La arrogancia deſta reprehenſion, fue eſcuchada de los Alcaydes, con gran miedo, i maior aborrecimiento; porque conocieron las palabras de Aboacin en la boca del Rey; el qual por diſculpar ſu avaricia, i atraher a ſy la voluntad del moço, le imponia, en que hizieſſe cargo a los Alcaydes de ſu culpa. Però como la privança tiraniza los coraçones de los ſubditos, ſujetandolos a una ſervidũbre volũtaria, i aborrecida; callarõ los Alcaides, i bezãdo el pie al Rey cõ ſu acoſtõbrada ceremonia, dierõ las gracias al privado, ſiẽdo eſta diligencia mui propria en los ſubditos, q̃ de ſus offenſas procuran ſacar ocaſiones de obligar como meneſteroſos, a los que aborrecen como offendidos. Con eſto ſe renovò el combate de la ciudad con tanta eſtrechura, que començò a faltar baſtimento a los cercados.
(30) Determinò nueſtro Rey ſocorrerlos en perſona, i para eſte effecto partiò de Ceuta con toda la armada junta. Parò en frente de Alcaçar, i el enemigo temiendo, que deſembarcaſſe, eſtuvo a la mira, para ver lo que hazia, mientras el Rey començò a prevenir baxeles para echar gente en tierra. Conocio D. Duarte la eſtratagema, i hizo inclinacion de ir a recebirla. El enemigo con eſte engaño corrio a gran prieſſa a la playa confuſamente, i ſin reparar las eſpaldas, D. Duarte entõces dio en el, con tal esfuerço, que le degollô mucha gente, ayudado de la artilleria de la armada, que tirò muchas pieſſas grueſſas, con que hizo mortandad conſiderable. La preſencia de dos Principes tan poderoſos, engrãdecio ſingularmente la deſtreza, valor, i ardid, con que D. Duarte peleò en eſta ocaſiõ, recogiendoſe ſin deſorden, ni daño alguno, de manera que no perdio un ſoldado. Deſpues tentó meter baſtimentos por el rio, mas no pudo, porque el Moro lo havia atajado con vigas grueſſas, i maderos: i a la poſtre el Rey entendiendo, que ſu aſsiſtencia, en aquel puerto, era de poca utilidad a los cercados, dando muchas eſperanças a D. Duarte, de q̃ bolveria con maior ſocorro; ſiguiò ſu derrota a Portugal, i deſembarcó en el Algarve, i ſe vino a la ciudad de Evora, donde hallò tan apurada la hazienda Real, i los pueblos tan afligidos, i gaſtados de tributos, i donativos, que no les fue poſsible continuar el penſamiento, que trahia; entõces conocio el mal govierno, que tenia, en no ſaber guardar para poder gaſtar; pues las ſuperfluidades de los Reyes, trahen conſigo muchos inconuenientes de moleſtias publicas; ſiendo forçoſo ſuplir ſu neceſsidad, con la aflicion de los particulares, quando fuera juſto, que conſideraran, que no ay Principe rico con vaſſallos pobres; ni Rey poderoſo con ſubditos moleſtados.
(31) Havia ya treynta i ſiete dias, que Don Duarte eſtava ſitiado, padeciendo increibles trabajos; porque los Moros de noche, i de dia con continuas mangas de arcabuzeros remudados a tiempos, limpiavan la muralla de cõbatientes, i con eſto quaſi ſin impedimento alçavan montañas de tierra, que igualavan los muros, haſta que, como en una llanura podian combatir con los cercados. Mas ellos viendoſe perdidos ſe animavan con ſu capitan, que no ſolo los esforçava con ſu exẽplo; pero curando los heridos, i exalçando en particular las hazañas de cada uno, los tratava con gran cortezia, i benignidad, inchiẽdo a unos de eſperanças, a otros de glorias; i cõ ſus buenas razones, i cuidado le aſſeguravan todos, moririan primero, que deſmayaſsen en la defenſa.
(32) Apretava a los nueſtros, no menos la hãbre, que el enemigo; i D. Duarte con eſta neceſsidad fue eſtrechando la racion, de manera que ſaliò rumor entre los Moros, que los cercados perecian; i ayudandoſe tambien de un tiro mui grueſſo, con que de nuevo batieron la muralla, la deſmantelaron por una parte. Mandò entonces el Moro dar un aſſalto con màs ruido, que effecto; durò porfiadamente; i los nueſtros moſtraron en eſte dia ſer invencibles; porque haviendo tan pocos, que a penas llegavan a quinientos ſoldados, rechaçaron valientemente al enemigo, por muchas vezes peleando ſiempre con diverſa gente, porque la ivan mudando cõ otra nueva; i los Chriſtianos ſiendo ſiempre unos, nunca diſminuyeron de ſu primer brio.
