ESCENA IV
BRUNO, Y LUEGO DON EDUARDO
BRUNO. ¡Qué mosca le habrá picado! Jamás le ví tan fosco … la carta traería sin duda alguna pimienta y … pero esto no quita que yo trate de dorar la píldora … no sea también que se enfade y que yo vaya a pagar lo que no debo.
DON EDUARDO. ¡Lo que tarda este Bruno! (A la puerta) Ya me falta paciencia … aquí está solo … ¡Dios mío, si no se lo habrá dicho todavía!
BRUNO. Nadie puede responder de un primer pronto, y….
DON EDUARDO. Bruno, le dijo ya usted a su amo…. (Entrando)
BRUNO. Perdone usted, señor don Eduardo, si no he vuelto tan luego como … me entretuve aquí en….
DON EDUARDO. No importa, no importa; y ¿qué ha contestado su amo de usted?
BRUNO. Ya ve usted … el amo puede salir por la puerta trasera sin que nosotros lo sintamos….
DON EDUARDO. ¡Había salido!… Y bien; esperaré a que vuelva; ¡cómo ha de ser!… (Se sienta)
BRUNO. No digo que haya salido, sino que….
DON EDUARDO. ¿No me quiere recibir? Acabe usted. (Se levanta)
BRUNO. A veces, con la mejor voluntad del mundo, hay momentos tan ocupados en que no se puede….
DON EDUARDO. En que no se quiere recibir, ¿querrá usted decir?
BRUNO. En que no se puede….
DON EDUARDO. En que no se quiere … ¿a qué andar con rodeos?
BRUNO (aparte). ¡También es empeño el de los dos!
DON EDUARDO. Vaya … ¿no es cierto que D. Pedro no quiere recibirme?
BRUNO (aparte). Estoy por cantar de plano.
DON EDUARDO. Ea, no tenga usted empacho … ¿no es cierto?…
BRUNO. Cierto … ya que usted exige absolutamente….
DON EDUARDO. ¡Oh! ¡Qué fortuna!
BRUNO. ¡Fortuna!
DON EDUARDO. La de no morirme aquí de repente al oír semejante desengaño.
BRUNO (aparte). ¡Qué lástima me da!
DON EDUARDO. ¿Y D. Pedro, por supuesto se serviría de palabras agrias y malsonantes?
BRUNO. Oh no señor; el amo es incapaz de….
DON EDUARDO. Pero al menos se expresaría … así … con cierta sequedad … ¿eh?
BRUNO. Oiga usted, no necesita uno humedecerse mucho la boca para decir "no quiero".
DON EDUARDO. ¡Y bien, tanto mejor!
BRUNO. Si es a gusto de usted….
DON EDUARDO. Porque es bien claro que lo que más importa a un desgraciado es llegar a serlo tanto, que ya no pueda serlo más.
BRUNO. ¿Eso llama usted claro?
DON EDUARDO. ¿No ve usted que así se pierde toda esperanza y toma uno al cabo su partido?
BRUNO. Cuando hay partido que tomar, no digo que no.
DON EDUARDO. Ahora quisiera yo que usted, mi querido Bruno….
BRUNO (aparte). ¡Su querido Bruno!…
DON EDUARDO. Me concediera una gracia que le voy a pedir y que será probablemente la última que le pediré en mi vida.
BRUNO. Si está en mi arbitrio….
DON EDUARDO. Lo está, y consiste sólo en que usted me proporcione una conferencia de dos minutos con su señorita.
BRUNO. Pero ¿cómo quiere usted que yo…?
DON EDUARDO. Aquí mismo, en presencia de usted … dos minutos tan sólo.
BRUNO. ¡Así podré oír!
DON EDUARDO. Cuanto hablemos … que yo no soy partidario de misterios ni de cosas irregulares … lo único que solicito es ver todavía otra vez a doña Matilde … y probarla con sólo tres palabras que yo no era enteramente indigno del tesoro que codiciaba.
BRUNO. ¿Quién puede dudarlo?… y muy digno que era usted. Con todo, ¿yo, qué puedo hacer? decírselo cuando más a la señorita … pero si ella sale con lo que su padre … entonces….
DON EDUARDO. Entonces, tendremos los dos paciencia … y no la volveré a importunar más.
BRUNO. Siendo así, voy, pues, y Dios haga que no la coja de mal talante. (Vase)