Los eleos, que se habían formado en batalla al otro lado del riachuelo, inmolan las víctimas y avanzan inmediatamente contra los enemigos. Hasta esta época habían sido considerados siempre como guerreros de segundo orden por los arcadios y argivos, así como por los aqueos y atenienses, pero aquel día fueron considerados como los más valientes de entre todos los aliados. Ponen en fuga a los arcadios, contra los cuales primero se dirigen, y hacen lo mismo, después de rechazarlos valientemente, con los argivos. Persiguen los eleos a los fugitivos hasta el espacio situado entre el senado, el templo de Vesta y el teatro, que se halla junto a aquel edificio: allí combaten con igual denuedo y rechazan al enemigo hasta el altar, pero alcanzados por los proyectiles que se les arrojan desde lo alto de los pórticos de la sala del consejo y del gran templo, mientras que ellos combaten en un suelo completamente llano, pierden a muchos de sus soldados, y entre otros al mismo Estrátola, jefe de los trescientos.
Después de esta acción se retiran a su campamento, pero los arcadios y sus aliados quedan atemorizados de tal modo, en previsión de lo que ocurrirá al día siguiente, que no se dan punto de reposo durante toda la noche, derribando las tiendas elevadas a gran coste, y fortificándose con trincheras. Al otro día, cuando se aproximan los eleos y ven una fuerte empalizada y gran número de individuos subidos a los templos, se retiran a su ciudad, pues el valor que habían desplegado el día anterior había sido tal que solo un dios podía haberlo inspirado y hacerle aparecer en un solo día, pues no está en el poder de los hombres, aun en un largo espacio de tiempo, volver valientes a los que se hallan privados de valor.
Habiendo los arcontes arcadios hecho uso de los fondos sagrados para el sostenimiento de los eparitas, los mantineos prohíben por un decreto hacer uso de los fondos sagrados, y recogida en su ciudad la parte que les toca pagar para los eparitas, la envían a los arcontes. Pretenden entonces los jefes arcadios que los arcontes mantineos atentan a la confederación arcadia, y les citan ante los diez mil; pero no compareciendo, se pronuncia sentencia y mandan a los eparitas que conduzcan a los condenados. Cierran los mantineos sus puertas y no les admiten dentro de sus muros: al mismo tiempo levántanse otras voces entre los diez mil, diciendo que no debe gastarse el dinero sagrado y legar a sus descendientes este crimen contra los dioses, por lo cual, así que se ha decretado en la asamblea común que no se pueden tocar aquellos fondos, los eparitas que no pueden servir sin sueldo se retiran, mientras por el contrario, los que poseen medios abundantes, se exhortan mutuamente y ocupan el lugar de los que se han marchado, a fin de no hallarse más bajo su dependencia y tenerles, por el contrario, bajo la suya.
Los jefes arcadios, que habían gastado el dinero sagrado, conociendo que pronto se les obligará a dar cuenta de él, y con el temor de ser ahorcados, hacen decir a los tebanos que si no se ponen en marcha inmediatamente, corren peligro de ver nuevamente amigos de los lacedemonios a los arcadios, por lo cual, los tebanos se preparan para ponerse en camino; pero cuantos sinceramente se preocupan de los verdaderos intereses del Peloponeso, persuaden a la asamblea arcadia para que mande embajadores a los tebanos, que les digan no vayan en armas a Arcadia entretanto no se les llame, y mientras hacen decirles esto, reflexionan que de nada ha de servirles la guerra y que, en efecto, ninguna necesidad tienen de correr con el cuidado del templo de Júpiter, y que, por el contrario, al renunciar a él realizarán una acción más justa y piadosa y se harán más agradables a la divinidad. Como los eleos no tenían ninguna otra pretensión, ambos partidos se deciden por la paz y firman el tratado.
Jurado este por todas las ciudades, del propio modo que por los tegeatas y por su mismo gobernador tebano, quien se hallaba en Tegea con trescientos hoplitas beocios, todos los arcadios permanecen en dicha población, entregándose a la alegría y a las fiestas y júbilo con libaciones y cantos en honor de la paz. Pero el tebano y los arcontes que temían la rendición de cuentas, uniéndose a los beocios y a los eparitas, que hacían causa común con ellos, cierran las puertas de Tegea y hacen prender a los primeros ciudadanos en medio de los banquetes. Como se encontraban allí arcadios de todas las ciudades, pues todos deseaban la paz, el número de los que prendieron fue muy considerable: pronto queda llena la cárcel y aun la casa del consejo. Siendo muchos los presos, algunos saltaron desde lo alto de los muros, y aun permitiose a otros evadirse por las puertas, pues solo se estaba quejoso de los que eran considerados como causantes de su perdición; y lo que enoja más al tebano y a sus cómplices, es que solo tienen en su poder un pequeño número de mantineos, cuando casualmente contra ellos era contra quienes se tenía una enemiga mayor; pero gracias a la proximidad de su población, casi todos habían podido escapar.
Cuando viene el día y saben los mantineos lo que ha ocurrido, recomiendan inmediatamente a todas las ciudades de Arcadia se pongan a la defensiva y vigilen sus murallas: hacen ellos lo mismo y envían al mismo tiempo a Tegea pidiendo la libertad de todos los mantineos que se hallan detenidos, exigiendo al mismo tiempo que ninguno de los otros arcadios sea encarcelado o condenado a muerte sin someterle previamente a juicio, ofreciendo la garantía de la ciudad de Mantinea para el caso de que contra ellos hubiese motivo de acusación y prometiendo llevar ante la asamblea arcadia a cuantos sean citados ante ella. El tebano no sabe qué resolver ante esta embajada y da libertad a todos. Al día siguiente reúne a cuantos arcadios quieren acudir a su llamamiento, y procura justificarse con ellos, asegurando ha sido engañado y pretendiendo, en efecto, haber sabido que los lacedemonios se hallaban en armas en las fronteras y que algunos arcadios querían entregarles la ciudad de Tegea. Después de oírle, le dejan libre, a pesar de saber bien que había mentido en cuanto les había dicho, pero envían diputados a Tebas para acusarle y para pedir se le condene a muerte. Cuéntase, sin embargo, que Epaminondas, entonces uno de los generales en mando, dijo que se había tenido más razón al detener a aquellos hombres que al devolverles la libertad.
—«Pues —dijo—, ¿cómo no os acusaríamos de traición con justicia después que nos habéis hecho la guerra y sin nuestro consentimiento ajustáis la paz? En cuanto a nosotros, sabed, añadió, que marcharemos a Arcadia, y allí haremos la guerra concertadamente con aquellos que pertenecen aún a nuestro partido.»
CAPÍTULO V.
Habiendo sido llevada esta contestación a la asamblea arcadia y a las diferentes ciudades, los mantineos y cuantos arcadios se interesan por el Peloponeso, del mismo modo que los eleos y aqueos, se convencen desde entonces de que los tebanos no ocultan ya su deseo de ver al Peloponeso lo más débil posible para subyugarlo después con mayor facilidad.
—«¿Por qué, en efecto, dicen, quieren que estemos siempre en guerra, si no es para que nos hagamos todo el mal que podamos unos a otros y para que los dos partidos beligerantes tengan ambos necesidad de sus auxilios? ¿Por qué contestan que se hallan dispuestos a marchar cuando les decimos que por el momento no tenemos necesidad de ellos? ¿No es evidente que si preparan esta expedición es para hacernos algún daño?»