Director literario: V. Blasco Ibáñez
Es propiedad. Derechos exclusivos de traducción al español.
EL LIBRO
DE LAS MIL NOCHES
Y UNA NOCHE
Traducción directa y literal del árabe por el
Doctor J. C. MARDRUS
Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ
Prólogo de E. Gómez Carrillo
TOMO SEXTO
Historia encantadora de los animales y de las
aves.—De Alí ben-Bekar y la bella Schamsennahar.—De
Kamaralzamán y la princesa Budur
la luna más bella entre las lunas.
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
A MI AMIGO
ANDRÉS GIDE
J. C. M.
HISTORIA ENCANTADORA
DE LOS ANIMALES Y DE LAS AVES
Cuento de la oca, el pavo real y la pava real
He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que había en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad y del momento un pavo real muy aficionado á recorrer en compañía de su esposa las orillas del mar y á pasearse por una selva que allí había, toda llena de arroyos y poblada por el canto de las aves. Durante el día, el pavo y la pava buscaban tranquilamente su alimento, y al llegar la noche se encaramaban á lo alto del árbol más frondoso, para no tentar los deseos de algún vecino que fuese poco escrupuloso en su admiración hacia la hermosura de la pava. Y eran felices de este modo, bendiciendo al Bienhechor, que les dejaba vivir en la paz y la dulzura.
Pero un día el pavo real invitó á su esposa para que le acompañase á una isla que se veía desde la playa, y de este modo podrían cambiar de aires y de perspectivas. La pava le contestó oyendo y obedeciendo, echaron á volar los dos, y llegaron á la isla.
Aquella isla estaba cubierta de árboles cargados de frutas y regada por multitud de arroyos. El pavo y su esposa quedaron extraordinariamente encantados de su paseo por aquella frescura, y permanecieron allí algún tiempo para probar todas las frutas y beber aquella agua tan dulce y tan fina.
Cuando se disponían á regresar á su casa, vieron venir hacia ellos una oca, que batía las alas llena de espanto. Y temblándole todas sus plumas, fué á pedirles ayuda y protección. El pavo real y su esposa la recibieron muy cordialmente, y la pava, hablándole con toda su afabilidad, le dijo: «¡Sé bien venida entre nosotros! ¡Aquí encontrarás el calor de la familia y cuanto necesites!» Entonces la oca empezó á tranquilizarse, y el pavo, muy convencido de que la historia de la oca sería una historia verdaderamente asombrosa, le preguntó: «¿Qué te ha ocurrido y cuál es la causa de tu espanto?» Y respondió la oca: «Aún estoy enferma de lo que acaba de sucederme y del terror horrible que me inspira Ibn-Adán. ¡Alah nos guarde y nos libre de Ibn-Adán!» Y el pavo, muy afligido, dijo: «¡Cálmate, mi buena oca, cálmate!» Y preguntó la pava: «¿Cómo es posible que ese Ibn-Adán logre llegar hasta esta isla? Desde la playa no puede saltar. Y no hay medio de atravesar de otro modo tanto espacio de agua.» Entonces exclamó la oca: «¡Bendito sea el que os ha puesto en mi camino para calmar mis terrores y devolver la paz á mi corazón!» Y la pava dijo: «¡Oh hermana mía! Cuéntanos ahora el motivo de ese terror que te inspira Ibn-Adán, y no calles nada de tu historia, que ha de ser muy interesante.» Y la oca contó lo que sigue:
«Sabe, ¡oh pavo real lleno de gloria, y tú, dulce pava, la más hospitalaria entre todas las pavas! que habito en esta isla desde mi niñez, y he vivido siempre en ella sin ningún contratiempo y sin que nada agobiase mi alma ni molestara mi vista. Pero anoche, cuando estaba durmiendo con la cabeza debajo del ala, vi que se me aparecía en sueños ese Ibn-Adán, que quiso entablar conversación conmigo. Iba á contestarle, pero oí una voz que me gritaba: ¡Cuidado, ten mucho cuidado! ¡Desconfía de Ibn-Adán y de la dulzura de sus palabras, pues ocultan sus perfidias! ¡Y no olvides lo que dijo el poeta:
¡Te da á gustar la dulzura que hay en la punta de su
lengua, para sorprenderte de improviso como el zorro!
»Porque sabe, pobre oca, que Ibn-Adán posee tal grado de astucia, que logra atraer á los habitantes del seno de las aguas y á los monstruos más feroces del mar, y puede derribar como una masa desde lo más alto de los aires las águilas que se ciernen tranquilas, sólo con tirarles un puñado de barro. En fin, es tan pérfido, que siendo tan débil, sabe vencer al elefante y utilizarlo como siervo suyo y arrancarle los colmillos para hacer con ellos sus armas. ¡Ah, pobre oca, huye en seguida!»
»Entonces me desperté llena de espanto, y huí sin mirar atrás, alargando el cuello y desplegando las alas. Seguí corriendo hasta que las fuerzas me abandonaron. Luego, como había llegado al pie de una montaña, me oculté detrás de una roca. Y mi corazón latía de miedo y de cansancio, presa del temor que me inspiraba Ibn-Adán. Y como no había comido ni bebido, me atormentaban el hambre y la sed. Pero no sabía qué hacer ni me atrevía á moverme, cuando divisé enfrente de mí, á la entrada de una caverna, un león rojo, de mirada dulce, que inspiraba confianza y simpatía. Y aquel león, que era muy joven, denotó una gran satisfacción al verme, encantado de mi timidez, pues mi aspecto le había seducido. Así es que me llamó de este modo: «¡Oh chiquita gentil, acércate y ven á conversar conmigo un rato!» Y yo, muy agradecida á su invitación, me aproximé á él humildemente. Y él me dijo: «¿Cómo te llamas y de qué raza eres?» Y le contesté: «¡Me llaman oca y soy de la raza de las aves!» Y me dijo: «¿Por qué estás tan temblorosa?» Entonces le conté cuanto había visto y cuanto había oído en sueños. Y se asombró muchísimo, y exclamó: «¡Yo también he tenido un sueño análogo, y al contárselo á mi padre me ha puesto sobre aviso contra Ibn-Adán, diciéndome que desconfiara de sus ardides y perfidias! Pero hasta ahora no me he encontrado con ese Ibn-Adán.»
»Al oir estas palabras, aumentó mi espanto, y dije apresuradamente al león: «No vacilemos en hacer lo que más nos conviene. Ha llegado el momento de acabar con esa plaga, y á ti solo ¡oh hijo del sultán de los animales! te corresponde la gloria de matar á Ibn-Adán, pues haciéndolo así se acrecentará tu fama á los ojos de todas las criaturas del cielo, del agua y de la tierra.» Y seguí lisonjeando al león, hasta que le decidí á ponerse en busca de nuestro enemigo.
»Salió entonces de la caverna, y me dijo que le siguiese. Y yo iba detrás de él. Y el león avanzaba arrogante, haciendo restallar la cola sobre el lomo. Así caminamos, marchando yo detrás de él y sin poder apenas seguirle, hasta que vimos á lo lejos una gran polvareda, y al disiparse apareció un burro en pelo, sin albarda ni ronzal, que brincaba, coceaba, se echaba al suelo y se revolcaba en el polvo, con las cuatro patas al aire.
»Al ver esto, mi amigo el león se quedó muy asombrado, pues sus padres casi no le habían permitido hasta entonces salir de la caverna. Y el león llamó al burro: «¡Eh, tú, ven por aquí!» Y el otro se apresuró á obedecerle. Y el león le dijo: «¿Por qué obras así, animal loco? ¿De qué especie de animales eres?» Y contestó el otro: «¡Oh mi señor! Soy el borrico tu esclavo, de la especie de los borricos.» Y el león preguntó: «Pero ¿por qué corrías hacia aquí?» Y el burro respondió: «¡Oh hijo del sultán de los animales! Venía huyendo de Ibn-Adán.» Entonces el joven león se echó á reir, y dijo: «¿Cómo con esa alzada tan respetable y esas anchuras temes á Ibn-Adán?» Y el borrico, meneando la cola, denotando penetración, dijo: «¡Oh hijo del sultán! Ya veo que no conoces á ese maldito. Si le temo no es porque desee mi muerte, pues sus intenciones son peores. Mi terror proviene del mal trato que me haría sufrir. Sabe que hace que le sirva de cabalgadura, y para ello me pone en el lomo una cosa que llama la albarda; después me aprieta la barriga con otra cosa que llama la cincha, y debajo del rabo me pone un anillo cuyo nombre he olvidado, pero que hiere cruelmente mis partes delicadas. Por último, me mete en la boca un pedazo de hierro que me ensangrienta la lengua y el paladar, y que llama bocado. Entonces me monta, y para hacerme andar más aprisa, me pica en el cuello y en el trasero con un aguijón. Y si el cansancio me hace retrasar la marcha, lanza contra mí las más espantosas maldiciones y las más horribles palabras, que me hacen estremecer, á pesar de ser un borrico, pues me llama delante de todo el mundo ¡alcahuete! ¡hijo de zorra! ¡hijo de bardaje! ¡el culo de tu hermana!, y qué sé yo qué otras cosas más. Y si por desgracia me peo, para desahogarme algo el pecho, entonces su furor ya no conoce límites, y vale más, por consideración á ti, ¡oh hijo de mi sultán! que no repita todo lo que me hace y me dice en semejantes circunstancias. Así es que no me entrego á tales desahogos más que cuando sé que está muy lejos y tengo la seguridad de hallarme solo. ¡Pero hay más! Cuando yo llegue á viejo, me venderá á cualquier aguador, que, poniéndome sobre el lomo un baste de madera, me cargará de pesados pellejos y enormes cántaros de agua, hasta que, no pudiendo más con los malos tratos y privaciones, reviente míseramente. ¡Y entonces echarán mi esqueleto á los perros que vagan por los vertederos! ¡Y tal es la suerte que me reserva Ibn-Adán! ¿Habrá entre todas las criaturas quien sea más desgraciado que yo? Responde, ¡oh buena y tierna oca!»
»Entonces ¡oh señores míos! sentí un estremecimiento de horror y de piedad, y en el límite de la emoción, del espanto y del temblor, exclamé: «¡Oh mi señor león! Verdaderamente el burro es muy desgraciado. ¡Porque yo, sólo con oirle, me muero de lástima!» Y el joven león, viendo al borrico dispuesto á largarse, le dijo: «¡Pero no tengas prisa, compañero! ¡Quédate otro poco, porque realmente me interesas! ¡Y me gustaría que me sirvieses de guía para llegar hasta Ibn-Adán!» El burro contestó: «¡Lo siento, señor mío, pero prefiero poner entre ambos la distancia de una buena jornada de camino, pues le he dejado ayer cuando se dirigía hacia este lugar! Y ahora busco un sitio seguro para resguardarme de sus perfidias y de su astucia. Además, con licencia tuya, ahora que estoy convencido de que no me oye, quiero desahogarme á gusto y gozar de la vida.» Y dichas estas palabras, el burro lanzó un prolongado rebuzno, al que siguieron trescientos pedos magníficos, que disparó coceando. Se revolcó después sobre la hierba durante un buen rato, y al fin se levantó. Entonces, como viese una polvareda que se levantaba á lo lejos, enderezó una oreja, luego la otra, miró fijamente, y volviendo la grupa echó á correr y desapareció.
»Una vez disipada la polvareda, apareció un caballo negro, con la frente marcada por una mancha blanca como un dracma de plata, hermoso, altivo, reluciente, y con las patas adornadas de una corona de pelos blancos. Venía hacia nosotros relinchando de un modo muy arrogante. Y cuando vió á mi amigo el joven león, se detuvo en honor suyo, y quiso retirarse discretamente. Pero el león, encantado de su elegancia y seducido por su aspecto, le dijo: «¿Quién eres, hermoso animal? ¿Por qué corres de ese modo, como si algo te inquietase en esta inmensa soledad?» El otro contestó: «¡Oh rey de los animales! ¡Soy un caballo entre los caballos! ¡Y huyo para evitar la proximidad de Ibn-Adán!»
»El león, al oir estas palabras, llegó al límite del asombro, y dijo al caballo: «No hables de ese modo, ¡oh caballo! pues en realidad es vergonzoso que sientas miedo hacia Ibn-Adán, siendo fuerte como eres, y estando dotado de esa robustez y esas alturas, y pudiendo con una sola coz hacerle pasar de la vida á la muerte. ¡Mírame! No soy tan grande como tú, y sin embargo, he prometido á esta oca gentil librarla para siempre de sus terrores matando á Ibn-Adán y devorándolo por completo. Entonces podré tener el gusto de llevar nuevamente á esta pobre oca á su casa y al seno de su familia.»
»Cuando el caballo oyó estas palabras de mi amigo, le miró con sonrisa triste, y le dijo: «Arroja lejos de ti esos pensamientos, ¡oh hijo del sultán de los animales! y no te hagas ilusiones acerca de mi fuerza, y mi alzada, y mi velocidad, pues todo eso es insignificante para la astucia de Ibn-Adán. Y sabe que cuando estoy en sus manos, logra domarme á su gusto, pues me pone en las patas trabones de cáñamo y de crín, y me ata por la cabeza á un poste en lo más alto de una pared, y de ese modo no puedo moverme ni echarme. ¡Pero hay más! Cuando quiere montarme, me coloca sobre el lomo una cosa que llama silla, me oprime el vientre con dos cinchas muy duras que me mortifican, y me mete en la boca un pedazo de acero, del cual tira mediante unas correas, con las que me dirige por donde le place. Y montado en mí, me pincha y me perfora los costados con las puntas de unas espuelas, y me ensangrienta todo el cuerpo. ¡Pero no acaba ahí! Cuando soy viejo, y mi lomo ya no es bastante flexible y resistente, ni mis músculos pueden llevarle todo lo aprisa que él quisiera, me vende á algún molinero, que me hace rodar día y noche la piedra del molino, hasta que sobreviene mi completa decrepitud. ¡Entonces me entrega al desollador, que me degüella, y me despelleja, y vende mi piel á los curtidores y mi crin á los fabricantes de cribas, tamices y cedazos! ¡Y tal es la suerte que me espera con ese Ibn-Adán!»
»Entonces el joven león, muy emocionado con lo que acababa de oir, dijo al caballo: «Veo que es preciso desembarazar á la creación de ese malhadado ser á quien todos llaman Ibn-Adán. Di, amigo mío: ¿cuándo y dónde has visto á Ibn-Adán?» El caballo dijo: «Huí de él hacia el mediodía. ¡Y ahora me persigue, corriendo tras de mí!»
