XI
Pasada la cumbre, no tardó en descubrir en la cañada próxima
a un corpulento moro vestido de blanco, el cual araba patriarcalmente
la negruzca tierra con auxilio de una hermosa
20 yunta de bueyes. Parecía aquel hombre la estatua de la Paz
tallada en mármol. Y, sin embargo, era el triste y temido renegado
ben-Munuza, cuya historia os causará espanto cuando la
conozcáis.
Contentaos por lo pronto con saber que tendría cuarenta años,
25 y que era rudo, fuerte, ágil y de muy lúgubre fisonomía, bien
que sus ojos fuesen azules como el cielo y rubias sus barbas
como aquel sol de África que había dorado a fuego[[96-5]] la primitiva
blancura europea de su semblante.
—¡Buenos días, Manos-gordas!—gritó en castellano el antiguo
30 español, tan luego como divisó al marroquí.
Y su voz expresó la alegría melancólica propia del extranjero
que halla ocasión de hablar la lengua patria.
(p97)
—¡Buenos días, Juan Falgueira!—respondió sarcásticamente
ben-Carime.
El renegado tembló de pies a cabeza al oír semejante saludo,
y sacó del arado la reja de hierro como para defender su vida.
05 —¿Qué nombre acabas de pronunciar?—añadió luego,
avanzando hacia Manos-gordas.
Éste lo aguardaba riéndose, y le respondió en árabe, con un
valor de que nadie le hubiera creído capaz:
—He pronunciado ... tu verdadero nombre: el nombre
10 que llevabas en España cuando eras cristiano, y que yo conozco
desde que estuve en Orán[[97-1]] hace tres años....
—¿En Orán?
—¡En Orán, sí, señor!... ¿Qué tiene eso de extraordinario?
De allí habías venido tú a Marruecos,[[97-2]] y allí fuí yo a comprar
15 gallinas. Allí pregunté tu historia, dando tus señas, y allí
me la contaron varios españoles. Supe,[[97-3]] por tanto, que eras
gallego, que te llamabas Juan Falgueira, y que te habías escapado
de la Cárcel Alta de Granada, donde estabas ya en
capilla para ir a la horca por resultas de[[97-4]] haber robado y dado
20 muerte, hace quince años, a unos señores a quienes servías en
clase de mulero.... ¿Dudarás ahora de que te conozco
perfectamente?
—Dime, alma mía ...—respondió el renegado con voz
sorda y mirando a su alrededor—¿y has contado eso a algún
25 marroquí? ¿Lo sabe alguien más que tú en esta condenada
tierra? Porque es el caso que yo quiero vivir en paz, sin que
nadie ni nada me recuerde aquella mala hora, que harto he
purgado. Soy pobre; no tengo familia, ni patria, ni lengua, ni
el Dios que me crió. Vivo entre enemigos, sin más capital
30 que estos bueyes y que esos secanos, comprados a fuerza de[[97-5]]
diez años de sudores.... Por consiguiente, haces muy mal
en venir a decirme....
—¡Espera!—respondióle muy alarmado Manos-gordas—No
me eches esas miradas de lobo, que vengo a hacerte un(p98)
gran favor, y no a ofenderte por mero capricho. ¡A nadie he
contado tu desgraciada historia! ¿Para qué? ¡Todo secreto
puede ser un tesoro, y quien lo cuenta se queda sin él! Hay,
empero, ocasiones en que se hacen cambios de secretos sumamente
05 útiles. Por ejemplo: yo te voy a contar un importante
secreto mío, que te servirá como de fianza del tuyo, y que nos
obligará a ser amigos toda la vida....
—Te oigo. Concluye....—respondió calmosamente el
renegado.
10 Aben-Carime leyóle entonces el pergamino árabe, que Juan
Falgueira oyó sin pestañear y como enojado; visto lo cual[[98-1]]
por el moro, y a fin de acabar de atraerse su confianza, le
reveló también que había robado aquel documento a un cristiano
de Ceuta....
