ESCENA IX

DOÑA MATILDE, Y LUEGO BRUNO

DOÑA MATILDE. ¿Sueño por ventura? ¡Es ésta aquella Clementina tan sentimental, de cuya amistad estaba yo tan segura! ¡Cómo me ha tratado con su aire de protección!… ¡peor que el casero con su grosería! y compró el vestido sólo por darme en ojos … porque vió que me gustaba, y que … ¡ah si yo hubiera tenido ochocientos reales! Sí, ¡cuándo volveré yo a tener ochocientos reales! Lo que tendré serán trabajos … y humillaciones … y jabonaduras … ¡ah Eduardo! mucho te quiero, muchísimo, pero si hubiera sabido….

BRUNO. ¡Señorita!

DOÑA MATILDE. ¡Bruno! (Corre a abrazarle)

BRUNO. ¡Pobrecita mía! Metida en esta pocilga.

DOÑA MATILDE. ¿Y papá? ¿Cómo está papá? Pobre papá, cómo le he ofendido.

BRUNO. Está bueno … no tenga usted cuidado … y él es quien me ha dicho donde vivían ustedes.

DOÑA MATILDE. ¡Papá! ¿Pues cómo sabía…?

BRUNO. Qué sé yo … algún duende … lo cierto es que ahora me llamó, y me dijo que le siguiera hasta aquí … que subiera sólo … y que le avisara si D. Eduardo estaba fuera de casa, para que su merced entonces….

DOÑA MATILDE. ¡De veras? ¿Será posible que me quiera ver?

BRUNO. Si estaba desde anoche como si tuviera hormiguillo … y aunque no descosía sus labios, se le conocía a la legua que … pero voy a abrirle.

DOÑA MATILDE. Sí, corre, despáchate, ¿adonde vas? por allí está la escalera.

BRUNO. No hay necesidad de que yo baje … que su merced se quedó de centinela en la puerta principal de los Basilios, y así con una seña que yo le haga desde aquella ventana con el pañuelo….

DOÑA MATILDE. Con el pañuelo no, que quizá no lo advierta … toma esta sábana….

BRUNO. Venga. (Vanse los dos a la ventana)