»Y apenas acababa de decir estas palabras, se alzó una gran polvareda que le inspiró un terror inmenso, y sin darle tiempo para disculparse huyó á todo galope. Y vimos en medio de la polvareda aparecer y venir hacia nosotros, á paso largo, un camello muy asustado que llegaba alargando el cuello y mugiendo desesperadamente.
»Al ver á este animal tan grande y tan desmesuradamente colosal, el león se figuró que debía de ser Ibn-Adán y nadie más que él, y sin consultarme, se arrojó contra el camello, é iba á dar un salto y á estrangularlo, cuando le grité con toda mi voz: «¡Oh hijo del sultán, detente! ¡No es Ibn-Adán, sino un pobre camello, el más inofensivo de los animales! ¡Y seguramente huye también de Ibn-Adán!» Entonces el joven león se detuvo muy pasmado, y preguntó al camello: «¿Pero de veras temes también á ese ser llamado Ibn-Adán, ¡oh animal prodigioso!? ¿Para qué te sirven tus pies enormes si no puedes aplastarle con ellos?» Y el camello levantó lentamente la cabeza, y con la mirada extraviada como en una pesadilla, repuso tristemente: «¡Oh hijo del sultán! Mira las ventanas de mi nariz. ¡Todavía están agujereadas y hendidas por el anillo de crin que me puso Ibn-Adán para domarme y dirigirme, y á este anillo que aquí ves estaba sujeta una cuerda que Ibn-Adán confiaba al más pequeño de sus hijos, el cual, montado en un borriquillo, podía guiarme á su gusto, á mí y á todo un tropel de camellos colocados en fila! ¡Mira mi lomo! ¡Todavía conserva las heridas causadas por los fardos con que me carga desde hace siglos! ¡Mira mis patas! ¡Están callosas y molidas por las largas carreras y los forzados viajes á través de la arena y de las piedras! ¡Pero hay más! ¡Sabe que cuando me hago viejo, después de tantas noches sin dormir y tantos días sin descanso, explota mi pobre piel y mis huesos viejos, vendiéndome á un carnicero que revende mi carne á los pobres, y mi cuero en las tenerías, y mi pelo á los que hilan y tejen! ¡Y he aquí el trato que me hace sufrir Ibn-Adán!»
»Oídas estas palabras del camello, el joven león sintió un furor sin límites, y rugió, arañó el suelo con las garras, y después dijo al camello: «¡Apresúrate á decirme en dónde has dejado á Ibn-Adán!» Y el camello respondió: «Viene buscándome, y no tardará en presentarse. Así, pues, ¡oh hijo del sultán! déjame huir á otros países, los más lejos á que pueda escaparme. ¡Pues ni las soledades del desierto ni las tierras más remotas servirían para librarme de su persecución!» Entonces el león le dijo: «¡Oh buen camello! Aguarda un poco, y verás cómo derribo á Ibn-Adán, y trituro sus huesos, y me bebo su sangre.» Pero el camello, estremecido por el espanto, contestó: «Dispénsame, ¡oh hijo del sultán! Prefiero huir, porque ya lo dijo el poeta:
¡Si bajo la misma tienda que te alberga y en tu mismo país llega á habitar un rostro desagradable,
Sólo una determinación has de tomar: déjale tu tienda y tu país y apresúrate á marcharte!»
»Y después de recitar esta estrofa tan acertada, el buen camello besó la tierra entre las manos del león, se levantó, y le vimos huir, tambaleándose en lontananza.
»Apenas había desaparecido, se presentó un vejete de aspecto muy débil y de piel arrugada, llevando á cuestas un canasto con herramientas de carpintero, y sobre la cabeza ocho tablas grandes.
»Al verle, ¡oh señores míos! no tuve fuerzas ni para avisar á mi joven amigo, y caí como muerta al suelo. En cambio, el joven león, muy divertido con el aspecto de aquel vejete tan raro, se le acercó para examinarlo más de cerca. Y el carpintero se postró entonces delante de él, y le dijo sonriendo, con acento muy humilde: «¡Oh poderoso rey, lleno de gloria, que ocupas el primer puesto en la creación! ¡Te deseo horas muy felices, y ruego á Alah que te ensalce más todavía en el respeto del universo, acrecentando tus fuerzas y virtudes! ¡Yo soy un desgraciado que viene á pedirte ayuda y protección en las desdichas que le persiguen por parte de un gran enemigo!» Y se puso á llorar, á gemir y á lamentarse.
»Entonces el joven león, muy conmovido con las lágrimas y el aspecto tan desdichado de aquel hombre, suavizó la voz y le dijo: «¿Quién te persigue de esa manera? ¿Y quién eres tú, el más elocuente de los animales que conozco, y el más cortés, aunque seas el más feo de todos?» El otro respondió: «¡Oh señor de los animales! Pertenezco á la especie de los carpinteros, y mi opresor es Ibn-Adán. ¡Ah, señor león! ¡Alah te guarde de las perfidias de Ibn-Adán! ¡Todos los días, desde que amanece, me hace trabajar para su provecho y nunca me paga; así es que, muriéndome de hambre, he renunciado á trabajar para él, y he huído de las ciudades que habita!»
»Al oir estas palabras, el león sintió un furor enorme; rugió, brincó, resolló, echó espuma y sus ojo lanzaron chispas; y exclamó: «Pero ¿dónde está ese Ibn-Adán? Quiero triturarlo con mis dientes, y vengar á todas sus víctimas.» El hombre respondió: «No tardará en presentarse, pues me viene persiguiendo, enfurecido por no tener quien le haga la casa.» El león dijo: «Pero tú, ¡oh animal carpintero! que andas á pasos tan cortos y que vas tan inseguro sobre dos patas, ¿hacia dónde te diriges?» Y contestó el carpintero: «Voy á buscar al visir de tu padre, al señor leopardo, que me ha llamado por medio de un emisario suyo para que le construya una cabaña sólida en que pueda albergarse y defenderse contra los ataques de Ibn-Adán, pues quiere prevenirse desde que se ha esparcido el rumor de la próxima llegada de Ibn-Adán á estos parajes. ¡Y por eso me ves cargado con estas tablas y estas herramientas!»
»Cuando el joven león oyó estas palabras, tuvo envidia al leopardo, y dijo al carpintero: «¡Por vida mía! ¡Extremada audacia sería por parte del visir de mi padre pretender que se ejecuten sus encargos antes que los nuestros! ¡Vas á detenerte aquí, levantando para mi defensa esa cabaña! ¡En cuanto al señor visir, que se aguarde!» Pero el carpintero, haciendo como que se marchaba, contestó: «¡Oh hijo del sultán! Te prometo volver en cuanto acabe la cabaña del leopardo, porque temo mucho sus iras. ¡Y entonces te construiré, no una cabaña, sino un palacio!» Pero el león no quiso hacerle caso, y hasta se enfureció, y se arrojó sobre el carpintero para asustarle, y á manera de chanza le apoyó una pata en el pecho. Y sólo con aquella caricia, el hombrecillo perdió el equilibrio, y fué al suelo con sus tablas y herramientas. Y el león se echó á reir al ver el terror y la facha aturdida de aquel pobre hombre. Y éste, aunque muy mortificado por dentro, no lo dió á entender y hasta comenzó á sonreir, y humilde y cobardemente empezó su trabajo.
»Tomó, pues, las medidas del león en todas direcciones, y en pocos instantes construyó un cajón sólidamente armado, al cual sólo dejó una abertura angosta; y clavó en el interior grandes clavos cuyas puntas estaban vueltas hacia dentro, de adelante hacia atrás; y dejó á trechos unos agujeros no muy grandes. Hecho esto, invitó respetuosamente al león á tomar posesión de su propiedad. Pero el león vaciló al principio, y dijo al hombre: «¡La verdad es que eso me parece muy estrecho, y no sé cómo podré penetrar ahí!» Y el vejete repuso: «¡Bájate y entra arrastrándote, pues una vez dentro te encontrarás muy á gusto!» Entonces el león se agachó, y su cuerpo flexible se deslizó en el interior, sin dejar fuera más que la cola. Pero el vejete se apresuró á enrollar aquella cola y meterla rápidamente con lo demás, y en un abrir y cerrar de ojos tapó la abertura y la clavó con solidez.
»Entonces el león intentó moverse y retroceder, pero las puntas aceradas de los clavos le penetraron en la carne y le pincharon por todos lados. Y se puso á rugir de dolor, y exclamó: «¡Oh carpintero! ¿Qué viene á ser esta casa tan angosta que has construído, y estas puntas que me hieren cruelmente?»
»Oídas estas palabras, el hombre lanzó un grito de triunfo, y empezó á saltar y á reir, y dijo al león: «¡Son las puntas de Ibn-Adán! ¡Oh perro del desierto! Así aprenderás á tu costa que yo, Ibn-Adán, á pesar de mi fealdad, de mi cobardía y mi debilidad, puedo triunfar de la fuerza y de la belleza.»
»Y dichas estas espantosas palabras, el miserable encendió una antorcha, hacinó leña en torno del cajón y le prendió fuego. Y yo, más paralizada que nunca de terror, vi á mi pobre amigo arder vivo, muriendo con la muerte más cruel. Y el maldito Ibn-Adán, sin haberme visto, porque estaba sentada en el suelo, se alejó triunfante.
»Entonces, pasado bastante tiempo, me pude levantar, y me alejé con el alma llena de espanto. Y así pude llegar hasta aquí, donde el Destino hizo que os encontrara, ¡oh señores míos de alma compasiva!»
Cuando el pavo real y la pava hubieron oído el relato de la oca...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 147.ª NOCHE
Ella dijo:
...Cuando el pavo real y la pava hubieron oído el relato de la oca, se conmovieron hasta el límite de la emoción, y la pava dijo á la oca: «¡Hermana, aquí estamos seguros; permanece con nosotros todo el tiempo que quieras, hasta que Alah te devuelva la paz del corazón, único bien estimable después de la salud! ¡Quédate, pues, y compartirás nuestra suerte, buena ó mala!» Pero la oca dijo: «¡Tengo mucho miedo, mucho miedo!» La pava repuso: «¡Pues no debes tenerlo! ¡Queriendo librarte de la suerte que está escrita, tientas al Destino! ¡Éste es el más fuerte! ¡Y lo que en nuestra frente está escrito tiene que suceder! ¡No hay deuda que no se pague! ¡De modo que si se nos ha fijado un fin, no hay fuerza que pueda anularlo! ¡Pero lo que más ha de consolarte es la convicción de que ninguna alma puede morir sin haber agotado los bienes que le debe el Justo Retribuidor!»
Y mientras departían de esta suerte, crujieron las ramas á su alrededor, y se oyó un ruido de pasos que turbó de tal modo á la pobre oca, que tendió frenéticamente las alas, y se tiró al mar, gritando: «¡Tened cuidado, tened cuidado! ¡Aunque todo destino haya de cumplirse!»
Pero aquello era una falsa alarma, pues entre las ramas apareció la cabeza de un lindo corzo de ojos húmedos. Y la pava real gritó á la oca: «¡Hermana mía, no te asustes así! ¡Vuelve en seguida! ¡Tenemos un nuevo huésped! ¡Es un lindo corzo, de la raza de los animales, así como tú eres de la de las aves! ¡Y no come carne sangrienta, sino hierba y plantas! ¡Ven y ahuyenta tu inquietud, pues nada extenúa el cuerpo y agota el alma como el temor y la zozobra!»
Entonces volvió la oca meneando las alas, y el corzo, después de las zalemas de costumbre, les dijo: «¡Esta es la primera vez que vengo por aquí, y nunca he visto tierra más fértil, ni plantas y hierbas más frescas y tentadoras! ¡Permitidme, pues, que os acompañe y que disfrute con vosotros de los beneficios del Creador!» Y los tres le contestaron: «¡Sobre nuestras cabezas y nuestros ojos, ¡oh corzo lleno de cortesía! ¡Aquí encontrarás bienestar, amor de familia y todo género de felicidades!» Y todos se pusieron á comer, á beber y á gozar de aquel clima tan suave durante largo espacio de tiempo. Pero nunca dejaron de rezar sus oraciones por la mañana y por la tarde, excepto la oca, que, segura ya de la paz, olvidaba sus deberes para con el Distribuidor de la tranquilidad constante.
¡No tardó en pagar con la vida aquella ingratitud hacia Alah!
Una mañana, un barco desarbolado fué arrojado á la costa; sus tripulantes abordaron á la isla, y al ver el grupo formado por el pavo real, su esposa, la oca y el corzo, se acercaron rápidamente. Entonces los dos pavos reales volaron á lo lejos, ocultándose en las copas de los árboles más frondosos, el corzo saltó, y en unos cuantos brincos se puso fuera de alcance. Sólo la oca se quedó allí, pues aunque intentó correr, la cercaron en seguida y la cogieron, comiéndosela en la primera comida que hicieron en la isla.
En cuanto al pavo y la pava real, antes de dejar la isla para regresar á su bosque, fueron ocultamente á enterarse de la suerte de la oca; y la vieron en el momento que la degollaban. Entonces buscaron por todas partes á su amigo el corzo, y después de mutuas zalemas y felicitaciones por haber escapado del peligro, enteraron al corzo del infortunio de la pobre oca. Y los tres lloraron mucho en recuerdo suyo, y la pava dijo: «¡Era muy dulce, y modesta, y gentil!» Y el corzo exclamó: «¡Verdad es! ¡Pero á última hora descuidaba sus deberes para con Alah, y olvidaba darle las gracias por sus beneficios!» Entonces dijo el pavo real: «¡Oh hija de mi tío, y tú, corzo piadoso, oremos!» Y los tres besaron la tierra entre las manos de Alah, y exclamaron:
¡Bendito sea el Justo, el Retribuidor, el Dueño Soberano del Poder, el Omnisciente, el Altísimo!
¡Gloria al Creador de todos los seres, al Vigilante de cada uno de los seres, al Retribuidor de cada cual según sus méritos y capacidades!
¡Alabado sea Aquel que ha desplegado los cielos, y los ha redondeado, y los ha iluminado; Aquel que ha tendido la tierra á cada lado de los mares, y la ha vestido y adornado con toda su belleza!