15 El español se sonrió ligeramente al pensar en el mucho
miedo que debía de tenerle el mercader de huevos y de
gallinas cuando le contaba sin necesidad aquel robo, y, animado
el pobre Manos-gordas con la sonrisa de ben-Munuza,
entró al fin en el fondo del asunto, hablando de la siguiente
20 manera:
—Supongo que te has hecho cargo[[98-2]] de la importancia de
este documento y de la razón por qué te lo he leído. Yo no
sé dónde está la Torre de Zoraya, ni Aldeire, ni el Cenet: yo
no sabría ir a España, ni caminar por ella; y, además, allí me
25 matarían por no ser cristiano, o, cuando menos,[[98-3]] me robarían
el tesoro antes o después de descubierto.[[98-4]] Por todas estas
razones necesito que me acompañe un español fiel y leal, de
cuya vida sea yo dueño y a quien pueda hacer ahorcar con
media palabra; un español, en fin, como tú, Juan Falgueira, que,
30 después de todo, nada adelantaste con robar ni matar, pues
trabajas aquí como un asno, cuando con los millones que voy a
proporcionarte podrás irte a América, a Francia, a la India, y
gozar, y triunfar, y subir tal vez hasta rey.[[98-5]] ¿Qué te parece
mi proyecto?[[98-6]]
(p99)
—Que está bien hilado, como obra de un moro....—respondió
ben-Munuza, de cuyas recias manos, cruzadas sobre
la rabadilla, pendía, balanceándose, la barra de hierro a la
manera de la cola de un tigre.
05 Manos-gordas se sonrió ufanamente, creyendo aceptada su
proposición.
—Sin embargo....—añadió después el sombrío gallego.—Tú
no has caído en una cuenta[[99-1]]....
—¿En cuál?—preguntó cómicamente ben-Carime, alzando
10 mucho la cara y no mirando a parte alguna, como quien se
dispone a oír sandeces y majaderías.
—¡Tú no has caído en que yo sería tonto de capirote[[99-2]] si
me marchase contigo a España a ponerte en posesión de ...
medio tesoro, contando con que tú me pondrías a mí en posesión
15 del otro medio! Lo digo porque no tendrías más que
pronunciar media palabra el día que llegásemos a Aldeire y te
creyeses libre de peligros, para zafarte de mi compañía y de
darme la mitad de las halladas riquezas.... ¡En verdad que
no eres tan listo como te figuras, sino un pobre hombre, digno
20 de lástima, que te has metido en un callejón sin salida al descubrirme
las señas de ese gran tesoro y decirme al mismo tiempo
que conoces mi historia, y que, si yo fuera contigo a España,
serías dueño absoluto de mi vida!... Pues ¿para qué te
necesito yo a ti? ¿Qué falta me hace tu ayuda para ir a apoderarme
25 del tesoro entero? ¿Ni[[99-3]] qué falta me haces en el
mundo? ¿Quién eres tú, desde el momento en que me has
leído ese pergamino, desde el momento en que puedo quitártelo?
—¿Qué dices?—gritó Manos-gordas, sintiendo de pronto
circular por todos sus huesos el frío de la muerte.
30 —No digo nada.... ¡Toma!—respondió Juan Falgueira,
asestando un terrible golpe con la barra de hierro sobre
la cabeza de ben-Carime, el cual rodó en tierra, echando sangre
por ojos, narices y boca, y sin poder articular palabra....
El desgraciado estaba muerto.
Tres o cuatro semanas después de la muerte de Manos-gordas,
el veintitantos[[100-1]] de Febrero de 1821, nevaba si había
que nevar[[100-2]] en la villa de Aldeire y en toda la elegantísima
sierra andaluza,[[100-3]] a que la propia nieve da vida y nombre.
05 Era domingo de Carnaval, y la campana de la iglesia llamaba
por cuarta vez a misa, con su voz delgada y pura como la de un
niño, a los ateridos cristianos de aquella feligresía demasiado
próxima al cielo, los cuales no se resignaban fácilmente, en día
tan crudo y desapacible, a dejar la cama o a separarse de los
10 tizones, alegando acaso, como pretexto, que «los días de Carnestolendas
no se debe rendir culto a Dios, sino al diablo.»