(33) En eſta ſazon entrô en el puerto de Alcaçar un baxel de Portugal, lleno de eſperanças de ſocorro, el qual deſeſperò màs los cercados; porque entẽdieron, q̃ era ſupueſto; i D. Duarte teniẽdo modo para entrar vitualla por una parte menos guardada del contrario, auisò a D. Sancho de Noroña (Conde de Odemira, i Adelantado maior del Algarve, que aſsiſtia por general en Ceuta) del eſtado, en que eſtava: i aunq̃ a eſte cavallero le tocava tanto el ſocorrerle; rehuzò hazerlo deſabridamente: porq̃ ciega el odio los caminos de la honra, i no dexa libres los movimiẽtos del animo, para diſcurrir contra la paſsion, q̃ los tiraniza. D. Sancho fue uno de los maiores ſoldados de ſu tiempo, i por no parecer ſoſpechoſo en ſus alabanças (como ſu deſcendiente) ſerè mâs corto en ellas, que en referir ſus faltas. Eſtrañóſe mucho la que tuvo en eſta ocaſion, no pareciendo accion de cavallero, ſino vengança de hombre ordinario, acordarſe entonces de las emulaciones, que trahia con D. Duarte, con otro caſo, que ſucediò entre Martin de Tavora, i Gõçalo Vaz Coutiño, bien extraordinario; tenian odio antiguo, i hallandoſe en eſte cerco juntos en una refriega, viò Martin de Tavora, que cautivaron los enemigos al que lo era ſuyo, i arrojandoſe al peligro con aquel animo, que ſi fuera para ſocorrer un hermano, ò el maior amigo: librô a Gonçalo Vaz, i el dandole las gracias deſte beneficio quedaron en ſus enemiſtades. Mas la de D. Sancho fue condenada de todos, mucho màs quando ſe fundava en faltar al ſervicio de ſu Rey. No le obſtò deſpues al premio, aunque manchò en parte ſus virtudes, ſiendo hartas: dãdoſe a conocer por hombre, con quien las paſsiones podian mucho, pues no las vencia con el valor, que a los enemigos.
(34) Como D. Duarte ſe vió tan deſemparado, determinó de dar cuenta al Rey por Luys Alvares de Soſa (que era el que havia llegado a aquel puerto por alentar a los cercados) i con eſto eſcriviò una carta en Frances (que ſabia eſta lengua màs que medianamente) i atãdola en una piedra la hizo arrojar de lo alto del muro al baxel; no pudo ſalvarle, i cayò en el campo; recogiola el enemigo, i con ver lo que contenia, alegre, i perſuadido, de q̃ ſupueſto la eſtrechura, en que D. Duarte eſtava, i q̃ confeſſava a ſu Rey, con aquella llaneza, i encarecimiento, con que un neceſsitado deſcubre miſerias a ſu Principe, quando las padece por ſu cauſa; qualquier partido eſcucharia; ordenò a Aboacin, que le eſcrevieſſe en eſta forma.
La clemencia, como virtud digna ſiempre, de que viva en el pecho de los Principes, obliga al mio (o Duarte) a que por mis ruegos perdone tu locura. Sabemos el miſerable eſtado, en q̃ estâs, i no te negamos, que merece muchas alabanças tu valor, i fidelidad. Tengote por eſto aficcion, i no menos a la memoria de aquel buen viejo tu padre, que tãto tiempo ſuſtentô a Ceuta. Llevado deſto me perſuado a amoneſtarte, que te põgas en nueſtras manos. Hará mi Rey contigo, lo que hizo el tuyo con los nueſtros, quando ganô eſſa plaça. Quiero, que me devas eſte beneficio, pues es maior el q̃ hazes en ſalvar tu vida, i la de eſſos miſerables, que te acompañan, que en perderla deſeſperados, por el furor militar de nueſtra gente; pues incitada de otras offenſas deſſea hartar ſu colera con tu muerte.
(35) Fue incluſo en eſte papel, el que ſe hallò de D. Duarte; corrieron luego los Chriſtianos a ſaber lo que havia; recelò D. Duarte, que no ſonaſſe mal la carta a los oydos de los ſuyos; porque deſcõfiados del ſocorro, i quaſi en la ultima deſeſperacion de la ſalud, andavan triſtes, i ſin hablar palabra: D. Duarte bolviendoſe a ellos con el ſemblante màs riſueño, como de coſa nueva, encubrió las del papel, diziendo por maior, i ſin declararſe, q̃ los enemigos ivan conociendo el esfuerço de los Portugueſes: que no cayeſſen deſta opinion, pues baſtava pelear como tales: que de Dios, cuya era aquella cauſa, eſperava otro ſocorro màs breve, que el que ſu Rey podia embiarles; aunque no deſconfiaſſen deſte, pues no tardava, ſegun las preparaciones, que ſe aviſavan; que el cielo bolvia por ellos, pues enflaquecia los contrarios, i les piſava aquel orgullo, con q̃ entraron en aquel cerco. Repreſentòles algunas razones, aunq̃ fingidas, de la carta, que moſtravan miedo en los enemigos, i con eſto encareciò la fama, que alcançarian, ſaliẽdo victorioſos de aquel ſitio, como eſperava, i que libres de las fatigas, quan agradable les havia de ſer la memoria de lo que havian ſufrido por Dios, por ſu Rey, i por ſus honras.