Entonces, después de haber contado esta historia, Schahrazada se calló un momento. Y el rey Schahriar exclamó: «¡Qué admirable es esa oración, y qué bien dotados están esos animales! Pero ¡oh Schahrazada! ¿no sabes algo más respecto á ellos?» Y Schahrazada dijo: «¡Oh rey lleno de generosidad! Eso no es nada comparado con lo que podría contarte.» Y el rey preguntó: «Pues ¿qué esperas para seguir?» Schahrazada dijo: «Antes de continuar la historia de los animales, quiero contarte ¡oh rey! otra historia que confirmará las conclusiones de ésta, es decir, lo agradable que es la oración para el Señor.» Y el rey Schahriar dijo: «¡Ciertamente, puedes contarla!»
Entonces Schahrazada dijo:
Cuentan que en una montaña de entre las montañas del país musulmán había un pastor dotado de una gran cordura y de una fe constante. Este pastor llevaba una vida pacífica y retirada, contentándose con su suerte, y viviendo con la leche y la lana, productos de su rebaño. Y este pastor tenía tanta dulzura y reunía tantas bendiciones, que las bestias feroces nunca atacaban á su rebaño, pues tanto le respetaban, que al verlo de lejos le saludaban con sus gritos y aullidos. Este pastor siguió viviendo así largo tiempo, sin interesarle, para su mayor dicha y tranquilidad, nada de lo que pasaba en las ciudades del universo.
Pero un día Alah el Altísimo quiso probar el grado de su cordura y el valor real de sus virtudes, y no encontró tentación más fuerte que enviarle la beldad de la mujer. Encargó, pues, á uno de sus ángeles que se disfrazase de mujer y no escatimara ninguno de los artificios femeniles para hacer pecar al santo pastor.
Y un día en que el pastor, hallándose enfermo, estaba tendido en su gruta y glorificaba en su alma al Creador, vió entrar de pronto en su albergue, risueña y gentil, á una joven de ojos negros, á quien se podía tomar también por un muchacho. Y al entrar se perfumó la gruta y el pastor sintió que se estremecía su carne de viejo. Pero frunció el ceño y se hizo un ovillo en su rincón, y dijo á la intrusa: «¿Qué vienes á hacer aquí, ¡oh mujer desconocida!? ¡Ni te he llamado, ni me haces ninguna falta!» La joven se acercó entonces, se sentó junto al viejo, y le dijo: «¡Mírame! ¡Todavía no soy mujer, sino virgen, y vengo á ofrecerme á ti, sencillamente por gusto y por lo que he sabido de tu virtud!» Pero el anciano exclamó: «¡Oh tentadora del infierno, aléjate! ¡Déjame entregarme á la adoración de Aquel que no muere!» Entonces la joven movió lentamente las flexibilidades de su cintura, miró al viejo, que trataba de retroceder, y suspiró: «¡Dime! ¿Por qué no me quieres? ¡Te traigo un alma sumisa y un cuerpo á punto de derretirse de deseo! ¡Mira si mi pecho no es más blanco que la leche de tus ovejas! ¡Y si mi desnudez no es más fresca que el agua de la sierra! Toca mi cabellera, ¡oh pastor! ¡Es más sedosa que el vello del cordero al salir del vientre de su madre! ¡Mis caderas son finas y resbaladizas, y apenas se dibujan en mi primera eflorescencia! ¡Y mis senos, que comienzan á hincharse, se estremecerían sólo con que los rozara ligeramente tu mano! ¡Ven! ¡Mis labios, que siento vibrar, se derretirán en tu boca! ¡Mis dientes tienen mordiscos que infunden vida á los viejos moribundos! ¡Ven, que mi miel está pronta á caer gota á gota de todos los poros de mi cuerpo! ¡Ven!»
Pero el viejo, aunque le temblaban todos los pelos de la barba, exclamó: «¡Huye, ¡oh demonio! ó te echaré de aquí con este garrote!»
Entonces la joven celestial le echó frenéticamente los brazos al cuello y le murmuró al oído: «¡Soy un fruto exquisito; cómelo y curarás! ¿Conoces el perfume del jazmín?... ¡Te parecería muy basto si olieras mi virginidad!»
Pero el anciano exclamó: «¡El perfume de la plegaria es el único que perdura! ¡Fuera de aquí, miserable seductora!» Y la rechazó con ambos brazos.
Entonces la joven se levantó, se quitó rápidamente la ropa y se quedó erguida, toda desnuda, blanca, sólo bañada en las oleadas de sus cabellos. Y su mudo llamamiento, en la soledad de aquella gruta, era más terrible que todos los gritos del delirio. Y el viejo no pudo dejar de gemir, y para no ver ya á aquella azucena viviente, se cubrió la cabeza con su manto, y exclamó: «¡Vete, vete, ¡oh mujer de ojos traicioneros! ¡Desde el principio del mundo eres la causa de nuestras calamidades! ¡Perdiste á los hombres de las edades primeras, y siembras la discordia entre los hijos del mundo! ¡El que te escucha renuncia para siempre á los goces infinitos, que sólo podrán disfrutar aquellos que te expulsan de su vida!» Y el viejo ocultó más la cabeza entre los pliegues del manto.
Pero la joven repuso: «¿Qué dices de los antiguos? ¡Los más sabios entre ellos me adoraron, y me cantaron los más severos! ¡Y mi belleza no les hizo desviarse del camino recto, sino que iluminó sus pasos y constituyó la delicia de su vida! ¡La verdadera cordura ¡oh pastor! es olvidarlo todo en mi seno! ¡Vuelve á la sabiduría! ¡Estoy dispuesta á abrirme á ti y á llenarte de la verdadera sabiduría!» Entonces el viejo se volvió del todo hacia la pared, y exclamó: «¡Atrás, engendro de malicia! ¡Te abomino y te rechazo! ¡A cuántos hombres buenos has hecho traición, y á cuántos malvados has protegido! ¡Tu hermosura es falsa! ¡En cambio, al que sabe orar se le aparece una belleza que nunca podrán ver los que te miran! ¡Atrás!»
Oídas estas palabras, la joven exclamó: «¡Oh pastor santo! ¡Bebe la leche de tus ovejas, y vístete con su lana, y reza al Señor en la soledad y en la paz de tu corazón!» Y la visión desapareció.
Entonces, desde todos los puntos de la montaña acudieron hacia el pastor las alimañas silvestres, que besaron la tierra entre sus manos para pedirle su bendición.
En este momento de su narración, Schahrazada se detuvo, y el rey Schahriar, entristecido, le dijo: «¡Oh Schahrazada! El ejemplo del pastor me da verdaderamente en qué pensar. ¡Y no sé si lo mejor para mí sería retirarme á una gruta, y huir para siempre de las preocupaciones de mi reino, y no tener más ocupación que apacentar ovejas! ¡Pero antes quiero oir cómo continúa la Historia de los Animales y las Aves!»
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 148.ª NOCHE
Schahrazada dijo:
Se cuenta en uno de mis libros antiguos, ¡oh rey afortunado! que un martín pescador estaba un día á orillas de un río y observaba atentamente, alargando el pescuezo, la corriente del agua. Pues tal era el oficio que le permitía ganarse la vida y alimentar á sus hijos, y lo ejercía sin pereza, desempeñando honradamente su profesión.
Y mientras vigilaba de tal modo el menor remolino y la ondulación más leve, vió deslizarse por delante de él, y detenerse contra la peña en que estaba observando, un cuerpo muerto de la raza humana. Entonces lo examinó, y viendo que tenía heridas de importancia en todos sus miembros y rastros de lanzazos y sablazos, pensó para sí: «¡Debe ser algún bandido al cual han hecho expiar sus fechorías!» Después levantó las alas y saludó al Retribuidor, diciendo: «¡Bendito sea Aquel que hace servir á los malos después de muertos para el bienestar de sus buenos servidores!» Y se dispuso á precipitarse sobre el cuerpo para arrancarle algunos pedazos y llevárselos á sus crías, y comérselos con ellas. Pero en seguida vió que el cielo se oscurecía por encima de él con una nube de grandes aves de rapiña, como buitres y gavilanes, que empezaron á dar vueltas en grandes círculos, acercándose cada vez más.
Al ver aquello, el martín pescador se sintió sobrecogido del temor de que lo devorasen aquellos lobos del aire, y se apresuró á largarse á todo vuelo lejos de allí. Y pasadas muchas horas se detuvo en la copa de un árbol que se hallaba en medio del río, hacia su desembocadura, y aguardó allí á que la corriente arrastrara hasta aquel sitio el cuerpo flotante. Y muy entristecido, se puso á pensar en las vicisitudes y en la inconstancia de la suerte. Y se decía: «He aquí que me veo obligado á alejarme de mi país y de la orilla que me vió nacer, y en la cual están mis hijos y mi esposa. ¡Ah, cuán vano es el mundo! ¡Y cuánto más vano todavía el que se deja engañar por sus exterioridades, y confiando en la buena suerte vive al día, sin ocuparse del mañana! ¡Si yo hubiese sido más prudente habría hacinado provisiones para los días de necesidad como el de hoy, y los lobos del aire no me habrían asustado al haber venido á disputarme mis ganancias! ¡Pero el sabio nos aconseja la paciencia en tales trances! ¡Tengámosla, pues!»
Y mientras recapacitaba de esta manera, vió á una tortuga que, saliendo del agua y nadando lentamente, avanzaba hacia el árbol en que él se encontraba. Y la tortuga levantó la cabeza, le vió en el árbol, y en seguida le deseó la paz, y le dijo: «¿Cómo es ¡oh pescador! que has desertado del ribazo en que generalmente te hallabas?» El pájaro respondió:
«¡Si bajo la misma tienda que te alberga y en tu mismo país llega á habitar un rostro desagradable,
»Sólo una determinación has de tomar: déjale tu tienda y tu país y apresúrate á marcharte!
«Y yo ¡oh buena tortuga! he visto mi ribazo dispuesto á ser invadido por los lobos del aire, y para que no me impresionaran de mala manera sus caras desagradables, he preferido dejarlo todo y marcharme, hasta que Alah quiera compadecerse de mi suerte.»
Cuando la tortuga oyó estas palabras, dijo al martín pescador: «Desde el momento en que es así, aquí me tienes entre tus manos, dispuesta á servirte con toda mi abnegación y á hacerte compañía en tu abandono é indigencia, pues ya sé lo desdichado que es el extranjero lejos de su país y de los suyos, y cuán dulce es para él hallar afecto y solicitud entre los desconocidos. Y yo, aunque sólo te conozco de vista, seré para ti una compañera atenta y cordial.»
Entonces el martín pescador dijo: «¡Oh tortuga de buen corazón, que eres dura por fuera y dulce por dentro! ¡Comprendo que voy á llorar de emoción ante la sinceridad de tu oferta! ¡Cuántas gracias te doy! ¡Y cuán razonables son tus palabras acerca de la hospitalidad que se ha de conceder á los extranjeros y la amistad que se ha de otorgar á las personas en el infortunio! Porque, verdaderamente, ¿qué sería la vida sin amigos, y sin las conversaciones con los amigos, y sin las risas y canciones con los amigos? ¡El sabio es el que sabe encontrar amigos conforme á su temperamento, pues no se puede considerar amigos á los seres con quienes hay que tratar por razón del oficio, como yo trataba con los martín pescadores de mi especie, que me envidiaban por mis pescas y mis hallazgos! Así es que ahora deben estar muy contentos con mi ausencia esos tristes compañeros, que sólo saben hablar de su pesca y de sus mezquinos intereses, pero nunca piensan en elevar sus almas hacia el Dador. Siempre están con el pico vuelto hacia la tierra. ¡Y tienen alas, pero no las utilizan! Por eso la mayoría de ellos no podrían volar aunque quisieran. No pueden hacer más que sumergirse, y á veces se quedan en el fondo del agua.»
Al oir estas palabras, la tortuga, que escuchaba silenciosa, exclamó: «¡Oh martín pescador, baja para que te abrace!» Y el martín pescador bajó del árbol, y la tortuga le besó entre los ojos, y le dijo: «Verdaderamente, ¡oh hermano mío! no has nacido para vivir en comunidad con las aves de tu raza, que están completamente desprovistas de sutileza y no poseen modales exquisitos. Quédate conmigo, y nuestra vida será agradable en este rincón de la tierra perdido en medio del agua, á la sombra de este árbol y entre el rumor de las olas.» Pero el martín pescador dijo: «¡Oh hermana tortuga! Te doy las gracias. Pero ¿y los niños? ¿y mi esposa?» La tortuga respondió: «¡Alah es grande y misericordioso! Nos ayudará á transportarlos hasta aquí, y pasaremos días tranquilos y libres de toda zozobra.» Al oirla, el martín pescador dijo: «¡Oh tortuga! Demos juntos gracias al Óptimo, que ha permitido que nos reuniéramos.» Y exclamaron:
¡Loor á Nuestro Señor! ¡Da riquezas á unos y pobreza á otros! ¡Sus designios son sabios y bien calculados!
¡Loor á Nuestro Señor! ¡Cuántos pobres son ricos en sonrisas! ¡Cuántos ricos son pobres de alegría!
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. Entonces el rey Schahriar dijo: «¡Oh Schahrazada! Tus palabras alejan de mí los feroces pensamientos. ¡Quisiera saber si conoces historias de lobos, por ejemplo, ó de animales montaraces!» Y contestó Schahrazada: «¡Precisamente son las historias que mejor conozco!» Entonces el rey Schahriar dijo: «¡Apresúrate, pues, á contarlas!» Y Schahrazada prometió contarlas en la noche venidera.
[Illustration:
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 149.ª NOCHE
Schahrazada dijo:
Sabe ¡oh rey afortunado! que el zorro, cansado de las continuas iras de su señor el lobo, y de su constante ferocidad, y de sus intrusiones en los últimos derechos que al zorro le quedaban, se sentó un día en el tronco de un árbol y se puso á reflexionar. Después dió un brinco lleno de alegría, porque se le había ocurrido una idea que le parecía la solución. Y en seguida corrió en busca del lobo, hallándole al fin con el pelo todo erizado, el hocico contraído y de muy mal humor. Desde lo más lejos que pudo divisarle, besó la tierra, llegó humildemente ante él, y aguardó con los ojos bajos que le interrogase. El lobo gritó: «¿Qué te pasa, hijo de perro?» Y el zorro dijo: «Perdona ¡oh señor! mi osadía, pero tengo una idea que exponerte y un ruego que dirigirte, si tienes á bien otorgarme una audiencia.» El lobo gritó: «¡Ahorra palabras, y en cuanto acabes, márchate en seguida, ó te romperé los huesos!» Entonces el zorro dijo: «He notado ¡oh señor! que desde hace algún tiempo Ibn-Adán nos hace una guerra incesante. ¡Por todo el bosque no se ven más que trampas y lazos de todas clases! Como sigamos así, llegará á ser inhabitable el bosque. ¿Qué te parecería de una alianza entre todos los lobos y todos los zorros para oponerse en masa á los ataques de Ibn-Adán y prohibirle que se acercase á nuestro territorio?»
