[84] Nada se sabe positivamente sobre estos delegados de Esparta.
[85] En griego προστάτης (el que dirige las deliberaciones), que viene a ser lo mismo que en la Cámara de los Comunes de Inglaterra el speaker.
[86] Pequeño vaso que se colocaba en el agua y en que se echaban algunas gotas de líquido para hacerle sumergir.
[87] Véase asimismo sobre la muerte de Terámenes, Cicerón, Tusculanæ, lib. I, cap. XI, § 95.
[88] Los σκευοφόροι eran los que conducían los vasos, instrumentos y utensilios de toda clase para el ejército.
[89] Uno de los teatros de Atenas, comprendiendo en él el circuito que a su alrededor se extendía.
[90] Templo de Bendis, que es la misma divinidad que la Luna. (V. dicha palabra en el Diccionario de Jacobi.)
[91] Sobrenombre de Ares o Marte.
[92] De él se trata en las Memorias socráticas, lib. III, cap. VII. Este capítulo es de una belleza tal y tiene tanta importancia bajo el punto de vista de la educación política de los ciudadanos, que no podemos resistir al deseo de darlo en nota.
«Viendo Sócrates que Cármides, hijo de Glauco, hombre adornado de toda clase de méritos y superior en mucho a todos los políticos de su época, no se atrevía a presentarse ante el pueblo ni a ocuparse en los negocios del estado, le dijo:
—Oye, Cármides, ¿cómo juzgarías a un hombre que siendo capaz de ganar coronas y premios en los juegos y conquistar de esto modo un nombre glorioso y hacer en Grecia más ilustre a su patria, rehusara el combatir?
—Claro es que sería un hombre afeminado y cobarde.
—Y si un ciudadano capaz de engrandecer a su patria y de llenarse de gloria dedicándose a los negocios públicos, rehusase hacerlo, ¿no estaríamos en nuestro derecho llamándole también cobarde?
—Acaso; pero ¿por qué me diriges esta pregunta?
—Porque me parece que a pesar de tu mérito, retrocedes ante los negocios, cuando por tu calidad de ciudadano, tienes el deber de tomar parte en ellos.
—Pero este mérito —dijo Cármides—, ¿en qué ocasión has podido reconocerlo para que tengas de mí opinión tan favorable?
—En tus conversaciones con nuestros políticos, pues si te comunican algún asunto, veo que les das buenos consejos, y si cometen alguna falta les reprendes con justicia.
—Pero no es lo mismo, Sócrates, conversar con los amigos que discutir en público.
—Sin embargo, los que saben contar con prontitud, cuentan tan bien públicamente como cuando se hallan solos, y los que tocan bien la cítara en su casa, conservan esta superioridad en público.
—Sí, es verdad; ¿pero no ves tú mismo que la vergüenza y la timidez son innatas en algunos hombres y que se manifiestan mucho más en las asambleas tumultuosas que en las conversaciones privadas?
—Pues bien; voy a demostrarte que no son los más sabios los que te causan vergüenza, ni los más poderosos los que te hacen miedo, sino que te avergüenzas de hablar ante los menos ilustrados y los más débiles. En efecto, ¿no es ante los tintoreros, zapateros, albañiles, caldereros, labradores, comerciantes y revendedores, gentes todas que procuran vender caro lo que han comprado a bajo precio, ante quienes sientes timidez? porque de todos estos se compone la asamblea popular. ¿En qué se diferencia, pues, tu conducta de la de un hombre que, siendo superior a los artistas, tuviese miedo a la crítica de los ignorantes? ¿No es verdad que a pesar de tu facilidad en expresarte ante los ciudadanos más ilustres, algunos de los cuales, sin embargo, te tienen en menos de lo que mereces, y a pesar de tu manifiesta superioridad sobre los que procuran hablar en público, vacilas en tomar la palabra ante una multitud que jamás se ha ocupado de negocios y que no tiene hacia ti la más pequeña prevención, solo por el temor de que te pongan en ridículo?
—¿Por qué no? ¿Acaso no ves, Sócrates, que en las asambleas se burlan a menudo de los que hablan bien?
—Pero a los demás les pasa lo mismo; de ahí que te admire a ti que sabes hacerles enmudecer en la conversación, porque te crees incapaz de dominar a la multitud. No te desconozcas, querido, ni cometas el mismo yerro que casi todos los hombres cometen: la mayor parte tienen sin cesar fija la vista en las acciones de los demás, ¡y no vuelven su examen hacia sí mismos! Defiéndete de una indolencia tal y concentra, por el contrario, en ti mismo todos tus esfuerzos; no te olvides del estado, si puedes con tus cuidados hacerle conseguir algún adelanto. Considera, sobre todo, que para la prosperidad de los negocios, no solo habrás prestado inmensos servicios a los demás ciudadanos, sino también a tus amigos y a ti mismo.»