IV

20 Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi
cita con Ramón!

Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de
dicho pueblo.

Pregunté por mi amigo, y me contestaron:

25 —¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel.
Pero habrá perecido[[18-5]] en la última hora de la acción....

—¡Cómo! ¿Por qué lo decís?

—Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado
hoy a sus órdenes da razón[[18-6]] de él....

30 ¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!

Una esperanza me quedaba.... Que Ramón me estuviese (p19)
aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo
no hubiese vuelto al campamento faccioso.

—¡Cuál será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba
yo.)—¡ Me creerá muerto!—¿Y, por ventura, tan lejos
05 estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre
a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!...

Así amaneció el día siguiente.

Un Capellán entró en mi prisión.

Todos mis compañeros dormían.

10 —¡La muerte!—exclamé al ver al Sacerdote.

—Sí—respondió éste con dulzura.

—¡Ya!

—No: dentro de tres horas.

Un minuto después habían despertado[[19-1]] mis compañeros.

15 Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos
de la prisión.