Al oir estas palabras, el lobo exclamó: «¡Digo que eres muy osado pretendiendo mi alianza y mi amistad, falso, enclenque y miserable zorro! ¡Ahí tienes, por tu insolencia!» Y le sacudió una patada que le tumbó en el suelo, medio muerto.
El zorro se levantó renqueando, pero se guardó muy bien de mostrar ningún resentimiento; al contrario, revistió el aspecto más sonriente y contrito, y dijo al lobo: «¡Señor, perdona á tu esclavo su falta de tacto y su escaso trato social! ¡Reconozco mis faltas, que son muy grandes! ¡Si no las hubiese advertido, ese golpe tan terrible como merecido que me acabas de dirigir, y que bastaría por sí solo para matar á un elefante, me las habría mostrado sobradamente!» El lobo, algo calmado por la actitud del zorro, le dijo: «¡Así aprenderás para otra vez á no meterte en lo que no te importa!» El zorro contestó: «¡Cuánta razón tienes! Ya lo dijo el sabio: «No hables ni cuentes nada hasta que te lo pidan, y no contestes nunca antes que te pregunten. Y no te olvides de atender solamente lo que pueda interesarte. Pero sobre todo, guárdate bien de prodigar consejos á quienes no hayan de comprenderlos, y no los des tampoco á los malos, que te tomarían ojeriza por el bien que quisieras hacerles.»
Tales eran las palabras que el zorro decía al lobo, pero por dentro pensaba: «¡Ya me tocará la vez, y este lobo me pagará la deuda hasta lo último, porque la arrogancia, la provocación, la insolencia y el orgullo necio tienen al fin y al cabo su castigo! Humillémonos, pues, hasta que seamos poderosos.» Después el zorro dijo: «¡Oh mi señor lobo! Ya sabes que la equidad es la virtud de los poderosos, y la bondad y la dulzura de modales los dones y el ornamento de los fuertes. El mismo Alah perdona al culpable arrepentido. Ahora bien; mi crimen es enorme, ya lo sé, pero mi arrepentimiento no es menor, pues ese golpe doloroso que has tenido la bondad de darme me ha estropeado el cuerpo, pero me ha remediado el alma, y esto es para mí un gran motivo de júbilo. Ya lo dijo el sabio: «El castigo que te impone la mano de tu maestro tendrá al principio cierta amargura, pero después te sabrá más dulce que la miel clarificada.»
Entonces el lobo dijo al zorro: «Acepto tus disculpas y perdono tu mal paso y la molestia que me has ocasionado obligándome á asestarte ese golpe, pero tienes que ponerte de rodillas, con la cabeza en el polvo.» Y el zorro, sin vacilar, se arrodilló y adoró al lobo, diciéndole: «¡Alah te haga triunfar y consolide tu dominio!» Entonces el lobo dijo: «Bueno está. Ahora marcha delante de mí y sírveme de batidor. Y si ves algo de caza, ven á advertírmelo en seguida.» El zorro respondió oyendo y obedeciendo, y se apresuró á marchar delante.
Pero al llegar á un terreno plantado de viñas, no tardó en observar algo que le pareció sospechoso, pues tenía todo el aspecto de una trampa, y para evitarlo dió un gran rodeo, diciendo para sí: «¡El que anda sin mirar los agujeros que hay á su paso, está destinado á caer en ellos! Además, mi experiencia de las asechanzas de Ibn-Adán ha de ponerme siempre en guardia. Por ejemplo, si viera una figura de zorro en una viña, en vez de acercarme echaría á correr, ¡pues sería seguramente un cebo puesto allí por la perfidia de Ibn-Adán! ¡Y ahora me sorprende en este viñedo algo que no me parece de buena ley! Veamos lo que es, pero con prudencia, porque la prudencia es la mitad de la valentía.» Y después de razonar así, el zorro empezó á avanzar poco á poco, retrocediendo de cuando en cuando y olfateando á cada paso. Se arrastraba y aguzaba las orejas, avanzaba y retrocedía cautelosamente, y así acabó por llegar hasta el mismo límite de aquel lugar tan sospechoso. Y bien hizo, pues pudo ver que era un hoyo hondo, cubierto de débiles ramajes disimulados con tierra. Al verlo, exclamó: «¡Loor á Alah, que me ha dotado de la admirable virtud de la prudencia y de estos buenos ojos que me permiten ver tan claramente!» Después, pensando que el lobo caería allí de cabeza, se puso á bailar de alegría, como si se hubiera emborrachado con todas las uvas de la viña. Y entonó este canto:
¡Lobo! ¡Lobo feroz! ¡Tu fosa está abierta, y la tierra dispuesta á cegarla!
¡Lobo maldito! ¡Rondador de mozas, tragón de muchachos: en adelante te comerás los excrementos que mi culo hará llover dentro del hoyo, encima de tus hocicos!
Y en seguida desanduvo lo andado, y fué á buscar al lobo, al cual dijo: «¡Te anuncio una buena nueva! ¡Tu fortuna es grande, y las dichas llueven sobre ti, sin que se cansen! ¡Sea continua la alegría en tu casa, y también los goces!» El lobo exclamó: «¿Qué me anuncias? ¿Y á qué vienen esas exageraciones?» El zorro dijo: «La viña está hermosa hoy. ¡Todo es júbilo, pues el amo del viñedo ha fallecido, y está tendido en medio del campo, debajo de unas ramas que lo cubren!» El lobo gritó: «¿A qué aguardas entonces, alcahuete vil, para llevarme allí? ¡Anda!» Y el zorro se apresuró á guiarle hasta el centro del viñedo, y mostrándole el sitio consabido, le dijo: «¡Allí es!» Entonces el lobo lanzó un aullido, y de un brinco saltó hacia las ramas, que cedieron á su peso. Y el lobo rodó hasta el fondo del hoyo. Cuando el zorro vio caer á su enemigo, se sintió tan alegre, que antes de correr al hoyo para deleitarse con su triunfo, se puso á brincar, y en el límite de la alegría, recitó para sí estas estrofas:
¡Alégrate, alma mía! ¡Todos mis deseos se han cumplido; el Destino me sonríe!
¡La arrogancia, la supremacía y toda la gloria de la autoridad, serán mías en el bosque!
¡Mías las viñas hermosas y las cacerías espléndidas, la grasa de los gansos, los muslos de los patos, la pechuga de las gallinas y la cabeza roja de los gallos!
Y dando brincos llegó al borde del hoyo, palpitante el corazón. ¡Y cuál no sería su júbilo al ver al lobo llorando por su caída y lamentándose de su perdición irremediable! Entonces el zorro se puso también á llorar y gemir, y el lobo levantó la cabeza y le vió llorar, y le dijo: «¡Oh compañero zorro, qué bueno eres al llorar así conmigo! ¡Ya sé que algunas veces fuí injusto contigo! Pero por favor, déjate ahora de lágrimas y corre á avisar á mi esposa y á mis hijos, enterándoles del peligro en que estoy y de la muerte que me amenaza.» Entonces el zorro le dijo: «¡Ah, malvado! ¿Eres tan estúpido que supones que derramo estas lágrimas por ti? ¡Desengáñate, miserable! ¡Si lloro, es porque hasta ahora pudieras vivir sin contratiempo, y si me lamento tan amargamente, es porque esta calamidad no te haya ocurrido antes! ¡Muere, pues, maldito! ¡Te prometo mearme en tu tumba, y bailar con todos los zorros sobre la tierra que te cubra!»
Oídas estas palabras, el lobo pensó: «¡No es ésta ocasión de amenazas, pues es el único que me puede sacar de aquí!» Y le dijo: «¡Oh compañero! Hace un instante me jurabas fidelidad y me dabas pruebas de la mayor sumisión. ¿A qué viene este cambio? Reconozco que te he tratado algo bruscamente; pero no me guardes rencor, y recuerda lo que dijo el poeta:
¡Siembra generosamente los granos de tu bondad, hasta en los terrenos que te parezcan estériles! ¡Tarde ó temprano, el sembrador recogerá los frutos de su grano, superando á sus esperanzas!»
Pero el zorro le dijo burlonamente: «¡Oh el más insensato de todos los lobos y de todas las alimañas! ¿Has olvidado lo odioso de tu conducta? ¿Por qué no practicaste este consejo tan sabio del poeta:
¡No oprimas, porque toda opresión produce la venganza, y toda injusticia la represalia!
¡Porque si duermes después de la injusticia, el oprimido no duerme más que con un ojo, y con el otro te acecha sin cesar! ¡Y el ojo de Alah no se cierra nunca!?
»¡Y tú me has oprimido bastante tiempo para que ahora tenga derecho á regocijarme con tus desgracias y me deleite con tu humillación!» Entonces el lobo dijo: «¡Oh zorro prudente de ideas fértiles y de ingenio inventivo! Eres superior á tus palabras, y seguramente no las piensas, pues las dices en broma. ¡Y en verdad, el caso no es para ello! Te ruego que cojas una soga cualquiera y trates de atar una punta á un árbol para alargarme la otra punta, y yo treparé por ese medio, y saldré de este hoyo.» Pero el zorro se echó á reir, y le dijo: «¡Poco á poco, ¡oh lobo! poco á poco! ¡Primero saldrá tu alma y después tu cuerpo! ¡Y las piedras y guijarros con que van á apedrearte realizarán perfectamente esa separación! ¡Oh animal grosero, de ideas premiosas y de escaso ingenio! Comparo tu suerte con la del HALCÓN Y LA PERDIZ.»
Al oir estas palabras, el lobo exclamó: «¡No entiendo muy bien lo que quieres decirme con eso!»
Entonces el zorro dijo al lobo:
«Sabe ¡oh lobo! que un día fuí á comer algunos granos de uva á una viña. Mientras estaba allí, á la sombra del follaje, vi precipitarse desde lo alto de los aires un gran halcón sobre una perdiz. Pero la perdiz logró librarse de las garras del halcón, y corrió rápidamente á meterse en su escondrijo. Entonces el halcón, que la había perseguido sin poder alcanzarla, se detuvo delante del agujero que servía de entrada al albergue y gritó á la perdiz: «¡Loquita que huyes de mí! ¿Ignoras lo mucho que te quiero? El único motivo que me impulsó á cogerte fué el saber que estás hambrienta, y quería darte el grano que he juntado para ti. ¡Ven, pues, perdicita gentil, sal de tu albergue sin temor y ven á comer el grano! ¡Y ojalá te sea muy gustoso, y se alivie tu corazón, perdiz de mis ojos y de mi alma!» Cuando la perdiz oyó este lenguaje, salió confiada de su escondite; pero en seguida el halcón se lanzó sobre ella, le clavó las terribles garras en las carnes, y de un picotazo la despanzurró. Y la perdiz, antes de morir, dijo: «¡Oh maldito traidor! ¡Permita Alah que mi carne se convierta en veneno dentro de tu vientre!» Y murió. En cuanto al halcón, la devoró en un abrir y cerrar de ojos, pero en seguida le vino el castigo por la voluntad de Alah; pues apenas llegó la perdiz al vientre del traidor, cuando éste vió que se le caían todas las plumas, como por efecto de una llama interior, y cayó inanimado al suelo.»
«Y tú ¡oh lobo!—prosiguió el zorro—has caído en ese hoyo por haberme dado muy mala vida y haber humillado mi alma hasta el límite de la humillación.»
Entonces el lobo dijo al zorro: «¡Oh compañero, ayúdame! Da de lado todos esos ejemplos que me citas, y olvidemos lo pasado. ¡Bien castigado estoy, pues heme aquí en un hoyo, en el cual he caído á riesgo de romperme una pata ó estropearme los ojos! ¡Trataremos de salir de este mal paso, pues no ignoras que la amistad más firme es la que nace después de una desgracia, y que el amigo verdadero está más cerca del corazón que un hermano! ¡Ayúdame á salir de aquí, y seré para ti el mejor de los amigos y el más cuerdo de los consejeros!»
Pero el zorro se echó á reir con más ganas, y dijo al lobo: «¡Veo que ignoras las PALABRAS DE LOS SABIOS!» Y el lobo, pasmado, le preguntó: «¿Qué palabras y á qué sabios te refieres?» Y el zorro dijo:
«Los sabios ¡oh lobo maldito! nos enseñan que la gente como tú, la gente que tiene la máscara de la fealdad, el aspecto grosero y el cuerpo mal formado, tiene también el alma tosca y desprovista de sutileza. ¡Y cuán verdadero es esto en lo que te concierne! Lo que me has dicho acerca de la amistad es muy exacto; pero ¡cómo te equivocas al quererlo aplicar á tu alma de traidor! Porque ¡oh estúpido lobo! si realmente fueses tan fértil en juiciosos consejos, ¿cómo no darías con el medio de salir de ahí? Y si eres de veras tan poderoso como dices, ¡trata de salvar tu alma de una muerte segura! ¿No recuerdas la HISTORIA DEL MÉDICO?» «Pero ¿qué médico es ése?», gritó el lobo. Y el zorro dijo:
«Había un aldeano que padecía un gran tumor en la mano derecha. Y aquello le impedía trabajar. Y cansado ya de intentar varias curaciones, mandó llamar á un hombre al cual se creía versado en las ciencias médicas. El sabio fué á casa del enfermo, con una venda en un ojo. Y el enfermo le preguntó: «¿Qué tienes en ese ojo, ¡oh médico!?» Éste contestó: «Un tumor que no me deja ver.» Entonces el enfermo exclamó: «¿Tienes ese tumor y no lo curas? ¿Y ahora vienes para curar el mío? ¡Vuelve la espalda, y enséñame la anchura de tus hombros!»
