XIII

Tenemos ya cara a cara y solos al tío Juan Gómez y al
forastero.

—¿Cómo se llama usted?—interrogó el primero al segundo
con todo el imperio de un Alcalde de monterilla[[102-1]] y sin invitarle
15 a que se sentara.

—Llámome Jaime Olot—respondió el hombre misterioso.

—¡Su habla de usted no me parece de esta tierra!...—¿Es
usted inglés?

—Soy catalán.[[102-2]]

20 —¡Hombre! ¡Catalán!... Me parece bien. Y ...
¿qué le trae a usted por aquí? Sobre todo, ¿qué diablos de
medidas tomaba usted ayer en mi Torre?

—Le diré a usted. Yo soy minero de oficio, y he venido a
buscar trabajo a esta tierra, famosa por sus minas de cobre y
25 plata. Ayer tarde, al pasar por la Torre del Moro, vi que con
las piedras de ella extraídas estaban construyendo una tapia, y
que aun sería necesario derribar o arrancar otras muchas para
terminar el cercado.... Yo me pinto solo[[102-3]] en esto de demoler,
ya sea dando barrenos, ya por medio de mis propios
30 puños, pues tengo más fuerza que un buey, y ocurrióseme la
idea de tomar a mi cargo, por contrata, la total destrucción de(p103)
la Torre y el arranque de sus cimientos, suponiendo que llegase
a entenderme con el propietario.

El tío Hormiga guiñó sus ojillos grises, y respondió con
mucha sorna:

05 —Pues, señor; no me conviene la contrata.

—Es que[[103-1]] haré todo ese trabajo por muy poco precio, casi
de balde....

—¡Ahora me conviene mucho menos!

El llamado Jaime Olot paró mientes[[103-2]] en la soflama del tío
10 Juan Gómez, y miróle a fondo como para adivinar el sentido
de aquella rara contestación; pero, no logrando leer nada en
la fisonomía zorruna de su merced, parecióle oportuno añadir
con fingida naturalidad:

—Tampoco dejaría de agradarme[[103-3]] recomponer parte de
15 aquel antiguo edificio y vivir en él cultivando el terreno que
destina usted a corral de ganado. ¡Le compro a usted, pues,
la Torre del Moro y el secano que la circunda!

—No me conviene vender—respondió el tío Hormiga.

—¡Es que le pagaré a usted el doble de lo que aquello
20 valga!—observó enfáticamente el que se decía catalán.

—¡Por esa razón me conviene menos!—repitió el andaluz
con tan insultante socarronería, que su interlocutor dió un paso
atrás, como quien conoce que pisa terreno falso.

Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza
25 con entera resolución, echó los brazos a la espalda[[103-4]] y dijo, riéndose
cínicamente:

—¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un tesoro!

El tío Juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y,
mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:

30 —¡Lo que me choca es que lo sepa usted!

—¡Pues mucho más le chocaría si le dijese que soy yo el
único que lo sabe de cierto!

—¿Es decir que conoce usted el punto fijo en que se halla
sepultado el tesoro?
(p104)
—Conozco el punto fijo, y no tardaría veinticuatro horas en
desenterrar tanta riqueza como allí duerme a la sombra....

—Según eso, ¿tiene usted cierto documento?...

—Sí, señor; tengo un pergamino del tiempo de los moros,
05 de media vara en cuadro..., en que todo eso se explica....

—Dígame usted; ¿y ese pergamino?...

—No lo llevo sobre mi persona, ni hay para qué, supuesto
que me lo sé[[104-1]] de memoria al pie de la letra[[104-2]] en español y en
10 árabe.... ¡Oh! ¡no soy yo tan bobo que me entregue
nunca con armas y bagajes! Así es que antes de presentarme
en estas tierras escondí el pergamino ... donde nadie más
que yo podrá dar con él.

—¡Pues entonces no hay más que hablar! Señor Jaime
15 Olot, entendámonos como dos buenos amigos ...—exclamó
el Alcalde, echando al forastero una copa de aguardiente.

—¡Entendámonos!—repitió el forastero, sentándose sin
más permiso y bebiéndose la copa en toda regla.

—Dígame usted—continuó el tío Hormiga,—y dígamelo
20 sin mentir, para que yo me acostumbre a creer en su formalidad....

—Vaya usted preguntando, que yo me callaré cuando me
convenga ocultar alguna cosa.

—¿Viene usted de Madrid?

25 —No, señor. Hace veinticinco años que estuve en la corte
por primera y última vez.

—¿Viene usted de Tierra Santa?

—No, señor. No me da por ahí.[[104-3]]

—¿Conoce usted a un abogado de Ugíjar llamado D. Matías
30 de Quesada?

—No, señor; yo detesto a los abogados y a toda la gente
de pluma.

—Pues, entonces, ¿cómo ha llegado a poder de usted ese
pergamino?
(p105)
Jaime Olot guardó silencio.

—¡Eso me gusta! ¡veo que no quiere usted mentir!—exclamó
el Alcalde.—Pero también es cierto que D. Matías de
Quesada me engañó como a un chino,[[105-1]] robándome dos onzas
05 de oro, y vendiendo luego aquel documento a alguna persona
de Melilla[[105-2]] o de Ceuta.... ¡Por cierto que, aunque usted
no es moro, tiene facha de haber estado por allá!

—¡No se fatigue usted ni pierda el tiempo! Yo le sacaré
a usted de dudas. Ese abogado debió de enviar el manuscrito
10 a un español de Ceuta, al cual se lo robó hace tres semanas el
moro que me lo ha traspasado a mí....

—¡Toma! ¡ya caigo! Se lo enviaría a un sobrino que
tiene de músico[[105-3]] en aquella catedral..., a un tal Bonifacio
de Tudela....

15 —Puede ser.

—¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre![[105-4]]
¡Pero véase cómo la casualidad ha vuelto a traer el
pergamino a mis manos!...

—Dirá usted a las mías...—observó el forastero.

20 —¡A las nuestras!—replicó el Alcalde, echando más
aguardiente.—¡Pues, señor! ¡somos millonarios! Partiremos
el tesoro mitad por mitad, dado que[[105-5]] ni usted puede excavar
en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el
tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de
25 usted. Es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos.
¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa!
Y, en seguidita que almorcemos,[[105-6]] daremos principio a las
excavaciones....

Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió
30 de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la
presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con
tanto miedo como alegría la noticia de que el tesoro estaba a
punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la
traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró(p106)
con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes
infortunios.

Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel
hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y
05 reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza
de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las
respectivas orzas:

—¡Tiempo es de que parezca el tesoro; pues, entre si
parece o no parece,[[106-1]] nos lleva de coste los treinta y dos duros
10 de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del compadre
D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían
estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener
de huésped a un forastero de tan mala cara. ¡Malditos sean
los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo
15 de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!