(36) Tomaron mucho brio los Portugueſes con eſtas palabras, i D. Duarte reſpondio a Moley Aboacin en ſuma, agradecia ſu aficciõ, aunq̃ no admitia el cõſejo: porq̃ notava en ſu gẽte valor para vẽcer exercitos maiores, que el de ſu Rey: juntaſſe todos los del mundo, quando deſeaſſe combatir con los Portugueſes; q̃ lo q̃ ſentiã mucho, era no ver abreviado en aquel cãpo toda Berberia: q̃ no los querian conſumir del todo, por tener con quien pelear ſiẽpre: q̃ eran de la calidad del rayo, que moſtrava ſu fuerça en la maior reſiſtencia: q̃ ſe querian ver eſto por experiencia, no ſe alejaſſen tanto, pues todas aquellas traças parecian inventadas por el miedo: que a el le dezian, q̃ ſu Rey tratava de darle aſſalto, q̃ para eſte efecto mandaria arrimar el proprio las eſcalas al muro, para q̃ con menos trabajo lo pudieſſen ſubir, i entrar a averſe cõ ellos màs de cerca, q̃ era lo que màs deſſeavan ſus ſoldados. Amedrentò eſta reſpueſta a los enemigos, i fue cauſa, de q̃ alçaſſen el cerco. Replicó el Moro, i D. Duarte con maior prudẽcia mandò tirar una pieſſa al menſſagero, porq̃ entendia el daño, q̃ podia reſultar de ſemejantes platicas, en la poſtrera aflicion de un cerco, donde todo el partido es conveniẽte.
(37) El enemigo por ultima diligencia llevantò un fuerte de madera ſuperior a la ciudad de donde la batia ſin ceſſar un punto con muchas pieſſas de exceſsiva grandeza. Salio Don Duarte de noche, i deshizo eſta machina, i luego otras, que hizieron de nuevo, i con eſto afloxò algo la bateria; mas viendoſe perecer de hambre, determinò mandar al Rey con eſta nueva, a Rodrigo Alonſo, hombre noble, i uno de los màs valientes fronteros de aquella plaça, lo embarcô en un navio, q̃ tenia retirado en el rio, defendiẽdolo todo lo poſsible, porq̃ el enemigo no lo quemaſſe, aunq̃ lo procurò hazer con grande fuerça. Divulgòſe entõces por el real, q̃ los cercados entravan ya a comer los cavallos, i la eſtrechura era de ſuerte, q̃ entre los nueſtros uvo votos de q̃ lo hizieſſen. Perô D. Duarte, ya q̃ no tenia otro remedio, por deſmẽtir eſta fama, ordenô a D. Henrique de Meneſes, ſu hijo maior (moço a penas de quinze años) que con treinta cavallos eſcogidos, de los màs hermoſos, i bien penſados, ſalieſſe a deshazer una trinchera, de que recebian algun daño. Eſto fue tan de repente, q̃ el enemigo admiró aquella viſta, como de coſa no imaginada. Cargó a defenderla el Alcayde de Tanjar, por tocarle aquel pueſto; i Don Duarte ſocorriendo al hijo, i el de Fez a los ſuyos, ſe peleô quaſi de poder a poder i fue eſte dia tan glorioſo para los nueſtros, q̃ a no eſconder la ocaſion el roſtro, ſe pudo ſepultar el nõbre deſte barbaro; però no quiſo la fortuna acabar en una hora el imperio, que con increyble favor havia levantado en mucho tiempo. Finalmente los Moros acobardados ya con tantas perdidas, i fatigados de otros accidentes, q̃ no los moleſtavã menos, porq̃ la rigoridad del invierno les offendia de ſuerte, q̃ muchos, q̃ eſcapavan las vidas de nueſtras manos, las acabavan en la de ſu aſpereza. Comẽçaron a desãparar el cãpo, i los primeros hizierõ puente para los demàs, conociẽdo la obſtinaciõ de ſu Rey; el qual tãto por ira, como por brio, rehuzava eſcuchar los Alcaydes, que a bozes le pedian deſiſtieſſe de aquel ſitio. Rieſgo corre quien ſe oppone deſcubiertamente al guſto de un Principe moço ya empeñado en una empreſa: porque la razon, que es ſolo el juez de los Reyes, anda menos admitida en los pocos años, por falta de conſideracion, i ſobra del apetito, las canas por la experiencia, lo advierten; i aunque executan las coſas con menos prieſſa deliberanſe con maior eſpacio, en que ſuele conſiſtir mucho del acierto de los ſuceſſos.