ESCENA VI

DON EDUARDO Y LUEGO DOÑA MATILDE Y BRUNO

DON EDUARDO. Si esto no la ablanda, digo que es de piedra berroqueña…. ¡Pobre de mí, y a lo que me veo obligado para obtener a Matilde!… ¡a engañarla, a fingir un carácter tan opuesto al mío!… ¡Oh! si yo no estuviera tan convencido como lo estoy de que Matilde me prefiere a pesar de pesares y que me deberá su futuro bienestar, jamás apelaría … ¡pero ella es!… Pongámonos en guardia. (Se sienta como absorbido en una profunda meditación)

BRUNO. Allí le tiene usted hecho una estatua. (A doña Matilde)

DOÑA MATILDE. No nos ha sentido … y en efecto, le encuentro muy desmejorado … retírate un poco … no, no tan lejos.

BRUNO. ¿Si se habrá dormido?

DOÑA MATILDE. He consentido, caballero…. (Aparte) No me oye.

DON EDUARDO. ¡Ay!

DOÑA MATILDE. ¿Suspira? (A Bruno)

BRUNO. Ya lo creo … y de mi alma. (A doña Matilde)

DOÑA MATILDE. He consentido, Sr. D. Eduardo…. (Acercándose)

DON EDUARDO. ¿Quién?… ¡Ah! Perdone usted, Matilde, si absorbido en mis tristes meditaciones … perdone usted … la desgracia hace injusto al mísero a quien agobia … y yo ya me había rendido al desaliento, persuadido a que usted persistiría en su cruel negativa.

DOÑA MATILDE. Quizá hubiera sido más prudente; porque … ya ve usted, antes de tomar un partido irrevocable he debido pesar todas las circunstancias, y … no soy ninguna niña de quince años.

BRUNO. Como que tiene usted ya sus diez y siete.

DOÑA MATILDE. Diez y ocho son los que tengo, si vamos a eso.

BRUNO. Diez y siete.

DOÑA MATILDE. Diez y ocho. ¡Habrá pesado igual!

BRUNO. Pero hija, si nació usted el día de los innumerables mártires de Zaragoza, que cayó en viernes en el mes pasado, y entonces hizo usted los diez y siete.

DOÑA MATILDE. Bueno, diez y siete; y lo que va desde entonces acá, ¿no lo cuentas? Si sabré yo que tengo diez y ocho años.

DON EDUARDO. ¡Indudablemente! Diez y ocho años tiene usted, y más bien más que menos, edad, por mi desgracia, en que ya se calcula y se tiene la experiencia necesaria para conocer lo que se quiere y lo que conviene. Por eso, Matilde, no tema usted que la importune con mis súplicas, ni la entristezca con el relato de mis padecimientos … no por cierto … ¿de qué serviría? Usted ha hecho lo que ha debido … cerciorarse primero de que no me amaba, y quitarme luego de una vez toda esperanza … nada más natural, ni más de agradecer … otro más afortunado que yo habrá quizá obtenido….

DOÑA MATILDE. Oh, no, por lo que es eso, puede estar usted bien satisfecho … ni siquiera me he vuelto a acordar de que hay hombres en este mundo, desde ayer que creí necesario el desengañar a usted.

DON EDUARDO. Siempre es ése un consuelo … aunque por otra parte, si usted podía ser dichosa con otro hombre ¿por qué no me había de alegrar? ¡Ah! Matilde, su felicidad de usted es la única idea que me ha preocupado siempre, y si algún día, en medio de los países remotos en que voy a arrastrar mi mísera existencia, me llegará por acaso la noticia….

DOÑA MATILDE. ¡Qué! ¿Se va usted tan lejos?

DON EDUARDO. ¡Oh! Sí, muy lejos.

DOÑA MATILDE. Arrima unas sillas, Bruno…. ¿Y dónde? Esto es, si usted no tiene interés en callarlo.

DON EDUARDO. Apenas lo sé yo todavía … cualquiera país me es indiferente con tal que sea bien agreste y selvático.

BRUNO (aparte). ¡Si se irá a Sacedón?

DON EDUARDO. He titubeado algún tiempo entre Californias y la Nueva
Holanda; pero al cabo puede ser que me decida por la Isla de Francia.

DOÑA MATILDE. ¡Allí nacieron Pablo y Virginia!

