IX

Manos-gordas quedó profundamente preocupado con la nueva
lectura de este documento, no por las máximas morales y por
las espantosas maldiciones que contenía, pues el pícaro había
perdido la fe en Alah y en Mahoma de resultas de[[93-5]] su frecuente
25 trato con los cristianos y judíos de Tetuán y Ceuta, que, naturalmente,
se reían del Corán,[[93-6]] sino por creer que su cara, su
acento y algún otro signo musulmán de su persona le impedían
trasladarse a España, donde se vería expuesto a muerte segura
tan luego como cualquier cristiano o cristiana descubriese en él
30 a un enemigo de la Virgen María.
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Además, ¿qué apoyo (a juicio de Manos-gordas) podría hallar
en las leyes ni en las autoridades de España un extranjero,
un mahometano, un semi-salvaje, para adquirir la Torre de Zoraya,
para hacer excavaciones en ella, para entrar en posesión
05 del tesoro o para no perderlo inmediatamente con la vida?

—¡No hay remedio!—díjose por remate de largas reflexiones.—¡Tengo
que confiarme al renegado ben-Munuza! Él es
español, y su compaña[[94-1]] me librará de todo peligro en aquella
tierra. Pero como no existe bajo la capa del cielo un hombre
10 de peor alma que el tal renegado, no me estará de más[[94-2]] tomar
algunas precauciones.

Y en virtud de esta cavilación sacó del bolsillo avíos de escribir,
redactó una carta, púsole el sobre, pególo con un poco de
pan mascado, y echóse a reír de una manera diabólica.

15 En seguida fijó los ojos en su mujer, que continuaba haciendo
la policía de todo un año a costa de la limpieza física y ...
moral del malaventurado arroyuelo, y, llamándola por medio de
un silbido, dignóse hablarle de este modo:

—Cara de higo chumbo, siéntate a mi lado y óyeme....
20 Luego[[94-3]] acabarás de lavarte, que bien lo necesitas, y puede que[[94-4]]
entonces te juzgue merecedora de algo mejor que la paliza diaria
con que te demuestro mi cariño. Por de pronto,[[94-5]] sinvergüenzona,[[94-6]]
déjate de monadas y entérate bien de lo que voy a
decirte.

25 La mora, que, lavada y peinada, resultaba más joven y artística,
aunque no menos fea que antes, se relamió como una gata,
clavó en Manos-gordas los dos carbunclos que le servían de ojos,
y díjole, mostrando sus blanquísimos y anchos dientes, que nada
tenían de humanos:

30 —Habla, mi señor; que tu esclava sólo desea servirte.

Manos-gordas continuó:

—Si desde este momento en adelante llega a ocurrirme alguna
desgracia, o desaparezco del mundo sin haberme despedido de
ti, o, habiéndome despedido, no tienes noticias mías en seis(p95)
semanas, procura volver a entrar en Ceuta y echa esta carta al
correo. ¿Te has enterado bien, cara de mona?

Zama rompió a llorar, y exclamó:

—¡Admet! ¿Piensas dejarme?

05 —¡No rebuznes, mujer!—contestó el moro.—¿Quién habla
ahora de eso? ¡Demasiado sabes que me gustas y que me
sirves! Pero de lo que[[95-1]] ahora se trata es de que te hayas enterado
bien de mi encargo....

—¡Trae!—dijo la mora, apoderándose de la carta, abriéndose
10 el justillo y colocándola entre él y su gordo y pardo seno,
al lado del corazón.—Si algo malo llega a sucederte, esta carta
caerá en el correo de Ceuta, aunque después caiga yo en la
sepultura.

Aben-Carime sonrió humanamente al oír aquellas palabras, y
15 dignóse mirar a su mujer como a una persona.