«Y tú, ¡oh lobo de maldición! antes de pensar en darme consejos y enseñarme ardides, sé lo bastante listo para librarte de ese hoyo y guardarte de lo que te va á llover encima. Y si no, quédate para siempre en donde estás.»
Entonces el lobo se echó á llorar, y antes de desesperarse por completo, dijo al zorro: «¡Oh compañero! Te ruego que me saques de aquí, acercándote por ejemplo al borde del hoyo y alargándome la punta del rabo. Y me agarraré á ella y saldré del agujero. Y entonces, prometo ante Alah arrepentirme de todas mis ferocidades pasadas, y me limaré las garras, y me romperé los dientes, para no sentir la tentación de atacar á mis vecinos. Después me pondré la ropa tosca de los ascetas y me retiraré á la soledad para hacer penitencia, sin comer más que hierba ni beber más que agua.» Pero el zorro, lejos de enternecerse, dijo al lobo: «¿Y desde cuándo se puede cambiar tan fácilmente de naturaleza? Lobo eres, y lobo seguirás siendo, y no he de ser yo quien crea en tu arrepentimiento. ¡Y además, muy candoroso tendría yo que ser para confiarte mi cola! Quiero verte morir, porque los sabios han dicho: «¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la tierra!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 150.ª NOCHE
Ella dijo:
«...¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la tierra!»
Al oir estas palabras, el lobo, lleno de rabia y desesperación, se mordió una pata; pero dulcificando más la voz, dijo: «¡Oh zorro! La raza á que perteneces es famosa entre todos los animales de la tierra, por sus exquisitos modales, su elocuencia, su sutileza y la dulzura de su temperamento. ¡Termina, pues, este juego, y recuerda las tradiciones de tu familia!» Pero el zorro, al oir estas palabras, se echó á reir con tanta gana, que se desmayó. No tardó en volver en sí, y dijo al lobo: «Ya veo, ¡oh maravilloso bruto! que tu educación está completamente por hacer. Pero no tengo tiempo para dedicarme á semejante tarea, y me contentaré, antes de que revientes, con hacer penetrar en tus oídos algunas de las palabras de los sabios. ¡Sabe, pues, que todo tiene remedio, menos la muerte; que todo puede corromperse, menos el diamante; y por último, que se puede uno librar de todo, menos del Destino!
»En cuanto á ti, me has hablado hace un momento, según creo, de recompensarme al salir del hoyo y de otorgarme tu amistad. Sospecho que te pareces á aquella SERPIENTE cuya historia no debes conocer, dada tu ignorancia.» Y como el lobo confesase que la desconocía, el zorro dijo:
«Sabe ¡oh lobo! que hubo una vez una serpiente que había logrado escaparse de manos de un titiritero. Y esta serpiente, no acostumbrada á caminar por haber estado tanto tiempo enrollada en un saco, se arrastraba penosamente por el suelo, y seguramente habría sido aplastada, si un transeunte caritativo no la hubiera visto, y creyéndola enferma, movido de piedad, la cogió y le dio calor. Y lo primero que hizo la serpiente al recobrar la vida fué buscar el sitio más delicado del cuerpo de su salvador y clavar en él su diente cargado de veneno. Y el hombre cayó muerto inmediatamente. Ya lo dijo el poeta:
¡Desconfía y procura huir cuando la víbora se enrosque mimosamente! ¡Va á estirarse, y su veneno entrará en tu carne con la muerte!
»Y también ¡oh lobo! hay estos versos admirables, que vienen muy bien al caso:
¡Cuando un niño haya sido cariñoso contigo y tú le trates mal, no te asombre que te guarde rencor en el fondo del hígado, ni de que se vengue algún día cuando tenga pelos en el brazo!
»Y yo, maldito lobo, para dar comienzo á tu castigo y hacerte probar anticipadamente las delicias que te aguardan en el fondo de ese hoyo, mientras llega la ocasión de regar tu tumba como he dicho, he aquí lo que te ofrezco: ¡levanta la cabeza, amigo!»
Y el zorro, volviéndose de espaldas, se apoyó con las patas de atrás en el borde del hoyo, é hizo llover sobre el hocico del lobo lo suficiente para ungirle y perfumarle hasta sus últimos momentos.
Y hecho esto, se subió á lo más alto de la escarpa, y empezó á chillar llamando á los amos y á los guardas, que no tardaron en acudir. Y cuando se acercaron, se ocultó el zorro, pero lo bastante cerca para ver las piedras enormes que aquéllos tiraban al hoyo y oir los aullidos de agonía de su enemigo el lobo.
Al llegar á este punto, Schahrazada se detuvo un momento para beber un vaso de sorbete que le alargaba la pequeña Doniazada. El rey Schahriar exclamó: «¡Ardía en impaciencia por saber la muerte del lobo! ¡Ahora que ya ocurrió, quisiera oirte contar algo sobre la ingenua é irreflexiva confianza y sus consecuencias!» Y Schahrazada dijo: «¡Escucho y obedezco!»
Había una mujer cuyo oficio no era otro que descortezar sésamo. Y un día le llevaron una medida de sésamo de primera calidad, diciéndole: «El médico ha mandado á un enfermo que se alimente exclusivamente con sésamo. Y te lo traemos para que lo limpies y lo mondes con cuidado.» La mujer lo cogió, puso en seguida manos á la obra, y al acabar el día lo había limpiado y mondado completamente. ¡Y daba gusto ver aquel sésamo tan blanco! Así es que una comadreja que andaba por allí se vió tentadísima, y llegada la noche, se dedicó á transportarlo desde la bandeja en que estaba á su madriguera. Y tan bien lo hizo, que por la mañana no quedaba en la bandeja más que una cantidad muy pequeña de sésamo.
Y oculta la comadreja, pudo juzgar el asombro y la ira de la mondadora al ver aquella bandeja casi limpia del contenido. Y la oyó exclamar: «¡Ah, si pudiera dar con el ladrón! ¡No pueden ser más que esos malditos ratones que infestan la casa desde que se murió el gato! ¡Como pillase á uno, le haría pagar las culpas de todos los otros!»
Cuando la comadreja oyó estas palabras, se dijo: «Es necesario, para resguardarme de la venganza de esta mujer, tener que confirmar sus sospechas, en cuanto atañe á los ratones. ¡Si no, puede que la tomara conmigo y me rompiera los huesos!» Y en seguida fué á buscar al ratón, y le dijo: «¡Oh hermano! ¡Todo vecino se debe á su vecino! ¡No hay nada tan antipático como un vecino egoísta que no guarda atención alguna á los que viven á su lado y no les envía nada de los platos exquisitos que las hembras de la casa han guisado, ni de los dulces y pasteles preparados en las grandes festividades!» Y el ratón contestó: «¡Cuán verdad es todo eso, buena amiga! ¡Por eso, aunque haga pocos días que estés aquí, me congratulo tanto de las buenas intenciones que manifiestas! ¡Plegué á Alah que todos los vecinos sean tan buenos y tan simpáticos como tú! Pero ¿qué tienes que anunciarme?» La comadreja dijo: «La buena mujer que vive en esta casa ha recibido una medida de sésamo fresco muy apetitoso. Se lo han comido hasta hartarse entre ella y sus hijos, y sólo han dejado un puñado. Por eso vengo á avisártelo; prefiero mil veces que lo aproveches tú, á que se lo coman los glotones de sus parientes.»
Oídas estas palabras, el ratón se alegró tanto, que empezó á dar brincos y á mover la cola. Y sin tomarse tiempo para reflexionar, ni advertir el aspecto hipócrita de la comadreja, ni fijarse en la mujer que acechaba, ni preguntarse siquiera qué móvil podía impulsar á la comadreja á semejante acto de generosidad, corrió locamente y se precipitó en medio de la bandeja, en donde brillaba el sésamo esplendente y mondado. Y se llenó glotonamente la boca. Pero en aquel instante salió la mujer de detrás de la puerta, y de un palo hendió la cabeza del ratón.
¡Y así el pobre ratón, por su imprudente confianza, pagó con la vida las culpas ajenas!
Al oir estas palabras, el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! ¡Qué lección de prudencia hay en ese cuento! ¡Si lo hubiera sabido antes, me habría guardado muy bien de poner una confianza sin límites en mi esposa, aquella libertina á quien maté con mis propias manos, y no hubiese creído en los miserables eunucos negros que ayudaron á la traidora! ¿Sabes por ventura alguna historia referente á la fiel amistad?»
Y Schahrazada dijo:
He llegado á saber que un cuervo y un gato de Algalia habían trabado una firme amistad y se pasaban las horas retozando y jugando á varios juegos. Y un día que hablaban de cosas realmente interesantes, pues no hacían caso de lo que pasaba á su alrededor, fueron devueltos á la realidad por el rugido espantoso de un tigre, que resonaba en el bosque.
Inmediatamente, el cuervo, que estaba en el tronco de un árbol al lado de su amigo, se apresuró á ganar las ramas altas. En cuanto al gato, de espantado no sabía dónde ocultarse, pues ignoraba el sitio de donde acababa de salir el rugido del tigre. En tal perplejidad, dijo al cuervo: «¿Qué haré, amigo mío? Dime si puedes indicarme algún medio, ó si puedes prestarme algún socorro eficaz.» El cuervo respondió: «¿Qué no haría yo por ti, buen amigo? Estoy dispuesto á afrontarlo todo para sacarte de apuros; pero antes de acudir en tu socorro, déjame recordarte lo que dijo el poeta:
¡La verdadera amistad es la que nos impulsa á arrojarnos al peligro para salvar al objeto amado, arriesgándonos á sucumbir!
¡Es la que nos hace abandonar bienes, padres y familia para ayudar al hermano de nuestra amistad!»
En seguida el cuervo se apresuró á volar hacia un rebaño que pasaba por allí, guardado por enormes perros, más imponentes que leones. Y se fué derecho á uno de los perros, se precipitó sobre su cabeza y le dió un fuerte picotazo. Después se lanzó sobre otro perro é hizo lo mismo; y habiendo excitado así á todos los perros, echó á volar á una altura suficiente para que le fueran persiguiendo, pero sin que le alcanzaran sus dientes. Y graznaba á toda voz, como para mofarse de ellos. De modo que los perros le fueron siguiendo cada vez más furiosos, hasta que los atrajo hacia el centro del bosque. Y cuando los ladridos hubieron resonado en todo el bosque, el cuervo supuso que el tigre, espantado, había debido huir; entonces el cuervo se remontó cuanto pudo, y habiéndolo perdido de vista los perros, regresaron al rebaño. El cuervo fué á buscar á su amigo el gato, al cual había salvado de aquel peligro, y vivió con él en paz y felicidad.
Y ahora deseo contarte, ¡oh rey afortunado!—prosiguió Schahrazada—la Historia del cuervo y el zorro.
Se cuenta que un zorro viejo, cuya conciencia estaba cargada de no pocas fechorías, se había retirado al fondo de un monte abundante en caza, llevándose consigo á su esposa. Y siguió haciendo tanto destrozo, que acabó por despoblar completamente la montaña, y para no morirse de hambre, empezó por comerse á sus propios hijos y estrangular una noche traidoramente á su esposa, á la cual devoró en un momento. Y hecho ésto, no le quedó nada á que hincar el cliente.
Era demasiado viejo para cambiar de residencia, y no era bastante ágil para cazar liebres y coger al vuelo las perdices. Mientras estaba absorto en estas ideas, que le ennegrecían el mundo delante del hocico, vió posarse en la copa de un árbol á un cuervo que parecía muy cansado. Y en seguida pensó: «¡Si pudiera hacerme amigo de ese cuervo, sería mi felicidad! ¡Tiene buenas alas que le permiten hacer lo que no pueden mis patas baldadas! ¡Así, me traería el alimento, y además me haría compañía en esta soledad que empieza á serme tan pesada!» Y pensado y hecho: avanzó hasta el pie del árbol en que estaba posado el cuervo, y después de las zalemas acostumbradas, le dijo: «¡Oh mi vecino! No ignoras que todo buen musulmán tiene dos méritos para su vecino. El de ser musulmán y el de ser su vecino. Reconozco en ti esos dos méritos, y me siento conmovido por la atracción invencible de tu gentileza y por las buenas disposiciones de amistad fraternal que te supongo. Y tú, ¡oh buen cuervo! ¿qué sientes hacia mí?»
Al oir estas palabras el cuervo se echó á reir de tan buena gana, que le faltó poco para caerse del árbol. Después dijo: «¡No puedo ocultarte que es muy grande mi sorpresa! ¿De cuándo acá, ¡oh zorro! esa amistad insólita? ¿Y cómo ha entrado la sinceridad en tu corazón, cuando sólo estuvo en la punta de tu lengua? ¿Desde cuándo dos razas tan distintas pueden fundirse tan perfectamente, siendo tú de la raza de los animales y yo de la raza de las aves? Y sobre todo, ¡oh zorro! ya que eres tan elocuente, ¿sabrías decirme desde cuándo los de tu raza han dejado de ser de los que comen y los de mi raza los comidos? ¿Te asombras? ¡Pues ciertamente no hay por qué! ¡Vamos, zorro, viejo malicioso, vuelve á guardar todas esas hermosas palabras en tu alforja, y dispénsame de una amistad respecto á la cual no me has dado pruebas!»
Entonces el zorro exclamó: «¡Oh cuervo juicioso, cuán perfectamente razonas! Pero sabe que nada es imposible para Aquel que formó los corazones de sus criaturas, y ha engendrado en el mío ese generoso sentimiento hacia ti. Y para demostrarte que individuos de distinta raza pueden estar de acuerdo, y para darte las pruebas que con tanta razón me reclamas, no encuentro nada mejor que contarte la historia que he llegado á saber, la historia de la pulga y el ratón, si es que quieres escucharla.»
El cuervo repuso: «Puesto que hablas de pruebas, dispuesto estoy á oir esa Historia de la pulga y el ratón, que desconozco.» Y el zorro la narró de este modo:
«¡Oh amigo, lleno de gentileza! Los sabios versados en los libros antiguos y modernos nos cuentan que una pulga y un ratón fueron á vivir en la casa de un rico mercader, cada cual en el lugar que fué más de su agrado.