DON EDUARDO. Y el negro Domingo también.

DOÑA MATILDE. En efecto … siéntese usted, siéntese usted.

DON EDUARDO. Es que temería….

DOÑA MATILDE. No, no; siéntese usted … y como iba diciendo allí fué donde pasó toda su trágica historia, que tengo bien presente.

DON EDUARDO (aparte). Más la tengo yo, que la leí anoche de cabo a rabo.

DOÑA MATILDE. ¡Y aquella madre señor, aquella madre tan cruel que se empeñó en que su hija había de ser rica!

BRUNO. Más cruel me parece a mí que hubiera sido si se hubiera empeñado en lo contrario.

DON EDUARDO. Luego hallaré en dicha isla todo cuanto puedo apetecer en mi posición actual; cascadas que se despeñan, ríos que salen de madre, precipicios, huracanes….

BRUNO (aparte). No iré yo a la tal isla.

DON EDUARDO. Y bosques inmensos de plátanos, cocoteros y tamarindos, con cuyos frutos podré sustentarme, o a cuya sombra podrán reposar tal cual vez mis fatigados miembros.

DOÑA MATILDE. ¡Y qué! ¿No tendrá usted miedo de los negros cimarrones?

BRUNO (aparte). ¿Quiénes serán esos demonios?

DON EDUARDO. ¡Ah! ¡Matilde, si viera usted qué poco vale la vida cuando se vive sin deseos, ni porvenir!

DOÑA MATILDE. ¡Pobre Eduardo!

DON EDUARDO. ¿Se enternece usted?

BRUNO. También a mí me empiezan a escocer los ojos, si vamos a eso.

DOÑA MATILDE. Ciertamente que no puedo menos de agradecer y admirar el que vaya así a exponerse por mi causa a tantos peligros un joven de tales esperanzas, tan rico….

DON EDUARDO. ¿Yo rico?

DOÑA MATILDE. Contando con la herencia del tío….

DON EDUARDO. No hay duda que he podido ser rico, pero….

DOÑA MATILDE. ¿Pero qué?

DON EDUARDO. Nada, nada.

DOÑA MATILDE. Explíquese usted.

DON EDUARDO. Son cosas mías, que ya no pueden interesar a usted.

DOÑA MATILDE. ¡Oh! sí, sí … hable usted … lo quiero … lo exijo….

DON EDUARDO. Bueno; sepa usted que cuando el Sr. D. Pedro creía que mi tío aprobaba nuestro proyectado enlace, éste me instaba a que me casase con la hija única del conde de la Langosta….

BRUNO (aparte). Familia muy noble en tierra de Campos.

DOÑA MATILDE. ¿Y bien?

DON EDUARDO. ¡Y que mi tío me ha desheredado en seguida, porque no he querido darle gusto!

DOÑA MATILDE. ¿Le ha desheredado a usted?

DON EDUARDO. Así me lo anuncia en una carta que recibí ayer suya, dos o tres horas antes que Bruno me entregara la de su padre de usted.

DOÑA MATILDE. ¿Le ha desheredado a usted?

DON EDUARDO. Pues, y por lo mismo nada sacrifico, en punto a bienes de fortuna, al desterrarme para siempre de mi patria.

DOÑA MATILDE. ¿Y había de consentir yo en ese destierro?

BRUNO. Perrada fuera.

DOÑA MATILDE. ¡Yo, que tengo la culpa de todas las desgracias de usted!

DON EDUARDO. Pero qué remedio….

DOÑA MATILDE. No, jamás se realizará tan terrible separación … si es cierto que usted me quiere….

DON EDUARDO. ¿Lo duda usted todavía?

DOÑA MATILDE. ¿Desheredado por mí! ¡Y yo he podido, Dios mío, desconocer un instante tanto mérito!

DON EDUARDO. ¡No llore usted, por mi vida, Matilde mía!

DOÑA MATILDE. ¡Sí, hace usted bien en llamarme suya … que de usted soy y seré … que de usted he sido siempre; porque ahora lo conozco, y no tengo vergüenza de confesarlo!

BRUNO. ¡Pobrecita, qué ha de hacer más que conocerlo y confesarlo!

DON EDUARDO. ¿Puedo creer tamaña dicha!

DOÑA MATILDE. Ojalá estuviera aquí mi padre, para que en su presencia….