas es también digno de alabanza. Así que manda alinear filas, como era natural parece indicar se dispone para el combate; pero cuando su ejército se halla en completa formación, no se dirige hacia el enemigo por el camino más corto, sino que marcha en dirección a las montañas situadas al occidente y frente a frente de Tegea, de manera que hace creer al enemigo que no quiere aquel día librar el combate. Efectivamente, llegado al pie de la montaña, despliega su falange y hace deponer las armas en las alturas como si quisiese acampar allí. Con esta maniobra debilita el ardor del enemigo que se había dispuesto para el combate y que entonces rompe filas; pero después de haber hecho converger a la vanguardia las compañías que marchaban por filas y formar alrededor de él un fuerte cuerpo de ataque, hace repartir nuevamente las armas y avanzar contra el enemigo. Sus tropas le siguen inmediatamente.
Cuando los enemigos, contra sus esperanzas, le ven llegar, nadie sostiene el ataque; unos corren a sus filas o se alinean, ensillan otros los caballos mientras los restantes revisten sus corazas, y todos, en fin, tienen que rechazar al enemigo, más bien que atacarle. Epaminondas guiaba su ejército como una trirreme con la proa hacia adelante, contando con hacer retroceder al enemigo allí donde atacase y aniquilar así todo el ejército. Preparábanse, en efecto, a combatir con las tropas más vigorosas, habiendo colocado todo lo más lejos posible y en la retaguardia a los soldados más débiles, comprendiendo bien que la derrota de estos produciría a los suyos el desaliento y entusiasmaría al enemigo. Este había ordenado su caballería como un cuerpo de hoplitas, sin mezclar con ella la infantería; pero Epaminondas forma también la suya en un compacto cuerpo de ataque, mezclando con ella a los infantes para que una vez deshecha la caballería sea completa la derrota de los enemigos, pues, en efecto, difícilmente se halla quien sostenga el ataque del enemigo una vez emprende la fuga una parte de su ejército; y a fin de impedir asimismo a los atenienses del ala izquierda vayan en auxilio de sus vecinos, coloca frente a ellos, en las alturas, algunos caballos e infantes para inspirarles el temor de ser cogidos por la retaguardia así que se dirijan a auxiliar a los demás. Tal fue su orden de batalla, y sus esperanzas no salieran fallidas, pues, vencedor allí donde atacó, puso en fuga a todo el ejército enemigo.
Sin embargo, así que cae herido[287], no saben los suyos aprovecharse de la victoria, y aunque los hoplitas ven derrotados a los enemigos, no matan a nadie y se quedan inmóviles en el punto en que había tenido lugar el primer choque. La caballería, por su parte, aunque ve huyendo a la del enemigo, no mata tampoco ni infantes ni caballos, pues sobrecogidos de terror se arrojan, como lo hubieran hecho unos vencidos, a través de las filas enemigas en derrota; sin embargo, la infantería que había sido mezclada con la caballería, y los peltastas, habían participado de la victoria de la caballería, y llegaban vencedores al ala izquierda; pero allí son casi todos deshechos por los atenienses.
Terminada la batalla, sucedió lo contrario de lo que todos creían, pues al ver reunido el contingente de toda Grecia[288] formado en batalla, nadie podía prever que los resultados del combate no fuesen la dominación de los vencedores ni la sujeción de los vencidos; pero la divinidad hizo que cada bando elevase un trofeo como vencedor sin oponerse el contrario; ambos recogen sus muertos por una tregua, concediéndola como vencedores y suplicándola como vencidos, y más tarde, aunque ambos pretenden haber quedado dueños de la victoria, no se vio a ninguno de ellos poseer comarca, ciudad o mando que no tuviese antes del combate. Después de este, la confusión y la turbulencia dominan con mayor insistencia que antes en toda Grecia.