»Ahora bien; cierta noche, la pulga, harta de chupar la sangre agria del gato de la casa, saltó á la cama donde estaba tendida la esposa del mercader, se deslizó entre la ropa, se escurrió por debajo de la camisa para llegar á los muslos, y desde allí brincó hasta el pliegue de la ingle, precisamente en el sitio más delicado. Y notó realmente que aquel sitio era muy delicado, muy suave, muy blanco y liso á pedir de boca. No tenía ni arrugas ni pelos indiscretos. Al contrario, ¡oh cuervo amigo! al contrario. Y fué el caso que la pulga se encasilló en aquel paraje y se puso á chupar la deliciosa sangre de la mujer hasta llegar á la hartura. Sin embargo, puso tan poca discreción en su trabajo, que la mujer se despertó al sentir la picadura, y llevó la mano velozmente al sitio picado, y habría aplastado á la pulga si ésta no se hubiese escurrido diestramente por el calzón, corriendo á través de los innumerables pliegues de esa prenda especial de la mujer, y saltando desde allí al suelo para refugiarse en el primer agujero que encontró. ¡Esto en cuanto á la pulga!
»En cuanto á la mujer, como lanzase un alarido de dolor que hizo acudir á todas las esclavas, advertidas éstas de la causa del sufrir de su señora, se apresuraron á remangarse los brazos y á buscar la pulga entre las ropas. Dos esclavas se encargaron de las faldas, otra de la camisa, y otras del amplio calzón, cuyos pliegues examinaron escrupulosamente uno tras otro. Entretanto, la mujer se hallaba completamente en cueros, y á la luz de los candelabros se registraba la parte delantera mientras que la esclava favorita le inspeccionaba minuciosamente la trasera. Pero ya te puedes figurar, ¡oh cuervo! que no encontraron nada. ¡Y esto es todo en cuanto á la mujer!»
El cuervo exclamó: «Pero á todo eso, ¿en dónde están las pruebas de que me hablabas?» El zorro repuso: «¡Precisamente vamos á ello!» Y prosiguió de esta manera:
«He aquí que el agujero en que se había refugiado la pulga era la madriguera del ratón...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 151.ª NOCHE
Ella dijo:
»...He aquí que el agujero en que se había refugiado la pulga era la madriguera del ratón; de modo que cuando el ratón vió entrar á la pulga en su casa se indignó extraordinariamente, y le dijo: «¿Qué vienes á hacer aquí, ¡oh pulga! ya que no eres de mi especie ni de mi esencia? ¿Qué buscas aquí, ¡oh parásito! del cual sólo se puede esperar algo desagradable?» Y la pulga contestó: «¡Oh ratón hospitalario entre los ratones! Sabe que si he invadido tan indiscretamente tu domicilio, ha sido contra mi voluntad, pues lo he hecho para librarme de la muerte con que me amenazaba la dueña de esta casa. ¡Y todo por un poco de sangre que le he chupado! ¡Verdad es que era de primera calidad, suave, tibia y de maravillosa digestión! Vengo, pues, á ti, confiada en tu bondad, para rogarte que me tengas en tu casa hasta que haya pasado el peligro. Lejos de atormentarte y obligarte á huir de tu domicilio, te demostraré una gratitud tan señalada, que darás las gracias á Alah por haberme admitido en tu compañía.» Entonces, convencido el ratón por el acento sincero de la pulga, dijo: «Si realmente es así, ¡oh pulga! puedes compartir mi albergue y vivir aquí tranquila. Serás mi compañera en la próspera y en la adversa fortuna. Y en cuanto á la sangre bebida en el muslo de la mujer, no te apures. Digiérela gozosamente en la paz de tu corazón y con delicia. Cada cual encuentra su alimento donde puede, y nada hay en ello de reprensible; y si Alah nos ha dado la vida, no ha sido para que nos dejemos morir de hambre ni de sed. Y á este propósito, he aquí los versos que oí recitar un día por las calles á un santón:
¡Nada tengo en la tierra que me sujete: ni muebles, ni esposa que me gruña, ni casa! ¡Oh corazón mío, cuán libre estás!
¡Un pedazo de pan, un sorbo de agua y un poco de sal bastan para mi alimento, pues estoy completamente solo! ¡Un raído ropón me sirve de traje, y aún me sobra!
¡Tomo el pan donde lo encuentro, y acato el Destino conforme viene! ¡Nada me pueden quitar! ¡Lo que cojo á los demás para vivir, es lo que les sobra! ¡Corazón mío, cuán libre estás!»
»Cuando la pulga oyó este discurso del ratón, se sintió muy conmovida, y lo dijo: «¡Oh ratón, hermano mío, qué vida tan deliciosa vamos á pasar juntos! ¡Alah apresure el momento en que pueda agradecer tus bondades!»
»Y el tal momento no tardó en llegar. Efectivamente, la misma noche, el ratón, que había ido á dar una vuelta por la casa del mercader, oyó un rumor metálico, y sorprendió al mercader que contaba uno por uno los numerosos dinares guardados en un saquito, y cuando hubo echado la cuenta, los escondió bajo la almohada, se tumbó en la cama, y se durmió.
»Entonces el ratón fué á buscar á la pulga, le contó lo que acababa de ver, y le dijo: «Ha llegado la ocasión de que me ayudes á transportar esos dinares de oro desde la cama del mercader hasta mi albergue.» Al oir estas palabras, la pulga estuvo á punto de desmayarse de emoción, por lo exorbitante que le pareció todo aquello, y exclamó con tristeza: «No debes pensar en eso, ¡oh ratón! ¿Cómo he de llevar yo á cuestas un dinar, cuando mil pulgas juntas no podrían ni siquiera moverlo? En cambio puedo ayudarte de otro modo, pues tan pulga como me ves, me encargo de sacar al mercader de su habitación ahuyentándole de la casa; y entonces serás el amo del terreno, y sin apresurarte y á tu gusto podrás transportar los dinares á tu madriguera.» El ratón exclamó: «¡Eres en verdad una pulga excelente, y no había caído en ello hasta ahora! Mi madriguera es lo suficientemente grande para encerrar todo el oro, y he abierto setenta puertas para poder salir en el caso de que quisieran emparedarme en ella. ¡Date prisa á ejecutar lo que me has ofrecido!»
»Entonces la pulga, dando brincos, saltó á la cama en que dormía el mercader, fué rectamente hacia las posaderas, y en ellas le picó como nunca había picado pulga alguna en trasero humano. El mercader, al sentir la picadura y el agudísimo dolor que le produjo, se levantó rápidamente, llevándose la mano al honroso sitio, del cual ya se había apresurado á alejarse la pulga. Y el mercader empezó á lanzar mil maldiciones, que resonaban en el vacío de la casa silenciosa. Después de dar mil vueltas, trató de volverse á dormir. ¡Pero no contaba con su enemigo! En vista de que el mercader se empeñaba en seguir acostado, la pulga volvió á la carga más enfurecida que antes, y esta vez le picó con todas sus fuerzas en el sensible lugar que se llama el perineo.
«Entonces el mercader, sobresaltado y rugiendo, rechazó las mantas y las ropas, y bajó corriendo al lugar donde estaba el pozo, y allí se remojó insistentemente con agua fría, á fin de calmar el escozor. Y ya no quiso volver á su alcoba, sino que se echó en un banco del patio para pasar el resto de la noche.
»De esta suerte el ratón pudo transportar á su madriguera sin ninguna dificultad todo el oro del comerciante, y cuando amaneció ya no quedaba un dinar en el saco.
»Y de este modo supo agradecer la pulga la hospitalidad del ratón, recompensándole con creces.
»Y tú, amigo cuervo—prosiguió el zorro—, espero que pronto verás mi abnegación en cambio del pacto de amistad que sellemos.»
Pero el cuervo dijo: «Verdaderamente, ¡oh mi señor zorro! tu historia no me ha convencido ni mucho menos. Al cabo y al fin, cada cual puede libremente hacer ó dejar de hacer el bien, sobre todo cuando este bien amenaza convertirse en causa de varias calamidades. Y este es el caso presente. Hace mucho tiempo que eres famoso por tus perfidias y por el incumplimiento de la palabra empeñada. ¿Cómo ha de inspirarme ninguna confianza un ser como tú, de mala fe, y que ha sabido últimamente traicionar y hacer perecer á su primo el lobo? Porque ¡oh traidor entre los traidores! estoy bien enterado de esa fechoría tuya, cuyo relato es sabido de toda la gente animal. ¡De modo que si te prestaste á sacrificar á uno que si no era de tu especie era de tu raza, si lo has traicionado después de tratarle como amigo tanto tiempo y de adularle de mil maneras, es seguro que para ti será un juego la perdición de cualquier otro animal que sea de raza diferente de la tuya! Esto me recuerda una historia muy aplicable al caso.» El zorro preguntó: «¿Qué historia?» Y el cuervo dijo: «¡La del buitre!» Entonces exclamó el zorro: «No conozco nada de esa Historia del buitre. ¡Cuéntamela!» Y el cuervo habló de este modo:
«Había un buitre cuya tiranía sobrepasaba todos los límites conocidos. No se sabía de ave alguna, ni chica ni grande, que estuviese libre de sus vejaciones. Había sembrado el terror entre todos los lobos del aire y de la tierra, y de tal modo se le temía, que las alimañas más feroces, al verle llegar, soltaban lo que tuvieran y huían espantadas de su pico formidable y de sus plumas erizadas. Pero llegó un tiempo en que los años, acumulados sobre su cabeza, se la desplumaron del todo, le gastaron las garras y le hicieron caer á pedazos las quijadas amenazadoras. La intemperie ayudó también á dejarle el cuerpo baldado y las alas sin virtud. Entonces se convirtió en tal objeto de lástima, que sus antiguos enemigos no quisieron devolverle sus tiranías y sólo le trataron con desprecio. Y para comer tenía que contentarse con las sobras que dejaban las aves y los animales.
»Y he aquí ¡oh zorro! que tú has perdido ahora tus fuerzas, pero te queda aún la alevosía. Quieres, viejo é imposibilitado como estás, aliarte conmigo, que, gracias á la bondad del Hacedor, conservo intacto el empuje de mis alas, lo agudo de mi vista y lo acerado de mi pico. ¡No quieras hacer conmigo lo que hizo EL GORRIÓN!» Pero el zorro, lleno de asombro, preguntó: «¿De qué gorrión hablas?» Y el cuervo dijo:
«He llegado á saber que un gorrión habitaba un prado, en el cual pacía con un rebaño de corderos. Rayaba la tierra con el pico, siguiendo á los carneros, cuando de pronto vió que un águila enorme se precipitaba sobre un corderillo, se lo llevaba en las garras y desaparecía con él á lo lejos. El gorrión, sintiéndose acometido de una extrema arrogancia, extendió las alas poseído de vanidad, y dijo para sí: «También yo sé volar, y por tanto, podré arrebatar un carnero de los más grandes.» Inmediatamente eligió el carnero más gordo que pudo hallar entre todos: tenía una lana abundante y añeja, y por debajo del vientre, empapada con los orines de por la noche, no era más que una masa pegajosa y putrefacta. El gorrión se lanzó sobre el lomo del carnero, y quiso llevárselo. Pero al primer impulso, las patas se le quedaron enredadas en las vedijas de lana, y entonces él fué el que quedó prisionero. Acudió el pastor, se apoderó de él, le arrancó las plumas de las alas, y atándole una pata con un bramante, se lo dio á sus hijos para que jugasen con él, y les dijo: «¡Mirad bien este pájaro! Ha querido, por desgracia suya, habérselas con quien es más fuerte que él, y por eso ha sido castigado con la esclavitud.»
»Y tú ¡oh zorro inválido! quieres ahora compararte conmigo, pues tienes la audacia de proponerme tu alianza. ¡Vamos, viejo taimado, vuelve las espaldas en seguida!» Comprendió el zorro entonces que era inútil querer engañar á un individuo tan listo como el cuervo. Y dominado por la rabia, empezó á rechinar tan de recio las mandíbulas, que se rompió un diente. Y el cuervo, burlonamente, dijo: «¡Siento de veras que te hayas roto un diente por mi negativa!» Pero el zorro le miró con un respeto sin límites, y le dijo: «No es por tu negativa por lo que me he roto el diente, sino por la vergüenza de haber dado con uno más listo que yo.»
Y dichas estas palabras, el zorro se apresuró á largarse para ir á esconderse.
Y tal es ¡oh rey afortunado!—prosiguió Schahrazada—la historia del zorro y el cuervo. Acaso haya sido poco larga; pero ahora me propongo, si Alah me otorga vida hasta mañana, y tienes gusto en ello, contarte la Historia de la bella Schamsennahar con el príncipe Alí ben-Bekar.
Y el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! No creas que me hayan aburrido las historias de los animales y las aves, ni que me hayan parecido largas, pues me han encantado. ¡Y si supieras otras, me agradaría oirlas, aunque sólo fuese por lo que me podrían aprovechar! Y ya que me anuncias una historia que por el título me parece completamente admirable, estoy dispuesto á oirla.»
En aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y rogó al rey que aguardara hasta el día siguiente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 152.ª NOCHE
Ella dijo:
HISTORIA DE ALÍ BEN-BEKAR Y LA BELLA SCHAMSENNAHAR
He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que había en Bagdad, durante el reinado que transcurrió del califa Harún Al-Rachid, un joven mercader, muy bien formado y muy rico, que se llamaba Abalhassan ben-Taher. Era seguramente el más hermoso y afable y el más ricamente vestido de todos los mercaderes del Gran Zoco. Así es que había sido elegido por el jefe de los eunucos de palacio para proveer á las favoritas de todas las cosas, telas ó pedrería que pudieran necesitar. Y tales damas se atenían ciegamente á su buen gusto y sobre todo á su discreción, muchas veces puesta á prueba en los encargos que le hacían. Nunca dejaba de servir toda clase de refrescos á los eunucos que iban á hacerle los encargos, ni olvidaba obsequiarles con un regalo adecuado al puesto que ocupaban cerca de sus dueñas. Así es que el joven Abalhassan era adorado de todas las mujeres y de todos los esclavos de palacio, y de tal modo le apreciaban, que el mismo califa acabó por notarlo. Y apenas le vió, le apreció también por sus buenos modales y su hermosura agradable y sencilla. Le dió libre entrada en el palacio á todas horas del día ó de la noche; y como el joven Abalhassan unía á sus cualidades el don del canto y la poesía, el califa, que no encontraba quien superase la hermosa voz y bella dicción de este poeta, le mandaba con frecuencia acompañarle á comer, á fin de que improvisase versos de perfecto ritmo.