Algo semejante decía por lo menos el tío Juan Gómez a su
piadosa mujer, la seña[[100-4]] Torcuata, defendiéndose, en el rincón
del fuego, de los argumentos con que nuestra amiga le rogaba
15 que no bebiera más aguardiente ni comiese más roscos, sino
que la acompañase a misa, a fuer de buen cristiano, sin miedo
alguno a las críticas del maestro de escuela y demás electores
liberales; y muy enredada estaba la disputa cuando cata aquí[[100-5]]
que entró en la cocina el tío Jenaro, mayoral de los pastores
20 de su merced, y dijo, quitándose el sombrero y rascándose la
cabeza, todo de un solo golpe:[[100-6]]
—¡Buenos días nos dé Dios, señor Juan y señá Torcuata!
Ya se harán ustedes cargo[[100-7]] de que algo habrá sucedido por
allá arriba para que yo baje por aquí con tan mal tiempo, no
25 tocándome oír misa este domingo. ¿Cómo va de salud?
—¡Vaya! ¡vaya! ¡no espero más!—exclamó la mujer del
alcalde, cruzándose la mantilla[[100-8]] con violencia.—¡Estaría de
Dios[[100-9]] que hoy echases la misa en el puchero![[100-10]] ¡Ya tienes
ahí conversación y copas para todo el día, sobre si[[100-11]] las
30 cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado
cuernos!
(p101)
¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las
paces con la Iglesia dejando la maldita alcaldía!
Marchado que se hubo[[101-1]] la seña Torcuata, el Alcalde alargó
un rosco y una copa al mayoral, y le dijo:
05 —¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la
lumbre y hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?
—¡Pues nada! que ayer tarde el cabrero Francisco vió que
un hombre, vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla
de lienzo, y liado en una manta de muestra,[[101-2]] se había
10 metido en el corral nuevo por la parte que todavía no tiene
tapia, y rondaba la Torre del Moro, estudiándola y midiéndola
come si fuese un maestro de obras.[[101-3]] Preguntóle Francisco qué
significaba aquello, y el forastero le interrogó a su vez quién era el
dueño de la Torre; y como Francisco le dijese que nada menos
15 que el Alcalde del pueblo, repuso que él hablaría a la noche con
su merced y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche,
y el hombre hizo como que se marchaba,[[101-4]] con lo que el cabrero
se encerró en su choza, que, como sabe usted, dista poco de
allí. Dos horas después de obscurecer enteramente notó el
20 mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy raros y
se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo que ni tan siquiera[[101-5]] se
atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en cuanto
fué de día,[[101-6]] refiriéndome el lance de ayer tarde, y advirtiéndome
que los tales ruidos[[101-7]] habían durado toda la noche.
25 Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me asusto de pocas
cosas, me plantifiqué en seguida en la Torre del Moro acompañado
de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero
liado en su manta y durmiendo en un cuartucho[[101-8]] del piso
bajo, que tiene todavía su bóveda de hormigón. Desperté al
30 sospechoso personaje, y le reconvine por haber pasado la noche
en la casa ajena sin la voluntad de su dueño; a lo que me
respondió que aquello no era casa, sino un montón de escombros,
donde bien podía haberse albergado un pobre caminante
en noche de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a(p102)
usted y a explicarle quién era y todas sus operaciones y pensamientos.
Le he hecho, pues, venir conmigo, y en la puerta del
corral aguarda, acompañado del cabrero, a que usted le dé
licencia para entrar....
05 —¡Que entre!—respondió el tío Hormiga, levantándose
muy alterado por habérsele ocurrido, desde las primeras palabras
del mayoral, que todo aquello tenía bastante que ver con
el célebre tesoro, a cuyo hallazgo por sus solos esfuerzos había
renunciado su merced hacía una semana, después de arrancar
10 antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.