De suerte que la tienda de Abalhassan era la más conocida de cuantos jóvenes había en Bagdad, hijos de emires ó notables, y asimismo la conocían las mujeres de nobles dignatarios y chambelanes.
Uno de los más asiduos concurrentes á la tienda era un joven que se había hecho muy amigo de Abalhassan, por lo hermoso y atrayente que era. Se llamaba Alí ben-Bekar, y descendía de los antiguos reyes de Persia. Su apostura encantaba, sus mejillas estaban sonrosadas y frescas, las cejas perfectamente trazadas, la dentadura sonriente y el habla deliciosa.
Un día que el príncipe Alí ben-Bekar estaba sentado en la tienda al lado de su amigo Abalhassan ben-Taher y ambos conversaban y reían, vieron llegar á diez muchachas, hermosas como lunas, y escoltando á una joven montada en una mula que llevaba jaeces de brocado y estribos de oro. Esta joven iba tapada con un izar de seda de color de rosa, sujeto á la cintura con un cinturón bordado de oro de cinco dedos de ancho, incrustado de grandes perlas y pedrería. Su rostro lo cubría un velillo transparente, y sus ojos irradiaban espléndidos á través del velillo. La piel de sus manos era tan suave como la misma seda, y sus dedos, cargados de diamantes, parecían así más bien formados. Su talle y sus formas podían adivinarse como maravillosas, á pesar de lo poco que de ellas se podía ver.
Cuando la comitiva llegó á la puerta de la tienda descabalgó la joven apoyándose en los hombros de las esclavas. Entró en la tienda, deseó la paz á Abalhassan, que le devolvió el saludo con el más profundo respeto y se apresuró á arreglar los almohadones y el diván para invitarla á sentarse. Después se retiró unos pocos pasos para esperar sus órdenes. Y la joven se puso á elegir pausadamente unas telas de fondo de oro, algunos objetos de orfebrería y varios frascos de esencia de rosas. Y como no temía que la molestasen en casa de Abalhassan, se levantó un momento el velillo de la cara, y brilló sin ningún obstáculo toda su belleza.
Apenas el joven príncipe Alí ben-Bekar vió aquel semblante tan hermoso, quedó pasmado de admiración, y una pasión inmensa se encendió en el fondo de su hígado. Después, discretamente, hizo ademán de alejarse, y entonces la hermosa joven, que se había fijado en él y también se había sentido conmovida, dijo á Abalhassan con una voz admirable: «No quiero ser causante de que se vayan tus parroquianos. ¡Invita á ese joven á quedarse!» Y sonrió admirablemente.
Al oir estas palabras, el príncipe Alí ben-Bekar llegó al límite de la alegría, y no queriendo ser menos galante, dijo á la joven: «Por Alah, ¡oh señora mía! si me alejaba no era sólo por temor de ser importuno, sino porque al verte pensé en estos versos del poeta:
¡Oh tú que miras al sol! ¿No ves que habita en alturas que ninguna mirada humana podrá medir?
¿Piensas poder alcanzarlo sin alas, ó crees ¡oh candoroso! que va á bajar hasta ti?»
Cuando la joven oyó esta estrofa, recitada con amargo tono, quedó impresionada por el sentimiento que en ella había, y le sedujo el aspecto de su enamorado. Le dirigió sonriente una larga mirada, hizo una seña al mercader para que se acercase, y le preguntó á media voz: «Abalhassan, ¿quién es ese joven, y de dónde viene?» El otro contestó: «Es el príncipe Alí ben-Bekar, descendiente de los reyes de Persia. Es tan noble como hermoso. Y es mi mejor amigo.» La joven repuso: «Verdaderamente gentil. Y no te asombre ¡oh Abalhassan! que poco después de marcharme veas llegar á una de mis esclavas, para invitaros á los dos á venir á verme.
Porque quisiera demostrarle que hay en Bagdad palacios más hermosos, mujeres más bellas y almas más expertas que en la corte de los reyes de Persia.» Y Abalhassan, que necesitaba poco para entender las cosas, se inclinó y dijo: «¡Sobre mi cabeza y sobre mis ojos!»
Entonces la joven se echó de nuevo el velillo á la cara y salió, dejando en pos de sí el sutil perfume de la ropa guardada entre jazmín y sándalo.
Y Alí ben-Bekar, después de salir la joven, permaneció un buen rato sin saber lo que decía, hasta el punto de que Abalhassan tuvo que advertirle que los parroquianos notaban su agitación y empezaban á extrañarla. Y Alí ben-Bekar respondió: «¡Oh Ben-Taher! ¿Cómo no he de estar agitado, si el alma quiere escapárseme del cuerpo para unirse á esa luna que ha rendido mi corazón y lo ha hecho entregarse sin consultar á la razón?» Después añadió: «¡Oh Ben-Taher! ¡Por favor! ¿Quién es esa joven á la cual pareces conocer? ¡Apresúrate á decírmelo!» Y Abalhassan respondió: «¡Es la favorita predilecta del Emir de los Creyentes! ¡Se llama Schamsennahar![A]. El califa la trata con consideraciones que apenas se otorgan á la misma Sett Zobeida, su legítima esposa. Tiene un palacio propio, en el que manda como dueña absoluta, sin que la vigilen los eunucos, pues el califa tiene en ella una confianza ilimitada. Y lleva razón al obrar de este modo, pues siendo la más hermosa de todas las mujeres de palacio, es la que da menos que hablar con guiños de ojos á los esclavos y eunucos.»
Apenas acababa Abalhassan de dar estas explicaciones á su amigo Alí ben-Bekar, cuando entró una esclava jovencita, que, aproximándose á Abalhassan, le dijo al oído: «Mi señora Schamsennahar os llama á ti y á tu amigo.» Y en seguida Abalhassan se levantó, hizo seña á Alí ben-Bekar, y después de cerrar la puerta de la tienda siguieron á la esclava, que los guió al palacio de Harún Al-Rachid.
Y entonces el príncipe Alí se creyó transportado á la misma morada de los genios, donde todas las cosas son tan bellas que la lengua del hombre criaría pelos antes de poder describirlas. Pero la esclava, sin darles tiempo á expresar su encanto, dió unas palmadas, y en seguida apareció una negra cargada con una gran bandeja cubierta de manjares y frutas, y la colocó en un taburete. Sólo el perfume que exhalaban era ya un admirable bálsamo para la nariz y el corazón. La esclava se puso á servirlos con extremada consideración, y cuando estuvieron ahitos, les presentó una jofaina y una vasija de oro llena de agua perfumada para que se lavasen las manos; luego les presentó un jarro maravilloso incrustado de rubíes y diamantes y lleno de agua de rosas, les echó en una y en otra mano para la barba y el rostro, y después les llevó perfume de áloe en una cazoleta de oro, y les perfumó el traje, según costumbre. Y hecho esto, abrió una puerta y les rogó que la siguieran. Y los introdujo en un salón de una arquitectura deslumbrante.
Hallábase coronado por una cúpula sostenida por ochenta columnas del mármol más transparente y más puro; las bases y capiteles estaban esculpidos con arte exquisito y adornados con aves de oro y animales de cuatro pies. Y la cúpula tenía pintados sobre fondo de oro unos dibujos de líneas coloreadas y como vivientes, que representaban los mismos adornos que los de la gran alfombra que cubría la sala. En los espacios que quedaban entre las columnas había grandes jarrones con flores, ó sencillamente unas grandes ánforas, hermosas con su propia belleza y su carne de jaspe, ágata ó cristal. Y aquella sala daba á un jardín, cuya entrada reproducía, con guijarros de colores, los mismos dibujos de la alfombra; de modo que la cúpula, el salón y el jardín se continuaban bajo el cielo tranquilo y azul.
Y mientras el príncipe Alí ben-Bekar y Abalhassan admiraban esta delicada combinación, vieron sentadas en corro, con los pechos turgentes, los ojos negros y las mejillas sonrosadas, diez muchachas que tenían cada una en la mano un instrumento de cuerda...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 153.ª NOCHE
Ella dijo:
...diez muchachas que tenían cada una en la mano un instrumento de cuerda.
Y á una señal de la esclava favorita, aquellas jóvenes tocaron á un tiempo un preludio dulcísimo. Y el príncipe Alí, cuyo corazón estaba lleno del recuerdo de Schamsennahar, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Y dijo á su amigo Abalhassan: «¡Ah, hermano mío, cuán conmovida siento mi alma! ¡Esos acordes me hablan en un lenguaje que la hace llorar, sin saber á punto fijo por qué!» Abalhassan dijo: «¡Mi joven señor, tranquiliza tu alma y presta toda tu atención á este concierto, que promete ser admirable, gracias á la hermosa Schamsennahar, que seguramente llegará pronto!»
Y en efecto, apenas Abalhassan había pronunciado estas palabras, cuando las diez mujeres se levantaron á la vez, y unas pulsando las cuerdas, y agitando otras rítmicamente sus panderetillas, entonaron este canto:
¡Azul, nos miras con sonrisa de felicidad! ¡Y he aquí que la luna levanta sus lienzos de nube, para velarse confusa! ¡Y el sol, sol vencedor, huye también y no brilla ya!
Y el coro se detuvo aguardando la respuesta, que cantó una de las diez jóvenes:
¡He aquí nuestra luna que avanza! ¡Y viene porque el sol nos ha visitado, un sol juvenil y principesco, que ha venido á rendir tributo á Schamsennahar!
Entonces el príncipe Alí, que representaba á aquel sol, miró á la parte opuesta, y vió acercarse doce negras jóvenes, que llevaban en hombros un trono de plata maciza cubierto con un dosel de terciopelo, y en el cual estaba sentada una joven tapada con un gran velo de seda que flotaba por delante del trono. Y aquellas negras llevaban el pecho desnudo y las piernas desnudas; y una faja de seda y oro, ajustada á la cintura, hacía resaltar las opulentas nalgas de las cargadoras. Y cuando llegaron adonde estaban las cantarinas, dejaron suavemente en el suelo el trono de plata y retrocedieron hasta debajo de los árboles.
Entonces una mano apartó el velo de seda, y brillaron unos ojos en un rostro de luna: era Schamsennahar. Llevaba un gran manto azul en fondo de oro, constelado de perlas, diamantes y rubíes, todo ello de una calidad y un precio incalculables. Apartadas las cortinas del trono, Schamsennahar se despojó completamente del velo de seda, y miró sonriendo al príncipe Alí, é inclinó levemente la cabeza. Y el príncipe Alí, suspirando, la miró, y con el lenguaje mudo de los ojos se dijeron en pocos instantes más cosas de las que hubieran podido decirse en mucho tiempo.
Schamsennahar pudo por fin separar sus miradas de los ojos de Alí ben-Bekar, para mandar á sus doncellas que cantaran. Entonces una de ellas se apresuró á templar el laúd, y cantó:
¡Oh Destino! Cuando dos amantes, atraídos entre sí, se encuentran dignos el uno del otro y se unen en un beso, ¿quién tiene la culpa más que tú?
Y la amante dice: ¡Oh corazón mío, dame otro beso! ¡Te lo devolveré con el mismo calor que tenga el tuyo! ¡Y si quisieras que tuviera más calor, cuán fácil me sería complacerte!
Entonces Schamsennahar y Alí ben-Bekar suspiraron; y otra joven cantó, obedeciendo á una seña de la hermosa favorita:
¡Oh muy amado! ¡Luz que ilumina el espacio en que están las flores, como los ojos del muy amado!
¡Oh carne que filtras la bebida de mis labios! ¡oh carne tan dulce para mis labios!
¡Oh muy amado! Cuando te encontré, la Belleza me detuvo para decirme entusiasmada:
¡Helo aquí! ¡Ha sido modelado por dedos divinos! ¡Es una caricia, es como un bordado magnífico!
Al oir estos versos, el príncipe Alí ben-Bekar y la hermosa Schamsennahar se miraron largo rato; pero ya una tercera cantarina decía:
¡Las horas dichosas ¡oh jóvenes! corren como el agua, rápidas como el agua! ¡Creedme, enamorados, no aguardéis más!
¡Aprovechad la dicha! ¡Sus promesas son fugaces! ¡Aprovechad la belleza de vuestros años y el momento que os une!
Cuando la cantarina hubo acabado su estrofa, el príncipe Alí exhaló un prolongado suspiro, y sin poder reprimir por más tiempo su emoción, rompió en sollozos. Schamsennahar, que no estaba menos conmovida, se echó á llorar también, y no pudiendo sobreponerse á su pasión, se levantó del trono y se dirigió hacia la puerta de la sala. Inmediatamente Alí ben-Bekar corrió en la misma dirección, y al llegar detrás del cortinaje que cubría la puerta se encontró con su amada. Fué tan grande su emoción al besarse y tan intenso su delirio, que se desmayaron uno en brazos de otro, y seguramente se habrían caído al suelo si no los hubiesen sostenido las doncellas que habían seguido á cierta distancia á su ama. Las esclavas se apresuraron á llevarlos á un diván, donde les hicieron volver en sí á fuerza de rociarlos con agua de rosas y con perfumes vivificantes.
Y Schamsennahar, al volver en si, sonrió dichosa al ver á su amigo Alí ben-Bekar; pero como no viese á Abalhassan ben-Taher, preguntó ansiosamente por él. Y Abalhassan, por discreción, se había retirado de allí temiendo las consecuencias desagradables que pudiese tener aquella aventura si llegaba á divulgarse por el palacio. Pero en cuanto se enteró de que la favorita preguntaba por él, avanzó respetuosamente y se inclinó ante ella. Y Schamsennahar dijo: «¡Oh Abalhassan! ¿cómo podré agradecerte tus buenos oficios? ¡Gracias á ti he conocido lo más digno de ser amado que hay entre las criaturas, y he gozado unos instantes incomparables en que el alma se llena de felicidad! ¡Sabe ¡oh Ben-Taher! que Schamsennahar no será ingrata!» Y Abalhassan se inclinó profundamente ante la favorita, pidiendo á Alah que le concediese todos los deseos que pudiera sentir su alma.
Entonces Schamsennahar se volvió hacia su amigo Alí ben-Bekar, y le dijo: «¡Oh mi señor! ¡ya no dudo de tu cariño, aunque el mío supere á todo lo que puedas sentir hacia mí! Pero ¡ay! el Destino es muy cruel al tenerme sujeta á este palacio y no serme posible dar entera satisfacción á mi ternura.» Alí ben-Bekar contestó: «¡Oh mi señora! ¡tu amor ha penetrado en mí de tal suerte, que forma parte de mi alma, hasta el punto de que después de mi muerte seguirá unido á ella! ¡Cuán desdichados somos al no podernos amar libremente!» Y dicho esto, las lágrimas inundaron como una lluvia las mejillas del príncipe Alí y las de Schamsennahar. Pero Abalhassan se acercó á ellos discretamente, y les dijo: «¡Por Alah! ¡No entiendo nada de ese llanto, ahora que estáis juntos! ¿Qué sería si estuvierais separados? El momento no es para estar tristes, sino para alegraros y pasar el tiempo agradablemente.»
Y la bella Schamsennahar, al oir estas palabras de Abalhassan, cuyos consejos estimaba en mucho, se secó las lágrimas é hizo seña á una de sus esclavas, que salió en seguida, volviendo después con varias criadas que llevaban grandes bandejas de plata con toda clase de viandas de aspecto tentador. Y colocadas las bandejas en la alfombra entre Alí ben-Bekar y Schamsennahar, se alejaron las criadas y permanecieron inmóviles junto á la puerta.
Entonces Schamsennahar invitó á Abalhassan á sentarse con ellos frente á los platos de oro cincelado, donde aparecían las frutas redondas y maduras y los sabrosos pasteles. Y con sus propias manos, la favorita se puso á servirles de cada plato, y colocaba los bocados en los labios de su amigo Alí ben-Bekar. Cuando hubieron comido, apresuráronse los criados á llevarse las fuentes de oro, y les presentaron un jarro de oro fino en una palangana de plata cincelada, y se lavaron las manos con el agua perfumada que les echaron. Después se sentaron de nuevo, y las esclavas negras les ofrecieron copas de ágata de varios colores llenas de un vino exquisito, que alegraba los ojos y ensanchaba el alma. Lo bebieron lentamente mirándose largo rato, y vacías ya las copas, Schamsennahar despidió á todas las esclavas, quedando solamente las cantarinas y tañedoras de instrumentos.
Entonces, teniendo deseos de cantar, la favorita mandó á una de las esclavas que preludiase el tono, y la esclava templó su laúd, y cantó dulcemente:
¡Alma mía, cómo te agotas! ¡Las manos del amor te agitaron en todos sentidos, arrojando á todos los vientos tu misterio!
¡Alma mía! ¡Te guardaba delicadamente en mi pecho, y te escapas para correr hacia el que te hace sufrir!
¡Corred, lágrimas mías! ¡Os escapáis de mis párpados para correr hacia el cruel! ¡Lágrimas mías, también vosotras estáis enamoradas de mi muy amado!
Entonces Schamsennahar alargó el brazo, llenó una copa, bebió de ella, y luego se la ofreció al príncipe Alí, que bebió también, poniendo los labios en el mismo sitio que habían tocado los labios de su amiga...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 154.ª NOCHE
Ella dijo:
...que bebió también, poniendo los labios en el mismo sitio que habían tocado los labios de su amiga, mientras las cuerdas de los instrumentos se estremecían amorosamente bajo los dedos de las tañedoras. Y Schamsennahar hizo otra seña á una de las cantarinas para que cantase algo. Y la esclava cantó:
¡Mis mejillas están regadas incesantemente por el licor de mis ojos!
¡La copa en que pongo mis labios se llena con mis lágrimas más que con el vino del copero!
¡Por Alah! ¡oh corazón mío, bebe de este licor! ¡Te infundirá mi alma, que se escapa de mis ojos!
En este momento Schamsennahar se sintió dominada completamente por las notas conmovedoras de las canciones, y cogiendo un laúd de manos de una de las esclavas entornó los ojos, y con toda el alma cantó estas estrofas admirables:
¡Oh luz de mis ojos! ¡oh hermosura de la gacela joven! ¡Si te alejas, me muero; si te acercas, me embriago! ¡Vivo ardiendo, y gozando me extingo!
¡La olorosa brisa nació del soplo de tu aliento; de tu aliento, que embalsama las noches del desierto y las tibias noches bajo las palmeras admirables!
¡Oh brisa que estás enamorada de su contacto amado! ¡Tengo celos de ese beso que robas en el lunar de su barbilla y en el hoyuelo de sus mejillas! ¡Porque tu caricia es tan intensa, que toda su carne se estremece!
¡Jazmines de su vientre bajo el ligerísimo vestido, jazmines de su piel suave y blanca como una piedra de luna!
¡Saliva de su boca que amo, capullo de sus labios sonrosados! ¡Ah, las mejillas húmedas y los ojos cerrados después de los abrazos de amor!
¡Oh corazón mío! ¡Te extravías en los deliciosos repliegues de una carne de pedrería! ¡Ten cuidado! ¡El amor te acecha, y sus flechas están preparadas!
Cuando Alí ben-Bekar y Abalhassan ben-Taher oyeron este canto de Schamsennahar, se sintieron transportados por el éxtasis; después se estremecieron de placer, y exclamaron: «¡Oh Alah, oh Alah!» Y rieron y lloraron al mismo tiempo. El príncipe Alí, en el límite de la emoción, cogió un laúd y se lo dió á Abalhassan, rogándole que le acompañase, pues iba á cantar. Y cerró los ojos, y con la cabeza inclinada y apoyada en la mano, cantó á media voz al estilo de su país:
¡Escucha, oh copero!
¡Es tan hermoso mi amor, que si yo fuese el dueño de todas las ciudades, se las daría en seguida, por tocar una sola vez con mis labios el lunar de su mejilla ingrata!
¡Su rostro es tan bello, que hasta el lunar le sobra! ¡Porque tiene tal belleza propia, que ni las rosas ni el terciopelo de un vello juvenil le añadirían nuevo encanto!
Y lo dijo el príncipe Alí ben-Bekar con una voz admirable. Y cuando se extinguía aquel canto, la esclava favorita acudió trémula y asustada y dijo á Schamsennahar: «¡Oh mi señora! Massrur, Afif y otros eunucos están á la puerta y solicitan hablar contigo.»
Al oir estas palabras se alarmaron el príncipe Alí, Abalhassan y todas las esclavas, y hasta temblaron por su vida. Pero Schamsennahar, la única que conservaba la calma, sonrió tranquilamente y dijo á todos: «¡No temáis! ¡Y dejadme á mi!» Después ordenó á su confidente: «Procura entretener á Massrur, á Afif y á los demás, diciéndoles que nos den tiempo para recibirlos con arreglo á su categoría.» Y mandó á las esclavas que cerraran todas las puertas y corrieran cuidadosamente las cortinas. Hecho esto, invitó al príncipe y á Abalhassan á que no se moviesen de allí y que nada temieran. Después salió con sus esclavas por la puerta que daba al jardín, mandándola cerrar detrás de ella, y fué á sentarse en el trono que había dispuesto que pusieran bajo la sombra de los árboles. Ordenó á una de las esclavas jóvenes que le diera masaje y á las otras que se apartaran más lejos, mientras enviaba á una esclava negra para que abriese la puerta y diese entrada á Massrur y á los otros que habían llegado con él.
Entonces Massrur, Afif y veinte eunucos avanzaron desde lejos encorvados hasta tierra, con la espada desnuda en la mano y el talle ceñido por el ancho cinturón, y saludaron á la favorita con las mayores muestras de respeto. Y Schamsennahar dijo: «¡Oh Massrur! ¡Alah haga que seas portador de buenas nuevas!» Y Massrur contestó: «¡Inschala! ¡oh mi señora!» Y acercándose al trono de la favorita, prosiguió: «El Emir de los Creyentes te envía su saludo de paz y te dice que desea ardientemente verte. Y te hace saber que este día se le ha anunciado como lleno de alegría y bendito entre todos; y quiere acabarlo junto á ti, para que sea admirable del todo. Pero antes quisiera saber si prefieres ir á su palacio ó recibirle en tu casa, aquí mismo.»
Oídas estas palabras, incorporóse Schamsennahar, se prosternó y besó la tierra en señal de que consideraba como una orden el deseo del califa, y contestó: «¡Soy la esclava sumisa y dichosa del Emir de los Creyentes! Te ruego, pues, ¡oh Massrur! que digas á nuestro amo lo feliz que soy al recibirle, y que su venida iluminará este palacio.»
Entonces el jefe de los eunucos y su séquito se apresuraron á retirarse, y Schamsennahar corrió en seguida al salón en que se hallaba su enamorado, y con lágrimas en los ojos le estrechó contra su pecho, y le besó tiernamente, lo mismo que él á ella; y luego le expresó su pena por despedirse de él antes de lo que esperaba. Y ambos se echaron á llorar uno en brazos de otro. Y el príncipe Alí pudo por fin decir a su amada: «¡Oh mi señora! ¡por favor, déjame estrecharte y sentirte junto á mí y gozar de tu contacto adorable, ya que está próximo el momento de la separación fatal! ¡Conservaré en mi carne este contacto amado y en mi alma su recuerdo! ¡Será un consuelo en la ausencia y endulzará mi tristeza!» Ella contestó: «¡Oh Alí! ¡Por Alah! ¡A mí sola me alcanza la tristeza, pues que me quedo sola en este palacio, sin más que tu recuerdo! ¡Tú tendrás los zocos para distraerte y las jóvenes de la calle! ¡Sus gracias y sus ojos alargados te harán olvidar á esta desconsolada Schamsennahar, tu enamorada! ¡El tintineo de los brazaletes de cristal de esas jóvenes disiparán hasta las huellas de mi imagen ante tus ojos! ¡Oh amado mío! ¿Cómo podré resistir los estallidos de mi dolor, ni reprimir los gritos de mi garganta reemplazándolos con las canciones que me pida el Emir de los Creyentes? ¿Cómo podrá articular mi lengua las palabras armoniosas? ¿Con qué sonrisa le podré recibir, cuando eres tú solo el que puedes aliviar mi alma? ¿Qué miradas tan ansiosas no he de fijar en el sitio que ocupaste junto á mí, ¡oh Alí!? Y sobre todo, ¿cómo podré, sin que me cueste la vida, llevar á mis labios la copa que me ofrezca el Emir de los Creyentes? ¡Estoy segura de que, al beberla, una ponzoña implacable correrá por mis venas! Y entonces, ¡cuán ligera me será la muerte, oh amado mío!»
En este momento, cuando Abalhassan ben-Taher se disponía á consolarlos, apareció la esclava confidente para avisar á su ama que se acercaba el califa. Y Schamsennahar, arrasados los ojos en lágrimas, no tuvo tiempo más que para dar el último beso á su amado, y dijo á la confidente: «Llévalos á la galería que da al Tigris, y cuando la noche esté bien oscura, hazlos salir diestramente por la parte del río.» Y dichas estas palabras, Schamsennahar reprimió los sollozos que la ahogaban, para correr al encuentro del califa, que avanzaba por el lado opuesto.
Por su parte, la esclava guió al príncipe Alí y á Abalhassan hacia la galería consabida, y se retiró después de haber cerrado cuidadosamente la puerta. Y los dos jóvenes se hallaron en la mayor oscuridad; pero á los pocos momentos, á través de las ventanas caladas entró una gran claridad y pudieron distinguir una comitiva formada por cien jóvenes eunucos que llevaban en las manos antorchas encendidas; y tras de estos cien eunucos seguían otros cien eunucos viejos que llevaban en la mano un alfanje desnudo; y por último, á veinte pasos de ellos avanzaba, magnifico, precedido del jefe de los eunucos y rodeado por veinte esclavas jóvenes, blancas como la luna, el califa Harún Al-Rachid.
El califa iba precedido por Massrur, llevando á la derecha á Afif, segundo jefe de los eunucos, y á la izquierda al otro segundo jefe, Wassif. ¡Y era, en verdad, arrogante y hermoso por sí mismo y por todo el resplandor que hacia él proyectaban las antorchas de los esclavos y las pedrerías de las damas! Y así avanzó al son de los instrumentos que tañían las esclavas, y así llegó hasta Schamsennahar, que se había prosternado á sus pies. El emir se apresuró á ayudarla á levantarse, tendiéndole una mano, que ella se llevó á los labios. Después, contentísimo por volverla á ver, le dijo: «¡Oh Schamsennahar! Las atenciones de mi reino me impedían tiempo ha descansar mi vista en tu rostro. Pero Alah me ha otorgado esta noche bendita para regocijar completamente mis ojos con tus encantos.» Después fué á sentarse en el trono de plata, mientras la favorita se sentaba frente á él, y las otras veinte mujeres formaban un círculo alrededor de ellos en asientos colocados á igual distancia unos de otros. Las tañedoras de instrumentos y las cantarinas formaron otro grupo cercano á la favorita, mientras los eunucos, jóvenes y viejos, se alejaban, según costumbre, hasta llegar junto á los árboles, teniendo siempre las antorchas encendidas, alumbrando desde lejos, á fin de que el califa pudiera deleitarse cómodamente con el fresco de la noche.
El emir hizo una seña á las cantarinas, é inmediatamente una de ellas, acompañada por las demás, entonó estas estrofas, que el califa prefería entre todas las que cantaba, por la belleza de su ritmo y la rica melodía de los finales:
¡Oh niño! ¡el rocío enamorado de la mañana humedece las flores entreabiertas, y una brisa del Edén balancea sus tallos! ¡Pero tus ojos...!
¡Tus ojos son el límpido manantial que ha de apagar largamente la sed que siente el cáliz de mis labios! ¡Y tu boca...!
¡Tu boca ¡oh joven amigo! es la colmena de perlas donde fluye una miel envidiada por las abejas!
Y cantadas estas maravillosas estrofas con voz apasionada, la cantarina se calló. Y Schamsennahar hizo seña á su favorita, que sabía el amor que le había inspirado el príncipe Alí; y la esclava cantó estos versos, que se aplicaban perfectamente á los sentimientos de su señora:
¡Cuando la joven beduína encuentra en su camino á un hermoso jinete, sus mejillas se ponen tan rojas como la flor del laurel que crece en Arabia!
¡Oh joven aventurera! ¡Apaga ese fuego que enciende tus colores! ¡Preserva á tu alma de una pasión que la consumiría! ¡Sigue tranquila en tu desierto, pues el hacer sufrir de amor es don de los jinetes hermosos!
Cuando la bella Schamsennahar oyó estos versos, sintió una emoción tan viva, que se echó hacia atrás y cayó desvanecida en brazos de las mujeres que habían acudido en su auxilio.